domingo, 25 de enero de 2026

Los años decisivos. José Mateos (Reseña)

 

Además de un fresco generacional y de una aventura existencial en busca de sentido, Los años decisivos es una reflexión sobre la deriva ideológica de la sociedad contemporánea y sobre los cambios de paradigmas culturales que se han producido en España en las últimas décadas.

«Había tomado la decisión de irme a estudiar a Madrid el mismo año de la muerte del viejo dictador, poco más o menos, unos meses antes de aprobar el examen de selectividad. No había sido una decisión tomada a la ligera, pero una vez resuelta, la había presentado como inamovible ante la presión de la familia...»

Así comienza Los años decisivos, de José Mateos, una novela que repasa un momento decisivo de nuestra historia, y que obliga al lector a revisar su propia educación sentimental e intelectual, sin la necesidad de acudir a grandes giros argumentales, sino dejando que afloren muchos de esos cambios interiores que, con el paso del tiempo, resultan irreversibles.

La protagonista, Marta, llega a Madrid desde la provincia de Cadiz para estudiar Filosofía en un momento histórico convulso y fértil. La gran ciudad es aquí mucho más que un escenario: es un espacio de iniciación, de apertura y de extravío. En sus calles, en las aulas, en las conversaciones interminables, se condensa una época en la que parecía posible reinventarlo todo: el pensamiento, la política, la manera de vivir y de amar.

José Mateos construye el relato desde una distancia reflexiva que evita tanto el fervor juvenil como la nostalgia complaciente. La novela no idealiza aquellos años, ni los condena sin matices; más bien los observa con una lucidez paciente, consciente de que muchas de las convicciones, que entonces parecían inquebrantables, estaban destinadas a erosionarse con el tiempo. En ese desgaste —lento, casi imperceptible— reside uno de los núcleos más interesantes del libro.

Los años decisivos habla de formación, pero también de desorientación: De cómo el pensamiento crítico puede convivir con la ingenuidad, y de cómo ciertas ideas, defendidas con pasión en la juventud, acaban transformándose en preguntas incómodas o silencios asumidos, con el tiempo. La experiencia universitaria, la militancia cultural y política, los vínculos afectivos y las lecturas se entrelazan para mostrar un proceso de maduración que no siempre conduce a certezas, sino a una forma más compleja de duda.

«[…] Una tiene que estar consigo misma toda la vida, como mínimo –me dijo–. Por eso hay que actuar de tal manera que no nos avergoncemos de lo que hacemos, porque si no, esa vergüenza, ese remordimiento, lo tendremos ahí, dentro de una para siempre».

El estilo de la novela es sobrio, contenido, con una prosa que invita a la pausa. Se percibe la mirada del excepcional poeta, que es Mateos, pero también del ensayista, sin que la narración se resienta: la reflexión surge de la experiencia, no se impone sobre ella. La novela avanza como quien recuerda sin prisa, sabiendo que recordar es sobre todo volver a interpretar, y que toda memoria es ya una forma de juicio.

Más que una novela sobre una época concreta, Los años decisivos es una indagación sobre qué hacemos con lo que fuimos; sobre cómo se asimilan las ilusiones, las renuncias y esos cambios de rumbo que terminan configurando una vida adulta. En ese sentido, su lectura interpela tanto a quienes vivieron aquellos años como a quienes los observan desde la inclemente distancia temporal.

En resumidas cuentas, Los años decisivos una novela que no busca deslumbrar, sino acompañar; que no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino abrir un resquicio en la puerta trasera del tiempo por el que poder afinar la mirada.

Quizá por eso su lectura resulta tan pertinente en este preciso momento: porque nos recuerda que hay decisiones —y también desengaños— que no se anuncian como tales, pero que terminan marcando el curso entero de una vida.

José Mateos. Los años decisivos. Pre-Textos, 2025.



martes, 30 de diciembre de 2025

Amarilla. Marta Sanz (Reseña)

 

«Todos los poemas me salen amarillos», escribe Marta Sanz en uno de los versos de este libro. Y es que el amarillo es, aquí, un color último, definitivo, de una acidez que se identifica con un nervioso sentido del humor […] Los versos se extienden como un delicado manto sobre el paisaje de lo cotidiano, cruzan las carreteras de una geografía íntima atravesada por la enfermedad, el deseo, la memoria, el final. El cuerpo se convierte en una elegía del paso del tiempo, un encefalograma en el que se registra cada marca, cada afrenta. Amarilla es, por encima de todo, una política de lo íntimo y una intimidad al descubierto, lanzada al mundo.

