martes, 8 de septiembre de 2026

Una conciencia nueva. Silvia Bardelás (Reseña)

 

No soy un asiduo lector de ensayos, tal vez por esta razón cuando uno cae en mis manos tengo la sensación de no haberlo entendido del todo, por buscar indirectamente su lado más literario. Sin embargo, al cerrar Una conciencia nueva, de Silvia Bardelás, la sensación ha sido diferente: la de haber sido capaz de mirar de otra manera, a pesar de no haber cambiado mi forma de mirar el texto.

El libro parte de una preocupación, que no es precisamente nueva, pero que no deja de ser un hecho candente, la de cuestionarse cómo vivimos, cómo pensamos, cómo nos relacionamos con los demás, qué hemos perdido en nuestra manera de estar en el mundo. Pero lo realmente sorpresivo no está tanto en las respuestas que ofrece Bardelás como en la manera en que intenta llegar hasta ellas. Desde ese punto de vista, mi primera conclusión es que este no es un ensayo ideado y construido para demostrar una idea, sino un libro que piensa mientras se escribe.

Y es precisamente esta complejidad la que lo cambia todo.

Me da la sensación de que Silvia Bardelás no confía demasiado en las ideas cuando estas se quedan solas. En cuanto una reflexión empieza a adquirir la apariencia de una conclusión, ella vuelve a la experiencia, al recuerdo, a una persona, a una película, a un libro, como si necesitara comprobar que su reflexión sigue teniendo algún sentido cuando toca el suelo. Esta es, para mí, una de las características más literarias de Una conciencia nueva.

No se trata únicamente de lo que la autora dice sobre la literatura, sino de que al escribir piensa literariamente, y no porque convierta el ensayo en una novela o utilice recursos narrativos de una manera evidente, sino porque su mirada necesita personajes, situaciones, recuerdos, imágenes. Bardelás necesita ir a lo concreto, tal vez influida por su trabajo editorial, además de su labor como doctora en filosofía. Sin duda, el libro resulta más interesante cuando se aleja de las grandes palabras.

Conciencia, sociedad, individuo, libertad, identidad, son palabras importantes, pero también peligrosas. Pueden acabar diciendo demasiado y, por tanto, no decir nada. Bardelás se da cuenta de ello, de ahí que su escritura se obligue a regresar continuamente a aquello que todavía no ha sido convertido en concepto, y se detenga en la persona antes que la categoría, en la experiencia antes que en la explicación, en la mirada antes que en el juicio.

Ahí es donde el libro encuentra su verdadera materia.

Podríamos afirmar que Una conciencia nueva habla mucho de cómo miramos a los demás, pero añadiendo que, en el fondo, también lo hace de cómo la literatura nos obliga a mirar más allá de lo que leemos. Leer una novela significa aceptar durante un tiempo la existencia de alguien que no somos nosotros, entrar en una conciencia ajena, permanecer junto a alguien cuya manera de pensar no podemos reducir a una definición. En ese sentido, la literatura no nos sirve para escapar de la realidad, sino para complicarla. Y esta complicación es importante.

Vivimos en un momento en el que todo parece pedirnos una respuesta inmediata: Quiénes somos, de qué lado estamos, qué debemos pensar o sentir. Incluso, las personas parecen llegar a nosotros ya explicadas. Antes de conocerlas, ya tenemos una palabra para ellas. Bardelás escribe contra esa facilidad, pero no contra las palabras, sino contra la tentación de dar por terminada una experiencia en el momento en que encontramos una palabra que parece explicarla.

Por eso su escritura insiste, vuelve, rodea, se detiene. Una idea aparece, desaparece y vuelve a aparecer desde otro lugar. Hay momentos en los que esta insistencia puede resultar excesiva, pero también creo que ahí está una de las claves del libro: no es su intención resolver demasiado deprisa aquello que está pensando, y esa resistencia a cerrar es, paradójicamente, una de las cosas que más acercan el libro a la literatura.

Una novela no termina tras la explicación de sus personajes, termina cuando ya no podemos seguir acompañándolos.

