jueves, 23 de noviembre de 2023

Todo tan fugaz. Ernesto Calabuig (Reseña)

 


Tras el éxito de crítica y lectores de sus dos anteriores volúmenes, La playa y el tiempo y Frágiles humanos
 continúa, Ernesto Calabuig, con los nuevos relatos de Todo tan fugaz, indagando, a través de sus reflexivas y evocadoras historias cotidianas‒ sobre el heroico afán de los seres humanos por recordar y guardar memoria de sus vidas pese a la velocidad de vértigo en la que todo parece transcurrir y escapar”.

A pesar de que, a juicio de Julio Cortazar, el cuento se deja atrapar mejor que la novela, en España, al hablar de ficción, es mucho más corriente pensar en la novela y relegar al cuento a ser un género menor. Gracias sobre todo a editoriales independientes, como Tres Hermanas o Páginas de espuma, cada vez se publican en nuestro país más y mejores libros de relatos, y un claro ejemplo lo tenemos en Ernesto Calabuig.

Antes de Todo tan fugaz, Calabuig ha publicado en Tres Hermanas los libros La playa y el tiempo y Frágiles humanos. Los tres títulos conforman la “Trilogía de la fugacidad”, un título muy adecuado pues los tres volúmenes comparten un mismo núcleo temático: la fugacidad de la vida, a lo que yo añadiría, la fortaleza del ser humano de ser único gracias a su capacidad para recordar.

De La playa y el tiempo escribe el novelista y poeta Adolfo García Ortega que sus cuentos están un tanto al margen de la corriente oficial española, y añade que «Calabuig no parece un cuentista español, más bien ‒y este es un aspecto interesantísimo‒ un cuentista anglosajón o europeo, que, no nos engañemos, es como decir un cuentista más universal». No puedo estar más de acuerdo. Puede que en ello tengan que ver los otros campos de trabajo que cultiva el autor: crítico literario, traductor de alemán y, sobre todo, profesor de filosofía.

La reflexión, a partir de lo cotidiano, que Ernesto Calabuig nos ofrece en Todo tan fugaz, va mucho más allá de la fugacidad del tiempo o de la fragilidad, y logra desnudar ese pasado que, siendo común, es único en cada persona. Leer a Calabuig me hace pensar que cada situación cotidiana, que cada recuerdo, cada sueño, son susceptibles de tener su propio relato. La magia está en saber elegir la mínima cantidad de palabras para construirlo.

Desde los primeros párrafos del cuento que abre el libro, titulado “Al vent”, como aquella mítica canción del cantautor valenciano Raimon, nos invade la sensación de estar ante un libro de tintes autobiográficos. Para marcar distancias, el autor se vale de un recurso muy interesante: pone la voz en un narrador en tercera persona, que nos habla en una especie de presente continuo con el que logra que el pasado, al ser recordado, se convierta en la metáfora perfecta de la fugacidad: el tiempo deja de ser pasado para ser de nuevo presente. El escritor se convierte, así, en espectador de su propia narración, lo que permite al lector poder situarse a su lado y verla desde su propio punto de vista.

Todo tan fugaz, es un libro que dialoga con el lector desde la reflexión y el pensamiento, desde la filosofía, pero lo hace de una manera sencilla y limpia; en palabras de Santos Sanz Villanueva, están escritos con «Una prosa impecable, natural y libre de afectaciones retóricas», que nos atrapa de principio a fin.

Temas, como la infancia, las relaciones familiares, el contacto con antiguos compañeros, las vacaciones, incluso la comunicación con seres que ya no están, se mezclan con reflexiones adquiridas del recuerdo de una imagen, de una música, de un encuentro inesperado, incluso de un reproche, y logran que Todo tan fugaz, actúe como un reset en el lector. 

En algún momento del libro, la literatura nos habla a cada uno de nosotros, de nuestros momentos de soledad, de nuestras ausencias, pero de una manera que nunca es incómoda. Los mismos recuerdos, vividos por personas diferentes, casi nunca coinciden, por esta razón, los recuerdos, en general, se parecen tanto. Es ahí donde deja de importar el grado de imaginación que el autor imprime en ellos, aunque a raíz de alguno, alguien tan cercano como una madre le diga al narrador:

«Ya estás escribiendo, ¿no? Tienes una imaginación calenturienta de escritor. Yo creo que sueñas por las noches y luego te da por contar todas esas cosas.»

