jueves, 17 de septiembre de 2026

Tiemblas en el verano. Manuel Avís (Reseña)

 

Hay un peligro evidente en tratar de entender lo que ocurrió pasado el tiempo, porque los recuerdos no vuelven de la misma manera en que sucedieron, regresan modificados por quien los recuerda, por todo lo que ocurrió después y, sobre todo, por el oculto deseo de aquello que nunca llegó a ocurrir.

Quizá sea esta una de las paradojas que recorre Tiemblas en el verano, de Manuel Avís: escribir sobre el pasado no significa recuperarlo, sino aceptar que ya no existe y tratar de averiguar qué nos queda de él.

El libro parte de una experiencia amorosa marcada por la pasión, el deseo, y, sobre todo, por el abandono. Pero quedarse en esa formulación sería simplificar considerablemente la propuesta, porque Avís no parece interesado tanto en contar una historia de amor como en preguntarse qué hacemos con aquello que una vez vivimos y que, a pesar de haber terminado, continúa determinando nuestra manera de mirar el presente. El propio autor lo presenta como un relato autobiográfico, pero que se sitúa deliberadamente en los límites de las convenciones narrativas y que convierte la escritura en una forma de confrontación con el dolor.

Y aquí aparece una primera cuestión interesante. ¿Hasta qué punto recordar es una forma de ficción?

La pregunta no es nueva. Proust construyó alrededor de ella una de las grandes arquitecturas literarias del siglo XX, y la tradición de las escrituras del yo no ha dejado desde entonces de enfrentarse a ese problema: la memoria pretende decir la verdad, pero para hacerlo necesita  reconstruirla. Pero recordar no consiste en abrir un archivo y recuperar intacto lo sucedido; recordar es seleccionar, ordenar, relacionar, interpretar.

Manuel Avís parece conocer bien esta tradición. Doctor en Estudios Literarios, ha dedicado parte de su trabajo académico a autores como Proust, Yourcenar, Woolf, Ernaux o Colette, y sus lecturas aparecen en este relato como ejes de su construcción pero, sobre todo, como parte fundamental de su concepción de la literatura; y me atrevería a ir mas lejos: como parte de su pulsión vital.

En este sentido, Tiemblas en el verano puede leerse como un relato sobre la memoria, pero también como una texto sobre las posibilidades y las limitaciones de la literatura para acercarse a ella. Porque una cosa es recordar y otra muy distinta es intentar escribir lo que se recuerda.

El narrador se mueve entre distintos lugares Madrid, A Coruña, Florencia, Lausana, pero estos espacios no funcionan únicamente como coordenadas geográficas, sino que son también lugares que funcionan como depósitos de experiencia. El pasado no permanece encerrado en una fecha determinada, sino que se activa mediante lugares, imágenes, cuerpos, lecturas y sensaciones. Así, la geografía termina convirtiéndose en un espacio emocional donde no importa únicamente lo que ocurrió, sino qué significa volver a ese lugar cuando aquello ya ha dejado de existir: los lugares sobreviven a quienes los habitaron, pero nunca permanecen completamente iguales para quien regresa a ellos.

En Tiemblas en el verano, el espacio parece cumplir precisamente esa función: permitir que el pasado reaparezca sin que pueda recuperarse por completo.

Otra cuestión fundamental es el deseo. Avís no separa el amor de su dimensión corporal. El sexo no aparece como un añadido destinado a provocar al lector ni como un territorio que deba ser tratado con especial solemnidad, sino como parte de la experiencia amorosa y, por tanto, de aquello que merece ser contado.

Esta decisión adquiere especial relevancia si tenemos en cuenta la posición que el propio Manuel Avís ha defendido públicamente sobre la literatura autobiográfica. En una entrevista reciente1 afirma que el sexo continúa sometido a una forma de tabú y apunta que la literatura debe poder representar la experiencia sexual con la misma naturalidad con la que representa cualquier otra dimensión de la existencia.

Otro punto interesante es la visión que adquiere el dolor a lo largo del texto, nunca como justificación de la escritura. Avís ha insistido en que el dolor no convierte a nadie en escritor y que incluso deberíamos evitarlo siempre que fuera posible. La escritura, en su planteamiento, no tiene como misión glorificar el sufrimiento, sino permitir que lo vivido pueda ser ordenado y comprendido.

