Este cuaderno es para las cuentas, porque no tiene rayas, que tiene cuadritos, pero no voy a hacer cuentas, va a ser para apuntar la vida. "Cuaderno para cuentas" Ana María Matute
jueves, 27 de abril de 2023
Un sábado con los amigos. Andrea Camilleri
jueves, 30 de marzo de 2023
Un extraño en los Alpes, Lara Magdaleno Huertas
“Transcurre el verano del año 2012 en la Tierra y los Alpes hierven de actividad con el usual trasiego de montañeros que acuden a recorrer una de las cordilleras montañosas más famosas del planeta. Entre los alpinistas hace su aparición Grivell Dru, agente interespacial enviado desde otra galaxia para estudiar las grietas glaciares de la Tierra".
Nunca es fácil escribir una novela, y si el tema elegido gira alrededor de la pasión personal de quien la escribe, el lector que no comparta dicha afición corre el peligro de quedarse en las anécdotas y no ser capaz de descubrirse en el relato. A no ser que el autor dé con la tecla precisa que lo pone en funcionamiento. Y eso es lo que ocurre en Un extraño en los Alpes, de Lara Magdaleno Huertas.
El extraño al que se refiere el título se llama Grivell Dru, y es un agente interespacial que, en el verano de 2012, es enviado a la Tierra desde su galaxia para estudiar las grietas glaciares e informar a su mando superior si son un lugar propicio para una posible colonización alienígena. Este sería el resumen más simple que podemos hacer de su argumento. Sin embargo, en estas, apenas, 140 páginas, hay mucho más.
Un extraño en los Alpes es un libro al que no le falta de nada: es divertido, entretenido, te atrapa desde la primera página; pero también te enseña una gran cantidad de curiosidades y términos técnicos sobre la montaña. Lo bueno es que no lo hace como si de un manual se tratara, sino de una manera tan atractiva que te induce a querer saber más acerca de palabras, como: cordada, serac, rimaya, crampones…, o a disfrutar, al menos visualmente, de la belleza del entorno, tocados por las estupendas descripciones que podemos leer en él. Algo parecido le ocurre al protagonista, que decide recurrir a la red en un intento de adquirir un aprendizaje rápido que le permita integrarse en el entorno y pasar desapercibido. Todos sabemos que recurrir a internet a veces es peligroso y puede dar pie a numerosos equívocos.
Uno de los consejos que pone en práctica es sentarse en un banco y aprender de las conversaciones que escucha alrededor:
«Escucho atentamente las conversaciones y concluyo que los humanos se denominan “personas” entre ellos y que hay varios subtipos de “personas”, al menos en esta localización: alpinistas, turistas y japoneses».
Esta comicidad, que encontramos sobre todo al principio de la novela, es un recurso literario muy interesante, porque hace que el lector se funda con el extraterrestre en lo que, en apariencia, entiende como meteduras de pata, pero que son, en realidad, una manera muy inteligente de llegar al verdadero aprendizaje que, poco a poco, lector y protagonista adquieren a la vez. Sin embargo, este aprendizaje no influye de la misma manera en los dos porque, mientras Griv ve como cambian por completo los intereses de su investigación, el lector lo que percibe es que algo trascendente ha ocurrido en algún momento de la narración, y que le ha pasado inadvertido. No es otra cosa que el proceso de humanización del protagonista, que ya es imparable, y que la autora consigue dotando a la narración de una mayor seriedad y profundidad, pero lo hace de una manera tan sutil, que al lector le cuesta darse cuenta.
Otro punto importante es el tratamiento que Lara Magdaleno hace de los personajes. Logra que cada uno haga lo que se espera de él, incluso cuando su comportamiento nos sorprende. Es cierto que a veces los lleva hasta el extremo, sin embargo, tal vez por ese recorrido de transformación humanizadora del relato, sus acciones nunca pierden un ápice de verosimilitud. Algunos de sus nombres son guiños a la montaña, que puede que no sepamos interpretar si no frecuentamos ese mundo, pero que nos atrapan igualmente de manera incondicional.
Hay dos palabras que, desde mi punto de vista, son los ejes que soportan todos los núcleos temáticos de la novela: soledad y amistad. Dos términos que parecen antagónicos y que, sin embargo, en la montaña son inseparables. El alpinista asciende a la montaña concentrado, aferrado a su mundo interior en el que habitan sus sueños y sus miedos, analizando cada movimiento de sus manos y sus pies, intuyendo el peligro y siempre con la esperanza de que este no se fije en él; pero siempre necesita tener la seguridad de que al otro lado de la cuerda está su compañero de cordada.
