jueves, 21 de enero de 2021

Poetas de guardia




Recupero un trabajo que escribí para "La columna de los lunes" de La Página de los Cuentos, en 2006; en él traté de imaginar una conversación-terapia entre dos de los poetas más importantes de la literatura española del siglo XX, Gloria Fuertes y aquel otro poeta que "le pisó su premio, dejándola a ella segundona", Gabriel Celaya. Este pequeño texto es también la reivindicación de una profesión que se inventó Gloria y que hoy tanta falta nos hace, la de "Poeta de Guardia".


Otra noche más ¡qué aburrimiento!...
...y nadie suena o quema o hiela o llama,
en esta noche en la que, como en casi todas,                                                                             
soy poeta de guardia.


Gloria Fuertes.




Imagino a Gloria Fuertes, sentada junto a su mesa camilla, en una noche más en la que dormir es una perdida de tiempo. En una noche en la que, como en casi todas, es poeta de guardia.

Poeta, como médico o farmacia; vigilante del sueño de los otros a jornada completa (aunque por el día le ayuda Coleta que es niña con los niños y también poeta). Escribe a corazón abierto para la humanidad, ”que los poetas que escriben para sí mismos, parecen incompletos”.

Levanta la cabeza, relee lo que ha escrito. Lo ha hecho sin catálogo, sin rima, a lo que sale; con el único propósito de llevar amor, humor y alegría donde hay desamor, apatía o tristeza. Ya no tiene remedio. “Es difícil rectificar en vidrio, acuarela o amor –piensa–, además, la útil expresión es más importante que la inútil perfección”.

“Escribo como escribo,
a veces deliberadamente mal,
para que os llegue bien”

¿Será la hora? Camina por la casa. Se prepara un café que no se toma, se asoma a la ventana. Detrás de cada sombra hay un poema, lo que ocurre es que la gente no habla, ni lee poesía, ni juega con los niños; si lo hiciera, no habría tanta prisa, habría risa en vez de tristeza.

Nadie llama, llamara o llamaría. La portera o un borracho o una señorita o el que hace la guerra por el día:

“Sale caro, señores, ser poeta.
La gente va y se acuesta tan tranquila...”

Oye un ruido: Tal vez sea Coleta que a veces sueña en verso y se despierta:

“Estoy muy cansada,                                                                                                                 no tengo consuelo,
pero si me quedo parada,
me puedo morir helada.
¡Virgen de las Nieves,
quién fuera Hada!”

Gloria entra, arropa a Coleta y le da un beso. Recuerda: “Cuando vino del pueblo, Coleta vestía de paleta, ahora viste como cualquier niña. Tiene los ojos grandes y los pies pequeños y tiene el corazón como un piano...” ¡Hay que niña! Cuando sea mayor trabajará en un circo, con Trompi, el elefante y se traerá del pueblo a su abuela Calixta, que también es muy lista.

Se hace tarde, pronto será mañana. Nadie llama.

“Tengo paciencia, pero no freno.
Mi preocupación por los demás va muy deprisa...”

Por fin suena el teléfono. Gloria se sobresalta, por la espera o por lo inesperado ¿es lo que espera? ¡Anda contesta, Gloria, o se despertará Coleta!

“Diga –dice Gloria– ¡Pues claro, soy poeta! Estoy de guardia ¿Cómo dice? ¿Qué el poeta es usted? ¿Qué quiere recitarme una poesía? Entonces venga. Le espero levantada.

El que ha llamado se llama Gabriel: Gabriel Celaya. Fue el primer poeta que Gloria conoció en persona, no en libro; cuando le pisó aquel premio y ella quedó segundona. “Parecía un príncipe, lo que son las cosas”.



Escribe, como ella, de las cosas que pasan en España. Escribe a cuerpo entero, con la esperanza de construir con su poesía, un futuro mejor:

“Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado                                                                                                      no pueden darlo por bueno...”

Gabriel, poeta del norte, poeta del acero; escribe versos-martillo que golpean el silencio de los que saben callando, de los que callan sabiendo, de los que, a fuerza de golpes, construyen el ruedo ibérico.

Llega vestido con su mono de trabajo y bajo el brazo trae su poesía herramienta:

“Poesía para el pobre,                                                                                                            poesía necesaria como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto...”

“¡Anda, pasa –dice Gloria– y cuéntame lo te pasa!
Entra lamentando que ese pan no le da para comer. Lamenta que, para saciar el hambre, tal vez tenga que vender una parte de su tesoro más querido: Su biblioteca.

Cuando se sientan, lee:

“Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Lo que resta de la noche se les va en escribir a cuatro manos, en leer a ocho ojos, en hablar de lo que de eterno tiene la poesía, de los poetas que quedan, de los que se van quedando, de los que harán el futuro y del inmenso trabajo que aún queda por hacer. Sin mirar el reloj, eso sí, que ser poeta de guardia, no tiene horario

(*) Los fragmentos en cursiva pertenecen a textos de Gloria Fuertes y Gabriel Celaya.


