Una aldea sumergida. Quince personas aisladas. Una mujer que dice protegerlas.
Pero allí, en ese rincón de la España vaciada, nada es lo que parece: los cuerpos cambian, las mentes se quiebran y la verdad se hunde bajo el agua.
Una novela sobre el encierro, el contagio, la memoria y la venganza. Hipnótica e inquietante.
El adiós de los perros, de Inés González, publicada por Velasco Ediciones, no necesita de una explicación clara o de un análisis minucioso de sus páginas, sino de una atenta mirada alrededor para intentar encajar las diferentes piezas de un rompecabezas múltiple que, a partir de un centro reconocible –la reciente pandemia del covid 19– se ramifica como el agua de un dique que revienta.
Quince personas; una aldea casi sumergida; una mujer, a la que conocemos como la Fundadora, que promete refugio en un momento crucial. Con estos elementos podría armarse una distopía reconocible, incluso previsible, sin embargo, no hay voluntad de parábola o de alegoría en la novela, sino algo mucho más inestable que crea un espacio narrativo donde la comunidad no es consuelo sino interrogación constante.
Se ha hablado en otros lugares de su estructura polifónica. Es cierto que cada capítulo se adhiere a una conciencia distinta, y que el efecto acumulativo resultante no es el de un mosaico armónico, sino el de una verdad astillada y dañina. Por esta razón, a mí me interesa menos el procedimiento que su consecuencia: en ningún momento nadie posee el relato completo, y esa carencia no se resuelve nunca. En este sentido, la novela no propone un centro, lo que propone, más bien, es un vacío compartido.
La aldea semisumergida no es solo el escenario necesario de una historia en construcción, sino la hipótesis previa a un axioma conocido: El agua que avanza y cubre, que oculta y preserva, funciona como una memoria líquida y constante, cuyo final habita en lo que aún no ha ocurrido. Nada desaparece del todo, ni tan siquiera cambia de lugar, simplemente cambia de nivel. Hay en esta imagen una insistencia que atraviesa el libro: lo reprimido, ya sea individual o colectivo, no se evapora, espera; y cuando por fin reaparece, no lo hace con estruendo, sino con una persistencia incómoda que a veces no es más que una intuición.
Llama la atención que la tensión no dependa de giros espectaculares. No hay en la novela revelaciones súbitas ni golpes de efecto. Lo inquietante se filtra, se instala. Uno termina leyendo con una especie de alerta baja, sostenida, como si algo estuviera a punto de desplazarse un centímetro más allá de lo tolerable. Esta dosificación del desasosiego es, a mi juicio, uno de los mayores aciertos del libro.
La figura de la Fundadora concentra buena parte de esta ambigüedad. ¿Es guía o carcelera? ¿Cuidadora o estratega del sometimiento? Al avanzar de los capítulos, no hay certezas, ni tan siquiera indicios, que nos den respuesta a estas cuestiones. Esta negativa nos obliga, como lectores activos, a asumir su propia necesidad de certezas. Darme cuenta de esto me recordó hasta qué punto estamos acostumbrados a que la ficción tienda a indicarnos dónde colocarnos moralmente. Aquí no sucede. Aquí uno duda constantemente, y esa duda es productiva.
Si algo distingue a esta novela dentro del panorama reciente es su manera de trabajar la fragilidad sin acudir al sentimentalismo. Los cuerpos se transforman, las mentes se erosionan, los vínculos se tensan, pero el texto evita la compasión fácil. Hay, en cambio, una sequedad deliberada en la prosa, y a la vez, un control medido que impide que la emoción se desborde. No es frialdad, es precisión.
En el fondo, El adiós de los perros podría leerse como una exploración sobre los límites de la comunidad: cuánto de protección hay en el encierro, cuánto de violencia en el cuidado, cuánto de fe en la obediencia. Pero reducirla a un “tema” sería empobrecerla. Lo que la novela propone es una experiencia de lectura en la que el lector también queda aislado, obligado a orientarse sin la posibilidad de acudir a un mapa claro. Y con la incertidumbre de intuir que, al final, nada es lo que parece.
«Parecía que algún olor en montoneras había espantado a los perros».
Esta es la frase que abre la novela. Pero, ¿qué ocurre con los perros, presuntos protagonistas desde el título?
«Perros del monte la olfatean, la anuncian con ladridos enfurecidos, alejándose de su senda. Saben de dónde proviene la Sombra, porque hiede a pasado, aunque no hacia dónde va, a quién busca atormentar. No hay puerta ni candado que la detenga, eso lo saben los canes de Montoneras, que una pesadilla nunca desaparece, nos vuelve a encontrar».
Inés González. El adiós de los perros. Velasco Ediciones: 2025.