Me sumerjo en la perfección de copo de nieve de / párrafo / frase / palabra / cristalización.

La imagen potente es la de un copo de nieve que se convierte en verso a través del párrafo, a través de la frase, a través de la palabra, a través de la evidencia científica de la transformación de una gota de agua, que vemos convertida en ese primer cristal del invierno que siempre nos sorprende.

Podría ser otra

    la primera imagen que se convierte en poesía en Amarilla, el nuevo poemario de Marta Sanz, pero son esos versos los que, sin aviso previo, me sorprenden una vez más, tal vez porque su escritura, como afirma Jordi Doce, en El Mundo ‒y en la contraportada del libro‒ «… se deja tironear por el carácter obsesivo de sus imágenes, una ferocidad que la distingue y eleva entre sus contemporáneos».

Amarilla es un mapa de realidades, pero también, es un mapa de soledades.

[…] Las que sufrimos, quizá, más de la cuenta / –concededme el beneficio de esta duda–, / siempre suscitamos / mucha desconfianza.

En la soledad surgen preguntas que no tienen respuesta o la que tienen es ambigua o incompleta. De ahí nace el poema.

Como ya sabemos sus lectores habituales, la poesía de Marta Sanz es corpórea: se adentra en el cuerpo, en el desgaste, en aquello que no se va aunque preferiríamos que se fuera.

El cuerpo no es una abstracción ni un lugar desde el que pensar, es un hecho. Un cuerpo que envejece, que recuerda, que duele, que desea mal, que se equivoca. Marta Sanz no escribe desde la distancia ni desde el desgarro espectacular, sino desde una especie de lucidez incómoda, casi doméstica, con la que no busca conmover al lector, busca no mentir. Marta Sanz escribe desde la consciencia de una fragilidad de «pompa de jabón que se puede romper al menor roce».

El amarillo del título no es un símbolo cerrado, definitivo. A ratos parece luz sucia, a ratos aviso, a ratos una señal que el cuerpo emite cuando algo no funciona del todo bien. No hay en el poemario celebración explícita del color, ni voluntad metafórica expansiva: el amarillo aparece como aparece la duda o el cansancio, sin pedir permiso, y de repente se convierte en una capa que lo impregna todo. En cambio, sí hay en él algo contable, como si cada poema fuera un breve apunte de lo que queda o de lo que se pierde o de lo que ya no rinde como antes. No hay épica del deterioro, sino registro fiel de su consecuencia, y es en ese registro donde aparece una forma de honestidad que no tranquiliza.

[…] El amarillo del árbol / era la expresión / más pura / del color de silvestre campanilla. // De la enfermedad hepática...

Marta Sanz convierte el lenguaje en un instrumento preciso, a veces seco, a veces irónico, siempre atento a no embellecer lo que no merece ser bello. A pesar de lo que muchos piensan, el lenguaje en la poesía no es solo un artificio y a veces se convierte en altavoz, pero también en megáfono afónico, cuyo mensaje se pierde entre una multitud ruidosa de oídos que no quieren oír, y sin embargo sigue, no se calla.

Hay mucho de conciencia y bastante de impotencia en estas páginas.

[…] Y tú no sabes / si toda esta desgracia minimiza la tuya, / te hace más fuerte, / te produce vergüenza / agranda la dimensión / de una herida imaginaria / que, poco a poco, / se abulta / segrega infecciones / se perfila / contra / tu cuerpo / no / exactamente / tumefacto.

Amarilla no es un libro al uso para “disfrutar” de la poesía, más bien es un libro que acompaña cuando ya hemos entendido que el cuerpo no promete nada, que la memoria falla, que el deseo no siempre salva. Y aun así —o precisamente por eso— hay una vitalidad obstinada en él, una voluntad de seguir nombrando lo que ocurre mientras ocurre.

[…] Yo hablo del calor / exacto de la estufa...

Como en toda la poesía de Marta Sanz, tras el último verso de Amarilla no hay un punto final, sino un enorme espacio en blanco en el que, tras cada lectura, irán apareciendo multitud de líneas torcidas, esas que adelantan el destino de cada una de nuestras vidas, la voluntad de cada una de nuestras decisiones, pero también la sombra de todo aquello que dejamos y vamos olvidando.

[…] Nada es después / todo es aquí.

