jueves, 29 de abril de 2021

La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán

 


La implantación en España del sufragio universal masculino en 1869 fue de gran ayuda para que las clases trabajadoras empezaran a tener presencia en las luchas sociales, sin embargo, en la literatura, más atenta a los intereses de su público burgués que a los conflictos de conciencia individual, no tuvo prisa para reflejar estos avances en sus obras.

Una de las primeras novelas que se salen de esa norma no escrita es La Tribuna, escrita en 1882 por Emilia Pardo Bazán (1851-1921). La acción se desarrolla en Marineda, una ciudad ficticia del norte de España ‒que a todas luces parece ser La Coruña‒, en ella mezcla con maestría, dentro de una ambientación febril, la conflictividad política que termina con la proclamación de la Primera República, la reivindicación laboral y el abuso que sufre una joven trabajadora pobre por parte de un señorito de clase superior. Fiel al método naturalista, doña Emilia realiza una escrupulosa observación de la realidad social, pero suavizada por un conservadurismo de tinte patriótico que lo hace peculiar. Escribe Cecilio Alonso, en su excelente manual Historia de la literatura española. Hacia una literatura nacional 1800-1900, publicado por la Editorial Crítica, que la tesis en la que se basa es que «un pueblo no podía cifrar sus expectativas de redención y ventura en formas de gobierno no experimentadas con anterioridad, a las que se atribuía “prodigiosas virtudes y maravillosos efectos”», aludiendo claramente al credo federalista fracasado como forma de gobierno en 1873 pero que, a diez años vista, seguía presente en los partidarios de la república, que lo apostaban todo a la vía conspirativa y al pronunciamiento militar. Doña Emilia recorta simbólicamente la capacidad del pueblo, representado por Amparo, la hija de un barquillero, que trabaja en la fábrica de tabaco, desacreditando así a una opción política con designios desintegradores de la unidad nacional. La imposibilidad de encontrar una solución satisfactoria a las desigualdades se verá reforzada por el desarrollo del tema principal de la novela, la amarga historia de amor entre Amparo y Baltasar Sobrado, oficial del ejército de clase alta, abocado a naufragar junto con las ilusiones igualitarias de la muchacha. El final de la novela nos muestra los caminos paralelos que podemos apreciar en las dos historias, con el símil de dos nacimientos simultáneos: el de una nueva vida, en la persona del hijo de Amparo, y el de la República; ambos comparten también la misma dosis de incertidumbre en el futuro.

Dejóse caer aletargada sobre las fundas, respirando trabajosamente, casi convulsa. Ana se sintió iluminada por una idea feliz. Tomó el muñeco vivo, y sin decir palabra, lo acostó con su madre, arrimándolo al seno, que el angelito buscó a tientas, a hocicadas, con su boca de seda, desdentada, húmeda y suave. […] Oíase el paso de las cigarreras que regresaban de la Fábrica; no pisadas iguales, elásticas y cadenciosas como las que solían dar al retirarse a sus hogares diariamente, sino un andar caprichoso, apresurado, turbulento. Del grupo más compacto, del pelotón más resuelto y numeroso, que tal vez se componía de veinte o treinta mujeres juntas, salieron algunas voces gritando: ¡Viva la República federal! (Emilia Pardo Bazán. La Tribuna).



La joven Pardo Bazán, al escribir La Tribuna, no trata de hacer un relato social con intenciones de denuncia o de transformación de la producción industrial; no trata de mostrar las lacras de la sociedad, sino que intenta desvelar la índole social generosa y caritativa del pueblo español: un naturalismo a la carta que bien pudiera ser “un realismo a la española”. Por ello, no es del todo cierto lo que declaraba la autora de que con La Tribuna no había querido hacer sátira política, ya que en algunos fragmentos se produce una deformación intencionada de los sucesos que nos recuerdan al esperpento. Sea como fuere, esta mezcla de conflictos sociales, políticos y amorosos son el cauce perfecto para incrustar en el relato la existencia posible del denominado cuarto Estado, cuyo protagonista indiscutible es el proletariado.