Leemos en la contraportada: «la exploración de la montaña como fin en sí mismo, y no como proyecto científico, hará que [Griv] se plantee las grandes preguntas que muchos humanos llevan haciéndose desde hace siglos: ¿por qué subir a una montaña? ¿Merece la pena el riesgo que se asume? ¿Qué sentimiento une a los miembros de una cordada? ¿Cómo se tejen los vínculos entre los humanos?» Reflexionar sobre ellas hará que Griv encuentre en su interior sensaciones desconocidas que le cambiarán para siempre.
Leemos también que «Un extraño en los Alpes es la historia de las cumbres de la vida, del viaje en soledad hacia la cima y de la mirada interior hacia nuestros miedos».
En el fondo, y esta idea hace de la novela un relato universal, Un extraño en los Alpes no es más que una metáfora de la vida.
Lara Magdaleno Huertas. Un extraño en los Alpes. Desnivel, 2022.
Pedro Turrión Ocaña
jueves, 2 de marzo de 2023
Da dolor, Pilar Adón
“La manera en la que el tiempo pasa y las vidas suceden: esta certeza recorre los poemas que conforman Da dolor, un libro sobre la muerte, pero también sobre la literatura y la vida; sobre el modo en que la poesía nos cobija y nos explica, nos ofrece las claves para construir nuestros recuerdos y entender qué ocurre.”
...y echo yo de menos y ansiosa busco…
Safo
A pesar del título, la poesía no duele. La poesía sana, regenera, alimenta el alma. Otra cosa es el dolor del poeta que se universaliza en su poesía al contacto con el lector, cuando esta le muerde, o le traspasa en la noche a pesar de haber dejado el libro en la mesilla tras tener la osadía de hacerlo de cabecera. Así he sentido los versos que dan vida al libro Da dolor, de Pilar Adón, publicado por la editorial La Bella Varsovia.
A pesar del título, digo, y de los subtítulos, casi epígrafes, de las diferentes partes que estructuran el poemario, tan irregulares en extensión como lo son los periodos de tiempo físico por los que transita el dolor que causa el duelo, y escritos con un lenguaje poético que no abusa de la forma, sino que se adecúa a ella para dotar a los poemas de un ritmo preciso y envolvente que a veces acaricia y otras golpea, pero siempre acierta en la expresión.
No me voy a detener en los recursos estilísticos ‒encabalgamientos, anáforas, isotopías‒, que los hay, tiempo habrá de analizar cada poema, ni en las referencias culturales o simbólicas que salpican el libro, pero sí en su desarrollo como unidad temática completa, amasada con tal maestría, que nos hace creer que podríamos estar ante un relato.
‒Orogénesis (lo de antes), la búsqueda del principio, de la grieta primigenia en el suelo que la sostiene, en la roca que la cobija por la que el dolor se filtra como un líquido viscoso. El miedo finge no estar, mientras impregna cada porción del cuerpo y de las cosas, a pesar del deseo o de la tentación de no mirar atrás, creando una sensación de deterioro que es difícil de reconocer y atemperar.
A veces el miedo finge no estar. Pero es materia orgánica / doble piel. / Líquido tóxico que mana por percolación. / Excremento que destilo hasta inconsciente.
Sentir lo cotidiano convertido en miedo, como una fragancia árida que torna en pellejo la piel. Evadirse de la vida a pesar de otros versos. Ser solo vasija aun sabiéndose el origen de todo, y aceptarlo sin querer aceptarlo. Ser reina del caos mudo que brota del descuido, conductor de lo místico que habita en lo mundano, pero no permite cambiar la expresión ni detiene el llanto. Burlarse del dolor que provoca el daño de no saber decir un nombre, de no acertar con el nombre correcto. Gloria y misterio, el animal y el hombre en un mismo plano, a pesar del primero, mientras la niña que será siempre, naufraga en su propio líquido sin saber aún que la supervivencia habita entre las prisas de los años.
Tener una hija no es mejor que soñarlo. / Ni preferible a serlo. / Pocas palabras quedan tan sublimadas. / Puede que madre, tal vez.
Una hija que sea como su padre, pero no del todo, aferrada a las huellas de su rabia, de su sabiduría, latente en el fondo negro de algo que se acaba a pesar del tiempo.