Amarilla. Marta Sanz. La Bella Varsovia, 2025.

jueves, 11 de diciembre de 2025

La encrucijada de Paula. Nora Cristina García (Reseña)

 

Paula, la protagonista de esta novela, es una joven estudiante de Derecho, que se gana la vida como ayudante en una clínica veterinaria del Gran Buenos Aires, durante la aguda crisis argentina del año 2001. En medio del pánico y de la sacudida social que supone el corralito, ella y su jefa soportarán todo tipo de acosos y amenazas para forzarlas a abandonar el negocio. Por si eso fuera poco, cuando creen que nada puede ir a peor, se verán salpicadas en una muerte que dispara las fantasías del vecindario con las hipótesis más descabelladas. Mientras tanto, los animales, pacientes del centro, no son ajenos a las tensiones que sufren sus dueños y experimentan extraños cambios de conducta.


Cualquier tragedia es digna de ser narrada desde diferentes planos, incluso –¿por qué no?– desde los más arriesgados, como convertir lo grande en pequeño sin por ello banalizarlo, para intentar ver el suceso en su máxima extensión a través de la presunta insignificancia del individuo corriente, es decir, mirarlo desde la generalidad.

¿Podemos decir, entonces, que La encrucijada de Paula cuenta una historia insignificante?

Nada más lejos de la realidad.

La novela relata la historia de Paula, una estudiante de Derecho que aún vive en la casa familiar junto a su madre y su hermana, a partir del momento en que comienza a trabajar en una clínica veterinaria, y que coincide en el tiempo con el desastre que sacudió Argentina en el año 2001. De un modo u otro, todos hemos oído hablar de los sucesos de ese año –la crisis económica, el corralito–, pero casi siempre desde lo político, lo económico, la rabia o la discusión, versiones, todas ellas, que tarde o temprano se convierten en una buena razón para apagar el noticiario o dejar el libro en el estante más alto de la biblioteca del salón.

Nora Cristina García, sin embargo, ha querido ofrecernos su visión desde un punto de vista mucho más humano que, aunque tiene el humor como trasfondo, es capaz de hacernos sentir el miedo y la inestabilidad del momento, pero también el aguante y la necesidad de seguir trabajando aunque todo alrededor parezca desmoronarse. Su secreto está en servirnos la tragedia en tragos cortos, desde la mirada particular de las personas –subrayo el término personas– que conviven alrededor de la clínica veterinaria en la que Paula pasa ahora la mayor parte de su tiempo.

García convierte el entorno de la clínica en la metáfora perfecta de la ciudad de Buenos Aires, situando entre sus paredes el epicentro de un microcosmos del que participan  muchos de los actores de la crisis: trabajadores, pequeños comerciantes, ahorradores, jubilados, amas de casa, inmigrantes… Hay amenazas, presiones para que abandonen el local, vecinos asustados, rumores que se mezclan con verdades a medias, y hasta una muerte en extrañas circunstancias que altera todavía más el ambiente. En medio de todo este desastre, los animales que pasan por la clínica, acompañando a sus dueños, se convierten en espejos silenciosos de lo que la gente vive.

Uno de los mayores logros de la novela es precisamente mostrarnos cómo las crisis no solo afectan a las personas, sino también a los seres más vulnerables que dependen de ellas.

A pesar de la oscuridad del contexto, el libro –como he mencionado anteriormente– tiene momentos de humor y ternura que suavizan la tensión. Paula no es una heroína extraordinaria, y por eso mismo el lector conecta rápido con ella: estudia, trabaja, tiene miedo, se equivoca, se anima, se cae y vuelve a levantarse. Es fácil sentir que uno la conoce, o que se parece a alguien que vemos a diario en la cola del supermercado o esperando el autobús cuando aún queda un rato para que salga el sol.

Tal vez lo que más destaca, a medida que avanzan los capítulos, es la manera en que Nora García disecciona la dureza del momento a través de una mirada sensible y cálida, pero nunca sensiblera. La realidad de la crisis no desaparece por ello: está ahí, inevitable y dolorosa, pero junto a ella también están la solidaridad, la compañía y esos pequeños gestos que permiten, a pesar de todo, querer que la vida siga.

