El Gran Bosque (Pre-Textos: 2019), de Marta López Vilar, nos llama la atención desde el primer poema por su forma, aunque no tardamos en darnos cuenta de que, lo que en realidad tenemos en nuestras manos, es una invitación a internarnos en un lugar donde el lenguaje no nombra con soltura y donde la experiencia precede –y a veces desborda– a la realidad tangible de la palabra.
«Hay un bosque. Ese bosque. Llegué a él un verano y pronto anochecía...»
No tenemos más que la palabra para acompañar a la poeta en este viaje personal y único: el verbo impersonal, el demostrativo, el artículo indeterminado, el adverbio temporal, nos cogen de la mano para mostrarnos que en el espacio poético, que se abre ante nosotros, de apenas sesenta páginas, de treinta y nueve poemas en prosa, al que accedemos, no importa el qué, el dónde, el cuándo. Pronto entendemos también que el bosque del título no es un artificio, un mero decorado y mucho menos una metáfora estable, sino que es un territorio real, a la vez que un espacio simbólico en el que Marta López Vilar ensaya una forma de estar en el mundo marcada por la extranjería, el silencio y la intemperie, a través de la poesía.
Avanzamos en fragmentos que se leen como anotaciones de una experiencia límite: la del cuerpo enfrentado a un entorno que no responde a los códigos habituales del lenguaje ni de la identidad. Desde las primeras páginas percibimos que El Gran Bosque no busca la línea recta ni la confesión autobiográfica, sino que se construye en un clima de extrañamiento en el que el yo se desdibuja, se repliega y se reconfigura en contacto con la naturaleza, con la ciudad ajena, con la lengua que no se domina. El resultado es un libro que exige la implicación absoluta del lector, a través de una lectura atenta a las recurrencias y a los desplazamientos de sentido.
Uno de los ejes más potentes del poemario es la reflexión implícita sobre el lenguaje. La voz que habla en El Gran Bosque parece escribir desde una insuficiencia verbal donde las palabras no alcanzan, no sirven del todo, o llegan tarde. Esta carencia no supone un fracaso, sino un punto de partida poético muy interesante.
Desde pequeña, me dijeron que el mundo, este mundo que me mira y teje lentamente su nombre, era un alfabeto. Su largo decir estaría debajo de los árboles, bajo este cielo que anochece...
En muchos de los poemas, la sintaxis es breve, cortante, casi primaria. Hay una renuncia consciente a la frase elaborada en favor de una expresión directa, a veces áspera, que remite a necesidades básicas: comer, dormir, orientarse, nombrar lo inmediato. El lenguaje se vuelve corporal, táctil, como si antes de significar tuviera que rozar, palpar, sobrevivir.
Esta manera de escribir dialoga con la experiencia de lo extranjero: el hecho de no dominar la lengua del entorno obliga a regresar a lo esencial. El poema, entonces, no trata de embellecer esa situación, sino que la encarna formalmente. El lector siente esa limitación como parte de la experiencia estética: el poema no explica, expone.
El bosque es una presencia constante, pero nunca pasiva. No es refugio romántico ni naturaleza idealizada. Es más un espacio que observa, que impone sus reglas, que sitúa al yo en una posición vulnerable. En varios fragmentos se sugiere que el bosque “mira”, que tiene una forma de conciencia opaca frente a la cual el sujeto humano pierde su centralidad.
Los vencejos vuelan por encima de la noche […] Como un resplandor oscuro me contemplan desde el Bosque. Y yo espero. Miro hacia arriba sin saber si vienen o se marchan. Como yo no sé si vuelvo o si me marcho del mar.
Desde el punto de vista simbólico, el bosque funciona como un lugar de posesión en el que se diluyen las certezas culturales, los nombres conocidos, las jerarquías habituales. El yo poético no domina el paisaje, sino que aprende a moverse en él con cautela, casi con temor. En este sentido, el libro se distancia de lecturas ecologistas complacientes: la naturaleza no es consuelo, sino confrontación.
El bosque también es un espacio de tránsito. No hay una voluntad de arraigo definitivo, sino una experiencia de paso que deja huellas. Esta condición liminar refuerza la sensación de estar siempre “en medio de algo”, sin llegar nunca a una forma cerrada de identidad o de relato.
Otro de los núcleos temáticos del libro es el cuerpo, entendido como lugar de inscripción de la experiencia. El cuerpo aparece cansado, hambriento, expuesto al frío, al silencio, a la intemperie. No es un cuerpo abstracto, sino un cuerpo que necesita, que se adapta, que aprende otras formas de estar.
Y olvidé mi hambre. Ya no necesitaba el hambre. Sonreí al recordar que alguna vez quise alimentarme...
La recurrencia de imágenes relacionadas con la tierra, las hojas, la nieve o los gestos mínimos (caminar, tocar, lamer, cavar) refuerza una poética de lo material. Frente a la imposibilidad de articular un discurso pleno, el cuerpo se convierte en un lenguaje alternativo. Es a través de él como el yo se relaciona con el entorno cuando las palabras fallan.
El aire me cubre el corazón que no recuerda. Y, sin embargo, este sonido dentro, este sonido sordo arde y sana.
Este énfasis en lo corporal conecta El Gran Bosque con una tradición contemporánea que desconfía del exceso retórico y apuesta por una escritura que se mide con lo real, incluso cuando lo real resulta incómodo o inhóspito.
Aunque el libro se articula en dos partes claramente delimitadas –«Esto es la noche» y «La ciudad reconstruida»– y un último poema titulado «Epílogo y el decir de la nieve», el poemario puede leerse como un recorrido que va desde la oscuridad y la fragmentación hacia una forma de apertura. No se trata de una resolución optimista, sino de una aceptación: el lenguaje no se recupera del todo, pero aprende a convivir con sus límites. El epílogo, más extenso y narrativo, introduce una leve variación tonal, donde la nieve, la ciudad o la memoria aparecen como elementos que permiten una cierta reorganización del sentido, pero, el bosque –como experiencia– permanece siempre de fondo, como el fruto de un aprendizaje irreversible.
Cómo decir el sonido del Gran Bosque cuando ya no estés. Este Gran Bosque al que llegué mientras tras de mí caían las cosas. La pérdida que se convertía en flor cuando soñaba.
El Gran Bosque es un libro que no busca agradar ni tranquilizar, su apuesta es mucho más arriesgada: explorar cómo se escribe cuando el lenguaje ya no es un instrumento dócil, cuando el yo debe reinventarse al contacto con lo desconocido. Marta López Vilar construye en sus páginas una poética del desarraigo que rehúye el dramatismo y se sostiene en una atención radical a la materia, al cuerpo y al silencio.
Quizá por eso, tras su lectura, este poemario se recuerda más como una experiencia total que como una simple suma de textos aislados con un denominador común. Adentrarse en El Gran Bosque es aceptar perderse, pero sabiendo que, en esa aventura, podemos aprender que existen otras formas de decir.
Marta López Vilar. El gran bosque. Valencia: Pre-Textos, 2019. II Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro

.jpg)



