jueves, 27 de junio de 2024

Montañas probables. Lara Magdaleno Huertas (Reseña)

 


Montañas probables es una mirada poética a lo cotidiano en la montaña: el alud, la cuerda o la reunión adquieren una visión que trasciende cumbres y paredes para fusionarse con el montañero y el escalador […] En algún lugar de este libro la luz se escurre desde la cima, para leer por el mismo placer por el que se contempla una montaña. Disfrutemos sin prisa, antes de que a la cuerda se le gaste la camisa de tanto usarla, dejando el alma a la intemperie, a una deriva de abrazos y nudos flojos”.

Decir, con solo una obra publicada, que una escritora escribe muy bien tiene su riesgo, sin embargo, no me causó temor abrir la primera página del segundo libro de Lara Magdaleno Huertas, a pesar del reto que presuponía el haberse atrevido con un género totalmente distinto.


Me lanzo a la prosa como tú a las montañas: sin reservas.

Tú, sin provisiones, yo sin cautela.

No sé quién es más insensato.


Este pequeño ejemplo es toda una declaración de intenciones de lo que Lara  nos ofrece en su segundo libro, titulado Montañas probables. Sin embargo, no empezamos bien, porque estas palabras son un poco mentirosas. Me lanzo a la prosa, escribe, a pesar de que no hay prosa en el libro. No hay prosa, es cierto, pero vayamos despacio, porque tampoco hay prisa. Leemos en la contraportada:

«Disfrutemos sin prisa, antes de que a la cuerda se le gaste la camisa de tanto usarla, dejando el alma a la intemperie».

A veces la literatura es calma, como la ascensión a la montaña, como el silencio que imagino en la cumbre y solicito en la lectura. Otras veces la literatura es riesgo, dar un paso al frente y atreverse, sin cautela, puede que también sin provisiones, pero con la certeza de que, tras la proeza de llegar a una cumbre, que desde abajo vemos como un diminuto punto y aparte entre la tierra y el cielo, somos conscientes de que se ha dado todo. Pero calma y riesgo no son incompatibles, y este libro es una buena muestra de ello.

Como en Un extraño en los Alpes, su primera novela, Lara Magdaleno mezcla literatura y montaña, aunque con una pequeña diferencia con las divertidas peripecias de nuestro querido Grivell Dru: Montañas probables no es una novela, sino un libro de poesía.

Una de las claves del primer libro es la construcción de los personajes, en Montañas probables, los personajes son dos: la montaña y el sujeto poético que, por alguna razón, siempre tendemos a personificar en el poeta. Yo he tratado de salirme de ese axioma y ver el poema como una creación independiente, buscar en él la metáfora que activa mi sensibilidad, que “deja mi alma a la intemperie”, y a pesar de saber poco de montaña, y de su terminología, no me ha sido difícil sentirla como algo cercano, a través de la poesía. 

Según avanzaba en la lectura, me ha venido a la cabeza el último poemario de María Sánchez,  titulado Fuego la sed, en el que nos habla de la relación del ser humano con su entorno y cómo las decisiones humanas intervienen en su evolución, a partir de lo que mejor conoce ella es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción. Lara Magdaleno hace algo parecido, aunque desde un lugar que le permite tener un campo de visión más elevado, quizá por ello más preciso, pero donde el más mínimo error se paga al instante. Según parece, la poesía es el medio idóneo para hablar de estás relaciónes.

Entiendo el título como un juego de palabras que nos induce a pensar en posibilidades, pero también, en la necesidad de probarnos o, tal vez, en ambas cosas. También la estructura es bimembre, con dos partes que juegan a separar un todo que, me temo, es indisoluble, pero intentar hacerlo también necesario: “Montañas persona”, frente a “Montañas inertes”. No sé si la montaña sirve como metáfora de lo humano o solo es la necesidad de lo inevitable lo que funde los dos términos, lo que iguala persona y mineral.

Intuición, muerte, futuro, amor, son algunos de los temas que subyacen de los poemas que componen el libro, palabras que son parte también de ese conjunto de cosas que modela nuestra existencia. Desde ese punto de vista, no puedo asegurar si en la poesía de Lara las pasiones se confunden o se complementan.

Amor y desamor, como pelea constante con nuestras propias inseguridades. La cima siempre está ahí, pero a veces llegar a ella cuesta más de la cuenta.

Hay un poema titulado “Azul”, que es una metáfora engañosa: según avanza, el poema se va transformando a través de un color:


...Yo me creí el azul en todos los matices,

y ahora que sé que el azul no existe,

me siento delante de una ecuación

con más incógnitas que soluciones...


A veces, lo que creemos real no es más que un engaño de nuestras certezas.

Lara Magdaleno enlaza poesía y montaña también a través del lenguaje, desde un modo verbal, en “Montañas subjuntivas”, y desde un modo oracional, en “Complemento directo”, donde afirma que la montaña es transitiva.


...¿Quén habría dicho que ella, tan grandiosa,

me predicaría como su sujeto?