Cecilio Alonso apunta también que «El canon del XIX se fue construyendo con escasísima presencia femenina. […] Lamentarse de la ignorancia femenina era un tópico, pero generalizar un estatus de igualdad intelectual y laboral como el que adoptaron Concepción Arenal y su esposo García Carrasco, o como el de la pareja ácrata formada por Juan Montseny y Soledad Gustavo, habría sido inconcebible. Las relaciones sentimentales convertidas en matrimoniales entre gente de letras consagraban habitualmente la hegemonía del marido». Y añade más adelante que, aunque escritores como Castelar, Galdós o Menéndez Pelayo, entregados a su “destino profesional” se mantuvieron solteros, lo normal en la mayoría fue la búsqueda del apoyo incondicional de la mujer, dedicada “a administrar los afectos familiares y el patrimonio conyugal”. Todo lo contrario ocurría con las escritoras que “disipaban recelos amparándose en el matrimonio”. Solo Emilia Pardo Bazán, desde su condición de escritora emancipada y separada de su marido, se mostró en un plano de igualdad entre figuras tan destacadas como Galdós, Lázaro Galdiano o Vicente Blasco Ibañez, permitiéndose el gusto de mantener algún que otro incómodo pulso literario con personajes de la importancia de Clarín.

Sin embargo, nada de lo apuntado, ni la calidad indiscutible del conjunto de su obra, que sitúa a Pardo Bazán en la cumbre literaria del final del siglo XIX y los principios del XX, fue suficiente para que pudiera alcanzar una de sus metas más ansiadas: entrar en la Real Academia Española de la Lengua. Son tres las veces que lo intenta, y las tres es rechazada. A este respecto, apunta Ricardo Virtamen: «Sus éxitos como escritora resultaron adquisiciones legendarias en el ámbito de las conquistas de las mujeres en la sociedad contemporánea. Mas su firma siempre desprendía alguna contrariedad, creaba polémica allá donde se hallaba. Su nombre todopoderoso en el ámbito de la sociedad literaria decimonónica, aceptaba sin resquemor su descenso a los infiernos de las críticas y habladurías. Su carácter terco y excéntrico hacía el resto».

El primer intento se produce en 1889, año en el que accede a la institución Benito Pérez Galdós. Es más una “candidatura encubierta” apoyada por una parte de la prensa, encabezada por el diario El Correo, que publica un artículo anónimo titulado “Las mujeres en la Academia. Cartas inéditas de la Avellaneda”, referido a las cartas que Pardo Bazán envía a Gertrudis Gómez de Avellaneda, y que son un ataque directo a los académicos actuales y, por extensión, a muchos intelectuales que comparten las mismas ideas respecto a la posición de la mujer: Además de la enconada negativa de una mayoría de académicos a compartir sillón con una mujer, la publicación de las cartas le creó una gran cantidad de antipatías. Tampoco la elección de Galdós estuvo exenta de dificultades, debido a sus posiciones ideológicas, lo que nos hace pensar que no siempre son los méritos académicos o profesionales los que se tienen en cuenta en la elección.

El rumor de que Concepción Arenal podía entrar en la Academia provocó un segundo intento en 1891, apoyado en un nuevo escrito publicado en la revista Nuevo Teatro Crítico. El punto álgido de la campaña lo alcanza con su respuesta al artículo del jurista Rafael Altamira, “La cuestión académica”, en la que le agradece su apoyo y le pide que ayude a preparar las candidaturas de otras mujeres, al tiempo que solicita que, si ella es el problema, que se niegue su nombre. Pardo Bazán, que estaba al tanto de todos los movimientos, trata de fomentar otras posibles candidaturas femeninas. Diferentes artículos se pondrán de uno y otro lado, desembocando en la creencia de que su entrada provocaría un “conflicto de política constitucional”. Santones de la literatura, como Valera, Pereda o Menéndez Pelayo, declaran: «No comprendo cómo no se enoja la mujer sabia cuando saben que pretenden convertirla en académica de número. Esto es querer neutralizarla o querer jubilarla de mujer. Esto es querer hacer de ellas un fenómeno raro».

La última tentativa de convertirse en académica se produce en 1912, cuando la escritora cuenta con 62 años; apadrinada por Maura y Galdós, en este caso, la determinante definitiva es la negativa explícita del director de la Academia y del secretario perpetuo, en una carta dirigida a la condesa. Se aludieron defectos de forma, incluso, la imposibilidad de aceptarla a causa del reglamento. Largo sería indagar en todo lo que se escribió al respecto en su momento.

