Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de febrero de 2026

El gran bosque. Marta López Vilar (Reseña)

 

El Gran Bosque (Pre-Textos: 2019), de Marta López Vilar, nos llama la atención desde el primer poema por su forma, aunque no tardamos en darnos cuenta de que, lo que en realidad tenemos en nuestras manos, es una invitación a internarnos en un lugar donde el lenguaje no nombra con soltura y donde la experiencia precede –y a veces desborda– a la realidad tangible de la palabra.

«Hay un bosque. Ese bosque. Llegué a él un verano y pronto anochecía...»

No tenemos más que la palabra para acompañar a la poeta en este viaje personal y único: el verbo impersonal, el demostrativo, el artículo indeterminado, el adverbio temporal, nos cogen de la mano para mostrarnos que en el espacio poético, que se abre ante nosotros, de apenas sesenta páginas, de treinta y nueve poemas en prosa, al que accedemos, no importa el qué, el dónde, el cuándo. Pronto entendemos también que el bosque del título no es un artificio, un mero decorado y mucho menos una metáfora estable, sino que es un territorio real, a la vez que un espacio simbólico en el que Marta López Vilar ensaya una forma de estar en el mundo marcada por la extranjería, el silencio y la intemperie, a través de la poesía.

Avanzamos en fragmentos que se leen como anotaciones de una experiencia límite: la del cuerpo enfrentado a un entorno que no responde a los códigos habituales del lenguaje ni de la identidad. Desde las primeras páginas percibimos que El Gran Bosque no busca la línea recta ni la confesión autobiográfica, sino que se construye en un clima de extrañamiento en el que el yo se desdibuja, se repliega y se reconfigura en contacto con la naturaleza, con la ciudad ajena, con la lengua que no se domina. El resultado es un libro que exige la implicación absoluta del lector, a través de una lectura atenta a las recurrencias y a los desplazamientos de sentido.

Uno de los ejes más potentes del poemario es la reflexión implícita sobre el lenguaje. La voz que habla en El Gran Bosque parece escribir desde una insuficiencia verbal donde las palabras no alcanzan, no sirven del todo, o llegan tarde. Esta carencia no supone un fracaso, sino un punto de partida poético muy interesante.

Desde pequeña, me dijeron que el mundo, este mundo que me mira y teje lentamente su nombre, era un alfabeto. Su largo decir estaría debajo de los árboles, bajo este cielo que anochece...

En muchos de los poemas, la sintaxis es breve, cortante, casi primaria. Hay una renuncia consciente a la frase elaborada en favor de una expresión directa, a veces áspera, que remite a necesidades básicas: comer, dormir, orientarse, nombrar lo inmediato. El lenguaje se vuelve corporal, táctil, como si antes de significar tuviera que rozar, palpar, sobrevivir.

Esta manera de escribir dialoga con la experiencia de lo extranjero: el hecho de no dominar la lengua del entorno obliga a regresar a lo esencial. El poema, entonces, no trata de embellecer esa situación, sino que la encarna formalmente. El lector siente esa limitación como parte de la experiencia estética: el poema no explica, expone.

El bosque es una presencia constante, pero nunca pasiva. No es refugio romántico ni naturaleza idealizada. Es más un espacio que observa, que impone sus reglas, que sitúa al yo en una posición vulnerable. En varios fragmentos se sugiere que el bosque “mira”, que tiene una forma de conciencia opaca frente a la cual el sujeto humano pierde su centralidad.

Los vencejos vuelan por encima de la noche […] Como un resplandor oscuro me contemplan desde el Bosque. Y yo espero. Miro hacia arriba sin saber si vienen o se marchan. Como yo no sé si vuelvo o si me marcho del mar.

Desde el punto de vista simbólico, el bosque funciona como un lugar de posesión en el que se diluyen las certezas culturales, los nombres conocidos, las jerarquías habituales. El yo poético no domina el paisaje, sino que aprende a moverse en él con cautela, casi con temor. En este sentido, el libro se distancia de lecturas ecologistas complacientes: la naturaleza no es consuelo, sino confrontación.

El bosque también es un espacio de tránsito. No hay una voluntad de arraigo definitivo, sino una experiencia de paso que deja huellas. Esta condición liminar refuerza la sensación de estar siempre “en medio de algo”, sin llegar nunca a una forma cerrada de identidad o de relato.

Otro de los núcleos temáticos del libro es el cuerpo, entendido como lugar de inscripción de la experiencia. El cuerpo aparece cansado, hambriento, expuesto al frío, al silencio, a la intemperie. No es un cuerpo abstracto, sino un cuerpo que necesita, que se adapta, que aprende otras formas de estar.

Y olvidé mi hambre. Ya no necesitaba el hambre. Sonreí al recordar que alguna vez quise alimentarme...

La recurrencia de imágenes relacionadas con la tierra, las hojas, la nieve o los gestos mínimos (caminar, tocar, lamer, cavar) refuerza una poética de lo material. Frente a la imposibilidad de articular un discurso pleno, el cuerpo se convierte en un lenguaje alternativo. Es a través de él como el yo se relaciona con el entorno cuando las palabras fallan.

El aire me cubre el corazón que no recuerda. Y, sin embargo, este sonido dentro, este sonido sordo arde y sana.

Este énfasis en lo corporal conecta El Gran Bosque con una tradición contemporánea que desconfía del exceso retórico y apuesta por una escritura que se mide con lo real, incluso cuando lo real resulta incómodo o inhóspito.

Aunque el libro se articula en dos partes claramente delimitadas –«Esto es la noche» y «La ciudad reconstruida»– y un último poema titulado «Epílogo y el decir de la nieve», el poemario puede leerse como un recorrido que va desde la oscuridad y la fragmentación hacia una forma de apertura. No se trata de una resolución optimista, sino de una aceptación: el lenguaje no se recupera del todo, pero aprende a convivir con sus límites. El epílogo, más extenso y narrativo, introduce una leve variación tonal, donde la nieve, la ciudad o la memoria aparecen como elementos que permiten una cierta reorganización del sentido, pero, el bosque –como experiencia– permanece siempre de fondo, como el fruto de un aprendizaje irreversible.

Cómo decir el sonido del Gran Bosque cuando ya no estés. Este Gran Bosque al que llegué mientras tras de mí caían las cosas. La pérdida que se convertía en flor cuando soñaba.

El Gran Bosque es un libro que no busca agradar ni tranquilizar, su apuesta es mucho más arriesgada: explorar cómo se escribe cuando el lenguaje ya no es un instrumento dócil, cuando el yo debe reinventarse al contacto con lo desconocido. Marta López Vilar construye en sus páginas una poética del desarraigo que rehúye el dramatismo y se sostiene en una atención radical a la materia, al cuerpo y al silencio.

Quizá por eso, tras su lectura, este poemario se recuerda más como una experiencia total que como una simple suma de textos aislados con un denominador común. Adentrarse en El Gran Bosque es aceptar perderse, pero sabiendo que, en esa aventura, podemos aprender que existen otras formas de decir.

Marta López Vilar. El gran bosque. Valencia: Pre-Textos, 2019. II Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro





martes, 30 de diciembre de 2025

Amarilla. Marta Sanz (Reseña)

 

«Todos los poemas me salen amarillos», escribe Marta Sanz en uno de los versos de este libro. Y es que el amarillo es, aquí, un color último, definitivo, de una acidez que se identifica con un nervioso sentido del humor […] Los versos se extienden como un delicado manto sobre el paisaje de lo cotidiano, cruzan las carreteras de una geografía íntima atravesada por la enfermedad, el deseo, la memoria, el final. El cuerpo se convierte en una elegía del paso del tiempo, un encefalograma en el que se registra cada marca, cada afrenta. Amarilla es, por encima de todo, una política de lo íntimo y una intimidad al descubierto, lanzada al mundo.

Me sumerjo en la perfección de copo de nieve de / párrafo / frase / palabra / cristalización.

La imagen potente es la de un copo de nieve que se convierte en verso a través del párrafo, a través de la frase, a través de la palabra, a través de la evidencia científica de la transformación de una gota de agua, que vemos convertida en ese primer cristal del invierno que siempre nos sorprende.