La encrucijada de Paula es una novela sobre todas esas personas comunes –que somos la mayoría– que no dudan en enfrentarse a los retos que surgen en tiempos extraordinarios, o que no les queda otro remedio que hacerlo. Con una prosa fluida y cercana, Nora García nos muestra de manera eficaz una forma original de afrontar una crisis, fijando el foco en aquello que nos sostiene, que nos mantiene de pie, y poniendo en valor la importancia de los espacios pequeños —una clínica, un trabajo, una amistad, un animal, la familia— cuando lo grande –lo que sale en los telediarios, lo que guardan los libros de historia– falla.

«A nosotras nos enferman hasta las buenas noticias».

Una crisis concreta como metonimia de "La Crisis", una realidad contagiosa que, me da la impresión, ha decidido quedarse un rato más. Puede que lo importante sea aprender a no resignarse.

«Es una suerte trabajar con animales: son los únicos que no se quejan de la crisis».

Nora Cristina García. La encrucijada de Paula. Velasco Ediciones, 2025.




domingo, 7 de diciembre de 2025

Anidan minerales. Julia Viejo (Reseña)

Vivimos una época en que la poesía alcanza cotas altamente productivas, no sé si, del mismo modo, cotas de calidad (o sí lo sé). Por esta razón, cuando escucho en un programa de radio1 nada proclive a la banalización, por cierto, que un primer poemario ha sido galardonado con un premio tan prestigioso, como el Ciudad de Estepona de Poesía, y que además el libro lo publica Pre-Textos, no puedo hacer otra cosa que correr a la librería. No solo me hice con el libro, sino que tuve el privilegio de escuchar la voz de la autora “desmontando” la poesía (como hace habitualmente Mariano Peyrou, en el mismo programa), acompañada de otras dos voces no menos autorizadas, las de los poetas Carlos Pardo (La comedia de la carne, La Bella Varsovia) y Berta García Faet (Corazonada, La Bella Varsovia).

Me refiero al poemario, Anidan minerales, de Julia Viejo.

Tengo que escribir mi primer poema / tratará de espejos, alubias y centellas / después me iré a la cama sabiendo que he rendido / y pasarán los años / coseré mis botones / no haré mucho ruido / con mi primer poema sobre manos y zorros / mi primer poema sobre velocidades / mi primer poema sobre una chaquetita / de moraleja gruesa y moriré / más tarde con mi obra entre los brazos / y nada habrá cambiado quedará / calor bajo las mangas / y tierra removida / a la sombra del árbol del Esopo.

Concibo la poesía como una exploración personal donde lo íntimo convive con lo universal, lo cotidiano con lo fantástico y lo efímero con la eternidad. Este poema que abre el poemario, titulado “Teo escribe su primer poema”, es ya, en sí mismo, un universo en miniatura que le abre la puerta a los grandes temas, como la creación artística, el paso del tiempo o la vida y la muerte, pero sin extraviarse en grandilocuencias superfluas, totalmente innecesarias.

Y no hemos hecho más que empezar.

A lo largo del libro, Julia Viejo construye una poética que parte de lo minúsculo para proyectarlo hacia un paisaje amplio. La tensión entre lo pequeño y lo vasto sostiene todo el libro: mientras los poemas evocan cristales, rocas y capas de tiempo remoto, la voz poética se posa sobre gestos cotidianos, emociones fugaces o vínculos que apenas dejan rastro. En ese contraste se articula una idea fundamental: que solo la poesía es capaz de sostener dos planos que parecen incompatibles, y que incluso aquello que consideramos breve o efímero puede tener un peso mineral y perdurable.

[…] Discutimos poemas de Virgilio / gastamos / cupones de comida / recolectamos / sellos y jabones / y a mi lado en el metro un hombre lee / (milagro) / la Wikipedia del albaricoque.

El título no es sólo una metáfora imposible. A medida que vamos avanzando en la lectura, entendemos que los “minerales” son la imagen de un depósito invisible que se va llenando con la vida. Frente a la velocidad contemporánea, los poemas buscan el ritmo lento de la sedimentación, a través de un crecer silencioso e imparable, de una acumulación subterránea que se parece mucho a la memoria.

[…] Había un amor de siglos anteriores / en las betas de las rocas…

Esta mirada temporal atraviesa todas las páginas del libro. En ellas, cada poema es como un estrato, un punto de sedimentación donde germinan una emoción, un recuerdo, un destello o una posibilidad.

Uno de los rasgos más identitarios del poemario es su libertad expresiva y formal. Julia Viejo se aleja de la linealidad del relato convencional y apuesta por una poesía que se mueve en un constructo de imágenes que funcionan como fragmentos de un collage, a través de un lenguaje que combina lo concreto con lo fantástico y envuelve los poemas con un ritmo casi musical. Es como si hubiera invertido su manera de entender la prosa, que ya conocemos de sus libros anteriores, tan cercana, a veces, a la poesía.

