Ciertos episodios de la historia parecen concebidos para la
literatura antes incluso de que la literatura se fije en ellos, y no
porque sean más dramáticos o más singulares que otros, sino porque
contienen ya en su interior un germen narrativo intrínseco que pide
ser narrado.
La aventura de la ocupación de Fiume
(hoy la ciudad croata de Rijeka) por el poeta-soldado Gabriele
D’Annunzio en 1919, es
el ejemplo perfecto de uno de esos episodios donde la historia parece
haber imitado deliberadamente los excesos de la ficción. Durante
quince meses, un grupo de voluntarios trató de convertir aquella
ciudad en un Estado libre, un laboratorio político cuyo aparato
simbólico anticiparía, con inquietante exactitud, la parafernalia
del fascismo europeo.
Fernando Clemot, en su novela Fiume,
publicada por la Editorial Pre‑Textos, se hace eco del
suceso, pero no se limita a reconstruir el episodio histórico, más
bien lo utiliza como un espejo oblicuo para examinar algo más
difícil de contar: el modo en que el ser humano queda atrapado en la
seducción de unas ideas absolutas que lo marcan para siempre.
La novela se articula en torno a la voz
de Tristam Vedder, periodista estadounidense que regresa a Italia
tres décadas después de haber vivido la aventura de Fiume en
primera fila. Sin embargo, este regreso no tiene nada de nostálgico
ni de reconciliador; más bien, es un retorno forzado por un par de
sucesos vividos en ese intervalo de tiempo: la muerte de su hijo en
la guerra y, en un plano más íntimo y perturbador, la violencia
sufrida por su hija y su reacción hacia los responsables. Aunque
estos hechos actúan en la novela como detonantes, sería un error
verlos como simples motivos argumentales. Más bien hay que analizarlos como estratos temporales
que se superponen, generando una estructura compleja
donde los tiempos no se suceden, sino que se infiltran entre sí.
Precisamente, uno de los mayores logros de Fiume
reside en su concepción del tiempo. No hay aquí una cronología
lineal, ni una progresión narrativa orientada hacia un desenlace
claro. Lo que encontramos es una constelación
temporal en la que tres momentos fundamentales –el
tiempo de Fiume, el de la violencia íntima, y el del regreso y el
distanciamiento familiar–
se entrelazan creando un coninuum que
nos perturba, pero que a la
vez nos enriquece. Y
aunque cada uno de ellos posee una textura propia, una densidad
específica, ninguno se nos presenta en estado puro: todos están
contaminados por los otros dos.
El tiempo de su estancia con D’Annuncio (DA) es, en
apariencia, el más accesible. Es el tiempo de la juventud, de la
inmediatez, de la fascinación. Clemot lo reconstruye como un
presente intensificado, casi febril, donde los acontecimientos
parecen adquirir una densidad excepcional. La ciudad ocupada se
convierte en un escenario cargado de símbolos: desfiles, discursos,
rituales colectivos, que configuran una auténtica liturgia política.
No es difícil percibir, en ese despliegue, el germen de los
totalitarismos europeos del siglo XX. Pero lo verdaderamente
interesante es que la novela no adopta una posición de superioridad
retrospectiva. No juzga de inmediato, sino que primero muestra su
seducción.
Y esa seducción es clave, porque Fiume
no es una novela sobre el fascismo entendido como sistema político,
sino como forma de imaginación colectiva. Lo que se pone en juego no
es tanto una ideología como la experiencia de pertenecer a algo que
se percibe como extraordinario, de participar en una comunidad que se
imagina a sí misma como la elegida para cambiar el mundo. Así, el
episodio histórico funciona como un laboratorio donde se ensayan los
mecanismos de adhesión emocional que harán posible, más tarde,
fenómenos de mayor alcance.
Sin embargo, ese tiempo de la
fascinación no permanece intacto eternamente. Es aquí donde entra
en juego el segundo núcleo temporal: el de la violencia íntima.
Frente a la expansividad casi teatral de Fiume, este tiempo necesita
contracción, opacidad. Ante la dificultad para representarlo, Clemot
coloca al protagonista a través de una noche dual, viviendo dos
sucesos que ocurren en paralelo, a pesar de la distancia espacial y
temporal que los separa.
Lo decisivo en esta mezcla tan
arriesgada, es que este segundo tiempo no se limita a coexistir con
el primero, sino que lo reconfigura retroactivamente, lo revaloriza.
La memoria de la violencia de Fiume se ve atravesada por esta
experiencia de violencia privada, como si ambas compartieran una raíz
común que en su momento no fue percibida. La novela sugiere, sin
necesidad de explicitarlo, que la frontera entre la violencia
política y la violencia íntima es más porosa de lo que estamos
dispuestos a admitir. Aquello que en Fiume podía presentarse como
entusiasmo, como exaltación colectiva, aparece ahora bajo una luz
más inquietante y perturbadora.