Quién está ahí dentro y no me habla?
‒Deformación (durante), esa transformación disforme que nos acompaña en el proceso de crecimiento.
Qué hacer después.
Llega la duda al sentir el cuerpo en medio de la perfección de un número imperfecto, sentirse vieja de repente sabiendo que solo hay un camino: seguir viva abrazada a la muerte. El sol como vida y alimento, a pesar de la falta de fe en el ser humano, del cansancio y la poca esperanza que queda de los viejos cuentos, buscar consuelo en la mentira mientras se evalúa el destrozo. Dejarse mecer por la hospitalidad amiga aun sabiendo que siempre se puede estar peor si se está sola.
Aferrada a la palidez de una piel / que no espera compasión.
Pena en el espíritu. Oraciones varias en cualquier medio, sea natural o no. Querer, con la actitud febril de estar haciendo lo correcto, hablar sin temer al insomnio, refugiándose en los libros, también en los que duelen, y dar gracias
situada a la altura de tu sufrimiento.
‒Plegamiento (lo de después). La conciencia no es lo mismo que la consciencia. No ha sido sencillo aprender que la vida no era un juego infantil en un lugar idílico en medio del campo soñado, cuando la enormidad de la urbe te reclama. Seguir es la única elección, aceptar que cada propósito conlleva un escarmiento, que dejar de estar no es fácil.
He sido invención suya / su barro-yo.
Y que la soledad no es buena porque quien la sufre también la genera.
‒Epicúrea, no poder callarse, derramarse en chirrido, delatar y delatarse a través de los libros o a pesar de los libros ‒Ataraxia‒ hasta alcanzar el merecido descanso, la serenidad, ser racional a pesar de la tortura, razón y compasión no riman entre sí, septiembre es un mes fatídico ‒Emersión‒ para renacer más fuerte, salvaje y libre.
Un poemario puede ser una terapia, una explosión de vida, a pesar de la muerte; la herramienta que rompe la bola de cristal que anula al poeta y lo encierra en la profundidad de su dolor, por eso no es fácil de exprimir; o la carrera frenética que lo lanza a recorrerse de parte a parte, con los ojos tan abiertos que solo es capaz de ver la duda.
Dejadme recordar. Mirar atrás / no puede ser un pecado tan grande. […] Mi padre me llamaba Pilu / Mi madre, ratona / Aunque ellos no se acuerden.
Todo recorrido requiere una planificación previa, guardada tal vez en el subconsciente desde el origen, para cuando la necesidad sorprende desnudo al poeta. Ahí es donde aparecen los temas que están incrustados en su carne, en el caso de Pilar Adón, la naturaleza, y esa animalidad salvaje y buena a la que se aferra cuando tiene algo que contar. ¡Qué acierto el collage de Francisca Pageo que ilustra la portada!
La poesía no es objetiva, como tampoco lo son las imágenes que a veces inundan mi mente de lector y me mudan el ánimo para bien o para mal, por eso me gusta jugar a que la entiendo, cuando lo único que hago es tratar de hacerla mía, de llevarla a mi terreno, con mi bagaje de gritos y silencios.
La poesía solo es objetiva para el poeta en el efímero instante en que la escribe, en que la siente, y que no se volverá a repetir jamás. Sin embargo, es su impronta lo que queda, el reflejo indeleble de ese segundo en el que la dicha o el dolor llegó a su cúspide e impregnó el papel de sangre negra.
El fluir de la sangre siempre da dolor, como lo da saber que el líquido, que un día nos dio vida, se ha convertido en un surco seco y agrietado del peor de los desiertos. Lo más difícil, y también lo más bello, es saber hablar de ello.
Y que nos haga bien.
Pilar Adón. Da dolor. La Bella Varsovia, 2020.
Pedro Turrión Ocaña
jueves, 9 de febrero de 2023
El gran viaje. Adolfo García Ortega (Reseña)
“Un hombre obsesionado por la invisibilidad realiza, a comienzos del siglo XXI, el mismo viaje en barco que hicieron sus abuelos a mediados del siglo pasado en su viaje de novios. En la Patagonia conocieron a una mujer singular, Graciela Pavić, cuya misteriosa historia encierra un doloroso secreto. Pero el origen de su historia se remonta a la gran aventura de otro viaje, no menos misterioso, habido en el siglo XVI y destinado a cumplir un plan secreto de Felipe II en aquel territorio.”