Podría ser otra

    la primera imagen que se convierte en poesía en Amarilla, el nuevo poemario de Marta Sanz, pero son esos versos los que, sin aviso previo, me sorprenden una vez más, tal vez porque su escritura, como afirma Jordi Doce, en El Mundo ‒y en la contraportada del libro‒ «… se deja tironear por el carácter obsesivo de sus imágenes, una ferocidad que la distingue y eleva entre sus contemporáneos».

Amarilla es un mapa de realidades, pero también, es un mapa de soledades.

[…] Las que sufrimos, quizá, más de la cuenta / –concededme el beneficio de esta duda–, / siempre suscitamos / mucha desconfianza.

En la soledad surgen preguntas que no tienen respuesta o la que tienen es ambigua o incompleta. De ahí nace el poema.

Como ya sabemos sus lectores habituales, la poesía de Marta Sanz es corpórea: se adentra en el cuerpo, en el desgaste, en aquello que no se va aunque preferiríamos que se fuera.

El cuerpo no es una abstracción ni un lugar desde el que pensar, es un hecho. Un cuerpo que envejece, que recuerda, que duele, que desea mal, que se equivoca. Marta Sanz no escribe desde la distancia ni desde el desgarro espectacular, sino desde una especie de lucidez incómoda, casi doméstica, con la que no busca conmover al lector, busca no mentir. Marta Sanz escribe desde la consciencia de una fragilidad de «pompa de jabón que se puede romper al menor roce».

El amarillo del título no es un símbolo cerrado, definitivo. A ratos parece luz sucia, a ratos aviso, a ratos una señal que el cuerpo emite cuando algo no funciona del todo bien. No hay en el poemario celebración explícita del color, ni voluntad metafórica expansiva: el amarillo aparece como aparece la duda o el cansancio, sin pedir permiso, y de repente se convierte en una capa que lo impregna todo. En cambio, sí hay en él algo contable, como si cada poema fuera un breve apunte de lo que queda o de lo que se pierde o de lo que ya no rinde como antes. No hay épica del deterioro, sino registro fiel de su consecuencia, y es en ese registro donde aparece una forma de honestidad que no tranquiliza.

[…] El amarillo del árbol / era la expresión / más pura / del color de silvestre campanilla. // De la enfermedad hepática...

Marta Sanz convierte el lenguaje en un instrumento preciso, a veces seco, a veces irónico, siempre atento a no embellecer lo que no merece ser bello. A pesar de lo que muchos piensan, el lenguaje en la poesía no es solo un artificio y a veces se convierte en altavoz, pero también en megáfono afónico, cuyo mensaje se pierde entre una multitud ruidosa de oídos que no quieren oír, y sin embargo sigue, no se calla.

Hay mucho de conciencia y bastante de impotencia en estas páginas.

[…] Y tú no sabes / si toda esta desgracia minimiza la tuya, / te hace más fuerte, / te produce vergüenza / agranda la dimensión / de una herida imaginaria / que, poco a poco, / se abulta / segrega infecciones / se perfila / contra / tu cuerpo / no / exactamente / tumefacto.

Amarilla no es un libro al uso para “disfrutar” de la poesía, más bien es un libro que acompaña cuando ya hemos entendido que el cuerpo no promete nada, que la memoria falla, que el deseo no siempre salva. Y aun así —o precisamente por eso— hay una vitalidad obstinada en él, una voluntad de seguir nombrando lo que ocurre mientras ocurre.

[…] Yo hablo del calor / exacto de la estufa...

Como en toda la poesía de Marta Sanz, tras el último verso de Amarilla no hay un punto final, sino un enorme espacio en blanco en el que, tras cada lectura, irán apareciendo multitud de líneas torcidas, esas que adelantan el destino de cada una de nuestras vidas, la voluntad de cada una de nuestras decisiones, pero también la sombra de todo aquello que dejamos y vamos olvidando.

[…] Nada es después / todo es aquí.

Amarilla. Marta Sanz. La Bella Varsovia, 2025.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Anidan minerales. Julia Viejo (Reseña)

Vivimos una época en que la poesía alcanza cotas altamente productivas, no sé si, del mismo modo, cotas de calidad (o sí lo sé). Por esta razón, cuando escucho en un programa de radio1 –nada proclive a la banalización, por cierto–, que un primer poemario ha sido galardonado con un premio tan prestigioso, como el Ciudad de Estepona de Poesía, y que además el libro lo publica Pre-Textos, no puedo hacer otra cosa que correr a la librería. No solo me hice con el libro, sino que tuve el privilegio de escuchar la voz de la autora “desmontando” la poesía (como hace habitualmente Mariano Peyrou, en el mismo programa), acompañada de otras dos voces no menos autorizadas, las de los poetas Carlos Pardo (La comedia de la carne, La Bella Varsovia) y Berta García Faet (Corazonada, La Bella Varsovia).

Me refiero al poemario, Anidan minerales, de Julia Viejo.

Tengo que escribir mi primer poema / tratará de espejos, alubias y centellas / después me iré a la cama sabiendo que he rendido / y pasarán los años / coseré mis botones / no haré mucho ruido / con mi primer poema sobre manos y zorros / mi primer poema sobre velocidades / mi primer poema sobre una chaquetita / de moraleja gruesa y moriré / más tarde con mi obra entre los brazos / y nada habrá cambiado quedará / calor bajo las mangas / y tierra removida / a la sombra del árbol del Esopo.

Concibo la poesía como una exploración personal donde lo íntimo convive con lo universal, lo cotidiano con lo fantástico y lo efímero con la eternidad. Este poema que abre el poemario, titulado “Teo escribe su primer poema”, es ya, en sí mismo, un universo en miniatura que le abre la puerta a los grandes temas, como la creación artística, el paso del tiempo o la vida y la muerte, pero sin extraviarse en grandilocuencias superfluas, totalmente innecesarias.

Y no hemos hecho más que empezar.

A lo largo del libro, Julia Viejo construye una poética que parte de lo minúsculo para proyectarlo hacia un paisaje amplio. La tensión entre lo pequeño y lo vasto sostiene todo el libro: mientras los poemas evocan cristales, rocas y capas de tiempo remoto, la voz poética se posa sobre gestos cotidianos, emociones fugaces o vínculos que apenas dejan rastro. En ese contraste se articula una idea fundamental: que solo la poesía es capaz de sostener dos planos que parecen incompatibles, y que incluso aquello que consideramos breve o efímero puede tener un peso mineral y perdurable.

[…] Discutimos poemas de Virgilio / gastamos / cupones de comida / recolectamos / sellos y jabones / y a mi lado en el metro un hombre lee / (milagro) / la Wikipedia del albaricoque.

El título no es sólo una metáfora imposible. A medida que vamos avanzando en la lectura, entendemos que los “minerales” son la imagen de un depósito invisible que se va llenando con la vida. Frente a la velocidad contemporánea, los poemas buscan el ritmo lento de la sedimentación, a través de un crecer silencioso e imparable, de una acumulación subterránea que se parece mucho a la memoria.

[…] Había un amor de siglos anteriores / en las betas de las rocas…

Esta mirada temporal atraviesa todas las páginas del libro. En ellas, cada poema es como un estrato, un punto de sedimentación donde germinan una emoción, un recuerdo, un destello o una posibilidad.

Uno de los rasgos más identitarios del poemario es su libertad expresiva y formal. Julia Viejo se aleja de la linealidad del relato convencional y apuesta por una poesía que se mueve en un constructo de imágenes que funcionan como fragmentos de un collage, a través de un lenguaje que combina lo concreto con lo fantástico y envuelve los poemas con un ritmo casi musical. Es como si hubiera invertido su manera de entender la prosa, que ya conocemos de sus libros anteriores, tan cercana, a veces, a la poesía.

Otro rasgo potente de Anidan minerales es una fabulación discreta en la que comparten espacio animales simbólicos con elementos naturales; a veces son objetos mínimos que de pronto se cargan de significado. Lo real se desdobla –y se desborda– en multitud de posibilidades, como si el poema fuera capaz de abrir una grieta por la que intuir una nueva manera de entender el mundo.