El hecho de que la primera mujer en acceder a la institución fuera Carmen Conde, y que para ello tuviéramos que esperar a 1978, puede ser más clarificante que cualquier explicación. No se equivocaba doña Emilia al predecir en La Tribuna una gran incertidumbre de cara al futuro.

Pedro Turrión Ocaña


Bibliografía

Alonso, Cecilio (2010). Historia de la literatura española 5. Hacia una literatura nacional 1800-1900. Madrid: Editorial Crítica.

Pardo Bazán, Emilia (1883) La tribuna. Edición digital de dominio público disponible en www.elejandria.com

Virtanen, Ricardo (2016). La Tribuna. Cuaderno de Estudios da Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, núm. 11, 23-45.

Fuente Imagen Emilia Pardo Bazán: Wikipedia.

jueves, 22 de abril de 2021

De la melancolía, de Espido Freire (Reseña)

 


Una historia que relata las heridas que dejó la crisis; las maneras de sobrevivir, y cómo, frente a todo, la fuerza del ser humano se impone; cómo el amor nos salva de muchas cosas, y la vida nos enseña, siempre que se quiera aprender."

Cada día estoy más convencido de que cada libro, cada lectura, tiene su momento, ya me ocurrió hace algunos años con la excelente novela de Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo, que tuvo que esperar en la estantería veinticinco años para descubrirla y disfrutarla. Ahora, cuando llevamos más de un año de pandemia, cae en mis manos De la melancolía, de Espido Freire, una novela coral cuyo epicentro recae en el personaje de Elena, y tras leer la novela, me doy cuenta de que es el ejemplo perfecto para hablar del desastre al que se dirige esta nueva sociedad prefabricada y superprotegida a la que nadie ha enseñado a sufrir, que creía tenerlo todo, y que ahora ha descubierto que solo hace falta un pequeño tropezón para que todo se vaya a la mierda.

A raíz de varios sucesos que, como todos los males, surgen en un corto espacio de tiempo ‒la imposibilidad de tener hijos, el divorcio, la muerte de sus padres, la crisis económica‒, Elena cae en una profunda depresión que otro de los personajes identifica como “melancolía”. Aunque lo parezca, no se trata de un eufemismo, sino de un término acorde con su personalidad; se trata de Lázaro, un nonagenario que entrará en su vida para mostrarle la importancia de conocer el pasado, y de no olvidarlo, porque el futuro siempre se nutre de su recuerdo. También será el pretexto para que otros personajes nos muestren, a través de su relación con la protagonista, esos resquicios dañinos de los que nadie estamos a salvo. La confluencia de todas sus heridas será la chispa que le muestre a Elena esa fuerza que siempre estuvo en ella y que al final, será la que le haga salir adelante. No puede haber una única verdad, porque la verdad de cada uno surge de su percepción de la realidad, que no depende de un cliché común, sino de las enseñanzas y vivencias que cada cual guardamos y cargamos en nuestra mochila. En palabras de la autora, «No indagamos en la realidad, lo hacemos en nuestras emociones».

De la melancolía es una novela que hay que leer desde la introspección, tratando de identificar en cada situación, no solo los sentimientos que llevan a los personajes a comportarse de una u otra manera, sino buscando también los que conforman la esencia de nuestro propio comportamiento.

Ahora sabemos que nadie está libre de caer en picado, que tras cada esquina puede esperarnos un abismo.

De la melancolía. Espido Freire. Editorial Planeta, 2019

Pedro Turrión Ocaña


jueves, 15 de abril de 2021

Carson McCullers: la soledad opresiva del sur

 


En 2016, la cantautora neoyorquina Suzanne Vega publicó el álbum titulado Lover, Beloved: Songs from an Evening with Carson McCullers, basado a su vez en la obra de teatro musical que la misma cantante escribió y protagonizó en 2011, sobre la escritora norteamericana Carson McCullers. Es lógico pensar en la fascinación que Vega siente por McCullers. Confiesa que descubrió sus cuentos en la adolescencia y que se vio reflejada, no solo en su literatura, sino también en su imagen, que tanto tenía que ver con ella. El título del disco nos hace recordar un fragmento del libro La balada del café triste, donde McCullers se atreve a definir el amor, con palabras como estas:

«En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado en el corazón del amante».