En la línea de las novelas de viajes que comenzó con La Odisea, pero también de las novelas que se nutren de historias que llevan a otras historias, como Las mil y una noches o El Quijote, Adolfo García Ortega nos ofrece en El gran viaje un relato apasionante, que no solo es una muestra de su capacidad de gran escritor, que conocemos sobre todo por su poesía, sino también de gran fabulador.
El relato del viaje que narra la novela nace de la conversación que Oliver Griffin, un español de padre irlandés, mantiene con el narrador durante los días que los dos comparten en Funchal, capital de las islas Azores. Un viaje que, por arte de la literatura, se repite en tres espacios temporales diferentes, como si los sucesos de la existencia formaran parte de una gran rueda que gira sin parar. En este caso el eje que los sustenta es la mezcla de dos temas principales: la invisibilidad y la obsesión del protagonista por una isla situada en el mismo borde del mundo. Oliver Griffin, que comparte apellido con el protagonista de El hombre invisible, de H. G. Wells, casi al principio de la novela, justifica la relación de sus dos obsesiones:
“Esto de la invisibilidad […] tan importante en mi vida y en mi nombre, ocurrió con mi isla: primero fue ficticia, luego fue real, y luego fue ficticia otra vez. Como mi nombre.”
En cuanto al viaje en sí mismo, empieza como la curiosidad de conocer lo que otros conocieron antes, hasta convertirse en una necesidad, la de reconstruir el viaje de novios de sus abuelos maternos y su estancia en la parte más austral de Chile, la ciudad de Punta Arenas, en pleno Estrecho de Magallanes, muy cerca de la isla de la Desolación, la isla que desde niño obsesiona a Griffin, la isla que dibuja sin parar. Lo descubre al leer las cartas que Graciela Pavić, una mujer con una triste historia a sus espaldas, le envía a su abuelo durante muchos años, y que desvela una relación secreta en ausencia, que le deja demasiadas preguntas en el aire. El viaje lo realizará en el Minerva Janela, un portacontenedores de bandera portuguesa que ha partido de Lisboa y se dirige a Valparaíso, y que en su recorrido atravesará el Estrecho austral. Griffin lo abordará en Funchal, ciudad a la que tiene que llegar por avión, anticipándose al barco, por haberlo perdido en Lisboa. La estrecha relación con sus tripulantes le hará recuperar otros momentos de su vida que creía olvidados, viejas cicatrices que nos permitirán conocerlo un poco más.
Sin embargo, no son estos los únicos motivos que le inducen al viaje. Hay un personaje en las cartas de su abuelo que resulta ser el origen de todo, un autómata construido en el siglo XVI por Melvicio de Praga. Su aparición nos lleva a la expedición primigenia, capitaneada por otro personaje excepcional: Pedro Sarmiento de Gamboa, un renacido Ulises que busca su reencarnación en el hallazgo de una nueva Ítaca que ofrecerle a su rey Felipe II, a pesar de tenerlo todo en contra. Lo que no imagina es que, a pesar de haber llegado a su destino, al Ulises que cree ser aún le quedan muchos mares que recorrer para convertirse de verdad en mito.
Luchas de poder entre reyes, el cielo y el infierno a conveniencia, en la eterna búsqueda de la inmortalidad puesta en manos de alquimistas e ideadores de maravillas, cómo el "metaverso" de un pasado más cercano a nuestros días de lo que puede parecer.
Amor, tragedias, traiciones y desgracias se dan cita en una sucesión de historias, a cuál más apasionante, que logran tejer un entramado compacto capaz de combinar los tres tiempos en un único espacio, el de la conversación tranquila de dos hombres en un entorno de callejuelas y cafés, más pensado para unas idílicas vacaciones que para la desmitificación de ese sueño que a todos nos despierta alguna vez, duren lo que duren los años.
El gran viaje es también un homenaje a la literatura, de Homero a Cervantes, de Conrad a Melville; y también a la historia, cuando esta solo encuentra una manera de ser verosímil, la de convertirse en literatura.
Ya que, como dice Griffin, el pasado solo existe en la memoria, el tiempo es lo único que tiene el verdadero poder de la digresión, de situarnos ante las diversas bifurcaciones que modelan el viaje individual de la existencia. La capacidad de imaginar la infinitud de ramificaciones que conforman su tejido solo está al alcance de unos pocos, sabios enredadores, cómo Umberto Eco, o de viajeros incansables a través de las palabras, cómo Adolfo García Ortega.