El tercer tiempo –el
del regreso a Italia, el de la edad madura, el del distanciamiento
familiar– funciona como
el espacio donde estas tensiones por fin se hacen visibles. Es un
tiempo reflexivo, pero no por ello más claro. Al contrario: cuanto
más intenta el narrador ordenar su experiencia, más evidente se
vuelve la fractura. La memoria deja de ser un instrumento de
comprensión para convertirse en un campo de conflicto. El pasado no
se deja clausurar; insiste, reaparece, interpela.
Esta compleja organización temporal
está íntimamente ligada al comportamiento del narrador. Tristam
Vedder no es una voz estable ni plenamente fiable. Su relato está
atravesado por vacilaciones, por rectificaciones, por silencios que
resultan tan elocuentes como las palabras. No se presenta como un
sujeto que domina su pasado, sino como alguien que se
mide con él, que lo interroga sin lograr someterlo
del todo.
Hay en su discurso una tensión
constante entre la lucidez retrospectiva y la persistencia de la
fascinación. Por un lado, el Vedder maduro parece comprender, al
menos en parte, la
naturaleza problemática de lo que vivió en Fiume. Por otro, esa
comprensión no anula del todo el atractivo que aquel episodio
ejerció sobre él. La novela se sitúa precisamente en ese espacio
intermedio, donde el juicio moral no logra desprenderse completamente
de la experiencia vivida.
Esta ambigüedad se manifiesta también
en la manera en que el narrador se representa a sí mismo. A veces se
describe como un joven ingenuo, arrastrado por las circunstancias;
otras, deja entrever una responsabilidad más incómoda, una forma de
complicidad que no puede reducirse a la simple ignorancia. La
oscilación entre estas dos posiciones impide que el relato se cierre
en una interpretación tranquilizadora.
En este contexto, la figura del
personaje de Mary adquiere una relevancia particular. Su aparición
introduce una forma de resistencia que hasta entonces apenas tenía
lugar en la novela. Mary no participa de la fascinación, no se deja
seducir por la épica ni por la retórica. Su conversación con
Tristam funciona como un momento de inflexión: no porque aporte
información nueva, sino porque desplaza
el marco desde el cual esa información es interpretada.
Lo que Mary cuestiona no son tanto los
hechos como la actitud del narrador frente a ellos. Sin formular una
acusación explícita, sin recurrir a un discurso ideológico
articulado, introduce una distancia crítica que desestabiliza el
relato. En su presencia, Vedder ya no puede refugiarse del
todo en la coartada de la ingenuidad. La memoria se vuelve más
incómoda, más exigente.
Es significativo que esta interpelación
no adopte la forma de un juicio externo, sino que se inscriba en una
relación íntima y afectiva. Precisamente por eso resulta más perturbadora:
no es la objeción de un adversario, sino la de alguien cuya mirada
importa. La conversación entre Mary y Tristam actúa, así, como una
bisagra que introduce en la novela una intemperie moral de la que ya
no será posible salir.
Todo ello contribuye a que Fiume
se sitúe en una tradición narrativa que podríamos llamar, con
cierta cautela, “novela de la memoria problemática”. No se trata
de recordar para reconstruir un pasado, ni para rendirle cuentas,
sino para explorar las condiciones mismas de la memoria: sus límites,
sus distorsiones, su capacidad para reconfigurar lo vivido. En este
sentido, la novela no ofrece respuestas, sino que multiplica las
preguntas.
Hay, además, un elemento que recorre
todo el texto de manera soterrada: la relación entre historia y
experiencia individual. Clemot parece sugerir que los grandes
acontecimientos históricos no pueden comprenderse plenamente si no
se atiende a la forma en que son vividos por los individuos. Pero, al
mismo tiempo, muestra que esa vivencia está siempre mediada, siempre
atravesada por discursos, por imaginarios, por estructuras de sentido
que la preceden.
Fiume
no es sólo una novela sobre un episodio del pasado europeo, sino una
meditación sobre la persistencia de ciertas formas de pensamiento y
de sensibilidad. La aventura de la ciudad de la costa adriática
aparece como un síntoma, como una anticipación de algo que no ha
dejado –que
no deja– de
repetirse bajo distintas formas. Y la memoria de ese episodio, lejos
de ofrecer un cierre, abre una interrogación que se proyecta hacia
el presente. Quizá por eso la novela nos deja una impresión
duradera de inquietud, a pesar de que no haya en ella una lección
clara, ni una moraleja que permita al lector situarse cómodamente
fuera de lo narrado.
Al mostrar cómo la fascinación puede convivir
con la lucidez, cómo la memoria puede ser a la vez esclarecedora y
engañosa, Fernando Clemot nos obliga a reconocer que el pasado no es
un territorio ajeno. Y es en esa incomodidad donde reside,
probablemente, la fuerza más perdurable de Fiume.
Fernando Clemot. Fiume. Editorial Pre-Textos: 2021