Y aquí me tiene,

buscando un complemento circunstancial que nos defina...

 

 La manera de expresarse es fundamental en ambas disciplinas pues tienen un punto en común ineludible: en ambas, el sujeto se está jugando la vida.

Un libro no termina de escribirse hasta que el lector lo hace suyo, y si hay un género que necesita del lector, es la poesía, que siempre depende, no tanto de lo que se cuenta, como de lo que es capaz de transmitir. En Montañas probables, a través de una poesía directa e incisiva, hay mucho de saber interpretar lo que dice la montaña, de dejarse a llevar por su ritmo, por su musicalidad.

Escalar, como escribir, siempre conlleva un riesgo extremo, y no hacerlo, también.

Lara Magdaleno Huertas. Montañas probables. Desnivel, 2024.

Pedro Turrión Ocaña


jueves, 30 de mayo de 2024

La vida en miniatura. Mariana Sández (Reseña)



Dorothea Dodds lleva 59 años viviendo sin que se note. A la sombra de un hermano problemático y ausente, ejerce de hija, secretaria y cuidadora de unos padres que nunca la valoraron lo suficiente. Es el perfecto modelo de responsabilidad y diligencia, la persona ideal a quien dejarle la casa durante las vacaciones de verano. Y así, un buen día, cuando necesita escapar de todo, decide hacer precisamente eso. Con ayuda de una prima inglesa llamada Mary Lebone, consigue un trabajo que consiste en vigilar casas y mascotas a lo largo y ancho de la campiña inglesa. En estos atisbos de vidas ajenas por fin hallará las pistas necesarias para desentrañar la suya. Con una prosa que sigue la huella de Natalia Ginzburg o Iris Murdoch, La vida en miniatura es una novela con trazas de libro de viajes, en la que el camino se recorre por dentro: Dorothea va cruzando los campos de Inglaterra mientras desanda episodios clave de su pasado y aprende a vivir su presente.

Secretaria, cuidadora, hermana, hija; Dorothea Dodds vive una vida que no le pertenece pero su personalidad, responsable y diligente, le hace no darse cuenta de ello y, por supuesto, todos se aprovechan de su inacción. Acude con sus padres al funeral de su tío, en Inglaterra, y acuerda con su prima, Mary Lebone, intercambiar por un tiempo los papeles: Mary regresará a Buenos Aires acompañando a sus tíos, mientras, Dorothea hace un pequeño tour por la campiña inglesa alojándose en casas cuyos dueños necesitan que alguien cuide de sus mascotas durante el tiempo que ellos se ausentan de su domicilio habitual. A grandes rasgos, este es núcleo argumental de La vida en miniatura, de Mariana Sández.

«Si usted está pensando en desaparecer, o si conoce a alguien que se encuentre desaparecido, contacte con Missing People».

¿Humor inglés o necesidad encubierta de escapar?

Dorothea es una mujer que nunca ha dejado de trabajar pero que, en realidad, no podrá jubilarse porque, legalmente, nunca ha trabajado. Siempre se ha encargado de cuidar y organizar a su familia: a su hermano mellizo, a su madre y sobre todo a su padre, un pintor famoso que necesita a su lado mucho más que una secretaria eficiente. Su única válvula de escape la tiene los martes, cuando acude a clases de francés. Allí conocerá a Ricardo, un personaje peculiar con el que entablará una relación difícil de clasificar. Todos estos ingredientes modelan la personalidad de una mujer tremendamente atractiva a los ojos del lector, y que Mariana Sández sabe perfilar muy bien a través del lenguaje.

«Hay algo tremendamente narrativo e esa mujer tan pequeña que cabe en un achinamiento de ojos.»

Al otro lado, Mary, es el contrapunto perfecto para que se produzca la explosión de Dorothea, atractiva en cualquier circunstancia, con esa comprensión crítica que su prima necesita para vislumbrar cuál es el próximo camino a tomar, y que tiene una voz imprescindible en la novela, con su papel cohesionador de segunda narradora en la historia.

La novela está salpicada de guiños hacia el lector, desde el mensaje que ocultan los títulos de los capítulos, hasta los nombres de algunos personajes secundarios -merecedores, tal vez, de un relato propio- como el que nos lleva a identificar un barrio londinense; el guiño hacia los Beatles, en su estadía en Liverpool; o la elección de los tres nombres masculinos que interfieren en la vida de Dorothea y que comparten entre sí el sonido vibrante de de una r mayestática, siempre demasiado ruidosa para una persona que no se ha permitido nunca el arrebato de intentar poner a cada uno en su lugar.

No hay nada forzado en estos recursos sino, más bien, son la confirmación de que estamos ante una novela escrita con la calidez que proporciona un sentimiento puro, el de gustarse y querer gustar. Descubrimos, así, un libro lleno de párrafos que nos apelan a disfrutar del lenguaje como engranaje perfecto que va más allá de la comunicación.