Adolfo García Ortega. El gran viaje. Galaxia-Gutemberg, 2022.
Pedro Turrión Ocaña
jueves, 26 de enero de 2023
La novela posible. José María Merino (Reseña)
“Olvidada durante siglos, opacada por hombres artistas a los que se han atribuido los cuadros debidos en realidad a su genio, Sofonisba Anguissola fue una pintora extraordinaria que, sin formación pictórica ni conocimiento académico de la anatomía, se especializó en el retrato y autorretrato, alcanzó un gran éxito en su época e, instalada en España, estuvo vinculada a la corte de Felipe II.
José María Merino narra en La novela posible la vida de esta pintora con todo el rigor histórico, pero también con toda la amenidad que posibilita la ficción. Y la historia de esta mujer deslumbrante y su tiempo se entrelaza en el libro con otras dos, situadas en la época actual: la del propio escritor que, durante el confinamiento, escribe un diario en el que deja constancia de esos días inciertos y de cómo se inocula en él la semilla de la fascinación por la figura de Sofonisba, y la de una bibliotecaria que encuentra también en la pintora renacentista un rincón donde refugiarse en medio de una ruptura amorosa.”
Una cosa es el tiempo y otra el tiempo literario, tan reales los dos que a veces se confunden y conviven en un mismo espacio porque, cuando la realidad nos supera, es la imaginación la que toma las riendas.
De esto sabe mucho el autor, galardonado con el Premio Nacional de las Letras en 2021, José María Merino. Lo demuestra en su última novela, titulada La novela posible, escrita y ambientada en la pandemia, con dos líneas temporales muy alejadas entre sí, y tres líneas argumentales, una histórica, otra en forma de diario y una tercera ¿ficticia?, ¿testimonial? En este dictamen el lector tendrá la última palabra. También son tres los personajes principales: dos mujeres extraordinarias y, entre ellas, el autor que, como personaje, no solo se representa a sí mismo, sino que es un poco parte de todos y cada uno de los que hemos sufrido esta irrealidad inesperada llamada pandemia.
En esta novela todo está medido de manera milimétrica, desde la concepción de su estructura, hasta su ejecución. Tres partes que se van alternando entre sí, formando una serie de círculos concéntricos que giran hasta conformar un todo; cada una con un título propio: “La vida de Sofonisba”, “Notas del confinamiento” y “Terapia de Tere”; con igual número de capítulos, 7, pero con una numeración característica para cada una de ellas: numeración romana para la parte histórica, arábiga para el diario personal del confinamiento, y alfabética para la parte de ficción. También difiere el modo en el que el narrador nos cuenta cada historia: nos encontramos a un narrador en tercera persona en la parte de la novela histórica; sabemos que es el mismo narrador, pero ahora en primera persona, el que transcribe sus impresiones en el diario; y, para hacernos dudar, utiliza la segunda persona en la ficción.
En cuanto al argumento, es simple: el autor, confinado a causa de la pandemia, descubre, con cierta dificultad, unos balcones más abajo del suyo, que una joven vecina, a la que no conoce ‒tal vez sea un familiar de la ausente dueña del piso a quien el confinamiento ha situado en ese lugar‒ tiene sobre una mesita, junto al ordenador, el libro La señora de la pintura. Vida de Sofonisba Anguissola, de Daniela Pizzagalli, libro que el autor tiene también. Este hecho, que no debería haberle llamado la atención, más allá de preguntarse tal vez por la identidad de la vecina en cuestión y elucubrar sobre su interés común por la excelente pintora del Renacimiento, le hace recuperar el viejo proyecto de escribir sobre ella. De esta manera la aparición en escena del libro se convierte en el eje vertebrador que cohesiona la novela.