Todo tan fugaz. Ernesto Calabuig. Tres Hermanas, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 16 de noviembre de 2023

El otro yo. Rafael Caunedo (Reseña)


 “Cuando a Ángel Cué, prestigioso escritor de fama internacional, le diagnostican alzhéimer a los sesenta y siete años, decide renunciar a la vida pública. Antes de recluirse en su finca para siempre, le encomienda a su hijo Mateo que custodie cinco manuscritos para que, una vez él ya no pueda reconocer a nadie, vayan saliendo a la luz. Tres años más tarde, Mateo es galardonado con uno de los premios literarios más prestigiosos poco antes de que lo nombren ministro de Cultura. El éxito es inmediato, pero cuando se encuentra en el cénit de su vida personal y profesional, entrará en una espiral de engaños y falsedades que lo hará atravesar los cuatro años de legislatura que tiene por delante intentando mantener ocultas sus imposturas, mientras se va ampliando, cada vez más, la distancia entre lo que dice ser y lo que realmente es”.

Al leer la sinopsis de El otro yo, de Rafael Caunedo, esa necesidad de catalogarlo todo me hizo pensar que estaba ante un thriller o ante una novela negra, y al llegar al final, recordé que no se debe catalogar lo que se desconoce. Pensándolo bien, puede que tenga un poco de ambos géneros. Tal vez lo que me descoloca es darme cuenta de que todo ocurre en la novela con naturalidad, una naturalidad pasmosa que, lejos de inquietarme, consigue ponerme en el lugar del protagonista, o del que dice ser el protagonista, al tiempo que me plantea una pregunta: ¿sería yo capaz de hacer lo que hace él?

¿Por qué no?

Es una ocasión única en la que nada puede fallar.

Nada.

Término absoluto que habitualmente tomamos al pie de la letra demasiado a la ligera sin evaluar costes y riesgos.

Desde otro aspecto, hay ciertas cosas en el argumento que nos pueden sonar a tópico, por ejemplo: la calidad del escritor, el prestigio del premio o el cargo político concreto.

Tópico.

De nuevo un término absoluto.

¿Son necesarias estas cosas?

Yo diría que sí, teniendo en cuenta que todas van acompañadas de una cualidad muy importante y en nada absoluta y sí muy subjetiva: en el comportamiento del protagonista, no hay una intención de causar daño. Además, a mi juicio, el tópico deja de serlo cuando el lector empieza a verse reflejado en el espejo que Caunedo pone continuamente ante él y convierte al personaje en un ser humano, con sus virtudes y defectos. Sin embargo, hay un tópico subliminal en la novela que las más de las veces acierta: la realidad siempre supera con creces a la ficción. Por lo tanto, dejémonos llevar.

Ángel Cué siempre ha tratado de huir de los tópicos en sus novelas, a pesar de que alguno de ellos, como ser el eterno candidato español al Premio Nobel, le acompañan de manera cotidiana. Lo que no puede controlar es que a veces la voluntad no es suficiente.

Ángel Cué, para mí, el personaje más importante de la novela, decide desaparecer de la vida pública, impelido por una necesidad fisiológica que no puede obviar. Quiere ser consecuente consigo mismo pero, a la vez, no quiere abandonar su crecimiento personal, a pesar de tener sesenta y siete años, de haberlo conseguido todo en su profesión literaria y de estar condenado a que una enfermedad anule por completo su más preciado instrumento de trabajo. Antes de llevar a cabo esta última decisión, le entrega a su hijo Mateo un legado envenenado que adquiere vida propia.

«Serás tú el encargado de mantener viva la dignidad de mi nombre», le dice. La manera en que Mateo decide administrar este legado es el eje alrededor del cual se construye la novela.

«La impostura acaba de comenzar». Y es tan creíble que Mateo Cué no tarda en creerse su propio engaño.