«Odio los techos bajos del lenguaje pero me da placer cuando vienen en su auxilio sus pasillos laberínticos, su escaleras caracol y los pasadizos subterráneos.»

La vida en miniatura es la metáfora de una vida grande que se forma a partir de minúsculas partículas, que son las que conforman lo verdaderamente importante de la existencia. Pequeñas miniaturas con las que, a través de la literatura, la autora es capaz de construir un relato enorme, difícil de olvidar.

Los libros de Mariana Sández no dan la sensación de producto mercantil, sino que son criaturas vivas que se adhieren, sin remedio, a las entrañas del lector, capaces de resucitar en sus páginas a personajes anteriores con la naturalidad de un encuentro fortuito, o de hacernos viajar a través del mar inmenso que abarca la literatura universal. Puede que uno de sus secretos sea que Sández es una autora que, cuando escribe, es capaz de traslucir entre sus líneas su bagaje de gran lectora y de trabajadora del lenguaje, pero sin crear en el lector la sensación de que lo que lee ya lo ha leído antes, o de que los párrafos escritos tienen la textura de la piel del ananá.

Mariana Sández. La vida en miniatura. Impedimenta, 2024.

Pedro Turrión Ocaña



jueves, 4 de abril de 2024

Pensar para atrás. J J Richards (Reseña)

 



Un viaje hacia el pasado que inicia Margarita en busca de ese preciso instante en el que su vida se torció. Cuando se cumple un año de la muerte de su único hijo comienza a registrar, casi a modo de confesión, fragmentos de su vida cotidiana en los que a menudo se dirige a su primer amor. Una mujer que se adentra en solitario en un territorio confuso donde aparecen nuevas contradicciones y preguntas para las que no siempre encuentra respuesta. Un doble viaje, exterior e interior, que tiene en cierto modo como tema principal la dolorosa búsqueda de una explicación.

Me siento a tomar un café en la cafetería del Circulo de Bellas Artes, de Madrid, acompañado de un buen libro. No soy la única persona que lo hace, no en vano, sobre mi cabeza se alza uno de los referentes de la cultura madrileña. Antes de ponerme a leer, recorro la sala con la mirada, tengo la vana esperanza de reconocer entre los clientes a Margarita, voz nocturna de su radio, aunque sé de antemano que esto es un imposible, porque Margarita es un personaje de ficción; en cambio, sí me fijo en una señora mayor sentada al fondo, por el simple hecho de que es eso, una señora mayor que ha elegido una mesa del fondo para tomar su infusión, y en un momento dado, mientras la miro, ella levanta los ojos y los dirige hacia mi mesa, y yo pienso por un momento que puede que sea ella la que me reconozca a mi como otro posible personaje de esta trama apasionante que es la creación literaria.

Me gusta cuando la literatura me invita, de una manera directa, a ser parte de lo que estoy leyendo, a sentirme dentro, sentir.

Como la introspección de la poesía, Mirar para atrás, de J J Richards, es un retorno al pasado en busca de la contradicción. La vida avanza pero, en el camino, a veces la pérdida es irreparable y duele tanto que solo el retroceso consciente puede paliar el dolor. La pérdida de un amor, en el que no puedes dejar de pensar cuando piensas en ti; la pérdida de un territorio que era tuyo al que nunca volverás, aunque regreses a él físicamente; la pérdida de un hijo, eso que nunca debería suceder.

Margarita vive en Madrid con su segundo marido; con la hija de su segundo marido, Irene; con Carmen, que primero cuidó a Irene, luego a Juan y ahora la cuida a ella; hace entrevistas culturales en la radio del Círculo de Bellas Artes; acude a terapia y va a nadar, que es otra manera de hacer terapia; y entre tanto, nos cuenta su historia en primera persona, aunque a veces se permite un inciso y le habla en segunda persona a su primer marido, que quedó en Buenos Aires, lo que de alguna manera nos desplaza e intuimos que, en el fondo, la historia no está dirigida a nosotros, porque todo se lo está contando a él, que es otra manera de contárselo a ella misma.

«Fuiste ese tipo de amor que asusta ponerle fin. Quería cosas que con vos no podía y sin vos sentía que nunca iba a poder nada».

Todo gira alrededor de un espacio reconocible de hace algunos años, cuando aún estaba permitido fumar en lugares cerrados, cuando no había tantas prohibiciones, lo que convierte el tiempo narrativo en un espacio intemporal que más que tocarnos nos roza con la delicadeza de una caricia a destiempo, de esas que nos ponen la piel de gallina y logran que todo sea posible.

El cine, la música y la literatura se mezclan con la cotidianidad de la vida en un cóctel que nos seduce desde la primera página. Margarita entrevista a escritores, piensa en ellos mientras mira la pantalla de cine las veces que acude a la sala con Irene, mientras escucha música a través de los auriculares que le ha regalado su marido y que le permiten subir el volumen hasta poner a prueba sus tímpanos sin que lo note nadie, cuando toma el aperitivo en el bar de Vicente y sale a la puerta a fumar con la única compañía de Wester, el perro de Laura y Nico, que viven a la vuelta de su casa. Es buena entrevistando escritores de madrugada, a pesar de los escritores.