Con los dedos pequeños / desmigamos el pan de antes de ayer / ya no sirve para nada / pasamos por el mundo / y el mundo ha caducado...

Sin embargo, pese a esta dimensión simbólica, el libro nunca se aleja del lector. Muchos poemas dejan ver un humor leve, un modo lúdico de transitar la existencia que no es incompatible con la reflexión profunda. Julia Viejo capta esa sensibilidad imprescindible en nuestra época: la necesidad de ofrecer imágenes más que afirmaciones rotundas, intuiciones antes que certezas incontestables. Sus poemas son observaciones limpias sobre la fragilidad, el afecto, la identidad y esa forma peculiar en que lo cotidiano, con un mínimo de esfuerzo por parte del lector, puede volverse extraordinario.

[…] y yo: bueno, en fin, pido disculpas / por no saber ninguna de las cosas / que me preguntáis hoy / ¿acaso yo / pregunto alguna vez / por qué soy invitada a vuestras fiestas?

Leído en su conjunto, Anidan minerales no es un libro que se consuma a la primera, pese a su brevedad. Más bien crece, cambia, se expande con cada nueva lectura, del mismo modo que un mineral se va formando desde dentro poco a poco. Las imágenes, que al principio parecen dispersas, comienzan a iluminarse unas a otras a medida que sus páginas se nos van haciendo familiares.

Anidan minerales es una apuesta sólida por una poesía viva, que combina imaginación, ternura, reflexión y una mirada extremadamente personal hacia lo pequeño. Un libro que nos invita a pensar en cómo habitamos el tiempo y cómo lo sedimentamos; en cómo nuestras dudas, recuerdos y pequeñas alegrías forman también la geología íntima que nos sostiene en el transcurrir del tiempo.

La fantasía / un interminable / y pícaro / inventario de nucas.

Julia Viejo. Anidan minerales. Pre-Textos, 2025.

Poemario ganador del V Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona

1La estación azul. Radio Nacional de España. Programa emitido el 18/10/2025, disponible en: 

https://www.rtve.es/play/audios/la-estacion-azul/anidan-minerales-julia-viejo-18-10-25/16776438/

martes, 14 de enero de 2025

Atlas. Alba Cid (Reseña)

 


Un poema contiene el mundo: desde la fascinación podemos descubrir sus historias y rastrear sus ecos. En estos poemas, confeccionados como objetos, como pequeñas cajas de resonancia o secreteres, caben grabados y postales, cartas y ensayos; dos eclipses enmarcan el libro.

Alba Cid elabora en Atlas una cartografía sorpresiva y resistente, como la pintura sobre tela de araña o las cartas de navegación polinesias. En el curso de este recorrido singular, punteado de ritos, flores e historias apócrifas, emergen preguntas sobre la comunicación o la legibilidad de cuanto nos rodea.

Afirma Alba Cid que Atlas es una «suerte de recorrido distinto por el mundo», y no le falta razón. Cualquier proyecto poético es precisamente eso, una suerte de recorrido por el mundo personal, y particularísimo, de quien lo escribe. Un recorrido que es único pero también tentacular porque, si bien es cierto que nace de lo más profundo del poeta, no es menos cierto que su intención principal es hacer germinar la emoción en el lector.

Pero, ciñéndonos al «recorrido» al que se refiere la autora, no tenemos que ir muy lejos para encontrar el motivo principal que nos conducirá a través del poemario:

las plantas perennes necesitan mucho tiempo para crecer. es el caso de los tulipanes, / las flechas envenenadas del tejo, / las historias

Las historias que alimentan el poema concebidas como plantas perennes que crecen lentamente azuzando la memoria ‒«rastreando el eco», leemos en la contraportada‒ le sirven para dibujar un atlas que avanza verso a verso hacia la hibridación.

En Atlas, Alba Cid nos convierte en pasajeros de un viaje literario a través de todos los continentes pero, lejos de crear nuevas fronteras, incluso difuminadas como marcas en el texto ‒llama la atención que no hay mayúsculas después de los puntos o al principio de los versos‒, esta «pequeña occidental» que confía más en la historia de las palabras que en la de los hombres, indaga en la esencia de la civilización desde la insignificancia de lo que es verdaderamente importante,  con una voz poética particular con la que es capaz de construir un relato total rebosante de imágenes.

Flores que siembran la confusión al ser utilizadas como alimento. El corazón de una manzana, olvidado en medio de la playa, como el más humilde de los puertos que perduran en su empeño de seguir la tradición. De nada sirve la experiencia si el temporal nos engulle y, como una paradoja, terminar viviendo boca abajo sin inmutar la realidad. El viejo Cañón del Sil, convertido en criatura, es la metáfora perfecta de nuestra insignificancia en el tiempo. La fragilidad de la memoria, como pintura sobre tela de araña o el poder de conjurar el mal con sal sobre la tierra, como si fuera nieve, o fertilizar la tierra con estrellas de mar

se coloca en el centro y alza la vista, para capturar el brillo que fue / de la Vía Láctea

A pesar de cualquier escepticismo, a veces la evidencia llega con la flecha que atraviesa el pescuezo de un ave que, a pesar de la herida, es capaz de dibujar en el cielo la estela de la ruta antigua de la migración. Dolor y luz,

...la levedad existe porque existe el deseo

Una trampa para moscas no es más que el recuerdo más terrible de la infancia, donde la única defensa posible es el lenguaje con el que la poesía emerge de la tierra, como las cigarras, brillo de celofán en sus alas, para dominar las alturas apenas un instante, a pesar de las generaciones

ya ves, no hay maldad, / no hay por qué inquietarse

Qué hermoso pensar que los dioses nos bastan, que el acceso es un camino de tablas en el cielo y que el coral acaso sea una ofrenda en el salón de té. Y qué corta la distancia desde aquél lago-mar, rio del origen, si el mensaje intercontinental nos llega sobre las alas del cormorán ‒corvo mariño‒, qué belleza, la lengua original, la música de las palabras, en esta sinfonía de la pesca ancestral. La imagen del amor, arte marcial, grulla y serpiente entonando la danza de la muerte sobre una línea de pestañas

permanecen, sin tocarse, unidas en el asombro / de las marcas paralelas de los colmillos en la carne de la víctima

Erigir una columna de palabras, para conmemorar al que se marcha, para fortalecer los  brazos titánicos de  Atlas en su afán de sujetar al fin la bóveda celeste.

Imágenes poderosas, físicas y mentales

intuir el bosque en la dispersión de las semillas

Cartas de navegación que perfilan el rostro angular de Nefertiti

fuera de nuestro campo visual / ‒en completo silencio‒ / se fundan islas coralíferas

La inmensidad del océano tallada en un mapa de hueso que cabe en la palma de la mano.

los símbolos trabajan su propio deshielo

Escribe Ignacio Vleming: «Frente a la literatura confesional, convertida en escaparate de ínfulas y miseria, los poemas de Atlas son como vitrinas de un museo en el que todo parece estar vibrando». 

Vitrinas que nos muestran sus hallazgos a través de los versos, figuras que destapan la emoción del lector sin necesidad de alzar la voz. En Atlas nada altera las palabras que hacen posible el poemario, ni siquiera el más mínimo atisbo de ruido visual, a pesar de esa sensación de continuo movimiento.

pero el tiempo es un palíndromo, cuerpo de junco de pantano, / y cuando lo entendemos, solo queda derramar el lenguaje y describir / la manera lenta en que él abrazaba / sin saber / que el gesto era ya un sacrificio, / y que solo conseguimos abrazar así / a few times before we die

Alba Cid. Atlas. La Bella Varsovia, 2024.

Traducido del gallego por la autora a partir de la edición original (Galaxia, 2020), con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía "Miguel Hernandez".

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 12 de diciembre de 2024

Versos a la deriva. Marina Díez (Reseña)

 


Versos a la deriva es un poemario a flor de piel. Certifica que su autora, Marina Díez, vive en poesía. Navega las riberas de su dulce río y relata su historia íntima con versos cotidianos y amorosos, agrupados aquí a palabra limpia, que irradian el calor del corazón. Con inusual depuración del lenguaje, entre lo cotidiano y lo trascendente, su escritura es poesía pura en tiempos de prosa. Un regalo que dibuja la arquitectura del alma. Una amapola que para siempre floreció. (Ángel Fierro).

