Azul es el color de la armonía, pero también se asocia a la tristeza que imprimían a sus cánticos los esclavos afroamericanos de las plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos, y que ha derivado en ese blues que nos acaricia el alma. Pero no todos los blues –cromáticos o musicales– tienen el mismo significado.
«Los negros, cuando estaban tristes, estaban blue y yo me convencí de pequeña que eso tenía que ver con el color oscuro y azulado de su piel. Ahora me pregunto si el azul es para mí el color de la vergüenza […] Vergüenza azul y triste como esos recuerdos».
La vergüenza es azul es la novela ganadora del 73 Premio Ateneo-Ciudad de Valladolid. Si nos fiamos de su título, y de estas palabras pronunciadas por Clara, su protagonista, el azul es también el color de la vergüenza.
Confirmarlo puede ser el motivo real que le hace a Clara regresar a Granada desde San Francisco, lugar en el que ahora reside y pinta, aunque se diga a sí misma que su único propósito es visitar a su madre y a su hermana Martina, profesora de equitación, cinco años menor. Pero ese blue sigue latente en su interior y estalla en el primer diálogo que ambas –madre e hija– mantienen en la novela, cuando a un comentario insustancial de Clara, su madre le responde: «Shirati ha muerto».
Aún no sabemos por qué, pero inmediatamente intuimos que la simple mención de ese nombre va a ser el detonante que precipite la apertura de la grieta que las separa, una grieta velada por la distancia y el tiempo, oculta tras innumerables capas de silencio. A partir de ese punto, la novela transita en medio de un diálogo constante entre el presente y el pasado, entre la mujer que recuerda y la muchacha que aún no ha comprendido del todo lo que ocurrió: la separación de sus padres, su adolescencia truncada, la existencia de Shirati y de la secta.
Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente la forma de abordar la memoria. Isolda Patrón-Costas entiende que recordar no consiste en recuperar hechos intactos, sino en juntar una serie de fragmentos dispersos y tratar de reinterpretarlos, aun sabiendo de la imposibilidad de completar con ellos la verdad. La estructura temporal fragmentada, con la que Patrón-Costas construye la novela, responde a esa lógica: los recuerdos aparecen como destellos, a veces nítidos, otras veces deformados por el miedo o la culpa, de tal manera, que solo la interacción del lector puede ayudar a la protagonista a completar el relato.
Y es en esta colaboración donde cobra sentido esa palabra del título que, a mi juicio, vertebra la novela: vergüenza, entendida como una fuerza silenciosa y contagiosa, capaz de modelar conductas, de ocultar abusos, y de condicionar la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás.
Pero si la vergüenza es la clave estructural, la relación madre-hija es el núcleo temático del relato. Lejos de plantear un conflicto simple entre víctimas y culpables, Isolda opta por explorar los matices de un vínculo atravesado por la dependencia, la necesidad, el afecto y las heridas heredadas. Vemos la maternidad como un territorio ambiguo donde protección y daño comparten espacio, y entendemos que términos teóricamente opuestos, como cercanía y distancia o sometimiento y amor, en realidad no están tan distantes.
La elección de Granada también es acierto, ya que su papel trasciende al mero escenario y se convierte en un espacio propicio para la memoria, a través de una geografía emocional que aprovecha cada rincón para mostrarnos las huellas de lo vivido. Como ocurre con frecuencia en las novelas que trabajan sobre el recuerdo, los lugares adquieren una dimensión simbólica que convierte sus espacios físicos en cúmulos de experiencia que el tiempo no es capaz de borrar.
También es clave la elección del lenguaje, que se caracteriza por su contención. No necesitamos un exceso de dramatismo fácil ni de exhibición sentimental. Al contrario, la intensidad surge precisamente de aquello que aparece insinuado, de las zonas de sombra que el lector ha de completar. La autora confía en la inteligencia de quien lee y evita convertir el dolor en espectáculo, decisión que dota al texto de la fuerza emocional que necesita.
En definitiva, La vergüenza es azul es una novela sobre la dificultad de nombrar aquello que nos marca, sobre las huellas invisibles que dejan determinadas relaciones y sobre el largo proceso que tantas veces necesitamos para comprender. Isolda Patrón-Costas construye un relato sólido, psicológicamente complejo y narrativamente eficaz, que trasciende el ámbito familiar y se convierte en una reflexión sobre la identidad, la memoria y la posibilidad de reconciliarse con aquello que durante años permaneció –o mantuvimos– oculto en lo más oscuro del cerebro.
Empezaba la reseña hablando de blues, y quiero terminar aludiendo a una canción que parece escrita para completar esta novela: Different shades of blues, de Joe Bonamassa:
When you got nothing left to lose / Might sound good, but I’m not sure that’s true / Your carry the pain around and that’s what sees you through / The different shades of blue.
Aunque pertenecen a medios distintos, creo entender un mensaje común entre la novela y el blues del maravilloso guitarrista y cantante neoyorkino:
El sufrimiento no desaparece cuando se comprende, simplemente cambia de forma.
Isolda Patrón-Costas. La vergüenza es azul. Menoscuarto Ediciones: 2026

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