martes, 14 de abril de 2026

Comerás flores. Lucía Solla Sobral


«
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre».

«Aunque llevaba años sin vivir en Beiramar, yo sabía que ese hombre que me miraba tanto no era de allí».

No he querido acudir a la contraportada del libro, como suelo hacer al iniciar mis reseñas. En este caso, he preferido transcribir dos breves fragmentos de los primeros capítulos: el primero es la frase con la que se abre la novela; el segundo, también una frase, lo encontramos en la página 22. Y, aunque apenas nos dan información, creo que son el dibujo perfecto de los ejes  en los que se asienta la novela Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, publicada por Libros del Asteroide.

El fin que tantas veces lleva implícito un nuevo comienzo.

Comerás flores no es una novela de grandes acontecimientos. De hecho, su argumento cabe en unas pocas líneas: Marina, en un momento de especial fragilidad tras la muerte de su padre, inicia una relación con Jaime, un hombre, veinte años mayor, que parece ofrecerle justo lo que necesita: orden, belleza, una cierta idea del mundo y estabilidad. Pero lo que se despliega a su alrededor no es tanto una historia de amor como un proceso lento de desplazamiento interior. Pronto nos damos cuenta de que algo se va desajustando, aunque nunca de manera estridente.

Quizá lo más inquietante del libro sea precisamente eso: aquí no hay golpes ni escenas límite que funcionen como advertencia clara. La violencia –si queremos llamarla así, y conviene hacerlo– no se manifiesta de manera física, sino que está en la forma en que se dicen (o no se dicen) las cosas, en cómo una opinión acaba pesando más que otra, en cómo una mirada puede ir sustituyendo a la propia. Lucía Solla Sobral ha encontrado la manera de introducir al lector en esa zona difusa donde el daño todavía no tiene nombre, pero ya está ocurriendo. Un daño, por desgracia, conocido por la mayoría, ya sea por exceso o por defecto.

Solla Sobral acierta al no convertir a Jaime en una caricatura o en un cliché, recursos que lo habrían simplificado todo. Muy al contrario, lo construye como alguien perfectamente reconocible, incluso atractivo en su manera de estar en el mundo. Y ahí está el problema, pero también el reto y el riesgo implícito que conlleva: la novela no permite al lector colocarse en una posición cómoda de juicio. Durante muchas páginas, entendemos –o creemos entender– por qué Marina se queda a su lado. Y esa comprensión, que a veces roza la incomodidad, es uno de los mayores logros del libro.

Volvamos a la primera frase del libro. El duelo no es solo un punto de partida argumental, sino la grieta por la se cuela todo lo demás. Marina no busca tanto a Jaime como una forma de sostenerse, de organizar lo que se ha roto. A mi entender, la novela sugiere que ciertas relaciones no nacen de una elección libre, sino de una necesidad mal formulada, y que en ese pequeño desplazamiento puede empezar a construirse algo profundamente desigual.

La estructura de Comerás flores se sostiene sobre una paradoja: es una novela aparentemente sencilla, casi transparente en su forma, pero profundamente calculada en sus efectos. Su arquitectura no busca impresionar por complejidad formal, sino por precisión: todo está dispuesto para que el lector atraviese, paso a paso, el mismo proceso de implicación, duda y desajuste que vive la protagonista.

En cuanto a la escritura, hay una contención muy consciente. Nada suena excesivo. La prosa tiene un punto de delicadeza que, en lugar de suavizar lo que cuenta, lo vuelve más perturbador, como si el lenguaje también participara en ese juego de seducción inicial. El título, Comerás flores, funciona casi como una clave de lectura: lo que promete belleza puede no alimentar; lo que parece inofensivo puede dejar un poso áspero.

Algo que me ha llamado mucho la atención es que la elección de un narrador en primera persona limita la objetividad del lector a la hora de entender el comportamiento de Jaime: siempre lo vemos a través de los ojos de Marina. Esto, que nos permite avanzar con ella, también provoca la libre interpretación de su comportamiento, así como de lo que se dice.

Por otro lado, no creo que sea una novela de aprendizaje en el sentido clásico. Aquí no hay una evolución limpia ni una conclusión tranquilizadora, sino más bien lo contrario: una toma de conciencia incompleta, algo que se rompe y que no termina de recomponerse del todo. Y eso, lejos de ser un defecto, le da al libro una honestidad poco frecuente.

Comerás flores no es una lectura cómoda, ni falta que le hace, pero sí es de esas que, cuando se llega a su fin, nos obligan a mirar hacia atrás y preguntarnos en qué momento exacto empezó a torcerse todo. Y, lo que es más inquietante, por qué no lo vimos antes.

Lucía Solla Sobral. Comerás flores. Libros del Asteroide, 2026.

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