No es un mal comienzo para hablar de esta escritora nacida en Georgia, en 1917, y desaparecida en Nueva York cincuenta años después, tras una vida llena de altibajos provocados por su mala salud, sus adicciones y su tormentosa vida sentimental.

Carson McCullers en 1959

Su primera novela es El corazón es un cazador solitario, escrita con tan solo veintitrés años. Fijándonos en uno de los personajes de esta novela, Mick, nos atrevemos a vaticinar que su personalidad empezó a forjarse, desde muy joven, a través de la música. En la novela, Mick, una niña andrógina que viste pantalones cortos y zapatillas de lona, trata de protegerse del encasillado mundo que la rodea a través de la música que escucha en la radio y que memoriza en su cabeza. En la vida real, Lula Carson Smith, ese era su nombre verdadero, tuvo que sufrir con verdadero estoicismo la sobreexposición a la que le sometió su madre desde el día en que la descubrió, con tan solo cinco años, tocando una canción en el piano: a toda costa tenía que convertirla en una gran concertista, vestida de tul y peinada con llamativos tirabuzones. Lo que consiguió es que la niña se sintiera observada por todos, y no siempre de manera positiva: por un lado, los mayores, expectantes de encontrar a la gran artista que pregonaba su madre; y por otro, sus compañeros de colegio, que solo veían en ella a una niña singular con la que meterse, a la que llamaban “jirafa”, porque había crecido demasiado. Y cuando por fin creía poder hacer realidad su sueño, un suceso fortuito le hizo cambiar de planes. Ocurrió en Nueva York, ciudad a la que se había desplazado desde su Georgia natal, con diecisiete años, para estudiar en una prestigiosa escuela de música. En el metro, perdió el dinero que había conseguido su padre, para tal fin, vendiendo el anillo de la abuela, única herencia de la familia. Ella, en vez de hundirse y regresar con las orejas gachas, decidió quedarse en Nueva York y convertirse en escritora. La gran ciudad le brindaba un entorno más propicio para sus aspiraciones que la vieja ciudad del sur, tradicionalista y frustrante.


El argumento de El corazón es un cazador solitario podría haber sido cualquiera, dentro de la gran cantidad de situaciones injustas de la época en la que se desarrolla: estamos en medio de la gran crisis que precede a la Segunda Guerra Mundial en las olvidadas poblaciones del Sur profundo de los Estados Unidos. Lo verdaderamente importante del relato son sus personajes, luchadores hasta la extenuación, pero siempre abocados al fracaso y a la confrontación. La protagonista indiscutible no es la joven Nick, como podría hacernos creer su enorme parecido con la autora, sino un grupo de personas diferentes que encarnan los tipos más característicos de la sociedad que la rodea.

John Singer es, sin duda, el centro de la narración. Su característica particular es que, siendo sordo y mudo, tiene una capacidad especial para escuchar y entender a todos los demás, hecho que contrasta con su incapacidad para expresar lo que le come por dentro, la enorme soledad que tiene que soportar en su vida diaria tras el alejamiento del único amigo con el que se podía comunicar sin utilizar la libreta, un sordo de origen griego con el que compartía habitación y que es internado en una institución siquiátrica a causa de su comportamiento violento. Sueña cada día con las esporádicas visitas que realiza al sanatorio y cuando, en su última visita se entera de que ha muerto, la vida deja de tener sentido para él y decide quitarse de en medio. Biff Brannon es el propietario del café donde come Singer y que todos visitan alguna vez. Atormentado durante largos años a causa de su matrimonio, encuentra en su negocio la única vía de escape y, a la vez, la mejor manera de estar informado de todo lo que ocurre en la ciudad, por eso mantiene abierto su local durante las veinticuatro horas del día y se porta bien con sus empleados. Jake Blount es un obrero comunista, revolucionario y alcohólico, que está convencido de llevar consigo la verdad de la revolución y que, sin embargo, no ve más allá de su propia rabia. Es el contrapunto del personaje encarnado por el doctor Benedict Mady Copeland, intelectual negro que va de casa en casa curando la enfermedad, a la vez que trata de convencer a la gente de la necesidad de luchar contra tanta injusticia a través de la inteligencia, al final, sucumbirá, impotente, ante la incomprensión, incluso, de su propia familia. Y, por supuesto, Mick Kelly, la muchacha que se enamora de la música escuchando, de manera furtiva, la radio de unos vecinos, y que guarda en su mente las sinfonías que un día escribirá. Se enamora de un ideal, en la persona del mudo Singer y, cuando este muere, tendrá que conformarse con quedarse con su aparato de radio, a falta de poder conseguir un piano,  también es una manera de mantenerlo presente. Todos ellos dan forma a un relato impactante y generoso, de sentimientos encontrados, donde el amor que nace en cada uno, siempre se desvía hacia otro lado; donde el sueño de libertad siempre choca de frente con una realidad muy diferente.