Tal vez el contraste más interesante del libro sea comprobar cómo el comportamiento de las dos mujeres no se ajusta a lo que se espera de ellas, teniendo en cuenta el tiempo que le ha tocado en suerte a cada una. En un extremo, una pintora del Renacimiento italiano que, a pesar de no poder vender sus obras, de no ser reconocida oficialmente como artista, logra desarrollar una carrera pictórica que es reconocida y valorada hasta en las más altas esferas, lo que le permitirá tomar algunas decisiones imprevistas que le posibilitarán vivir su sueño hasta después de los noventa años. En el otro, una joven bibliotecaria, culta e independiente, que, por culpa de la relación tóxica con un presunto artista reconocido, se ve obligada a aprender a manejarse en una situación incómoda, más frecuente en nuestros días de lo que nos gustaría. Y en medio, la cotidianidad de la pandemia, con su confinamiento, con sus datos y estadísticas anotadas en un papel, como la confirmación palpable de un despropósito increíble, con sus paseos en parejas enmascaradas, con sus aplausos a las ocho y la capacidad de renacer cada mañana.
La novela posible más que un ejercicio literario es un ejercicio metaliterario, desde la elección del título, a su concepción estructural y argumental. Sirva como ejemplo la inclusión en la parte de autoficción de varios relatos del autor, algunos ya publicados anteriormente: la irrealidad dentro de la realidad; o la ficionalización de la historia: historia frente a relato histórico; o el uso de la segunda persona en la presunta “Terapia de Tere”, que convierte esta parte imaginada, en un diálogo entre el autor y ese personaje que, desde unos pisos más abajo, consigue relacionarse con las otras partes sin invadir su espacio. Quien conozca, aunque sea mínimamente, la literatura de José María Merino, sabe que las fronteras de lo que es real o no nunca están claras en ella, porque en palabras suyas, “la realidad no necesita ser verosímil, la literatura, sí”.
El autor de Los cuentos del reino secreto de nuevo nos deja la duda de dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción. Tal vez ese sea el gran secreto de que sus novelas y sus cuentos siempre sean posibles.
José María Merino, La novela posible. Alfaguara, 2022.
jueves, 22 de diciembre de 2022
Mujeres de hojalata. Eloísa Matínez Santos (Reseña)
“Al ser nombrada heredera de su tía Alicia, Carmen regresa a España. El asunto es puro trámite para una mujer en la cima de su profesión en Estados Unidos. Cerrar la última puerta de su pasado, es decir, vender el piso familiar, y regresar a Boston es cuanto le interesa. Pero todos sus planes se vienen abajo al enfrentarse a un sobre repleto de folios escritos por Alicia. ”
A veces la literatura es parte de un estado de ánimo que te seduce y te atrapa. Un buen sillón, un café caliente y olvidarse del tiempo, dejándose llevar por la lectura. Algo así me ha ocurrido con Mujeres de hojalata, la excelente novela de Eloísa Martínez Santos, publicada por Avant Editorial.
Carmen regresa a España para hacerse cargo de la herencia de su tía Alicia. Viene de mala gana, son muchos los compromisos que se ve obligada a abandonar momentáneamente en Boston, donde vive y regenta un negocio culinario que la ha convertido en una mujer de éxito. En realidad, no hay nada que la una a esa casa familiar de la que tiene que hacerse cargo, por el capricho de la última de una larga lista de mujeres que construyeron la columna vertebral de su familia, y de la que Carmen huyó ya que las consideraba “mujeres de hojalata”, víctimas de su propia existencia, mujeres perdedoras sin ambición ni carácter. Venderá rápidamente la casa y regresará a su zona de confort, ese espacio donde todos la respetan y la admiran por su buen hacer. Sin embargo, la herencia de Alicia esconde un dardo envenenado: una larga carta compuesta por un buen taco de folios manuscritos que Carmen tendrá que leer, y que guardan la verdadera esencia de las mujeres de su familia, de las que ella forma parte, lo quiera o no.
Nada más empezar a leer, Carmen se da cuenta de que lo más importante del legado de su tía Alicia no es la herencia física, sino otra más sutil y difícil de explicar que nace de la mezcla de distintos elementos, que van desde la herencia genética a la transcripción de gestos y palabras adquiridos a lo largo del tiempo. Enterarse de que la receta de las albóndigas que pasaron de generación en generación, y que son las verdaderas culpables del éxito de su negocio en los Estados Unidos, fue en realidad la idea de una de las criadas que sirvieron a su familia, le hace darse cuenta de que el hecho de la creación no importa tanto como el hecho de haber sabido convertirlas en una seña de identidad que ha perdurado y perdurará en el tiempo. La maleabilidad de la hojalata no tiene por qué ser un factor negativo y gregario, sino la cualidad de saber adaptar el comportamiento personal a la situación más conveniente en cada momento.