La poesía es una buena manera de dejar la piel a la intemperie, de desnudarse sin necesidad de tocar la ropa. Al lector le corresponde entender cuál es el envoltorio que, como ilusión definitoria, reviste al poeta de colores y fragancias, de sabores y susurros, y permiten que su cuerpo se funda con la tierra amasando en sus raíces las plantas de sus pies. Esta es la primera sensación que me deja la lectura de Versos a la deriva, el último libro publicado por la poeta y editora leonesa, Marina Díez.

Por eso es de sensaciones de lo que quiero hablar aquí.

Del susurro del agua que aparece de repente entre las olas verdes del mar terrestre y contagia las almas que circundan el tiempo, en el lugar en que la sangre se mezcla con las lágrimas, el mismo que convierte los brazos en hogar.

Mis sueños se tornan en pesadillas / mastico muñecas / que luego, en el baño / paro muertas

Del miedo justificado a la pérdida que al fin se convierte en explosión de los sentidos, como la caricia de la primavera, a pesar de suceder entre las paredes nevadas de un hospital en medio del más crudo invierno. De la poesía que crece antes de nacer, que emerge de las entrañas del cuerpo como sinónimo de vida y de futuro, un cuerpo, también, donde la ternura se hace fuerte contra el miedo, acurrucada entre tabiques de madera, con la cuerda latente a punto de saltar, como halo de la valentía de una muñeca rota pero capaz de amar.

Amante amor de madre, también amor carnal y desamor, amor simiente germen del recuerdo y del futuro.

¿Y si me abandono al oleaje? / ¿Si cierro los ojos y dejo de mirar / para poder sentir?

Una mente a la deriva que es capaz de sembrar pensamientos listos para crecer a través de la lectura, reconocerse en la lectura a pesar de no saber o de saberse protagonista de una historia cotidiana regada de vino y brillos de cristal roto que confirma que algo falla en esa perfección impuesta.

Me tocó en la lotería de las ganas de llorar / el premio gordo

En un ser siempre cargado de esperanza, a pesar de todo.

Tengo mucha poesía debajo de mi cama.

Siempre he pensado que en poesía el tiempo es otro, como el ánimo que cambia de un minuto a otro por culpa de una lágrima que brota de repente y nos recuerda que un día, sin darnos cuenta, nos desprendemos de la infancia y confundimos menstrual con monstruoso.

Versos a la deriva se nos abre a un espacio para el eterno retorno a temas universales, como la infancia, la tierra y el equilibrio, la lengua materna y la maternidad, la pérdida y el duelo, la duda que apuntala la confianza, el grito y el silencio, para construir desde ahí un poemario que se aprovecha del lenguaje sensorial, pero sencillo, de una mujer adicta a la tinta y la poesía. Marina Díez se abre en canal para evitar que sea la grieta la que se haga surco, para intentar que su mundo, que tanto se parece al nuestro, no naufrague entre tanta tontería.

Romperse por dentro no hace ruido, / solo muestra unas pequeñas grietas en el exterior / y quizás algunas fugas en los ojos

Bruja o hada, qué importa, si nos encontramos entre líneas.

Marina Díez. Versos a la deriva. Bajamar, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

domingo, 27 de octubre de 2024

Imperdible. Cristina Carrizo Altuzarra (Reseña)

 




Los libros cuentan historias y esta es la mía abierta en canal. Imperdible es un proceso de crecimiento, liberación y entrega. Compuesto por una selección de poemas vivos dispuestos a prenderse a tu corazón.

«No hay libro sin escritor, ni vida sin alma. Pero sí hay escritores con alma que sobrepasan todo lo real para hacerlo eterno», escribe Txus Cia Viciano, en el “Prólogo” de Imperdible, poemario escrito por Cristina Carrizo Altuzarra.

Desde la realidad, descubrir el alma para conseguir la eternidad, un buen principio para sumergirse en un libro que en la contraportada promete «desprenderse» en el corazón del lector.

Parece fácil. Solo se trata de dejar a un lado la ropa que nos protege de la intemperie (y también de la vergüenza) y disfrutar del sabor que el viento deposita en nuestros labios: sabor a sal, sabor a besos que saben a mar, pero también a esos otros que se convierten en «océanos sin mar».

Sabor a mar, saber a-mar.

Cristina busca un símil que le permita ver de una manera diferente, pero también sangrar, prender y desprenderse, y no hay que ir muy lejos para entender que lo ha encontrado, solo basta con fijarse en la  imagen que nos interpela en la portada, la imagen de un objeto que se adueña del rostro de una mujer, para bien y para mal: lo que nos permite ver también puede causarnos daño, o al contrario. La portada está firmada por Natxo Malo Altuzarra.

Los temas del poemario son universales: el desamor, la pérdida, la mentira, el silencio, el dolor

Y me huracanaste los cimientos de un corazón / que se creyó cerebro, artífice de esta mentira

el tiempo, la calma, la maternidad, el juego, pero también el amor sin condiciones

Tengo un trato. / Yo te amo / y tú me amas, / como si este viaje nunca hubiera empezado

siempre a través de una metáfora que nos confunde y nos alienta a pensar que en la vida a veces se trata de apostar, de arriesgarlo todo al rojo para ganar la luna, sobre todo si del amor se trata. Metáforas que convierten el amor en tormenta, en volcán, pero también en materia que se adhiere al cuerpo y lo transforma en universo, que torna el amor en ternura cuando se intuye que la vida se abre paso en el interior de la carne, a pesar del miedo; en besos que no entienden de gramática y noches que son como un regalo, imposible en otro lugar que no sea una cama para dos

Te esperábamos / pero no supimos decirlo con palabras / y lo dijimos con besos, caricias y cuerpos.

Imperdible es un lienzo repleto de imágenes, pero que no se pierde en la ampulosidad de lo que rebosa el recipiente, sino que se deja mecer por la sencillez de unas palabras cotidianas que han encontrado la musicalidad precisa para convertirse en arte

Te quiero fuerte / como una resaca de mar (o de bar)

palabras que todos entendemos, que todos sospechamos que algún día pueden ser también las nuestras, si no lo han sido ya

Los recuerdos se amontonan / como libros prestados / que ansían nuevas manos

recuerdos que son universales y nos permiten saber lo que se siente cuando la poesía se eleva de las páginas del libro y se hace aire.

Cirstina Carrizo Altuzarra. Imperdible. Olé libros, 2021.

Pedro Turrión Ocaña


jueves, 27 de junio de 2024

Montañas probables. Lara Magdaleno Huertas (Reseña)

 


“Montañas probables es una mirada poética a lo cotidiano en la montaña: el alud, la cuerda o la reunión adquieren una visión que trasciende cumbres y paredes para fusionarse con el montañero y el escalador […] En algún lugar de este libro la luz se escurre desde la cima, para leer por el mismo placer por el que se contempla una montaña. Disfrutemos sin prisa, antes de que a la cuerda se le gaste la camisa de tanto usarla, dejando el alma a la intemperie, a una deriva de abrazos y nudos flojos”.

Decir, con solo una obra publicada, que una escritora escribe muy bien tiene su riesgo, sin embargo, no me causó temor abrir la primera página del segundo libro de Lara Magdaleno Huertas, a pesar del reto que presuponía el haberse atrevido con un género totalmente distinto.


Me lanzo a la prosa como tú a las montañas: sin reservas.

Tú, sin provisiones, yo sin cautela.

No sé quién es más insensato.


Este pequeño ejemplo es toda una declaración de intenciones de lo que Lara  nos ofrece en su segundo libro, titulado Montañas probables. Sin embargo, no empezamos bien, porque estas palabras son un poco mentirosas. Me lanzo a la prosa, escribe, a pesar de que no hay prosa en el libro. No hay prosa, es cierto, pero vayamos despacio, porque tampoco hay prisa. Leemos en la contraportada:

«Disfrutemos sin prisa, antes de que a la cuerda se le gaste la camisa de tanto usarla, dejando el alma a la intemperie».