«Después de tantos años conversando con escritores, solo puedo clasificarlos en dos categorías: los que me gustan y los que no. Teniendo en cuenta que, sin importar cuántos escritores llegue a leer una persona en su vida, habrá una cantidad mayor que deje de leer».

Entre tanto, Margarita no deja de pensar y a veces no deja de callar, cuando la bestia peluda le aprieta la lengua por dentro y la amenaza, o intenta telefonear a Felipe pero la diferencia horaria con Argentina se lo impide o el teléfono de su hermano no contesta.

«Te distraes en una misión sin retroceso y antes de que puedas reaccionar algo vuelve a dejar de existir. Otra vez perdés. La ausencia de sentido. La austeridad de la ausencia de sentido. Es eso, me distraje y volví a perder».

Decide regresar a su ciudad de origen. Es como cerrar un círculo que no ha hecho más que expandirse en el tiempo, sin embargo, el método “pensar para atrás”, que la enseñó su primer marido y es infalible para encontrar cosas perdidas, no lo es tanto para encontrar el origen del dolor. Morir y resucitar es un compuesto difícil de manejar si lo que manda es la bestia gris peluda. A veces nada cambia, aunque no hayas dejado de respirar. De nada sirve echar mano del horóscopo o el tarot.

Vivo la lectura de Pensar para atrás como el recorrido de una montaña rusa, tan repleta de sensaciones, que al cerrar la última página tengo la sospecha de que esta no ha terminado aún, de que necesitaré subirme a ella más de una vez, para profundizar en la gran cantidad de matices que subyacen entre sus páginas o, simplemente, para disfrutar de nuevo de una magnífica novela.

Mientras escribo, suena en un segundo plano, en modo aleatorio, la lista de reproducción de la música que aparece en la novela. Conectar la música ha sido un acto consciente por mi parte, sin embargo, lo que no está calculado es la canción que suena en el momento que pongo el punto final: Point Blank, de Bruce Springsteen. Como  al protagonista subrepticio de la historia, a mí la música de el jefe me toca la fibra.

J J Richards. Pensar para atrás. Tres Hermanas, 2023.

Pedro Turrión Ocaña


jueves, 21 de marzo de 2024

Lo que pesa. Cristian Mir Zambrano (Reseña)

 

En estos tiempos y en este mundo tan incierto, el autor refleja hechos ficticios y reales que transcurren en su devenir diario; y que también lo han inspirado para relatar una serie de viajes, hacia el pasado, el actual presente y el venidero futuro.

La poesía, más que ningún otro género, tiene una función estética, aunque no menos importante es su mensaje, que siempre implica un compromiso del poeta con el lector. En este aspecto, lo que ha de sobresalir en un poemario, sobre todas las cosas, es la honestidad.

A mi juicio, Lo que pesa, cumple con creces estas dos funciones aunque, claro, el poso que deja la poesía en el lector es siempre subjetivo, a pesar de que lo leído haya salido de una determinada intencionalidad por parte del autor.

El libro está estructurado en tres partes: “Lácrima”, “Lo que pesa” y “Desolación”. Esta distribución, a partir de los títulos, ya nos predispone, si no a la tristeza, sí a la introspección, a buscar el reposo en las palabras.

Y no nos equivocamos. El poemario empieza como un grito vital del poeta que busca afianzarse en un camino que apenas se adivina, con pasos cortos, precavidos, a veces acuciado por el miedo, buscando no tropezar.

«En tiempos, en donde la podredumbre predomina; / es mejor alejarse de la maldad y la perversidad».

Entre tanto, el poeta se cuestiona dos cosas tan distintas como el hecho mismo de ser escritor y  su futuro, y las dos preguntas se igualan  con una  respuesta negativa.

«¿Soy un escritor en ciernes? / Ni yo lo sé. / ¿Qué me puede deparar el destino? / Tampoco lo sé»

Sin embargo, no saber no es lo mismo que no querer, que no darlo todo por intentar entender y por querer expresarlo.

Esta necesidad nos lleva a una segunda parte donde la poesía fluye a partir de lo cotidiano. El poeta indaga en lo más próximo, anhelando nuevas lecturas para poder escribir: la familia, la enfermedad, la distancia, el florecer de la vida a pesar de la dificultad, la perdida. A veces lo que más pesa es precisamente lo más liviano.

En la tercera parte yo subrayaría una palabra: esperanza, a pesar de todo, a pesar de la guerra, a pesar de la falta de reflexión del ser humano, de sus prioridades. Esperanza, a pesar de la incomprensión.

«Y aún así no pueden / saciar su sed de poder / ambición / fama / reconocimiento/ ...»