Buena parte de la literatura ha intentado mostrarnos la herida como una especie de legitimación del artista: cuanto más sufrimiento, más profunda parece la obra, como si el escritor tuviera que pagar con dolor su derecho a escribir. Avís plantea algo bastante diferente: El dolor no es un mérito, es una experiencia. Y la literatura comienza después, cuando intentamos comprender qué hacemos con ella.

De ahí que Tiemblas en el verano pueda entenderse como una especie de arqueología íntima que no trata de escarbar en el pasado para descubrir qué sucedió, sino de descubrir qué capas de interpretación hemos ido depositando sobre ello.

En este punto la influencia de Proust resulta especialmente pertinente. Pero también lo es la de Annie Ernaux, cuya escritura nos ha demostrado hasta qué punto la experiencia individual puede convertirse en materia literaria sin dejar de ser al mismo tiempo una interrogación sobre la sociedad, la memoria y la identidad. El propio Avís menciona en el libro la importancia de Ernaux, a quien le reconoció en una carta que uno de sus libros le había salvado.

Hablar de un amor concreto puede ser una forma de hablar del amor. De la misma manera, contar un abandono concreto puede ser una forma de hablar de todas aquellas experiencias que permanecen abiertas, precisamente, porque no tuvieron el final que esperábamos. Sin embargo, hay una diferencia importante entre perder algo y no haberlo llegado a tener. Mientras que la pérdida tiene un objeto, lo que no pudo ser tiene, en cambio, una especie de existencia fantasmagórica que da como resultado la imposibilidad de contar con el recuerdo de aquello que nunca sucedió. Solo podemos recordar la expectativa, el deseo, la posibilidad.

No se trata solamente de recordar a alguien. Se trata de recordar quiénes éramos cuando todavía creíamos que determinadas cosas podían suceder. Como en el poema de Pavese, que Avís transcribe en el libro, el verano del título adquiere una dimensión que va más allá de la estación del año. El verano es aquí una especie de estado de la memoria juventud, deseo, luz, descubrimiento, cuerpos, desplazamientos– pero también la conciencia de que toda esa luminosidad contiene ya su propia efimeridad.

El verano pasa. La juventud pasa. El amor puede pasar. Lo que permanece es la narración que construimos después alrededor de todo aquello.

En Tiemblas en el verano Manuel Avís se toma muy en serio una de las grandes preocupaciones de la literatura contemporánea: qué puede decir un yo cuando intenta hablar de sí mismo sin convertir su experiencia en una verdad absoluta. A mi entender, es en este contexto donde las referencias literarias que atraviesan el libro adquieren una función que va más allá del homenaje. Proust, Yourcenar, Pavese, Colette o Ernaux se convierten en interlocutores de los que se sirve Avís para tomar distancia, para analizar lo vivido desde otra perspectiva, para impedir que la experiencia individual termine encerrada en sí misma.

Hay, por tanto, dos movimientos simultáneos en el libro. Uno conduce hacia dentro: hacia el cuerpo, el deseo, la memoria y la herida; el otro conduce hacia fuera: hacia los libros que nos permiten comprender aquello que solos no sabemos nombrar.

Y quizá la literatura consista precisamente en eso: en descubrir que nuestra experiencia es única y, al mismo tiempo, no nos pertenece del todo.

En definitiva, Tiemblas en el verano no me parece tanto un relato sobre un amor perdido como sobre la persistencia de aquello que ya no existe, sobre esa extraña capacidad de la memoria para conservar lo que el tiempo se ha encargado de destruir. Manuel Avís escribe desde una herida concreta, pero no pretende convertirla en monumento. A través de la escritura, la interroga, la confronta con otras voces y con otras formas de entender el deseo, el cuerpo y la memoria; la vida.

No escribimos para regresar al lugar donde fuimos felices. Escribimos porque sabemos que ya no podemos regresar, y no porque todavía esté ocurriendo, sino porque, cuando lo recordamos, descubrimos que alguna parte de nosotros ha estado siempre allí.

Por eso el verano tiembla.

Manuel Avís. Tiemblas en el verano. Pre-Textos, 2025

1Entrevista realizada por Grego Casanova y publicada en Vozpópuli el 12/02/2026

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