A veces la literatura es calma, como la ascensión a la montaña, como el silencio que imagino en la cumbre y solicito en la lectura. Otras veces la literatura es riesgo, dar un paso al frente y atreverse, sin cautela, puede que también sin provisiones, pero con la certeza de que, tras la proeza de llegar a una cumbre, que desde abajo vemos como un diminuto punto y aparte entre la tierra y el cielo, somos conscientes de que se ha dado todo. Pero calma y riesgo no son incompatibles, y este libro es una buena muestra de ello.

Como en Un extraño en los Alpes, su primera novela, Lara Magdaleno mezcla literatura y montaña, aunque con una pequeña diferencia con las divertidas peripecias de nuestro querido Grivell Dru: Montañas probables no es una novela, sino un libro de poesía.

Una de las claves del primer libro es la construcción de los personajes, en Montañas probables, los personajes son dos: la montaña y el sujeto poético que, por alguna razón, siempre tendemos a personificar en el poeta. Yo he tratado de salirme de ese axioma y ver el poema como una creación independiente, buscar en él la metáfora que activa mi sensibilidad, que “deja mi alma a la intemperie”, y a pesar de saber poco de montaña, y de su terminología, no me ha sido difícil sentirla como algo cercano, a través de la poesía. 

Según avanzaba en la lectura, me ha venido a la cabeza el último poemario de María Sánchez,  titulado Fuego la sed, en el que nos habla de la relación del ser humano con su entorno y cómo las decisiones humanas intervienen en su evolución, a partir de lo que mejor conoce ‒ella es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción‒. Lara Magdaleno hace algo parecido, aunque desde un lugar que le permite tener un campo de visión más elevado, quizá por ello más preciso, pero donde el más mínimo error se paga al instante. Según parece, la poesía es el medio idóneo para hablar de estás relaciónes.

Entiendo el título como un juego de palabras que nos induce a pensar en posibilidades, pero también, en la necesidad de probarnos o, tal vez, en ambas cosas. También la estructura es bimembre, con dos partes que juegan a separar un todo que, me temo, es indisoluble, pero intentar hacerlo también necesario: “Montañas persona”, frente a “Montañas inertes”. No sé si la montaña sirve como metáfora de lo humano o solo es la necesidad de lo inevitable lo que funde los dos términos, lo que iguala persona y mineral.

Intuición, muerte, futuro, amor, son algunos de los temas que subyacen de los poemas que componen el libro, palabras que son parte también de ese conjunto de cosas que modela nuestra existencia. Desde ese punto de vista, no puedo asegurar si en la poesía de Lara las pasiones se confunden o se complementan.

Amor y desamor, como pelea constante con nuestras propias inseguridades. La cima siempre está ahí, pero a veces llegar a ella cuesta más de la cuenta.

Hay un poema titulado “Azul”, que es una metáfora engañosa: según avanza, el poema se va transformando a través de un color:


...Yo me creí el azul en todos los matices,

y ahora que sé que el azul no existe,

me siento delante de una ecuación

con más incógnitas que soluciones...


A veces, lo que creemos real no es más que un engaño de nuestras certezas.

Lara Magdaleno enlaza poesía y montaña también a través del lenguaje, desde un modo verbal, en “Montañas subjuntivas”, y desde un modo oracional, en “Complemento directo”, donde afirma que la montaña es transitiva.


...¿Quén habría dicho que ella, tan grandiosa,

me predicaría como su sujeto?

Y aquí me tiene,

buscando un complemento circunstancial que nos defina...

 

 La manera de expresarse es fundamental en ambas disciplinas pues tienen un punto en común ineludible: en ambas, el sujeto se está jugando la vida.

Un libro no termina de escribirse hasta que el lector lo hace suyo, y si hay un género que necesita del lector, es la poesía, que siempre depende, no tanto de lo que se cuenta, como de lo que es capaz de transmitir. En Montañas probables, a través de una poesía directa e incisiva, hay mucho de saber interpretar lo que dice la montaña, de dejarse a llevar por su ritmo, por su musicalidad.

Escalar, como escribir, siempre conlleva un riesgo extremo, y no hacerlo, también.

Lara Magdaleno Huertas. Montañas probables. Desnivel, 2024.

Pedro Turrión Ocaña


jueves, 21 de marzo de 2024

Lo que pesa. Cristian Mir Zambrano (Reseña)

 

En estos tiempos y en este mundo tan incierto, el autor refleja hechos ficticios y reales que transcurren en su devenir diario; y que también lo han inspirado para relatar una serie de viajes, hacia el pasado, el actual presente y el venidero futuro.

La poesía, más que ningún otro género, tiene una función estética, aunque no menos importante es su mensaje, que siempre implica un compromiso del poeta con el lector. En este aspecto, lo que ha de sobresalir en un poemario, sobre todas las cosas, es la honestidad.

A mi juicio, Lo que pesa, cumple con creces estas dos funciones aunque, claro, el poso que deja la poesía en el lector es siempre subjetivo, a pesar de que lo leído haya salido de una determinada intencionalidad por parte del autor.

El libro está estructurado en tres partes: “Lácrima”, “Lo que pesa” y “Desolación”. Esta distribución, a partir de los títulos, ya nos predispone, si no a la tristeza, sí a la introspección, a buscar el reposo en las palabras.

Y no nos equivocamos. El poemario empieza como un grito vital del poeta que busca afianzarse en un camino que apenas se adivina, con pasos cortos, precavidos, a veces acuciado por el miedo, buscando no tropezar.

«En tiempos, en donde la podredumbre predomina; / es mejor alejarse de la maldad y la perversidad».

Entre tanto, el poeta se cuestiona dos cosas tan distintas como el hecho mismo de ser escritor y  su futuro, y las dos preguntas se igualan  con una  respuesta negativa.

«¿Soy un escritor en ciernes? / Ni yo lo sé. / ¿Qué me puede deparar el destino? / Tampoco lo sé»

Sin embargo, no saber no es lo mismo que no querer, que no darlo todo por intentar entender y por querer expresarlo.

Esta necesidad nos lleva a una segunda parte donde la poesía fluye a partir de lo cotidiano. El poeta indaga en lo más próximo, anhelando nuevas lecturas para poder escribir: la familia, la enfermedad, la distancia, el florecer de la vida a pesar de la dificultad, la perdida. A veces lo que más pesa es precisamente lo más liviano.

En la tercera parte yo subrayaría una palabra: esperanza, a pesar de todo, a pesar de la guerra, a pesar de la falta de reflexión del ser humano, de sus prioridades. Esperanza, a pesar de la incomprensión.

«Y aún así no pueden / saciar su sed de poder / ambición / fama / reconocimiento/ ...»

El sutil dolor que fluye a través de los versos de Cristian Mir Zambrano es un sentimiento universal que nos recuerda que la inmediatez y la prisa de la sociedad actual solo se pueden equilibrar con la sensualidad de una poesía sin ambages, sin más pretensión que la de desnudarse ante un lector que puede que lo que necesite sea un espejo en el que mirarse, escuchar palabras que pueda compartir o rebatir, un lector que quiera pensar más allá de lo que expresa un emoticono precocinado en esta comunicación alejada de cualquier contacto.

Me gusta su sencillez, pero también su valentía. Como escribe Patricia Castillo, en el prólogo, estamos ante un “laberinto de emociones” cuya lectura no nos dejará indiferentes.

Cristian Mir Zambrano. Lo que pesa. Aliar 2015 Edidiones, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 7 de marzo de 2024

Esclavos de nuestros silencios. María J. Mena (Reseña)

 


¿Es la vida un espacio inamovible? ¿Se puede revertir el pasado? ¿Qué tiene más peso en nuestras breves existencias: lo que hemos dicho o lo que hemos sepultado sin atrevernos a expresarlo? ¿Somos, en verdad, dueños de nuestros silencios?

Con esta nueva obra, atrevida, cercana y actual, María J. Mena regresa a la poesía para invitarnos a responder a estos interrogantes y a reflexionar sobre el poder de las convicciones, las apariencias y lo que se oculta tras las palabras que una vez salieron de nuestra boca o que tal vez aún aguardan el momento de ser pronunciadas.