El sutil dolor que fluye a través de los versos de Cristian Mir Zambrano es un sentimiento universal que nos recuerda que la inmediatez y la prisa de la sociedad actual solo se pueden equilibrar con la sensualidad de una poesía sin ambages, sin más pretensión que la de desnudarse ante un lector que puede que lo que necesite sea un espejo en el que mirarse, escuchar palabras que pueda compartir o rebatir, un lector que quiera pensar más allá de lo que expresa un emoticono precocinado en esta comunicación alejada de cualquier contacto.

Me gusta su sencillez, pero también su valentía. Como escribe Patricia Castillo, en el prólogo, estamos ante un “laberinto de emociones” cuya lectura no nos dejará indiferentes.

Cristian Mir Zambrano. Lo que pesa. Aliar 2015 Edidiones, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

sábado, 16 de marzo de 2024

Hacia la distancia calma. Esther Ginés (Reseña)

 


Centrado en su vocación de arquitecto y en finalizar una tesis sobre la obra de Gaudí, Martín estalla cuando su hermano gemelo se suicida. A pesar de la sensación de vacío, del dolor y de la incomprensión, decide rebuscar entre las coas de su hermano y encuentra un cuaderno lleno de anotaciones y demasiados interrogantes […] Guiado por el libro de cabecera de su hermano, El Extranjero, de Camus, y convertido casi en un detective, Martín emprende un viaje interior para tratar de entender más sobre los últimos meses de la vida de su gemelo. Durante el camino descubrirá que tal vez no era la persona que él creía conocer.

Uno de los muchos milagros de la literatura es la certeza de que los libros pueden conversar entre sí, a pesar de sus diferentes géneros o precisamente por esa diversidad tan dada a la comparación y a la competencia. El título de la novela de Esther Ginés, Hacia la distancia calma, es también un verso del poema “Gloria”, de Pilar Adón, incluido en su excelente poemario Da dolor (La Bella Varsovia, 2020): Tres. Todo bien. / Hacia la distancia calma; aunque aquí sean dos, o hayan sido dos, y nada esté bien.

Hacia la distancia calma se abre con la premisa de la traumática separación de dos hermanos gemelos idénticos, Matías y Martín, causada por el suicidio del primero. A partir de ese suceso, Martín, a pesar de los peligros que supone hurgar en una herida tan profunda, tan reciente y tan cercana, se sumerge en una investigación con la única intención de intentar comprender el porqué de la decisión extrema de su hermano, y que le llevará a cambiar su manera de entender la vida de una forma radical.

Como suele suceder, casi nada es lo que parece, incluso para Martín que, a pesar de esa unión que creía inquebrantable, se da cuenta de que Matías en realidad es para él un auténtico desconocido, aunque sea difícil de entender.

«A los treinta años. Con solo treinta años, la vida por delante. Cómo evitas pensar en el posible dolor físico. Era incapaz de detener el pensamiento circular de mi cabeza, por mucho que lo intentase».

A partir de ahí se suceden las preguntas. ¿Cuándo empezó a cambiar su relación? ¿Cuánto de culpa tiene el resto de la familia? ¿Hay alguien más detrás de la muerte de Matías? 

El hallazgo de una agenda con algunas anotaciones y la relectura del libro de cabecera de Matías, El extranjero, de Albert Camus, hará que Martín descubra nuevos cabos que le pueden ayudar a entender: un personaje femenino identificado como M., un bello edificio decimonónico medio abandonado en el centro de Madrid con una interesante historia detrás y, como un viejo fantasma que se hubiera instalado en el hueco que ha dejado el hermano muerto, Meursault, el protagonista de la novela de Camus.

Hay una parte del camino terrible hacia la muerte que iguala al suicida con el reo: la que va desde la consciencia de lo inevitable a la consumación; un espacio en el que la simple visión del cielo azul se convierte en un peso inaguantable cuyo único punto de apoyo es la cabeza de quien está predestinado a morir. Nadie que no haya soportado, en algún momento de su vida, ese peso, como les ocurre a Matías y a su alter ego, Meursault, puede apropiarse del enjuiciamiento y dictar sentencia. Sin embargo, lo más terrible de todo es esa última duda que surge en quien va a morir, la de no saber si ha existido alguien que ha conseguido ir más allá del procedimiento, si, como dice Meursault, «el azar y la suerte habían cambiado algo una única vez. ¡Una única vez!». Lo que el condenado pone a continuación en condicional, como un deseo, es lo que al final termina ocurriendo, que es el corazón el que se ve obligado a poner el resto. Martín duda y es su corazón quien al fin decide que es él quien tiene que intentarlo.

«[...]llega un momento en la vida en el que todos somos extranjeros de nosotros mismos».

Más que una novela de investigación al uso, Hacia la distancia calma es una novela de indagación interior a partir de esos sucesos que nos abofetean y nos abren en canal, en este caso, llevados al extremo. Una novela de tejer y destejer, como Penélope, hasta que el dolor del alma se funde con el dolor físico. Pero también es una bellísima historia de amor que se expande hacia todos los rincones en los que el sentimiento se hace visible, convirtiéndose en lo único que puede compactar la grieta que creíamos imposible de cerrar.

