jueves, 14 de diciembre de 2023

Mientras crece la ciudad. José Ignacio Pastor (Reseña)

 


Madrid, años sesenta. En un barrio periférico de la capital, una zona llena de casas a medio terminar y descampados infinitos, varias familias se esfuerzan por construir una cotidianidad a pesar de las dificultades. Partidos de futbol, motos prestadas, autobuses de línea y trayectos interminables en metro, calles que aún no tienen nombre, estrecheces económicas, máquinas de coser y televisiones de dos canales: sobre este telón de fondo, la miríada de personajes que forma parte de esta novela teje redes de afectos y desafectos que abarcan distintas familias y generaciones. Mientras crece la ciudad, una novela realista, coral y minuciosa, es también un espejo en el que contemplar la España de un pasado mucho más reciente de lo que podría pensarse”.

Hay un tipo de narrativa, denominada rural, que habla de la vida en los pueblos y que hoy vuelve a estar de moda gracias al tema de la “España vacía” o “España vaciada”, en contraposición a la narrativa urbana, que tiene como protagonista la ciudad. Menos común es la narración que nos muestra el transito del pueblo a la ciudad, y todo lo que conlleva.

José Ignacio Pastor no solo se atreve con ello, sino que va más allá: convierte a la ciudad en protagonista, sin quitarle por ello protagonismo al ámbito rural, que se convierte en el primer peldaño de una periferia pobre dentro de un ente urbanístico que tiene, como misión principal, la de crecer hasta convertirse en un brazo más de ese gigante que tritura, literalmente, a sus nuevos habitantes. Desde esta premisa nace Mientras crece la ciudad.

De ella escribe Marta Sanz: «José Ignacio Pastor, con una mirada que se define a través de las polifonías, escribe el relato de un Madrid en construcción y nos cuenta la historia de un niño que crece se estira y se retrae al mismo tiempo que la ciudad».

Con el trasfondo de la guerra y la posguerra, una parte de la vida española, como un rio, busca un nuevo cauce por el que poder avanzar. Afianzando barrios y colonias, un nuevo Madrid se yergue sobre los vestigios de huertas y estercoleros, situando a cada nuevo habitante en el lugar que le corresponde según el giro que le tiene reservado la fortuna. Se trata de huir de la miseria, del hambre; huir de la envidia traicionera, de la delación injusta e injustificada, refugiándose en el anonimato de la gran ciudad que todo se lo traga.

Nunca está de más incidir en uno de los periodos de la historia reciente de España peor tratados y menos recordados: la posguerra. Muchas de las personas que la sufrieron, callaron voluntariamente para no causar más daño, para no perjudicar con sus tristezas el futuro de sus hijos y nietos.

«Habían elegido el silencio como la mejor protección contra el mal que se le estaba comiendo por dentro».

Pero, como ocurre con la peor de las enfermedades, querer apartarlo del recuerdo no supone que no haya existido, y sí puede suponer el desconocimiento de unas generaciones que a veces parece que solo creen en la historia que empezó con el nacimiento de los “millennials”.

Mujeres que pierden la destreza de manejar la muerte de una madre con la naturalidad con la que se maneja la matanza de un cerdo o de una gallina, y cambian los vínculos festivos que les unían al pueblo por entierros. Esa es una parte del precio que tienen que pagar unas mujeres que se ven obligadas a vivir hacia dentro, siempre con la desconfianza que genera un pasado demasiado reciente, cuyo fruto es un presente que las impone la obligación de sacar a una familia adelante grabando con tinta indeleble, en su carnet de identidad, la ocupación de “sus labores”.

«Se quiere al novio y se tiene que aprender a querer al marido porque el marido no es un novio. Pasas de recibir atenciones a atender, a ser absolutamente dependiente, a carecer de opinión, ya que las decisiones para que sean compartidas deben partir de una sugerencia elíptica. Pasas a conocer dónde está tu sitio y cuál es tu fin en la vida.»

En cuanto a los hijos, sus caminos se separan, interviene el azar y las diferentes posibilidades, no hay un único camino, como en el pueblo; incluso las convenciones cambian, se expanden, como los nuevos barrios intentan adherirse al centro.

«Andrés tenía claro que lo gratis no puede ser bueno. Cuanto más caro era algo, mejor. Aparte, si te permiten hacer gimnasia con cualquier camiseta y con cualquier pantalón y no te obligan a comprarte un chándal, ese colegio deja mucho que desear. No le gustaba su colegio.»

A los hombres, por su parte, el trabajo los absorbe, y a veces la precariedad que causa su falta de cualificación y de educación, hace descarrilar sus instintos.

«Un portero, de uno de los portales de la glorieta de Cuatro Caminos, se rio en sus narices de una forma peyorativa. Reaccionaron pegándole una paliza. Tomaron nota: había que cambiar su aspecto de hijos del trillo y la guadaña.»

A través de la prosa de José Ignacio Pastor, el lector es capaz de sentir en sus carnes lo que sienten los personajes, a veces, con esa dosis de realidad cruel que solo nace de la verdad absoluta de lo que se está contando.

Escribe Isaac Rosa que «Pocas veces se ha contado la pequeña gran epopeya de la vida en los extrarradios del tardofranquismo, y aún menos con tanta verdad, humanidad y belleza como lo hace José Ignacio Pastor en esta conmovedora novela».

Estoy totalmente de acuerdo con él, porque no es necesario haberlo vivido, no es necesario haber compartido con sus protagonistas esta época imprescindible para sentirse parte de ella, a pesar del aludido silencio, impuesto o autoimpuesto. Un silencio voluntario que en Mientras crece la ciudad revienta y se convierte en un grito.

Mientras crece la ciudad. José Ignacio Pastor. Carpe Noctem, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

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