La poesía es el género literario más personal, por esta razón, cualquier análisis realizado desde los ojos del lector es subjetivo. Pero, subjetivo ¿con respecto a qué? ¿Al pensamiento del autor? ¿Al pensamiento de cualquier otro lector? ¿Deberíamos cambiar la palabra pensamiento por sentimiento? A la vez, como cualquier otro género, la poesía es creación y, como tal, el poeta es libre de jugar con la construcción de las palabras y narrar con sus poemas una historia. 

Poesía, sentimiento y narración: interesante amalgama para iniciar la lectura de un libro que, además, ya desde el título, apela al silencio, pero a un silencio en plural y asociativo: nuestros silencios, propiedad de quien escribe y de quien se dispone a leer. No puede haber nada más personal que una poesía que, antes de leerla, ya sabemos que habla de nosotros.

¿Será solo un ardid?

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos transporta al reencuentro de dos personas que se amaron, y lo hace a través de la visión personal de cada actor, a partir de dos reflexiones enfrentadas –no sé si confrontadas‒ que, desde la evocación del pasado, intentan mirar a un futuro posible y que, como todo, tiene diferentes posibilidades: “Plaza tomada”, la de ella; “El lugar incierto de la duda”, la de él; y tres epílogos que cierran cada una, tres finales que le ofrecen al lector la posibilidad de elegir, de ser parte de la historia.

Empezamos bien.

Ella se fija en la mano fuerte que aprieta la suya, mientras él observa los pies de ella, pequeños pero firmes, el sustento del armazón de su cuerpo. Son dos voces que caminan con pasos acompasados y callan a un tiempo, pero que no dejan de sonar internamente, aunque desde distinto lugar :

«Me gustaría decírtelo, pero en lugar de ello, / permanezco en silencio»

«No quiero que te vayas, pienso / no quiero que lo hagas, / pero no te lo digo»

Una primera idea: El pensamiento monocorde que utilizamos de continuo abarca el universo y, sin embargo, la mayor parte de las veces queda atrapado en el silencio. Somos esclavos de nuestro silencio.

¿Existe una única razón?

La poesía es reflexión, intromisión, una conversación individual que tiene más de diálogo que de monólogo; una conversación que intenta combatir esos silencios que nos atan las manos, que no nos dejan ver que, lo que denominamos futuro, no es más que una reminiscencia del pasado, la misma que nos permite reconocernos en el presente, tomar decisiones nuevas, querer recuperar lo que quisimos o, al menos, intentarlo.

«Somos reos, / presos de pasos, prisas y prosas»

De todo lo que atesoramos en la vida, ¿qué nos pertenece de verdad?

Llega un momento en el que la necesidad nos devuelve a lo que quisimos ser, a pesar de nuestros padres, y a lo que nos gustaría, a pesar de nuestros hijos; siempre un segundo plato, aunque se nos antoje el más exquisito.

Es ella la que lo busca a él. Imagina su encuentro como una vuelta a la poesía, a pesar de saber que él no es, ni será nunca, poesía, dentro de una sencilla historia de amor en la que las lenguas olvidan su principal razón de ser, que es la de modelar las palabras, y se dedican a fundirse con un ritmo irrefrenable y frenético que arrincona preguntas y respuestas. Mientras, él justifica su viaje al norte. Ir al norte es no desnortarse, es hacer lo correcto, ser alguien en la vida. Él, que nunca escatima las palabras, aunque sean falsas, ruido para demostrar que existes. La palabra, así, no es más que otro silencio.

El norte como metáfora de triunfo, en contraposición a habitar permanentemente en la poesía. Sin embargo, este norte no es sinónimo de fortaleza, sino de malabarismo. El silencio de él es mentiroso, por eso se ancla en los pies de ella a través de los ojos.

«Hay tantas cosas que no sé de ti / cuando antes lo sabía todo»

Sabe que ella no es una de sus mentiras, y no quiere que lo sea, aunque también es consciente de que puede que no haya vuelta atrás.

«Hay que regresar, / tenemos que continuar con nuestra existencia corriente. / Seguir viviendo deprisa, / seguir siendo útiles / hasta nuestra obsolescencia no programada»

Imagino la poesía a través de los ojos virtuales de un dron que sobrevuela una calle desierta de Madrid, por la que pasean, cogidos de la mano, dos pasados que creyeron ser uno y no lo fueron; que podrían volver a ser uno y tal vez lo sean o tal vez no, donde puede más el tacto que el sonido, el sabor que la palabra. Hay quien a eso lo denomina amor, y puede que no sea más que eso, o puede que solo estemos viendo a dos actores que hacen mutis por el foro en el montaje de nuestro  drama cotidiano personal.

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos regala una historia universal, en forma de poemario narrativo de versificación libre, que nos atraviesa de parte a parte, porque nace de lo más íntimo del ser. Ese es, al fin y al cabo, el propósito de la poesía, entender que es el lector quien tiene que hacer el esfuerzo de reconocerse en ella, rellenando los huecos que deja el silencio.

¿Realidad? ¿Ficción?

A veces la realidad se oculta en esa historia que imaginamos una tarde, asomados por casualidad a la ventana del salón, en dos figuras que caminan cogidas de la mano, varios pisos más abajo. O tal vez no.

María J. Mena. Esclavos de nuestros silencios. Impronta, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 2 de marzo de 2023

Da dolor, Pilar Adón


 

“La manera en la que el tiempo pasa y las vidas suceden: esta certeza recorre los poemas que conforman Da dolor, un libro sobre la muerte, pero también sobre la literatura y la vida; sobre el modo en que la poesía nos cobija y nos explica, nos ofrece las claves para construir nuestros recuerdos y entender qué ocurre.”


...y echo yo de menos y ansiosa busco…

Safo

A pesar del título, la poesía no duele. La poesía sana, regenera, alimenta el alma. Otra cosa es el dolor del poeta que se universaliza en su poesía al contacto con el lector, cuando esta le muerde, o le traspasa en la noche a pesar de haber dejado el libro en la mesilla tras tener la osadía de hacerlo de cabecera. Así he sentido los versos que dan vida al libro Da dolor, de Pilar Adón, publicado por la editorial La Bella Varsovia.

A pesar del título, digo, y de los subtítulos, casi epígrafes, de las diferentes partes que estructuran el poemario, tan irregulares en extensión como lo son los periodos de tiempo físico por los que transita el dolor que causa el duelo, y escritos con un lenguaje poético que no abusa de la forma, sino que se adecúa a ella para dotar a los poemas de un ritmo preciso y envolvente que a veces acaricia y otras golpea, pero siempre acierta en la expresión.

No me voy a detener en los recursos estilísticos ‒encabalgamientos, anáforas, isotopías‒, que los hay, tiempo habrá de analizar cada poema, ni en las referencias culturales o simbólicas que salpican el libro, pero sí en su desarrollo como unidad temática completa, amasada con tal maestría, que nos hace creer que podríamos estar ante un relato.

‒Orogénesis (lo de antes), la búsqueda del principio, de la grieta primigenia en el suelo que la sostiene, en la roca que la cobija por la que el dolor se filtra como un líquido viscoso. El miedo finge no estar, mientras impregna cada porción del cuerpo y de las cosas, a pesar del deseo o de la tentación de no mirar atrás, creando una sensación de deterioro que es difícil de reconocer y atemperar.

A veces el miedo finge no estar. Pero es materia orgánica / doble piel. / Líquido tóxico que mana por percolación. / Excremento que destilo hasta inconsciente.

Sentir lo cotidiano convertido en miedo, como una fragancia árida que torna en pellejo la piel. Evadirse de la vida a pesar de otros versos. Ser solo vasija aun sabiéndose el origen de todo, y aceptarlo sin querer aceptarlo. Ser reina del caos mudo que brota del descuido, conductor de lo místico que habita en lo mundano, pero no permite cambiar la expresión ni detiene el llanto. Burlarse del dolor que provoca el daño de no saber decir un nombre, de no acertar con el nombre correcto. Gloria y misterio, el animal y el hombre en un mismo plano, a pesar del primero, mientras la niña que será siempre, naufraga en su propio líquido sin saber aún que la supervivencia habita entre las prisas de los años.

