Nunca una recomendación literaria me había perturbado tanto. Y no lo digo de manera negativa, sino todo lo contrario.
Me explico.
Se trata de Joi, de Ángela Segovia, publicada por La Uña Rota, una novela que obliga a quien la aborda a modificar sus expectativas, sus hábitos y, en cierto modo, su confianza en el lenguaje como herramienta de comprensión. Y a pesar de todo eso, o quizá por ello, estamos ante una propuesta apasionante.
Pero vayamos por partes.
Desde una perspectiva estrictamente narrativa, la novela parte de un motivo reconocible: una niña entra en un bosque, desaparece y regresa dos años después transformada, desposeída de memoria y de identidad tal como solemos entenderlas, y con una herida abierta que le costará la pierna. Sin embargo, detenerse en ese esquema sería no tanto simplificar el libro como traicionarlo. Porque Joi no se organiza en torno a lo que ocurre, sino a lo que pierde la posibilidad de ocurrir cuando las categorías habituales –sujeto, experiencia, relato– se vuelven inoperantes.
Pronto nos damos cuenta de que lo que Ángela Segovia construye no es un personaje al uso, sino una zona de indeterminación. Esta niña no es un “yo” en crisis, sino algo anterior a la posibilidad misma del yo,
En este sentido, la novela se sitúa en una línea contemporánea que desconfía de la identidad como relato coherente, y de la memoria como fundamento de la subjetividad. Pero lo que diferencia a Joi de otras propuestas es el modo radical en que lo hace al no convertir la crisis en el tema del relato, sino que trata de afrontarla a través de la forma.
El lenguaje es el primer lugar donde esta operación se vuelve visible. Lejos de funcionar como un instrumento transparente, la prosa de Joi se comporta como un campo de experimentación: repite, titubea, rodea, se aproxima sin fijar, deja espacios en blanco. Hay en ella una insistencia que no avanza en términos narrativos, sino que profundiza en una experiencia que se resiste a ser nombrada. La sensación, sostenida a lo largo del libro, es la de asistir a un lenguaje que ha perdido su capacidad de organizar el mundo y que, sin embargo, insiste en buscar la manera de poder hacerlo.
Ángela Segovia parece interesada en explorar una forma de conocimiento anterior al lenguaje o, al menos, no subordinada a él. La niña protagonista no entiende el mundo, sino que lo atraviesa. Su relación con lo que la rodea no pasa por la identificación ni por la clasificación, sino por una especie de contacto directo que desestabiliza las jerarquías habituales entre sujeto y entorno. En este sentido, el bosque no funciona como un simple escenario simbólico, sino como un espacio que produce una mutación en la forma de percepción, al tiempo que la ciudad aparece como un lugar en el que todo es posible, a pesar de su evidente e insistente hostilidad.
En cuanto a la violencia, más que un conflicto entre fuerzas claramente delimitadas, es el resultado de un desajuste: el mundo –entendido como sistema de significados compartidos–no sabe qué hacer con aquello que no puede reconocer. En este sentido, y es importante mencionarlo, la novela desplaza la cuestión ética desde el ámbito de las acciones al de las estructuras de percepción. No se trata tanto de juzgar comportamientos como de interrogar las condiciones que los hacen posibles.
Aquí es donde no solo aparece la dimensión poética de la escritura de Segovia, sino que se vuelve decisiva. Pero no nos equivoquemos, Joi no es una “novela poética” en el sentido convencional –no hay ornamento ni lirismo, entendidos como recursos de intensificación emocional–, sino una prolongación de ciertas operaciones propias de la poesía contemporánea, como la erosión del sentido, la atención a la materialidad de la palabra o la desconfianza hacia la representación. Lo que en el poema puede aparecer concentrado, aquí se despliega en una extensión que pone a prueba su capacidad de resistencia.
Como podemos ver, la lectura de Joi implica aceptar que el lenguaje no va a conducirnos hacia una comprensión progresiva. Al contrario: cada frase parece abrir una pequeña grieta en lo que creíamos haber entendido. Esta dinámica produce una forma particular de extrañamiento, no tanto respecto a lo narrado como a nuestra propia posición como lectores.
¿Qué significa comprender un texto que no se deja cerrar?
¿Qué tipo de atención exige una escritura que no recompensa la interpretación con la lógica del sentido?