Todos los personajes terminan proyectando sus virtudes y defectos en Singer, que los acoge con agrado, puede que con el único propósito de combatir su soledad y, cuando este muere, es como si se rompiera el hilo que mantiene unida la madeja variopinta de tanto ser desmadejado de por sí. Es el recurso que Carson McCullers utiliza para poner voz a todas esas situaciones que son comunes en los supervivientes de la época, personajes sin futuro que lo fían todo a la suerte, víctimas del olvido y la pobreza que habitan en los márgenes de la civilización moderna. Los personajes más importantes creados por McCullers están marcados por la frustrante vida del sur y, muchas veces, acarrean además defectos físicos o síquicos, que subrayan la injusta situación que les ha tocado vivir; pero, a la vez, es capaz de dotarlos de una personalidad enternecedora que los hace atractivos al lector y los capacita para transmitirle su mensaje. Carson McCullers tiene una capacidad innata para ahondar en el corazón de los personajes que salen de su pluma y hacerlos creíbles. Otra característica importante es que su preocupación sincera por la comunidad negra, lejos de evangelizar, logra que seamos capaces de empatizar con ellos y compartir sus problemas.

Lucía Mora, en un trabajo publicado por la Universidad de Castilla-La Mancha, escribe al respecto: «Referirse a Carson McCullers significa evocar una soledad que nos remite a un Sur rebosante de contradicciones inherentes al conflicto entre el individuo y la sociedad […] Este sentimiento de orfandad absoluta del que la escritora nunca lograría sustraerse es, precisamente, el tema central de su ficción, concibiendo así el sufrimiento, la frustración y la ansiedad de unos personajes que se muestran aterrados ante la idea de tener que acatar las limitaciones y demandas del Viejo Sur”, y la compara con Jane Bowles, a través de sus respectivas producciones literarias.

La prosa de Carson McCullers ha sido ubicada en el denominado “gótico sureño” compartiendo espacio con escritores de la talla de William Falukner, Truman Capote o Tennessee Williams, pero siempre ha estado lejos del eco mediático que a ellos les ha permitido vivir permanentemente en la cúspide literaria, a nivel internacional. También, siendo una escritora blanca, sureña y defensora de los desprotegidos, es inevitable su comparación con Harper Lee, la escritora que se hizo mundialmente famosa con una única novela, Matar a un ruiseñor, obra hoy cuestionada en algunos sectores por contener palabras despectivas contra los “afroamericanos”, sin tomar en consideración, por un lado, que se trata de una obra de ficción que narra una realidad dentro de un contexto y un tiempo concreto que hay que mostrar para que no caiga en el olvido, y por otro, lo que la novela ha significado en la lucha por la igualdad racial en los Estados Unidos de América. Al respecto de esta comparación, Suzane Vega incluye en el disco un tema titulado, precisamente, Harper Lee, que en una de sus estrofas, dice: «Oh, Harper, Harper, Lee, Lee, Lee! / She only wrote that one book / I’ve written more than Three. ‘Oh, Harper, Harper Lee / Ella escribió solo un libro / Yo he escrito más de tres’.

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía y recursos audiovisuales


Mardero, Natalia (2017). “Carson McCullers: la escritora del sur”, en CDL, Continuidad de los Libros, Revista digital de Cultura, disponible en: http://continuidaddeloslibros.com/carson-mccullers-la-escritora-del-sur/

McCullers, Carson (2001). El corazón es un cazador solitario. Barcelona: Six Barral.

Mora Gonzalez, Lucía (2004). “Una breve aproximación a Carson McCullers y Jane Bowles: dos coetáneas insólitas. La soledad en “The hunted boy” y “A stick of green candy”, en Babel-Afial, 13, pp. 15-36. Universidad de Castilla-La Mancha.