Otro rasgo potente de Anidan minerales es una fabulación discreta en la que comparten espacio animales simbólicos con elementos naturales; a veces son objetos mínimos que de pronto se cargan de significado. Lo real se desdobla y se desborda en multitud de posibilidades, como si el poema fuera capaz de abrir una grieta por la que intuir una nueva manera de entender el mundo.

Con los dedos pequeños / desmigamos el pan de antes de ayer / ya no sirve para nada / pasamos por el mundo / y el mundo ha caducado...

Sin embargo, pese a esta dimensión simbólica, el libro nunca se aleja del lector. Muchos poemas dejan ver un humor leve, un modo lúdico de transitar la existencia que no es incompatible con la reflexión profunda. Julia Viejo capta esa sensibilidad imprescindible en nuestra época: la necesidad de ofrecer imágenes más que afirmaciones rotundas, intuiciones antes que certezas incontestables. Sus poemas son observaciones limpias sobre la fragilidad, el afecto, la identidad y esa forma peculiar en que lo cotidiano, con un mínimo de esfuerzo por parte del lector, puede volverse extraordinario.

[…] y yo: bueno, en fin, pido disculpas / por no saber ninguna de las cosas / que me preguntáis hoy / ¿acaso yo / pregunto alguna vez / por qué soy invitada a vuestras fiestas?

Leído en su conjunto, Anidan minerales no es un libro que se consuma a la primera, pese a su brevedad. Más bien crece, cambia, se expande con cada nueva lectura, del mismo modo que un mineral se va formando desde dentro poco a poco. Las imágenes, que al principio parecen dispersas, comienzan a iluminarse unas a otras a medida que sus páginas se nos van haciendo familiares.

Anidan minerales es una apuesta sólida por una poesía viva, que combina imaginación, ternura, reflexión y una mirada extremadamente personal hacia lo pequeño. Un libro que nos invita a pensar en cómo habitamos el tiempo y cómo lo sedimentamos; en cómo nuestras dudas, recuerdos y pequeñas alegrías forman también la geología íntima que nos sostiene en el transcurrir del tiempo.

La fantasía / un interminable / y pícaro / inventario de nucas.

Julia Viejo. Anidan minerales. Pre-Textos, 2025.

Poemario ganador del V Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona

1La estación azul. Radio Nacional de España. Programa emitido el 18/10/2025, disponible en: 

https://www.rtve.es/play/audios/la-estacion-azul/anidan-minerales-julia-viejo-18-10-25/16776438/

martes, 25 de noviembre de 2025

Madre mujer muerta. Adolfo García Ortega (Reseña)


Finales del siglo XIX
. La joven Galia Cervino busca un lugar en el mundo donde ser feliz. Sin embargo, el mundo en el que vive es una maraña de obstáculos y dificultades que presagian el drama, en lo social y en lo físico. Celia cruzará su vida con la de Luis Selva, un médico culto, solitario y atormentado por su naturaleza homosexual, quien la rescatará de su destino y reconstruirá la historia de la joven con consecuencias imprevisibles, llegando a un límite que no siempre es fácil de traspasar: él querrá ser ella, como redención y como venganza. […] Madre mujer muerta es una novela realista cargada de un simbolismo que sigue siendo actual. Por sus páginas sobrevuela una España de desigualdades y divisiones, preludio de las grandes crisis del siglo XX, encarnadas en Galia y Luis, dos personajes memorables que buscan a ciegas un espacio propio y libre.

Madre mujer muerta es uno de esos libros que te atrapan nada más empezar a leer, con una primera frase memorable: «¿Qué mirar?, pensó ella. Tan solo el vacío de una carretera en el crepúsculo»; y una fecha exacta que nos transporta al «rígido otoño» de 1889, en el interior de una diligencia, con nombre propio, por cuya ventana todos querremos mirar.

Adolfo García Ortega nos traslada a la Castilla de finales del XIX, donde el aire huele a cambios que llegan tarde para la inmensa mayoría, a través de un relato que avanza con calma, que mide cada uno de sus pasos para que la historia y la emoción del lector se sincronicen en un mismo movimiento. Y es precisamente en ese ritmo donde la historia despliega su mayor verdad.