Como su padre de la vida pública, Mateo trata de huir del prototipo de político de élite, y solo nos deja ver a la persona que se esconde detrás de su función pública, pues es en ella en la que habita su condición principal, esa en la que se convierte al tomar la decisión más importante de su vida y que le convierte en un impostor. Una decisión inocua en apariencia, irreflexiva tal vez, que puede elevarle al cielo del Olimpo o convertir su vida en una tragedia, al tiempo que hace aflorar a su alrededor varias historias vinculadas a su decisión, que no son más que todas esas realidades posibles con las que no se cuenta.

Son los protagonistas de estas otras historias ‒desde el periodista sin escrúpulos a la misteriosa mujer que intuimos que sabe lo que nadie puede saber, pasando por el traficante de poca monta e, incluso, el presidente del gobierno‒ los que dotan de verosimilitud a la novela y restan importancia a la ampulosidad del político premiado con el galardón literario más importante del panorama literario patrio, y los que consiguen también que podamos ver en él al ser humano en sus diferentes facetas. Buena parte de la culpa la tiene el narrador, que se limita a contar la historia, sin detenerse en sus aspectos morales.

El otro yo es una muy buena novela, que nos hace reflexionar, pero que también nos permite pasar un buen rato, de esas que empiezas a leer para saber de qué va y, sin darte cuenta, estás en la página cien. Como todos los buenos relatos, no es solo la adicción a su historia lo que nos mantiene en vilo, sino lo que nos transmite de manera individual. 

En algún momento de nuestra vida todos tenemos otro yo, el problema surge cuando no elegimos bien el uso que decidimos hacer con él.

El otro yo. Rafael Caunedo. Ediciones Destino, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 2 de noviembre de 2023

Dos barcas sobre la arena. Eloísa Martínez Santos (Reseña)


"Rafael y Miquela son esas dos barcas, siempre cercanas, buscándose tal vez, pero sin llegar a encontrarse. Una proa mira mar adentro, y la otra, a las huertas y los arrozales. Ambas están armadas con redes diferentes y, por tanto, preparadas para distintas labores".

Escribí en la reseña de Mujeres de hojalata, primera novela de Eloísa Martínez Santos, que a veces la literatura es parte de un estado de ánimo que te seduce y te atrapa. Y es que no es fácil encontrarse con una primera novela tan completa y tan bien escrita. Cuando esto sucede, al comenzar la lectura de un segundo proyecto literario, no resulta descabellado que nos surja la duda de si las páginas que vamos a leer tendrán la misma consistencia y calidad que reconocimos en el primero. Tengo que decir que Dos barcas sobre la arena es, cuando menos, una dignísima heredera de la novela anterior.

Dos barcas sobre la arena narra el transcurrir de dos historias que, a pesar de que, en su origen, lo tienen todo a favor para convertirse en una sola, la vida se encarga de separarlas y colocarlas en dos líneas paralelas que avanzarán sin tocarse. Sin embargo, su obstinación conseguirá que al final confluyan en esa etapa de la vida en la que casi todo parece olvidado.

Como en Mujeres de hojalata, de nuevo encontramos a una mujer madura que se aventura, sola, en una gran ciudad, acuciada por su pasado como única forma posible de enfrentarse a su destino. Cuando las decisiones pesan, cualquier oportunidad resulta propicia para intentar recuperarse del dolor que representa lo que se pudo haber vivido si las circunstancias hubieran sido otras. Siempre le echamos la culpa a las circunstancias. Tras sobrevivir al que ha podido ser el periodo más difícil de su vida, Miquela decide viajar a Barcelona para intentar encontrar a su primer amor, ahora que parece que las circunstancias por fin la sonríen: se acaba de jubilar, y un golpe de suerte le ha dejado un regalo inesperado.

Cierto es que en Barcelona habita Rafael, un pintor reconocido internacionalmente, que acaba de pintar un retrato que está jugando con él. Sabe que el rostro pertenece a la mujer que busca, la de esa  fotografía antigua que le ha servido de modelo, sin embargo, son tan diferentes. Algo le dice que en el cuadro está la clave que le ayudará a recuperar el tiempo que ha estado malgastando durante toda su vida, a pesar de la fama y las circunstancias.