Son muchos años los que invierte Esther Ginés en conseguir que la novela madure y que al final eclosione, de una manera tan espectacular que te atrapa y no te deja parar de leer, aunque hay que decir que la lectura  que tenemos en nuestras manos no es la primera  de esta historia que ve la luz.

El hecho de que la novela tenga una versión anterior me hace pensar que Esther Ginés, más que una reescritura, ha hecho una nueva traducción a un idioma que se aprende con los años y que, estoy seguro, a pesar de no haber leído el primer texto, que la ha enriquecido en todos los aspectos.

Aunque, a decir verdad, quien juzgará realmente el resultado son los personajes, en la manera en que sean capaces de entregarse al lector y hacerle sentir que, aunque no se de cuenta, el estado natural del ser humano, durante gran parte de su vida, es tenderse en pie sobre un árbol curvo que acoge grajos y convertirse, cuando ya todo es lodo, en una dama astilla para la que todo son preguntas.1

Esther Ginés. Hacia la distancia calma. Tres Hermanas, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

1Pilar Adón. Da dolor. (Poemario reseñado en este mismo blog)

jueves, 7 de marzo de 2024

Esclavos de nuestros silencios. María J. Mena (Reseña)

 


¿Es la vida un espacio inamovible? ¿Se puede revertir el pasado? ¿Qué tiene más peso en nuestras breves existencias: lo que hemos dicho o lo que hemos sepultado sin atrevernos a expresarlo? ¿Somos, en verdad, dueños de nuestros silencios?

Con esta nueva obra, atrevida, cercana y actual, María J. Mena regresa a la poesía para invitarnos a responder a estos interrogantes y a reflexionar sobre el poder de las convicciones, las apariencias y lo que se oculta tras las palabras que una vez salieron de nuestra boca o que tal vez aún aguardan el momento de ser pronunciadas.

La poesía es el género literario más personal, por esta razón, cualquier análisis realizado desde los ojos del lector es subjetivo. Pero, subjetivo ¿con respecto a qué? ¿Al pensamiento del autor? ¿Al pensamiento de cualquier otro lector? ¿Deberíamos cambiar la palabra pensamiento por sentimiento? A la vez, como cualquier otro género, la poesía es creación y, como tal, el poeta es libre de jugar con la construcción de las palabras y narrar con sus poemas una historia. 

Poesía, sentimiento y narración: interesante amalgama para iniciar la lectura de un libro que, además, ya desde el título, apela al silencio, pero a un silencio en plural y asociativo: nuestros silencios, propiedad de quien escribe y de quien se dispone a leer. No puede haber nada más personal que una poesía que, antes de leerla, ya sabemos que habla de nosotros.

¿Será solo un ardid?

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos transporta al reencuentro de dos personas que se amaron, y lo hace a través de la visión personal de cada actor, a partir de dos reflexiones enfrentadas –no sé si confrontadas‒ que, desde la evocación del pasado, intentan mirar a un futuro posible y que, como todo, tiene diferentes posibilidades: “Plaza tomada”, la de ella; “El lugar incierto de la duda”, la de él; y tres epílogos que cierran cada una, tres finales que le ofrecen al lector la posibilidad de elegir, de ser parte de la historia.

Empezamos bien.

Ella se fija en la mano fuerte que aprieta la suya, mientras él observa los pies de ella, pequeños pero firmes, el sustento del armazón de su cuerpo. Son dos voces que caminan con pasos acompasados y callan a un tiempo, pero que no dejan de sonar internamente, aunque desde distinto lugar :

«Me gustaría decírtelo, pero en lugar de ello, / permanezco en silencio»

«No quiero que te vayas, pienso / no quiero que lo hagas, / pero no te lo digo»

Una primera idea: El pensamiento monocorde que utilizamos de continuo abarca el universo y, sin embargo, la mayor parte de las veces queda atrapado en el silencio. Somos esclavos de nuestro silencio.

¿Existe una única razón?

La poesía es reflexión, intromisión, una conversación individual que tiene más de diálogo que de monólogo; una conversación que intenta combatir esos silencios que nos atan las manos, que no nos dejan ver que, lo que denominamos futuro, no es más que una reminiscencia del pasado, la misma que nos permite reconocernos en el presente, tomar decisiones nuevas, querer recuperar lo que quisimos o, al menos, intentarlo.

«Somos reos, / presos de pasos, prisas y prosas»

De todo lo que atesoramos en la vida, ¿qué nos pertenece de verdad?

Llega un momento en el que la necesidad nos devuelve a lo que quisimos ser, a pesar de nuestros padres, y a lo que nos gustaría, a pesar de nuestros hijos; siempre un segundo plato, aunque se nos antoje el más exquisito.