Es en este punto donde la figura de Joi –personaje– adquiere una dimensión que excede lo narrativo. Su falta de memoria no es solo un rasgo argumental, sino una condición ontológica: Joi no puede narrarse porque no dispone de los elementos que hacen posible cualquier relato. Pero, al mismo tiempo, percibe. Y esa percepción es uno de los núcleos más intensos del libro. En este punto hemos de hablar de la relación de la niña con los demás personajes de la novela, sobre todo con uno de ellos: Face.
Face aparece como el único interlocutor que puede ayudar a Joi a reorganizar su nuevo estatus en el mundo, a pesar de ser un interlocutor poco fiable. Yendo hasta el extremo, Joi y Face podrían simbolizar el bien y el mal en la novela, pero de una manera tremendamente ambigua. Hay momentos, incluso, en los que he tenido la sensación de estar ante un único personaje, en el que cada uno representa una de las dos caras de la misma moneda.
Otro de los aspectos más singulares del libro es su relación con la alegoría. Hay elementos que invitan a una lectura simbólica –el bosque, la transformación, la figura de la niña–, pero cualquier intento de fijar un significado estable se ve rápidamente desbordado. Joi puede ser leída como una encarnación de lo salvaje, de lo prelingüístico, de lo no domesticado; pero ninguna de estas interpretaciones logra agotarla. La novela parece trabajar, más bien, contra la tentación de la alegoría como clausura.
En este punto, resulta útil pensar Joi no como un texto que “significa algo”, sino como un dispositivo que pone en crisis la propia idea de significado. Lo que está en juego no es tanto qué quiere decir la novela, sino qué ocurre cuando dejamos de exigirle que diga algo de forma unívoca. Esta apertura, lejos de ser un gesto de indeterminación gratuita, responde a una concepción muy precisa de la escritura como espacio de exploración, que incluye una propuesta de diálogo entre el autor y el lector.
La relación entre esta novela y la obra poética previa de Ángela Segovia es, en este sentido, de continuidad más que de ruptura. Quienes hayan leído sus libros de poesía reconocerán una serie de preocupaciones que aquí se despliegan en otra escala: la desconfianza hacia el yo como instancia estable, la atención al cuerpo como lugar de pensamiento, el interés por formas de percepción no mediadas por el lenguaje conceptual. Joi no abandona esas líneas, sino que las lleva a un terreno donde sus implicaciones se vuelven más visibles.
Lo interesante es que este paso a la narrativa no implica una adaptación a las convenciones del género. Al contrario, es la novela la que se ve forzada a alojar procedimientos que le son, en cierto modo, ajenos. La progresión argumental se debilita, la psicología desaparece como eje organizador, la temporalidad se vuelve difusa. Lo que queda es una especie de continuidad intensiva, más cercana a la lógica del poema que a la del relato.
No se trata, por tanto, de un libro cómodo, ya que exige una forma de lectura atenta, paciente, dispuesta a sostener la incertidumbre sin resolverla de inmediato. Hay momentos en los que la escritura parece cerrarse sobre sí misma, volverse opaca, incluso hermética. Pero esa opacidad no es un defecto, sino parte de su apuesta: obligarnos a habitar un espacio donde el sentido no está garantizado.
Quizá ahí resida uno de los logros más singulares de la novela. En un panorama literario en el que predomina la claridad expositiva, la legibilidad inmediata, la traducción de la experiencia a formas reconocibles, Joi introduce una fricción. No ofrece respuestas ni consolida interpretaciones, más bien abre preguntas que no pueden resolverse del todo.
Entre esas preguntas, hay una que atraviesa el libro de principio a fin: ¿qué queda de la experiencia cuando el lenguaje no alcanza a nombrarla? La respuesta, si es que puede hablarse de respuesta, no se formula de manera explícita, se insinúa en la textura misma de la escritura, en sus vacilaciones, en sus repeticiones, en su negativa a cerrar por completo la historia, sin dejar por ello un final abierto.
Tal vez, lo más impactante en la lectura de Joi, es verse en la obligación de apartar a un lado ciertos elementos habituales en la narrativa, como la seguridad interpretativa, la linealidad narrativa o la identidad como eje de sentido. Pero en esa pérdida se abre también una posibilidad, apasionante en sí misma: la de pensar en la literatura desde un lugar menos estable, más expuesto, más atento a lo que se nos escapa. Pensar en una literatura viva.
Ángela Segovia. Joi. La Uña Rota: 2026
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