La protagonista, Galia Cervino, vive atrapada en un tiempo que no la deja ser ella misma. Sobrevive como tantas mujeres de su época, empujada hacia un destino que otros han decidido ya. Frente a ella aparece Luis Selva, un médico culto y silencioso que carga con su propia marginación causada por un deseo que en aquel mundo rural no tiene nombre ni espacio. Entre ambos surge una relación que nada tiene que ver con el amor en el sentido convencional, pero sí con una especie de reconocimiento profundo, en busca de una salvación que inevitablemente ha de pasar por la mirada del otro.

Adolfo García Ortega escribe con una serenidad que parece heredada de otra época, a través de una prosa contenida y luminosa, que no juzga, que deja que la emoción se filtre sin hacer ruido. La novela se mueve entre la vida que se impone y la vida que se sueña, subrayando ciertos elementos, como la maternidad frustrada o la identidad prohibida, para hacer de la memoria una fuerza a la que asirse, incluso cuando ya no queda nadie para recordar. O eso parece.

Hay escenas que se quedan adheridas a la piel: los silencios de Selva, el paisaje rural detenido ante la llegada de la modernidad, la presencia fantasmática de la madre; todo ello narrado sin prisa, como si el libro pidiera ser leído con la paciencia de quienes escuchan lo que no está dicho del todo.

Y, sin embargo, lo que más conmueve es que Madre mujer muerta nace de un lugar inesperado, que el autor nos revela en el “Prefacio” que ocupa las primeras páginas del libro, y que tiene que ver con su pasado familiar. Esa raíz íntima late en el pasar de cada página y convierte la novela en un gesto de reparación, de justicia hacia quienes nunca pudieron contar su propia historia.

Si se mira con perspectiva, esta novela se inscribe con naturalidad en el mapa narrativo del autor, pero a la vez abre un territorio distinto. Desde sus primeras novelas hasta obras más recientes como Una tumba en el aire o El gran viaje, García Ortega ha transitado siempre entre la memoria, la identidad y la historia. Sus personajes suelen moverse en zonas intermedias, entre lo que fueron y lo que nunca pudieron llegar a ser.

En Madre mujer muerta reaparecen todas esas obsesiones, pero con un tono mucho más íntimo. Si en su novela anterior predominaba la amplitud del espacio y el tiempo un viaje que se repite en tres épocas diferentes, aquí todo se estrecha: el pueblo, las familias, los secretos, la herida silenciosa del deseo. Es como si la mirada del autor se hubiera acercado hasta tocar el núcleo mismo de su propio pasado, sin renunciar a la sensibilidad social que siempre lo acompaña. Sin embargo, hay algo que ambas novelas comparten: la necesidad de entender lo que sucedió, ya sea a través de un viaje físico o de un viaje interior, pero siempre apelando a ese retroceder  porque, como ya escribí en la reseña de El gran viaje, «el tiempo es lo único que tiene el verdadero poder de la digresión, de situarnos ante las diversas bifurcaciones que modelan el viaje individual de la existencia».

También sobresale, en esta nueva novela, algo que ya aparecía en otros libros, pero que aquí adquiere un peso especial: la exploración del silencio. El de Galia ante la vida que no puede elegir, el de Luis Selva ante la identidad que no puede nombrar, el de una Castilla que empieza a cambiar sin saber que cambia. Ese silencio es el hilo que une esta novela con las anteriores, pero también lo que la hace distinta y única: 

Aparte de en su poesía, nunca Adolfo García Ortega había escrito tan cerca de sí mismo, tan a ras de piel.

En resumen, Madre mujer muerta es una novela que hiere sin estridencias, que entiende sin moralizar, que acompaña sin pedir permiso, y que al final deja en el lector la sensación de haber recibido el regalo de un instante memorable que no nos pide otra cosa que seguir leyéndole.

Adolfo García Ortega. Madre mujer muerta. Galaxia Gutenberg, 2025.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Veníamos de la noche. Ernesto Pérez Zúñiga (Reseña)


En Veníamos de la noche, Ernesto Pérez Zúñiga construye una conmovedora e intrigante historia sobre la complejidad de las relaciones humanas, las búsquedas artísticas, la identidad, la redención, la locura y el amor. 

Las contradicciones de la sociedad contemporánea y de la conciencia habitan en esta absorbente novela, donde el resplandor de Roma, con sus claroscuros, es un personaje más.