Es ella la que lo busca a él. Imagina su encuentro como una vuelta a la poesía, a pesar de saber que él no es, ni será nunca, poesía, dentro de una sencilla historia de amor en la que las lenguas olvidan su principal razón de ser, que es la de modelar las palabras, y se dedican a fundirse con un ritmo irrefrenable y frenético que arrincona preguntas y respuestas. Mientras, él justifica su viaje al norte. Ir al norte es no desnortarse, es hacer lo correcto, ser alguien en la vida. Él, que nunca escatima las palabras, aunque sean falsas, ruido para demostrar que existes. La palabra, así, no es más que otro silencio.

El norte como metáfora de triunfo, en contraposición a habitar permanentemente en la poesía. Sin embargo, este norte no es sinónimo de fortaleza, sino de malabarismo. El silencio de él es mentiroso, por eso se ancla en los pies de ella a través de los ojos.

«Hay tantas cosas que no sé de ti / cuando antes lo sabía todo»

Sabe que ella no es una de sus mentiras, y no quiere que lo sea, aunque también es consciente de que puede que no haya vuelta atrás.

«Hay que regresar, / tenemos que continuar con nuestra existencia corriente. / Seguir viviendo deprisa, / seguir siendo útiles / hasta nuestra obsolescencia no programada»

Imagino la poesía a través de los ojos virtuales de un dron que sobrevuela una calle desierta de Madrid, por la que pasean, cogidos de la mano, dos pasados que creyeron ser uno y no lo fueron; que podrían volver a ser uno y tal vez lo sean o tal vez no, donde puede más el tacto que el sonido, el sabor que la palabra. Hay quien a eso lo denomina amor, y puede que no sea más que eso, o puede que solo estemos viendo a dos actores que hacen mutis por el foro en el montaje de nuestro  drama cotidiano personal.

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos regala una historia universal, en forma de poemario narrativo de versificación libre, que nos atraviesa de parte a parte, porque nace de lo más íntimo del ser. Ese es, al fin y al cabo, el propósito de la poesía, entender que es el lector quien tiene que hacer el esfuerzo de reconocerse en ella, rellenando los huecos que deja el silencio.

¿Realidad? ¿Ficción?

A veces la realidad se oculta en esa historia que imaginamos una tarde, asomados por casualidad a la ventana del salón, en dos figuras que caminan cogidas de la mano, varios pisos más abajo. O tal vez no.

María J. Mena. Esclavos de nuestros silencios. Impronta, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 15 de febrero de 2024

Es tan fuerte la noticia, María Castro Hernández (Reseña)

 


El 6 de noviembre de 1936, Madrid es una ciudad rodeada por las fuerzas rebeldes. Esa madrugada, mientras el gobierno de la República se prepara para huir a Valencia, varios hombres llegan a la cárcel Modelo. Con el «eufemismo» de trasladar al preso Luis Calamilta Ruy-Wamba, director del diario Heraldo de Zamora, a la cárcel de Chinchilla, lo sacan de la prisión y momentos después lo ejecutan en el muro de ladrillo exterior que rodea el edificio. Tres años y medio después, el 9 de agosto de 1940, Vicente Rueda, de 28 años, muere fusilado en la tapia del cementerio de La Almudena en Madrid acusado de aquel crimen tras ser sometido a un juicio sumarísimo de urgencia, juicios sin garantías procesales de ningún tipo. […] Es tan fuerte la noticia, se despide Vicente en su última carta, que no sé cómo decírselo a mi madre.

En la librería Rafael Alberti, de Madrid, Cristina Pineda, editora de Tres hermanas, afirmó que la presentación de Es tan fuerte la noticia era muy especial para ella por el compromiso de la editorial con la honestidad y la verdad. Honestidad y verdad. ¡Qué difícil es escuchar estas palabras en estos días que se caracterizan más por el término elegido por la Fundéu como palabra de 2023: Polarización. Y hay otra palabra, que también pronuncia Cristina que, tras leer detenidamente este excepcional libro-documento, comparto totalmente: rigor.

Al escribir esta novela documental, María Castro Hernández podría haberse quedado en la historia. En una historia. Sin embargo, lo que marca la diferencia con otros relatos de esta índole es que María nos explica, con pelos y señales, como si de una segunda línea argumental se tratara, todo el proceso de investigación y las dificultades para llevarla a buen puerto. Subrayo dificultades. De esta manera nos permite descubrir que la Historia, con mayúscula, siempre tiene matices que no nos permiten ver la totalidad, porque siempre resulta más fácil mantenerlos ocultos. No sé si fácil es la palabra precisa, en este caso.

Pues bien, con todos estos ingredientes, una historia mínima que, en condiciones normales, solo le interesaría al entorno de los protagonistas del relato, en manos de María Castro Hernández se convierte en una Historia universal.

Aunque el propósito original del libro es esclarecer lo que ocurrió con Vicente Rueda, hay otro muerto en la historia, y es del bando contrario. Lo que me sorprende gratamente, por lo inhabitual, es que Castro trata a los dos personajes con el mismo respeto. Hay un diálogo muy interesante, que mantiene la autora con Eduardo Martín, del Foro por la memoria de Zamora , en el que termina diciendo: «Pero lo que sí es verdad es que a Calamita lo asesinaron, y alguien tuvo que hacerlo». De hecho, el cadáver que nunca apareció fue el de Luis Calamita.