Venegas, Carolina (2016). “Una vida con Carson McCullers”, en El tiempo (Diario de Colombia), publicado el 18/11/2016, disponible en https://www.eltiempo.com

Fotografía McCullers: Wikipedia

jueves, 8 de abril de 2021

Con el amor bastaba, de Máximo Huerta (Reseña)


Con el amor bastaba es una emocionante novela que pone el foco en la única vía de salvación frente a los desencuentros, frente a las diferencias: el amor.”

Uno de los efectos de la globalización es que nos impone la obligación de crear un mundo de iguales con unas características determinadas, pero lo que consigue en realidad es hacer un mundo con una enorme desigualdad: quien no piensa como la mayoría, no vale. Está mal visto ser diferente. Gritamos en masa a favor de la libertad de expresión y sin embargo, a nivel individual, no aceptamos a quien habla diferente, a quien viste diferente, a quien ama diferente; y lo que es peor, no nos damos cuenta de que, en el fondo, a lo que aspiramos todos de verdad para alcanzar la felicidad, es a saber encontrar nuestra diferencia con los demás, aunque sepamos de antemano que es muy posible que nunca seamos capaces de reconocerla. «Hay pocas cosas más bonitas en este mundo que la diferencia; pero todos quieren jardines simétricos, desfiles ordenados y frutas idénticas».

Elio Ícaro un día descubre que puede volar, esa es su diferencia. El problema surge cuando ve que lo ha hecho delante de los demás. Ahora todos sabrán que Elio Ícaro es diferente. «No lo supe hasta que no me señalaron con el dedo». La primera reacción de su padre es la de protegerlo y para ello construye unas prótesis que lo aferrarán al suelo: así será normal, como todos los demás, así será feliz, aunque las prótesis le hagan daño maltratando su cuerpo. Para ser feliz hacen falta muchas más cosas; tener los pies en la tierra no es suficiente si la familia se rompe, cómo no es suficiente la intención de ser feliz para combatir la enfermedad, para desterrar la muerte. Su madre lo entiende de manera diferente: «Debes ser lo que quieres, como quieras, debes ser un hombre libre y, si tu libertad es molesta para los demás, vuela de noche hasta que el día sea capaz de entender el mundo»; pero en su caso, será la búsqueda de su propia felicidad la que se interponga entre los dos y cuando Elio se de cuenta del error, de que también él es humano, ya no podrá volver atrás.

Elio revive su vida mucho tiempo después y piensa que con el amor de los otros habría bastado para empezar a aprender a ser feliz. Todos lo habrían sido junto a él. Leyendo la novela, y viendo los diferentes tipos de amor que están presentes en ella, veo en cada uno las carencias de una sociedad que cree haberlo conquistado todo, y por proximidad, la palabra conquista me lleva a pensar en la palabra guerra.

Y por ese mundo de los parentescos, a partir de las lecturas que siempre tenemos presentes, al leer a Huerta he recordado otra novela de una autora que sé que le gusta, y he visto la complicidad de su personaje, Elio, con aquella Adri de Paraíso inhabitado, de Ana María Matute, capaz de volar encaramada en los armarios-edificio del cuarto oscuro de los castigos, o entre las sábanas-nube del terrado. La gran diferencia que hay entre las dos es que, mientras en Con el amor bastaba podemos viajar con Elio a su paraíso físico de afectos, olores y sabores, y también de pequeñas traiciones, en La Provenza de sus tíos, en la novela de Matute siempre nos quedaremos con las ganas de correr tras ella al mundo de Las Ruinas, lugar donde habita su tía Eduarda. Siempre la guerra lo estropea todo y el recuerdo lejano no siempre llega a tiempo de recuperar todo lo perdido. Lo que sí está presente en las dos novelas es la idea de que la infancia nunca nos abandona, y que lo que de ella recordamos, tantos años después, es lo que nos ha hecho crecer y nos ha mantenido vivos.

Dice José María Merino que un relato no necesita ser verdad para ser creíble, pero sí necesita ser verosímil. También Ana María Matute afirmaba que la imaginación y la fantasía forman parte indisoluble de nuestra realidad, y añadía: «Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad». Por eso Con el amor bastaba tiene que salirse del mundo de la razón y rozar el de la fantasía, para ser entendido, disfrutado, en toda su medida, para convertirse en una novela necesaria. Con el amor bastaba lo es porque, en esta realidad repleta de giros inesperados que nos ha tocado vivir, todos necesitamos en algún momento recuperar la niñez para alimentar nuestra fantasía.