Algo parecido sucede aquí. No estamos ante un libro que quiera entregarnos una teoría perfectamente ordenada sobre el ser humano. Lo que propone es mucho más modesto y, al mismo tiempo, muchísimo más difícil: nos induce a prestar atención.

Prestar atención de verdad. A lo que nos ocurre. A los otros. A lo que pensamos antes de convertirlo en opinión. A aquello que sentimos y que todavía no hemos aprendido a nombrar.

Quizá la expresión “una conciencia nueva” pueda llevarnos a imaginar la posibilidad de una transformación radical, una especie de revelación o de revolución. Yo prefiero entender el libro de una manera menos espectacular, simplemente, como un pequeño desplazamiento de la mirada que nos capacita para ver algo que estaba delante de nosotros y que no habíamos visto.

Muchas veces la literatura no nos proporciona necesariamente una información que desconocíamos, nos hace reparar en algo que ya sabíamos, y después de haber reparado en ello, ya no podemos mirar igual.

Hay en Una conciencia nueva una voluntad de recuperar esa clase de atención. Una atención que no sea rápida, que no necesite llegar inmediatamente a una conclusión, que permita que el otro conserve una zona de misterio.

Esta me parece una idea especialmente valiosa porque también es una idea profundamente literaria.

Un personaje que comprendemos por completo deja de interesarnos.

Una persona que creemos comprender por completo quizá sea algo todavía más peligroso.

Tal vez por eso, uno de los movimientos más interesantes del libro sea ese desplazamiento constante entre el yo y los demás. Silvia Bardelás parte de la conciencia individual, pero poco a poco esa conciencia deja de parecer una habitación cerrada y nos descubre que está hecha también de las voces que ha escuchado, de los libros que ha leído, de las personas que ha querido, de las experiencias que la han modificado.

No somos tan individuales como creemos, pero tampoco somos una simple suma de influencias. Hay algo en medio. Tal vez ese lugar extraño en el que una conciencia se encuentra con otra. Y es justamente ahí donde la literatura lleva siglos trabajando.

Por eso creo que Una conciencia nueva se entiende mejor si se lee menos como un ensayo que viene a explicarnos el presente y más como un libro que intenta hacer visible el acto de mirar. Aunque no siempre lo consigue de la misma manera. Hay momentos en que la reflexión se hace más explícita y pierde algo de la vibración que tiene cuando se encuentra con una experiencia concreta. Pero incluso esas zonas más discursivas forman parte de la tentativa de la autora de encontrar una lengua capaz de hablar de aquello que ocurre antes de que lo hayamos convertido en teoría.

Y quizá esa sea la mayor dificultad.

¿Cómo escribir sobre lo que todavía no tiene nombre?

¿Cómo pensar sin borrar aquello que estamos intentando comprender?

¿Cómo mirar al otro sin convertirlo inmediatamente en una idea sobre el otro?

Todas son preguntas que atraviesan el libro y que, de algún modo, también atraviesan constantemente la literatura.

En resumen, al terminar Una conciencia nueva, no guardo tanto una respuesta como una cierta incomodidad que me hace desconfiar de las palabras demasiado rápidas, de las conclusiones demasiado limpias o de esa costumbre nuestra de creer que comprender algo consiste en poder explicarlo.

Quizá comprender sea otra cosa.

Quizá consista en quedarse un poco más, en mirar un poco más, en escuchar del todo antes de responder, en dejar que una persona siga siendo algo más que aquello que hemos entendido de ella.

Quizá una conciencia nueva no sea una conciencia que sabe más.

«Es artista el que escribe una novela, pero también es artista el que sabe leerla. Es artista el que pinta un cuadro, pero también es artista el que vibra cuando capta la intimidad de la pintura. […] El artista es un yo que se reconoce en su obra y en seguida se da cuenta de que ese yo es nosotros».

Quizá una conciencia nueva sea una conciencia que mira mejor.

Silvia Bardelás, Una conciencia nueva. Acantilado 2026.

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