Pedro Turrión Ocaña

La Página de los cuentos: https://www.loscuentos.net/cuentos/link/186/186253/

BIBLIOGRAFÍA

Celaya, Gabriel (1975). Cantos Íberos. Madrid: Ediciones Turner.

Fuertes, Gloria (1979). Obras Incompletas. Madrid: Ediciones Cátedra

--- (1981) Historia de Gloria. Madrid: Ediciones Cátedra.

--- (1982). Coleta la poeta. Barcelona: Muñón

Fotografías: 

    Portada de Poetas de guardia: Ediciones Torremozas.

    Retrato Gloria Fuertes por PIFAL (autor: Alberto Espinosa), disponible en Wikipedia

    Foto Gabriel Celaya en su taller (autor: Alberto Schommer, disponible en Wikipedia.

jueves, 7 de enero de 2021

El canto de Sibila

 


El Canto de la Sibila es una representación religiosa de origen pagano que se celebra, en la isla de Mallorca, en la noche de Nochebuena durante la celebración la misa del gallo; en él se anuncia la segunda venida de Jesucristo, como preludio del Juicio Final. Las sibilas son una especie de adivinadoras o profetas que tienen su origen en Asia Menor y que conocemos gracias a las mitologías griega y romana. Durante el siglo V, San Agustín se hace eco del mensaje apocalíptico de una de ellas, la llamada Sibila Eritrea, y decide cristianizar su mensaje, traduciendo al latín el códice griego que cuenta su historia. Su parte final, extraída de su traducción a las lenguas románicas, entre ellas el catalán, entre los siglos XIV y XVI, es la que llega a nuestros días y será declarada por la UNESCO en 2010 Patrimonio de la Humanidad.

Sibila es el nombre de uno de los personajes de Las hogueras, de Concha Alós, novela galardonada con el Premio Planeta en 1964. Puede que la elección del nombre y la localización de la trama, en un pueblecito de la isla de Mallorca, no sean una casualidad.




Aunque en Las hogueras la autora recurre al personaje colectivo, un recurso que será habitual en muchos de sus trabajos, durante la primera parte de la novela serán dos personajes, Sibila y su marido Archivald, los que capten toda la atención del lector. Sibila, que en otro tiempo fue la modelo más cotizada de París, vive ahora una vida terriblemente aburrida junto a su marido, Archivald, que ha buscado un lugar tranquilo para concentrarse en su trabajo, el estudio de las religiones esotéricas, y su convivencia transita en medio de la más terrible incomunicación. Nunca hubo amor entre ellos, solo el dinero del hombre y el efímero encanto que provoca en él la belleza de la mujer, son el frágil cordón que los mantiene unidos. Eso, y la imposibilidad de escape que supone el asfixiante lugar en el que viven, será el detonante negativo de unos acontecimientos que no les llevarán a ninguna parte. Él cae enfermo, lo que hará que se refugie mucho más en sus libros y en la soledad del mar, dejando sola a su mujer en la inmensidad de la torre en la que residen. Ella, por su parte, tratará de combatir su abulia metiéndose en la cama de Daniel “El Monegro”, un jornalero analfabeto al que encandilará con la promesa de un futuro sin privaciones que él, a causa de su pasado mísero y violento, no entenderá en su justa medida.

En el mismo pueblo vive Asunción Molino, la maestra que llegó diez años atrás con la ilusión de cambiarlo todo a través de la educación y el estudio, y que hoy malvive dejando que los críos aprendan la lección a su ritmo y ganándose unas pesetas a deshora, enseñando a leer a los jornaleros analfabetos, que le permiten pagarse una habitación en la “Residencia”, el único hotel del lugar, comandado por Telmo Mandilego. Entre los que aprenden por la noche está también “El Monegro”, que quiere sacarse el carnet de conducir para legalizar el trabajo, también a deshoras, que a veces realiza para Archivald, a raíz de su enfermedad: conducir su coche hasta Palma, para acudir al hospital. Asunción Molino nunca tuvo tiempo para el amor, y cuando al final decide que un sinónimo de este sentimiento puede ser la amistad que mantiene con un antiguo compañero con el que a veces se ve, él escoge a otra mujer para formalizar su futuro.

Hay algo turbio en el ambiente durante toda la novela, como un halo de tristeza que transita a través de sus páginas y que a veces se confunde con la niebla o con el humo del fuego que quema el monte, al final de la novela. El fuego, desde la torre, como un eufemismo, se ve como una infinitud de hogueras que embellecen el horizonte. La belleza y la tragedia se mezclan en medio del vivo color de unas llamas que amenazan con destruirlo todo, como unos meses antes lo hizo otro tipo de fuego, el que provoca la pólvora cuando, sin avisar, siega en un minuto la ya de por sí transida vida de los jornaleros foráneos. Sus mujeres, entonces, quedarán a merced de la isla, y de la caridad de Archivald: su decisión de repartir entre ellas unas míseras migajas de su patrimonio, en vez de resolver su problema, provoca envidias y más desigualdad.