Tan importantes como Rafael y Miquela, son dos pinturas que nos acompañan a lo largo de todo el relato, una acuarela titulada Dos barcas sobre la arena ‒imagen de la portada del libro‒, y un retrato titulado Se busca, el mismo que decide seguir sus propias reglas y no se deja atrapar por el modelo del que se ha servido su autor para pintarlo, a pesar de lo que representa para él.

A partir de aquí, la novela se convierte en una carrera de fondo, donde los dos personajes tendrán que aprender a reconocerse para poder encontrar una intersección que se les antoja imposible. A través de una serie de pistas trampa, que el lector va a ir reconociendo a lo largo del relato, ese juego de gato y de ratón los devolverá a la línea de salida, el lugar que nunca debieron abandonar.

Para entender este juego, es importante detenerse en la perspectiva del narrador y en la manera en que la autora la utiliza.

Aunque en la novela hay dos narradores, que se van alternando de una manera ordenada pero irregular, son tres las perspectivas que vamos a encontrar. Por un lado, hay una serie de capítulos que están narrados en primera persona por Miquela. En ellos, la única perspectiva que tenemos es la suya, con una mezcla de evocación del pasado y un querer atrapar el presente que a veces se convierte en una concatenación de ideas, que pueden ser parte de un diálogo, pero que siempre van en una sola dirección. Hay otra serie de capítulos que, aunque están narrados por un narrador en tercera persona, no es un narrador omnisciente ya que la perspectiva que nos ofrece es únicamente la de Rafael. Este narrador yo lo entiendo como el resultado de un desdoblamiento del personaje, su reflejo en un espejo, como si la voz de su conciencia quisiera rendirle cuentas. Esta perspectiva nos muestra un plano más amplio que la primera persona de Miquela, tal vez, porque la personalidad atormentada de Rafael necesita de esa expansión. Y por último, en los capítulos finales, el narrador en tercera persona se convierte en omnisciente, uniendo las dos perspectivas.

Hay otra serie de personajes importantes en la novela: Paca, Gustavo, la familia de Rafael, el “tío Mohino” y la Sacrificá, o la madre María Luisa; sin embargo, hay uno en particular que tiene más importancia de lo que parece, me refiero a Lucina. Diría más, creo que es uno de los ejes que soportan el relato. Lucina es una especie de curandera, a la que muchos temen, pero a la que todos confían lo verdaderamente importante; por esta razón, en ella está la clave que ayudará a los protagonistas a entender lo que se les ha escapado durante toda su vida, y que casi nunca es fruto del azar o las circunstancias.

En un momento de la novela, Rafael admira la habilidad de un autor para contar historias a pinceladas. Él también lo consigue y el lector es consciente de ello. Qué importante es que el escritor sea capaz de administrar la dosis de verosimilitud que cada personaje necesita. En Dos barcas sobre la arena no solo nos creemos al artista, sino también al pescador, al marchante de arte y, por supuesto, a la enfermera.

Eloísa decide complicarlo todo situando el tiempo narrativo en la pandemia. Hay un capítulo en concreto, el titulado “Dolor”, que es por sí solo un documento estremecedor que añade un inmenso valor a la novela, y que nos da una clara idea del esmerado trabajo de documentación de la autora.

«Había visto morir en paz a muchos enfermos, sabía que sus rostros reflejaban serenidad. Nos enfrentábamos a algo distinto. ¡No se querían ir! Dios mío, ¡sufrían! Y yo que había jurado paliar el dolor de los pacientes con mis cuidados, nada podía hacer para aliviar el tránsito. Estábamos desbordados.»

Dos barcas sobre la arena nace de la necesidad de una escritora de contar una historia a partir de algo intangible, como es el mensaje evocador de un cuadro pintado por alguien muy especial. Sin embargo, para nosotros el objeto inmaterial que nos permitirá llegar al verdadero fondo de la historia surge de una pregunta que, casi al final de la novela, Miquela le hace a Rafael:

¿Crees que la vida se repite hasta que aprendemos?

Cada lector tendrá que escribir su propia respuesta.

Eloísa Martínez Santos. Dos barcas sobre la arena. Avant Editorial, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

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