Veníamos de la noche, de Ernesto Pérez Zúñiga, pertenece a esa rara estirpe de novelas que obligan al lector a detenerse, a respirar, a mirar hacia dentro y, por supuesto, a volver a ella una vez acabada su lectura.

«Sigo empeñado en escribir esta historia, en reescribirla, mejor dicho, por séptima u octava vez. Quizás porque todavía soy incapaz de comprender a la verdadera Lucía, de verla como fue, incluso de describir sus rasgos con acierto, cegado aún por la envoltura de luz que la rodeaba aquella mañana en la Academia, cuando llegó; una envoltura que, durante un tiempo, me impidió percibir la oscuridad pegada a su piel y a sus gestos».

De esta manera se refiere el narrador a Lucía, su protagonista, en las primeras páginas de la novela. Lucía viaja a Roma con una beca de la Academia de España. Lo hace con el propósito declarado de “pintar el cielo de Roma... " ¿Se trata de recuperar su vocación pictórica, o de reinventarse? Tiene cuarenta y nueve años, un matrimonio asfixiante, que acaba de romper, y un pasado del que no podrá desprenderse fácilmente.

En este contexto, el escenario luminoso y antiguo de Roma se transforma para ella en un espejo, cuyo reflejo no es solo fondo, sino un personaje más que la acompaña, la vigila y, por qué no, el espacio en el que hallar la redención, sea cual sea su culpa.

Ernesto Pérez Zúñiga despliega una prosa que se adapta a la perfección al ambiente pictórico y cultural en que se mueven sus personajes. Sus frases avanzan por las páginas,  precisas, rebosantes de luz, como trazos sobre el lienzo, cargadas de una melancolía que nunca llega a ser lamento. Las calles, los lugares, los atardeceres romanos, se transforman en metáforas de lo que se puede perder pero, sobre todo, de lo que todavía puede ser salvado.

La novela se mueve en diferentes planos que nos hablan del arte, del amor, de la culpa, del deterioro o de la redención, pero que podemos reubicar bajo el paraguas de dos temas principales: el retrato íntimo de una mujer que busca sentido en el arte y un thriller psicológico que insinúa sombras de un pasado demasiado cercano para poder dejarlo a un lado.

Hay en el texto una tensión sutil —la sensación de que algo acecha o de que la belleza también puede causar dolor—, sin embargo, lo que realmente sostiene la narración es la eterna pregunta sobre la creación: ¿puede el arte reparar lo que la vida rompe?

Si algo define a Veníamos de la noche es su fe incondicional en la belleza. En tiempos de ruido y prisa, Pérez Zúñiga nos propone un regreso a la pausa, a la mirada lenta, a la profundidad. Roma y Lucía son, en el fondo, dos nombres para una misma búsqueda: la de quien, a pesar de todo, aún cree que del caos puede nacer la luz.

Veníamos de la noche es una novela ambiciosa y hermosa, que mezcla como pocas el arte, la culpa, el deseo de libertad, con la ciudad; y lo hace a través de un estilo en el que merece la pena detenerse, pero también con la intensidad narrativa y el peligro de una novela de acción, en la que no faltan la intriga y el misterio, incluso la violencia. Si bien no es “ligera”, termina recompensando al lector que acepta el reto de entrar en su atmósfera, de dejarse llevar por su tempo y atrapar por sus imágenes y su tensión interior.

Como en otras obras del autor (la imprescindible No cantaremos en tierra de extraños o Escarcha), el lenguaje tiene un peso casi espiritual en la novela. Sin embargo, las referencias pictóricas, literarias y filosóficas no entorpecen la lectura, sino que la enriquecen, construyendo un diálogo constante entre arte, memoria y deseo. Es cierto que es una novela que exige que el lector despliegue en sus páginas toda su atención, pero le recompensa el esfuerzo a base de una intensa tensión narrativa que nunca abandona la belleza.

En resumen, Veníamos de la noche, es una novela que nos abre las puertas a ese arte narrativo, con mayúscula, tan difícil de encontrar en muchas mesas de novedades–, que va más allá de la historia convencional, porque escarba en la "envoltura" engañosa de la luz, con la única intención de dejarnos  un  mensaje entre  líneas que trasciende a la piel, de los personajes y del lector:

No venimos de la oscuridad para quedarnos en ella, sino para aprender a mirar lo que brilla.