Eloísa Martínez Santos utiliza el recurso del manuscrito encontrado en la construcción de la novela, pero no abusa de la pesadez que supone la transcripción literal de un subtexto supeditado al argumento principal, sino que deposita ambos relatos ‒el presente de Carmen y el pasado contado por Alicia‒, en manos de un narrador omnisciente que, con total maestría, consigue una mezcla perfecta que capacita al lector para introducirse en la mente lectora y reflexiva de Carmen en ese periplo temporal madrileño que, conforme avanza la lectura del manuscrito y su adaptación al piso, no solo la obliga a ampliar su estancia en Madrid, sino que crea en ella la necesidad de un arraigo hasta ese momento desconocido, que incluso la hará creer de nuevo en el amor. En este juego narrativo es muy importante el uso de los tiempos verbales.
Aunque parezca extraño, teniendo en cuenta la época narrada en la novela, los hombres no son los protagonistas de la historia. Diría más, podrían pasar, incluso, por meros figurantes, aunque me temo que esa no es la verdadera intención de la autora. A mi entender, la idea principal de la novela, y creo que Eloísa Martínez Santos lo consigue con creces, es que el lector sea capaz de sorprenderse con las decisiones que toman las sucesivas generaciones de mujeres al mismo tiempo que lo hace Carmen, decisiones donde los hombres solo son el origen, la consecuencia o la alternativa de sus respectivos comportamientos. Carmen lo entenderá muy bien revisando su propio comportamiento, con Steven, Richard o Anthony, sobre todo cuando entiende que la decisión más importante de su vida fue dejar marchar al único hombre que añora de los tres, que es también el único que no se dejó someter, pero también el hombre que, de haberlo seguido, de haberlo abandonado todo por él, probablemente la habría hundido en el pozo más oscuro de la destrucción.
Como decía su bisabuela, “Dios escribe con renglones torcidos”, pero la vida siempre guarda un resquicio para que todo cambie, o para que todo vuelva a empezar. No siempre es fácil reconocerlo. En el caso de Carmen, gran parte de la culpa de dar con él la tiene uno de los personajes con más personalidad de la historia, Minerva, la mujer boliviana que, con su filosofía “sanchesca”, la ayudará a poner su vida patas arriba.
Tengo que reconocer que no es una novela que, en principio, me hubiera llamado la atención, a pesar de que en ella hay historia, misterio, amores imposibles, todo ligado con una redacción exquisita y ágil que te atrapa y no te deja parar de leer. Sin embargo, todos sabemos que la literatura, como tantas otras cosas en la vida, tiene sus propios daños colaterales. Por desgracia, el boca a boca o el intenso trabajo promocional de un autor novel con su criatura a cuestas aún no gozan del mismo poder de seducción que tiene una buena campaña de publicidad o el soporte de un gran grupo editorial. En nosotros, los lectores, está la capacidad de saber recomendar lo que es bueno de verdad, y Mujeres de hojalata, lo es.
Eloísa Martínez Santos. Mujeres de hojalata. Avant Editorial, 2019.
Pedro Turrión Ocaña
jueves, 10 de noviembre de 2022
De bestias y aves. Pilar Adón (Reseña)
“Termina el verano, cambia la estación, y una mujer conduce durante horas en plena noche sin saber que se aproxima a Betania, una casa aislada, casi un territorio fuera del mundo. Un lugar desconocido y habitado exclusivamente por unas mujeres que, sin embargo, sí parecen conocerla a ella. Lleva a sus espaldas a una hermana ahogada, y no le ha dicho a nadie que se marcha ni adónde porque ni siquiera ella sabe que su viaje va a ser tan largo […] Un rincón de tierra, agua y árboles donde la recién llegada no quiere estar a pesar de que tal vez sea, como le dicen sin que llegue a creérselo, el lugar en el que descubra por fin lo que significa formar parte de algo.”
Hay algo alegórico en la literatura de Pilar Adón que irremisiblemente nos trastorna. Por un lado nos hace creer que sus historias se desarrollan en algún lugar reconocible de nuestro mundo actual, en alguno de esos espacios de la periferia dominguera y senderista en medio de una naturaleza idílica y revitalizadora, hasta que nos damos cuenta de que la atmósfera que los envuelve tiene algo de magia e irrealidad que influye y marca irremediablemente a los personajes. Esto ocurre en De bestias y aves, su última novela, publicada por Galaxia Gutemberg.