En un capítulo del libro, María Castro menciona un artículo de Juan Manuel de Prada, publicado en 2007, en el que trata a Vicente, entre otras cosas, de “desecho humano”, y le acusa, no solo de ser el verdugo en la ejecución de Calamita, sino también de vengar, con su muerte, una supuesta competencia en el negocio de la imprenta y una venganza amorosa a favor del ministro de Gobernación republicano, Ángel Galarza. Desconocemos cuáles fueron las fuentes de las que se sirvió el escritor zamorano para expresarse con tanta seguridad sobre esas acusaciones, sí conocemos, en cambio, el fruto de cuatro años de trabajo de Castro, al respecto, plasmado en el libro, no solo con explicaciones detalladas, sino también, con multitud de documento e imágenes.

Leemos, por ejemplo, en una parte del libro:

«Y aquí surgieron nuevas dudas. Pues siempre habíamos dado por hecho, tanto Eduardo como José Carlos y yo, que aquel Gonzalo Rueda del Socorro Rojo era Gonzalo Rueda Fernández, el primogénito de los Rueda. Sin embargo, en las cartas que me facilitó su hijo, posteriores a la guerra, Gonzalo R. F. se describe a sí mismo como “antipolítico”, un dato sorprendente que analicé en varias conversaciones con José Carlos y que nos hizo pensar que quizá el secretario del Socorro Rojo pudiera ser, después de todo, el patriarca de la familia, Gonzalo Rueda Iglesias. Al faltar el segundo apellido, no encontré la manera de verificarlo».

¿Cómo se puede frivolizar de esta manera cuando, a pesar del exhaustivo trabajo de documentación, que se refleja en el libro, la falta de un mínimo dato puede dar al traste con lo que, a todas luces, sería una evidencia? Cierto es, y se dice en el libro, que Vicente Rueda firma el recibo de salida de la prisión, de Luis Calamita, fácil es culparle de su muerte.

Gracias a la Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH), María Castro se pone en contacto con un familiar de Luis Calamita, que se emociona cuando le cuenta la historia de Vicente Rueda. Dice textualmente:

«Se conmovió también con lo ocurrido con la familia Rueda, lo que me hizo pensar que había encontrado, tanto en los descendientes de Vicente como en los de Luis una disposición y un estado de ánimo más conciliador que en aquel artículo de De Prada».

«Hay algo de búsqueda de nosotros mismos en estas historias», afirma María Castro, en otro lugar. Tal vez sea por esa necesidad que tenemos de comprender, tras tanta manipulación avalada por la rapidez y la profusión de medios, que en nada ayudan a la reflexión. A esto hay que añadir algo que ha sido común en muchas de las personas que sufrieron la guerra civil y la posguerra, y que ha dificultado enormemente poder conocer, de primera mano, todo lo que ocurrió de verdad, sin pasar por la pátina de la versión interesada salida de la brocha del poder de turno; me refiero al silencio autoimpuesto como manera de no causar daño. Silencio que, ante cualquier búsqueda de información, dejaba a los descendientes con una única respuesta posible: de ese tema «no se hablaba en casa».

Silencio y manipulación que nos han dejado como herencia un sinfín de preguntas que se quedarán sin respuesta. La desaparición de todos los testigos directos y de los descendientes que convivieron con ellos, nos pone de nuevo ante la tesitura de hablar de oídas o de guardar silencio. O, como ha hecho María Castro Hernández, investigar a pesar de las dificultades, para raspar, en la medida de lo posible, la mayor cantidad  de ese  velo de engaño y frustración.

Quiero finalizar subrayando una palabra más: humanidad, la tremenda humanidad que destila la novela. El mejor ejemplo lo tenemos en la imagen de transformación espiritual que se vislumbra en un Vicente que, a pesar de declararse comunista, muestra en sus últimos momentos una gran espiritualidad; y, sobre todo, en las cartas de su hermano Gonzalo, preso también y condenado, a su novia, Tránsito, a pesar del sufrimiento que los rodea, y de ser, desde el principio de su relación, por su distinto origen ideológico, una pareja abocada al fracaso.

«Cuando salga, te llamaré a conferencia para hablarte a ti por primera vez después de este cautiverio que a más de haber sido largo nos ha quitado una parte de lo mejor de nuestra juventud, pero ya pasó. / Bueno nada más, hasta pronto. / Tú siempre que te abraza y te quiere, te ama, te adora, te come y te pisotea (¡Eh, Rueda, un poco de cuidado) es verdad, le diré……. un…..beso que dure 5 horas y 26 minutos 37 segundos y 2 décimas ¡Dispénsame de todo! Tu, tururu tu tu / Gonzalo».

María Castro Hernández. Es tan fuerte la noticia. Tres Hermanas, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

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