Tener una hija no es mejor que soñarlo. / Ni preferible a serlo. / Pocas palabras quedan tan sublimadas. / Puede que madre, tal vez.

Una hija que sea como su padre, pero no del todo, aferrada a las huellas de su rabia, de su sabiduría, latente en el fondo negro de algo que se acaba a pesar del tiempo.

Quién está ahí dentro y no me habla?

‒Deformación (durante), esa transformación disforme que nos acompaña en el proceso de crecimiento.

Qué hacer después.

Llega la duda al sentir el cuerpo en medio de la perfección de un número imperfecto, sentirse vieja de repente sabiendo que solo hay un camino: seguir viva abrazada a la muerte. El sol como vida y alimento, a pesar de la falta de fe en el ser humano, del cansancio y la poca esperanza que queda de los viejos cuentos, buscar consuelo en la mentira mientras se evalúa el destrozo. Dejarse mecer por la hospitalidad amiga aun sabiendo que siempre se puede estar peor si se está sola.

Aferrada a la palidez de una piel / que no espera compasión.

Pena en el espíritu. Oraciones varias en cualquier medio, sea natural o no. Querer, con la actitud febril de estar haciendo lo correcto, hablar sin temer al insomnio, refugiándose en los libros, también en los que duelen, y dar gracias

situada a la altura de tu sufrimiento.

‒Plegamiento (lo de después). La conciencia no es lo mismo que la consciencia. No ha sido sencillo aprender que la vida no era un juego infantil en un lugar idílico en medio del campo soñado, cuando la enormidad de la urbe te reclama. Seguir es la única elección, aceptar que cada propósito conlleva un escarmiento, que dejar de estar no es fácil.

He sido invención suya / su barro-yo.

Y que la soledad no es buena porque quien la sufre también la genera.

‒Epicúrea, no poder callarse, derramarse en chirrido, delatar y delatarse a través de los libros o a pesar de los libros ‒Ataraxia‒ hasta alcanzar el merecido descanso, la serenidad, ser racional a pesar de la tortura, razón y compasión no riman entre sí, septiembre es un mes fatídico ‒Emersión‒ para renacer más fuerte, salvaje y libre.

Un poemario puede ser una terapia, una explosión de vida, a pesar de la muerte; la herramienta que rompe la bola de cristal que anula al poeta y lo encierra en la profundidad de su dolor, por eso no es fácil de exprimir; o la carrera frenética que lo lanza a recorrerse de parte a parte, con los ojos tan abiertos que solo es capaz de ver la duda.

Dejadme recordar. Mirar atrás / no puede ser un pecado tan grande. […] Mi padre me llamaba Pilu / Mi madre, ratona / Aunque ellos no se acuerden.

Todo recorrido requiere una planificación previa, guardada tal vez en el subconsciente desde el origen, para cuando la necesidad sorprende desnudo al poeta. Ahí es donde aparecen los temas que están incrustados en su carne, en el caso de Pilar Adón, la naturaleza, y esa animalidad salvaje y buena a la que se aferra cuando tiene algo que contar. ¡Qué acierto el collage de Francisca Pageo que ilustra la portada!

La poesía no es objetiva, como tampoco lo son las imágenes que a veces inundan mi mente de lector y me mudan el ánimo para bien o para mal, por eso me gusta jugar a que la entiendo, cuando lo único que hago es tratar de hacerla mía, de llevarla a mi terreno, con mi bagaje de gritos y silencios.

La poesía solo es objetiva para el poeta en el efímero instante en que la escribe, en que la siente, y que no se volverá a repetir jamás. Sin embargo, es su impronta lo que queda, el reflejo indeleble de ese segundo en el que la dicha o el dolor llegó a su cúspide e impregnó el papel de sangre negra.

El fluir de la sangre siempre da dolor, como lo da saber que el líquido, que un día nos dio vida, se ha convertido en un surco seco y agrietado del peor de los desiertos. Lo más difícil, y también lo más bello, es saber hablar de ello.

Y que nos haga bien.

Pilar Adón. Da dolor. La Bella Varsovia, 2020.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 10 de junio de 2021

De madrugada en las calles. Adolfo García Ortega

 


Recordarán la calle y el lugar exacto.
Ya de madrugada, el sabor de sus bocas, la piel,
las palabras pronunciadas y la inestable
luz ámbar parpadeando en los semáforos
arrasaron su país,
lo calcinaron,
cayeron las fronteras.
Por toda compañía, un borracho salía de un portal
y el cielo era un túnel. Allá, muy cerca,
un taxi esperaba. Cochero de la cuenta atrás,
adivinó sus siluetas, supo que se irían.

Lo que fluye dice adiós,
todo se cambia,
pero sus labios, en ese momento, se buscaban a golpes,
habían sido necesarios muchos años
para que se encontraran allí,
junto a ese taxi detenido y a ese cielo como un túnel,
sobre aquella acera transfigurada
en la geografía más solitaria del mundo.

La pasión descubierta es una furiosa identidad
y así las bocas de los dos trataban de arrancar
el ropaje de amor sin futuro
con que a veces se viste el amor.
La pasión, entonces, son cuatro manos sujetas con fuerza
hasta alejar la sangre de los dedos,
la pasión es libre como una voz en el teléfono
a cualquier hora del insomnio.
Esa misma pasión que anuncia escalofríos
en el desván del pensamiento,
y presagia desconsuelo, y exige un cheque de dolor
pagado en blanco al destino.

Lo que deseaban
se decía en el gesto moroso, casi líquido,
que la mujer emprendió al pasar sus dedos
por la boca del hombre,
más desesperados los dos por saber
que la vigilia, la guardia mantenida,
la férrea fortaleza de la razón
iba a ceder el paso a ese cuarto de hora
de locura, fecundo,
en que se deja de sentir el miedo
de haberlo perdido todo.

Por esa noche, al fin, fueron felices,
aunque luego nunca más hablen de ello,
allá donde estén,
y se echen de menos el resto del tiempo,
duren lo que duren los años.

Adolfo García Ortega, Travesía. Pre-Textos, Valencia, 2000, p.66


El poema narra el descubrimiento del amor verdadero en medio de la soledad nocturna, esa que está más allá de la vigilia y del sueño, y lo hace a través de varios núcleos temáticos construidos a partir de las diferentes estrofas, semejantes a los títulos de los diferentes planos de una película de cine negro: realidad de los amantes; se rompen sus esquemas; se entregan a una pasión irrechazable; indagan en el amor; se produce la consumación; vuelta a la realidad.

El primer verso del poema, y los cuatro últimos de la estrofa final, son la confirmación de la idea central. A través de ellos nos damos cuenta de que lo que han vivido los amantes será imposible de olvidar.

En el resto de la primera estrofa se produce la puesta en escena de este poema que desde el primer momento se instala como un film en la mente del lector: madrugada; tras el encuentro, se han roto todos sus esquemas; lo que creían real (su país) sucumbe tras un encuentro que no pueden rechazar y que les marcará para siempre. El ambiente sórdido de la escena marcará todo el poema: la luz parpadeante de los semáforos en medio de una noche oscura, con la única compañía de un borracho y un taxista acostumbrado a ser siempre el testigo de la vida, que surge y se esfuma en un instante, y que rara vez tiene que ver con él.

En la segunda estrofa, aunque no es lo habitual (no está bien visto, o no es lo que mandan los cánones ‒posiblemente, tampoco los suyos‒) ellos se entregan a una pasión recién descubierta, pero que llevan esperando muchos años y saben que es posible que solo dure ese instante. Es el encuentro con el amor verdadero, que a veces tarda en llegar o que no llega nunca.

En la siguiente estrofa, los amantes indagan si es en realidad el amor verdadero lo que tienen, o si es solo la pasión de un momento de locura. Surge entonces lo desconocido de uno mismo, lo que busca la verdad a toda costa, y es ahí cuando la pasión se hace reconocible en otras noches de insomnio que habitan en un recuerdo doloroso que tarde o temprano regresará.