La representación simbólica de la isla en la novela, es la de una cárcel que nos recuerda el aislamiento en el que se encuentra la España rancia de la posguerra, puesta en comparación con una Europa joven y dinámica que ha sabido resurgir de su guerra aferrándose al talento y la modernidad. La misma Europa que supo ver el triunfo de Sibila en el mundo de la moda, en París. No es la primera vez que una escritora de la época sitúa la acción de su relato en la isla de Mallorca, ya lo hizo antes Ana María Matute en Primera memoria. Sin embargo, en la novela de Matute, el aislamiento que supone la isla actúa de manera diferente: pretende ser, por una parte, el refugio que protege (o aísla) a Matia, la joven protagonista, de un tiempo anterior de felicidad, pero peligroso para lo establecido ya que se identifica también con la presencia de su padre, soldado del ejército rojo; y por otro, nos muestra las consecuencias de lo que será la “nueva España” franquista, gobernada por la mano implacable del miedo, donde la valentía y la astucia están condenadas al fracaso. En ambas novelas, la isla representa un espacio cerrado y asfixiante necesario para crear el ambiente de injusticia y opresión que vivirán los personajes.


La escritora valenciana Concha Alós, nacida en 1922, creó, dentro de la corriente del realismo social del medio siglo, un relato testimonial de actitud crítica que, pese a su éxito comercial, no tuvo ninguna relevancia para la crítica especializada de la época. Tuvo que esperar hasta los años ochenta y noventa para que su obra fuera reconocida y valorada, y hoy se la recuerda más por su unión sentimental con el escritor catalán Baltasar Porcel, del que también fue traductora y difusora de su obra en castellano, que por su labor creativa.

Antes de conocer a Porcel, Concha se había casado con el periodista falangista Eliseo Feijóo, y con él se traslada a Palma de Mallorca. Ella, que no quiere quedarse en casa, como pretende su marido, estudia magisterio y llega a ejercer la enseñanza en la isla. En el periódico de su marido conocerá a Porcel, diez años menor que ella; por él abandonará a su marido, juntos marcharán a Barcelona, provocando el consiguiente escándalo en la época. Concha ha sido el único escritor que ha ganado dos veces el Premio Planeta. Además del premio mencionado por Las hogueras, también le sería concedido en 1962 por su novela Los enanos, pero un conflicto con la editorial Plaza y Janés, con la que tenía un preacuerdo de publicación, lo invalidó.

Volviendo a su época de Mallorca y a su reflejo en Las hogueras, podemos imaginar la vida de Concha al lado del hombre importante, cómoda económicamente pero infravalorada en lo personal por el simple hecho de ser mujer. Pero en la realidad a veces ocurre como en las novelas, que la acción principal se bifurca en dos personalidades contradictorias que se complementan entre sí. Concha Alós, como la conjunción de Sibila y Asunción Molino, vive con la contradicción de ser mujer en su época y tener inquietudes. Estudia, enseña, escribe y cree haber alcanzado la libertad cuando lo abandona todo y escapa con su media naranja literaria, pero solo es un espejismo, porque su nueva compañía masculina también será la única que saque verdadero provecho de la unión. La historia, como siempre, acaba de la peor manera posible, en la separación y en el olvido. Un olvido que en su caso será mucho más cruel porque se adueñará de su mente y la encerrará en su cárcel más oscura, la del Alzheimer. Esa fue su apocalipsis particular. En su caso, nada tenía que ver con la llegada del Salvador del mundo que vaticina la profetisa eritrea, sino con la acepción catastrófica definitiva que a todos nos viene a la cabeza cuando escuchamos el término, aunque ella en aquellos años no podía saberlo.

El nombre de Sibila que ella eligió para su protagonista puede que lo concibiera para hacer de ella la mujer oráculo que todo lo ve, en contraposición al hombre profeta que todo lo maneja. Sin embargo, al final del relato la visión de Sibila, que nunca logrará retornar al París de sus sueños, es la fiel premonición del final de Concha: la sombra triste de un personaje que, salvo en contadas celebraciones festivas, nadie recuerda.

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía 

Alós, Concha (1964). Las hogueras. Barcelona: Editorial Planeta.

Conde Peñalosa, Raquel (2004). La novela femenina de posguerra (1940-1960). Madrid: Editorial Pliegos.

Montejo Gurruchaga, Lucía (2010). Discurso de autora: género y censura en la narrativa española de posguerra. Madrid: UNED.

Palacios Jurado, Helena (2017). “La Sibila en la Edad Media”, en Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. X, n.º 18, 2018, pp. 65-97.

Fotografías:

El canto de la Sibila: ucm.es

Concha Alós: El País




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