Coro, la protagonista, llega a un lugar llamado Betania por accidente. Ella no quiere ir allí, y en realidad, no hay nada que lo justifique cuando lo único que intentaba, al abandonar la autopista, era encontrar una gasolinera. Por eso, cuando está dentro, todo su afán es regresar a su mundo, avisar a su familia. Sin embargo, hay varias cosas que chirrían en esta impetuosa necesidad de retorno de las que el lector es consciente desde el primer momento: si ella está allí es porque huye de algo, y si le resulta imposible contactar con su mundo anterior es por culpa del abandono consciente de su teléfono móvil en el lugar que ha dejado, y era tanta la prisa en desaparecer, que hasta olvidó llenar el depósito del coche de gasolina. Lo que esta pintora no ha olvidado es guardar en el maletero una serie de retratos de su hermana muerta, ahogada en un canal años atrás, en un accidente en el que ella sobrevivió.
No será esta la única duda que se planteará el lector. A medida que avanza la lectura, hay algo que permanecerá latente: lo de Coro, ¿es una huida o una búsqueda?, ¿una pérdida o un encuentro?
Coro se ve atrapada en un lugar donde solo habitan mujeres, y pronto se da cuenta, a través de la salmodia de sus voces monótonas, de que escapar de allí será difícil. Aunque no hay ningún Ulises en esta historia, ni las voces de las mujeres son cantos de sirena, sí existe la necesidad de retorno, a pesar de la huida consciente de su entorno. ¿O es solo apariencia? Como el coro de la tragedia griega, Coro será la portadora de la explicación necesaria para entender el conflicto, y sus palabras nos harán pensar que la naturaleza que la rodea tiene algo que ver en esa metamorfosis que poco a poco se produce en ella, y que la convierte en Core-Perséfone, ‘la doncella’, diosa griega de la vegetación, pero también esposa de Hades, o lo que es lo mismo, reina del inframundo. La exuberancia de la vida y la oscuridad de la muerte en un mismo personaje.
¿Será Betania el lugar en el que Coro pueda encontrar las respuestas que necesita para comprender su huida?
En el nombre del lugar, como en el de algunas de las mujeres, Magdalena, Rebeca, descubrimos reminiscencias bíblicas, y ya puestos a imaginar, no obviamos su estructura conventual: una casa aislada en la que solo conviven mujeres en un orden estamental, estricto y de autosuficiencia, sin contacto con el exterior, y cuyos extremos lo ocupan una anciana, a la que veneran, y una niña, cuya única misión es aprender. Todas le dicen que ese es el lugar que ella buscaba y por eso lo ha encontrado. Cada vez que Coro reivindica su derecho a marcharse, me temo que más crece en el lector la presunción de que ella sabe que ese es el único lugar posible en el que puede quedarse. Un lugar que induce a la introspección. Un final del camino que más parece un principio: el eterno principio de la vida inseparable de la muerte, o la comprensión de que la vida sigue después de la muerte, se regenera, perdura; solo hay que entender la manera, comprender el proceso de transfiguración, la metamorfosis necesaria para descodificar el pasado y seguir viviendo, para convertirse en un ser absoluto y universal.
En esta revelación tiene mucho que ver la naturaleza. Desde las bestias y las aves del título, a los perros, las cabras, los insectos, los reptiles, el conocimiento preciso de las plantas, la infinita compañía de los árboles y la descripción precisa del entorno, con la casa y la enorme piedra que la oculta del sol o la protege; pero, sobre todo, el agua, presente en el lago y en la poza que hay debajo de la casa, vigilada constantemente por una de las mujeres, pero también en el pasado de Coro:
«Toda una vida de formación, lecciones y trabajo, para llegar a su edad y descubrir que lo único que importaba en el mundo era el agua, vivir en ella, generar oxígeno. […] Y de que el agua era el principio básico. Que ahí residía todo. La esencia. Lo más importante de la vida. Y allí, en aquella casa, contaban con agua en cantidades más que suficientes...»
Escribe Carlos Pardo, en El País, que Las efímeras, su anterior novela, publicada también por Galaxia Gutemberg en 2015, se aleja de las modas literarias, de la “dictadura de la actualidad” y nos descubre a “una escritora universal desde su particularidad y en plenitud de su talento”. Me quedo con este juicio, y lo hago extensible a De bestias y aves, y a toda la obra de Pilar Adón, tanto narrativa como poética.
Pedro Turrión Ocaña