La penúltima estrofa es la consumación de lo que ya no tiene remedio, de lo que quizá nunca se vuelva a repetir; es la consumación de una felicidad efímera y eterna, a la vez. A esta estrofa hay que añadir el primer verso de la siguiente.

En los cuatro últimos versos del poema retrocedemos al principio, a la realidad del primer verso, como un zoom de cámara que se aleja y nos muestra el plano vacío de una escena en la que ya solo perdura el recuerdo.

Es crucial el uso que García Ortega hace de los tiempos verbales para dotar de movimiento al poema. Un movimiento que, a la vez que físico, es también temporal.

El poema comienza con la tercera persona del plural de un verbo en futuro recordarán, verso que, como dije arriba, tiene su continuidad en los cuatro últimos, estos construidos con versos en presente de subjuntivo con valor de futuro. Los cinco versos forman un continuum que podría funcionar también de manera independiente: «Recordarán la calle y el lugar exacto / aunque luego nunca más hablen de ello, / allá donde estén / y se echen de menos el resto del tiempo, /duren lo que duren los años.» A partir de ahí, se produce una alternancia entre el pasado y el presente que fluctúa como un cambio de plano, como un cambio de luz en la escena fílmica del poema.

En la primera estrofa hay varios verbos en perfecto simple: arrasaron, calcinaron, cayeron; son verbos muy próximos semánticamente que tratan de poner en un primer plano la violencia de lo que sucede. Pero no es una violencia peligrosa, más bien lo que quiere conseguir es transmitir al lector esa sensación de brusquedad de lo que se busca con prisa, con urgencia. A estos le siguen tres verbos en imperfecto que pertenecen a los personajes secundarios de la escena, al borracho que salía de un portal, al cielo que era un túnel, y al taxi que esperaba. Si la primera estrofa comienza con un verbo, tenemos que esperar al cuarto verso para encontrar el siguiente, en tiempo impersonal de gerundio, al que le siguen los tres tiempos mencionados del pretérito perfecto que, casi por sí solos, completan una estrofa cada uno o son el centro de ella, en una estructura donde predomina el asíndeton. Este recurso es cortado en seco al principio del séptimo verso, donde la conjunción y ralentiza la escena y nos hace volver la vista hacia los personajes secundarios que se mueven en un tiempo indefinido.

El primer verso de la segunda estrofa es una antítesis que refleja muy bien la idea que nos transmite sus versos, la del encuentro, efímero y eterno, de los amantes. En ella se repite la metáfora, presente ya en la primera estrofa, que dibuja la oscuridad del cielo, pero esta vez funciona como una alegoría, al completar la imagen con la transfiguración de una mínima acera que es, a su vez, inabarcable, al formar parte de un espacio intangible, como intangible es la soledad y el mundo. De nuevo son los tiempos verbales los que consiguen un movimiento que empieza con un presente genérico que nos muestra lo que puede ser una sensación conocida por el lector (fluye, se cambia) y que sobrepasa la realidad temporal del suceso; continúa en pasado, tiempo en que se produce un acto que se alarga en su origen (se buscaban, y para ese encuentro consumado habían sido necesarios muchos años); y termina también en un presente de subjuntivo dual, ya que, a la vez que transporta a los amantes al futuro que nace de su propio pasado, devuelve al lector al presente escénico que denota el decorado.

Hay una fuerza oculta en la tercera estrofa, que ya se intuye en el primer verso. Una fuerza presente en la estrofa anterior (se buscaban a golpes), pero que ahora vemos en detalle al situar a los dos sujetos poéticos en primer plano. Ahora, en vez de un escenario, la pantalla instalada en la mente del lector, se llena de términos que forman una isotopía semántica que nos transgrede. Términos como: furiosa, arrancar, fuerza, sangre, insomnio, escalofríos, desconsuelo, dolor. Estos términos son la definición perfecta de la palabra que más se repite en la estrofa: pasión. Una pasión que puede engañarlos: pasión ‘identidad’, pasión ‘fuerza’, pasión ‘libertad’, pasión ‘desconsuelo’. Por eso se zambullen del todo en ese instante, se desnudan, se abarcan desde la libertad adquirida en la irrealidad que produce el insomnio, sin pensar que el pago pueda ser el dolor que, en algún momento, siempre exige el destino. Esta posibilidad la subraya el poeta repitiendo la conjunción y (polisíndeton) al principio de los dos miembros paralelos que construyen el penúltimo verso.

Como decía arriba, la penúltima estrofa contiene los versos de la consumación del amor descubierto. En ella, el poeta no se conforma con utilizar en el segundo verso una figura poética como la sinestesia (se decía en el gesto), sino que alarga su explicación en los versos siguientes, creando con ello una imagen completa de la escena. En este caso, la continuidad de ideas, la gradación de epítetos que califican al término razón, no necesitan de la ralentización de conjunciones (asíndeton). Porque todo sucede en un cuarto de hora. Es importante acotar el tiempo para que nos demos cuenta de que lo que sucede puede cambiarlo todo: cuando se pierde el miedo, cualquier cosa puede suceder, como perderlo todo o encontrar la felicidad que busca el ser humano desde el albor de los tiempos. El primer verso de la última estrofa es la culminación de la escena que, a partir de ahí, trasciende al espacio y al tiempo conocidos y se instala en un futuro que dura toda la vida.

Con los cuatro últimos versos ingresamos, con el modo subjuntivo de los verbos, en el utópico espacio de lo desconocido, de lo probable, de lo que puede suceder; en el desconocido mundo interior del ser humano que también atañe al lector, y en la acotación imposible de la durabilidad del tiempo.

Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), en una entrevista realizada en 2016, mantiene que “ahora hay una generación que lee muy poco y, encima, está dirigida, ya que está inmersa en la lectura de lo breve y es incapaz de descubrir algo nuevo, pero siempre habrá un público para lo literario”1. Y, aunque el poema analizado es muy anterior a esta entrevista (el libro se publica en el año 2000), podría ser un buen antídoto para curar ese mal que predica el autor y que, por desgracia, se propaga con la rapidez del rayo: es breve y, sin embargo, es nuevo, porque es capaz de trasladar al lector a otras formas de transmisión cultural, como pueden ser el cine, la música o la novela.

Porque el poema De madrugada en las calles, es eso, una inmensa historia contenida en el mínimo recipiente de un poema; una historia que puede ser visualizada, cantada y también narrada, en la que el autor, tal vez sin proponérselo, es capaz de despertar al curioso que todos llevamos dentro, al curioso que busca y se busca en otros que no conoce, que en algún momento no ha sido capaz de entender lo que le ocurría por dentro, de entender por qué un mínimo momento del pasado se obstina en aparecer en medio de la noche, del sueño o del insomnio. Y, aunque ahora no usemos el teléfono para buscar consuelo en otra voz solitaria que nos levante el ánimo, y lo usemos como un apéndice más de nuestro cuerpo, es el mismo teléfono el que nos introduce en la impersonalidad anónima y adictiva de las redes sociales.

Pero, “porque siempre habrá un público para lo literario”, García Ortega construye también un poema que rebosa literatura. Como apunta Juan Diego Madueño, “La poesía de Adolfo García Ortega es una mezcla de prosa descriptiva y metáfora. La sencillez de una visión no pretenciosa de la realidad: un espejo a través de la voz impersonal del lector”2. Una visión de la realidad en la que cabemos todos y que nos traslada a un lugar reconocible pero que difícilmente es traducible a palabras: es el lugar donde habita la poesía de lo cotidiano, de lo que ocurre en cada madrugada, en cada calle de cualquier lugar del mundo; y seguirá ocurriendo, duren lo que duren los años.

1 Velasco Oliaga, Javier, “Entrevista a Adolfo García Ortega, autor de ‘El evangelista’”. Todo literatura; 9 de noviembre de 2016, en https://www.todoliteratura.es

2 Madueño, Juan Diego, “Adolfo García Ortega y la poesía de otros”. Diario El mundo, 15 de abril de 2015, en https://elmundo.es/cultura

Pedro Turrión Ocaña

Último artículo

Tiemblas en el verano. Manuel Avís (Reseña)