Con el amor bastaba. Máximo Huerta.  Editorial Planeta, 2020.

Pedro Turrión Ocaña




jueves, 1 de abril de 2021

Marga Gil Roësset: la utopía del amor frente a la distopía de la muerte

 

Marga Gil Roësset en 1930

A veces queremos lo que queremos aunque sepamos que nos matará. (Donna Tartt. El jilguero).

El 28 de julio de 2020 se cumplieron 88 años de la muerte de Marga Gil Roësset, escultora e ilustradora madrileña, encuadrada dentro del grupo denominado Las Sinsombrero, que debió ser un referente en el arte español del siglo XX y que, sin embargo, tuvimos que esperar hasta el año 2000 para que se realizara una exposición en el Círculo de Bellas Artes, comisariada por Ana Serrano, para conocer lo poco que quedó de su obra. Lo poco que quedó, sí, porque lo demás, ella quiso que muriera con ella: el mismo día que decidió quitarse la vida, disparándose un tiro en la cabeza, destruyó las obras que tenía en su estudio.

Nació en Las Rozas (Madrid) el 5 de marzo de 1908, en el seno de una familia cuya posición le permitió recibir una educación privilegiada y completa, que en nada se parecía a la que recibían las señoritas de la época. Con doce años ya habla cuatro idiomas y, con trece, ilustra de manera excepcional los cuentos que escribe Consuelo, su hermana mayor. Es la madre la que incita a sus hijas a fomentar su creatividad, y es esa creatividad, innata en Marga, la que le lleva a romper la norma que impide a una mujer recrear un cuerpo desnudo, tanto de un hombre como de una mujer. Esta decisión valiente supone para ella un doble reto: por un lado, corre el riesgo de ser considerada impura e inmoral, y por otro, está el hecho de que en esa época las mujeres no recibían formación artística de anatomía pictórica. Marga es autodidacta y no solo se atreve a recrear el cuerpo humano, sino que además lo hace consiguiendo un gran dramatismo y perfección en sus obras.

El primer trabajo suyo que se conserva es un cuento que escribió e ilustró a los siete años, para su madre, y son famosos también los cuentos, El niño de oro, escrito por su hermana e ilustrado por Marga cuando solo contaba con doce años, y Rose de bois, publicado en París dos años más tarde. Pronto destacó también en la escultura. Ante tal precocidad, su madre la llevó al estudio del escultor Victorio Macho, quien no creyó conveniente estropear su talento innato con clases teóricas que nada le iban a aportar. En 1933 se publicó un libro póstumo que contenía tres ilustraciones de Marga; una de ellas, la titulada Las cerezas, nos trae a la memoria los dibujos de una de las obras más importantes de la literatura europea, El Principito de Saint -Exupéry, novela publicada diez años después, por lo que se cree que el inmortal autor francés pudo inspirarse en su obra.

Las cerezas

Marga comenzó a dedicarse a la escultura a partir de los quince años, pero su primera exposición data de 1930. Preguntada por su manera de trabajar, Marga declaró que siempre intentaba trabajar de dentro a fuera, «trato de esculpir más las ideas que las personas». Obras, como Adán y Eva o La mujer del ahorcado, son el mejor refrendo a sus palabras. El hecho de que su fuerza creadora fuera más fuerte que su técnica, hizo que se cuestionaran sus obras en más de una ocasión.


La mujer del ahorcado, 1932

María Ángeles Hermosilla se adentra en la faceta creativa que puede parecernos menos importante en la trayectoria de Marga Gil Roësset, la de escritora, a partir de la lectura del diario que, el mismo día de su muerte, dejó en manos de Juan Ramón Jiménez. Sin embargo, en este pequeño texto de poco más de cuarenta páginas, están las claves de su vida y, sobre todo, de su muerte voluntaria. Solo a él se lo podía entregar ya que a él iban dirigidos todos sus pensamientos. Marga había conocido al matrimonio compuesto por Zenobia y Juan Ramón gracias a la admiración que estos sentían por su obra. Marga se enamoró de Juan Ramón, pero era amiga de Zenobia y no quería hacerle daño. ¿Locura, coherencia? Marga encuentra en el diario la única manera de hablarle a su amado con total sinceridad: «Todo tú… Desde todos los aspectos… cómo me gustas y ¡cómo te quiero». El diario fue publicado en 2015, respetando la edición que había preparado el propio Juan Ramón Jiménez.