Ernesto Pérez Zúñiga, Veníamos de la noche. Galaxia Gutenberg, 2025.




martes, 7 de octubre de 2025

Destiempo. Silvia Bardelás. (Reseña)

 

Una mujer mayor pide a su nieto que vuelva a Galicia desde los Estados Unidos para pasar el verano con ella. Quiere que asista a una especie de lucha social que está realizando con sus amigas. Buscan la acción como lo único que puede dar sentido a sus vidas. Así mezcla, Silvia Bardelás, distintas generaciones con un mismo problema: el peso de un mundo normativizado, lleno de discursos, ajeno a la vitalidad. La posibilidad de volver a sentirse vivos, reales, hace que todo se mueva ya de forma imparable. La historia es un ir y venir de pasado y presente, de ideas y acciones que revelan el callado poder social y la necesidad interior de sentirnos libres.

No siempre es el lector quien elige el nuevo libro que va a leer, a veces la lectura aparece sin buscarla, un título que llama la atención o la imagen de una portada, te llevan a leer la primera frase y ahí se produce el milagro: no puedes abandonar la lectura hasta llegar al final. Algo así me ha ocurrido con Destiempo, de Silvia Bardelás.

Lois, un joven que estudia en Boston, regresa a Galicia para pasar el verano con su abuela Mati. Ese retorno, que en apariencia no iba a ser más que una visita familiar, lo enfrenta a secretos pasados, a antiguas relaciones, a silencios que pesan, en un entorno comunitario que ya no es exactamente lo que recordaba. Al mismo tiempo, Mati y un grupo de mujeres mayores empiezan a cuestionar lo que han vivido bajo la rigidez de su entorno, mientras Estela, la madre de Lois, arrastra su propia herida y un pasado que no terminó de contar.

Este es el núcleo fundamental de la novela, sin embargo, hay otra línea argumental clave basada en otro personaje: Eva. Su reencuentro con Lois hace que este desempolve momentos de una relación juvenil que ambos mantuvieron y que permanecían latentes en su interior a causa de su tiempo lejos de la tierra. Puede que esta distancia, temporal y espacial, sea la causante de que no haya un estatus de igualdad en su mutua visión de futuro, algo que intuimos sobre todo en sus silencios, pero también en sus reflexiones  alrededor de la música, una herida abierta que supura y que ambos intentarán recomponer. Para Mati, el emparejamiento entre Eva y Lois es una especie de redención, un intento de recuperar la vida perdida que también la incluye a ella.

La música es crucial en algunos pasajes del relato: Mozart, Beethoven..., sobre todo Beethoven, y su sonata “Waldstein”, en la versión de Baremboim, que se ha instalado irremediablemente en mi cabeza.

Silvia Bardelás elige una voz narrativa colectiva que se desplaza a través de los distintos personajes en un tono a caballo entre el lenguaje poético y la cotidianidad. Este narrador múltiple, que se hace cargo de todas las visiones de los principales personajes, a veces necesita independizarse para dar amplitud al relato.

La estructura de la novela no es lineal, sino que se mueve en un presente que necesita del pasado para autocompletarse, en un “destiempo” que no es más que el vaticinio de un futuro que los personajes necesitan entender como la búsqueda necesaria de una verdad que tiene más que ver con su propia identidad que con las normas impuestas por la sociedad.

La ambientación rural aporta a la novela su calma contradictoria, pero no dibuja una idealización bucólica, sino que modela un territorio palpable de verdades a medias, heridas y silencios. La tensión entre lo cotidiano y lo trascendente que la atraviesa muestra a la perfección la manera en que se entrelazan las distintas generaciones: cómo el pasado irrumpe en el presente y cómo la música, la memoria y la palabra compartida se convierten en  resistencia. Sin embargo, no es una memoria que busque en el pasado sucesos o momentos específicos, más bien lo que busca es la manera en que esos recuerdos inciden en las emociones. No es tanto qué recuerdan los personajes, sino cómo lo recuerdan. Es una memoria emocional que no siempre puede articularse en el discurso porque atañe también a olores, melodías o gestos que el lector ha de saber interpretar.

En el fondo, Destiempo no es más que una historia sobre la necesidad de reconocerse, de encontrarse en los otros, y de atreverse a decir y  hacer aquello que durante demasiado tiempo quedó en el silencio que nace de navegar en los márgenes de una historia que, a pesar de la distancia, tiene mucho que ver con cualquiera de nosotros.

Silvia Bardelás. Destiempo. De Conatus, 2021. Traducción del gallego de Moisés Barcia.

Imagen: De Conatus.



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