Marga Clark, sobrina de la escultora, escribió en 2011 la novela Amarga luz, publicada por la editorial Funambulista, con la que intenta, desde sus propios recuerdos, y apelando a los silencios de su familia, inventar la realidad de la otra Marga. «Mi tía Marga Gil Roësset es uno de estos personajes que, por su trágica desaparición y su inexplicable e injusta condena al olvido, ha permanecido más fiel en mi recuerdo», dice en el prólogo, y añade más adelante: «Pero la figura de mi tía Marga que aquí os presento, es la que inevitablemente se convirtió en una especie de voz interior con la que yo hablaba asiduamente cuando era pequeña, la que acompañaba mi soledad y nutría mi espíritu, la que mantuve escondida en mi mundo imaginario hasta que su nombre salió a la luz».


Amarga luz (2011). Editorial Funambulista

Hay algo en esta  Marga que va más allá del parentesco, algo que se presiente como una estela de la herencia genética, como si la naturaleza, o la vida, hubieran querido dar continuidad a la voz interrumpida por la muerte. Algo que empieza con el nombre y continúa con el ansia de entender, de ser parte, algo que irremisiblemente se convierte en un monólogo a dos voces, ya que no puede ser un diálogo, porque un diálogo es incompatible con la soledad.

«¿Qué pasaría si no me mataba del todo?… ¿si quedaba maltrecha o lisiada, como un vegetal, a la vista de mi amado? Ése sería mi mayor infierno, ¡el castigo que yo merecía por no haber querido sufrir más! Marga, mi querida sobrina, si te hubiera tenido cerca, si el tiempo no nos hubiera mantenido tan alejadas, te lo hubiera pedido a ti. Yo sé que aunque tú no compartieras mi decisión, me habrías ayudado y acompañado en aquellos duros momentos. Pero me encontraba sola, más sola que nunca en mi vida.»

Un monólogo a dos voces que llenó la soledad infantil de Marga Clark y que ahora es capaz de resucitar a la otra Marga, el personaje más verdadero de su libro, «porque proviene directamente del más profundo de los conocimientos: la intuición».

¿Ficción, realidad, verdad? La autora reconoce que tiene difícil responder a esas preguntas siendo, como es, una persona que siempre ha tratado de inventar su realidad; sin embargo, añade algo que tal vez nos de la clave para afrontar la lectura del libro: «Me gustaría que el lector fuera consciente de que mi verdad se encuentra, a veces, sutilmente maquillada, y otras, inadvertidamente transformada. Pero no dejará de ser una verdad: la que ha sobrevivido en mi mente y mi corazón a través de todos estos años».

Pedro Turrión Ocaña

    Bibliografía

Clark, Marga (2011). Amarga luz. Madrid: Editorial Funambulista.

Hermosilla Álvares, M.ª Ángeles (2020). “La expresión de la intimidad en el sujeto descentrado: El diario de Marga Gil Roësset”, en Revista Signa n.º 20. Madrid: UNED.

Mayordomo, Concha (2015). “Mujeres en el arte: Marga Gil Roësset”, en Diario El País (24-03-2015).

Palau de Nemes, Graciela (2004). “Nuevos datos inéditos sobre el suicidio de Marga Gil Roësset (1908-1932) por amor a Juan Ramón Jiménez”, en Actas del XIV Congreso AIH (Vol. III). Nueva York: Asociación Nacional de Hispanistas.

Siso Monter, Montserrat (2018). “Marga Gil Roësset. Aportaciones al estudio de su obra. Aportaciones recibidas e impacto posterior”, en Nuevas aportaciones sociológicas, pp. 403-418. Barcelona: Gedisa.

(2020) “Marga Gil Roësset: dotada de un talante natural para la ilustración y la escultura, en Lomba Serrano Concha, et álii. Las mujeres y el universo de las artes. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, pp. 379-388.


Fuente de las fotografías: Amarga luz, de Marga Clark.


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