jueves, 23 de junio de 2022

Humo. José Ovejero (Reseña)

 


José Ovejero nos presenta a estos personajes solitarios, sin alma de héroes, y nos hace reflexionar sobre el sentido de la vida, los lazos nos unen a las personas de nuestro entorno y la capacidad de sobrevivir en situaciones adversas.”

Una mujer, un niño que no es su hijo, una gata, solos en una cabaña en medio de un bosque. ¿Qué se les ha perdido allí? No hay nada heroico en sus actos, solo instinto de supervivencia, de entender cuál es el instante en el que viven, lejos ya del pasado y, por supuesto, de un futuro que no existe.

«A veces se me olvida lo más básico. Me gustaría haber aprendido a sobrevivir en el monte en lugar de tantas cosas inútiles, a tejer nasas y a poner trampas, a orientarme sin necesidad de estrellas o sin consultar la posición del sol, a ojear animales, a conservar su carne durante el invierno.»

Sin llegar a ser una distopía, esta estupenda novela de José Ovejero nos deja una sensación apocalíptica preocupante, porque la sentimos o la intuimos más cerca de nuestro entorno de lo que nos gustaría.

Una reflexión muy oportuna en estos tiempos en los que nada parece imposible.

José Ovejero. Humo. Galaxia Gutemberg, 2021.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 19 de mayo de 2022

Las fisuras. Santiago Velázquez (Reseña)

 


 “En la estela de una literatura exigente y sin contemplaciones (Thomas Bernhard, Rafael Chirbes), y siguendo la tradición de las grandes novelas que se desarrollan obsesivamente como monólogos convulsos, como Cinco horas con Mario de Miguel Delibes o Mientras agonizo de Faukner, esta novela es un relato duro y ambicioso, en la que el amor y la vida laten con turbulencia.”

Las fisuras no es un thriller, tampoco es una novela negra, sin embargo, en sus páginas encontramos el mayor de los misterios: el de la vida y la muerte. Sí podemos decir de ella que es una novela poco convencional, tanto en su estructura como en el tema y que en su primera página está la clave de todo lo que sucede a continuación. La primera página es el principio, pero también el fin del relato; el motivo y también la consecuencia y, por supuesto, el juicio que puede convertirse en prejuicio si no leemos con precaución no solo las palabras, sino también los silencios, verdaderos entresijos de cualquier reflexión sincera.

Cuando alguien piensa en su propia vida no hace pausas. Pensar no es un acto deliberado, sino que aflora en cualquier momento interrumpiendo conversaciones, lecturas y silencios; avanza y retrocede a su antojo dentro de una cabeza sin límites mensurables. Santiago Velázquez reproduce a la perfección ese caos que es la mente humana, donde no hay pausas transcritas a través de un punto, y donde el tiempo va y viene con la necesidad de encontrar un instante que transita entre lo efímero y lo eterno. Este ejercicio de intentar plasmar el pensamiento en una novela es de una enorme dificultad, y el autor lo logra con creces. Cuando todas las voces se crean en la misma cabeza generan un drama difícil de encauzar ante la idea de que todo lo que se ha dejado pasar podría haber cambiado la relación. Vivimos en una sociedad que no tiene tiempo para pensar, hasta que ya es demasiado tarde.

El argumento es sencillo: Pablo Ferrand decide pasar la noche en el tanatorio velando el cadáver de Amaia Suances, su mujer, que acaba de suicidarse, y durante ese tiempo su mente se zambulle en un monólogo que recorre toda su relación y que implica a los demás personajes, incluyéndola a ella, haciéndolos partícipes de una relación de pareja de la que todos han bebido.

Como una llamada de atención, las fisuras del título aparecen por primera vez en el relato del primer encuentro de los protagonistas en el piso de los padres de Amaia:

Me fijo en la pared que tengo enfrente, en la que estás tú, en la parte superior de ese rectángulo de cristal, hay unas grietas. Tu boca estaba junto a mi oído y escuchaba cómo entre susurros y gemidos decías una y otra vez mi nombre, sin parar, uf, qué gusto. No me había dado cuenta hasta ahora. Más que grietas son fisuras, unas líneas irregulares que han fracturado la pintura blanca e impoluta de la pared, unas ligeras resquebrajaduras, sutiles, apenas perceptibles, que se van abriendo hacia abajo, un zigzagueo inesperado, una cicatriz, unos relámpagos que afean la pared y que, inopinadamente, me desasosiegan, Amaia, ¿qué hacen esas fisuras ahí?, y luego el charco de sangre.

Un solo elemento sirve de nexo a tres voces diferentes porque, aunque salen de la misma boca, se identifican con tres momentos distintos, con tres estados de ánimo: realidad, recuerdo y futuro; dolor, impaciencia y soledad; unidas por una imperfección rutinaria cuyo arreglo casi nunca es definitivo. El problema es que las fisuras nunca se ven de las misma manera por dos personas que conviven a diario; siempre hay uno que intentará taparlas con la indiferencia o restando importancia a su presencia, incluso cuando las fisuras se agrandan a la misma velocidad que lo hace el conflicto que surge entre ellos, sobre todo cuando este se antoja sin solución, o la que tiene apela a la imposibilidad de ser coherente, porque roza en la ilegalidad o en la imposibilidad de participar de ella sin mancharse.

Saber que siempre va a quedar un poso de incomprensión e irrealidad en el que queda vivo también es parte del conflicto, pero también del amor, y Las fisuras es sobre todo una novela de amor. El amor eterno existe, porque trasciende a la muerte.

Las fisuras es un dardo envenenado hacia una sociedad que no ha sabido dar solución a problemas como el sufrimiento extremo, sin tener la necesidad de apelar a la ética. Prevalecen los prejuicios a la calidad de vida, como prevalecen las sospechas a la plena confianza en cualquier relación. Es muy difícil entender que el amor y el dolor siempre caminan de la mano sobre una débil cuerda siempre a punto de romperse.

Santiago VelázquezLas fisurasCaligrama Editorial 2020.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 14 de abril de 2022

Los ingratos. Pedro Simón (Reseña)

 


Los ingratos es una emocionante novela sobre la generación que vivió en aquella España donde se viajaba sin cinturones de seguridad en un Simca y la comida no se tiraba porque no hacía tanto que se había pasado hambre. Un homenaje, entre literatura y la culpa, a quienes nos acompañaron hasta aquí sin pedir nada a cambio.”

Parece que apenas ha pasado el tiempo y sin embargo qué lejos está todo. Año 1975, en España el franquismo da los últimos coletazos y nadie sabe muy bien lo que le deparará el futuro, aunque se intuye que algo importante tiene que ocurrir. En las ciudades, la gente se moviliza, se empiezan a escuchar canciones prohibidas en los radiocasetes instalados en los Simca 1200, en los Seat 850 o 124, conducidos por obreros de fábricas y talleres; se organizan recitales en locales universitarios dando voz a nuevos cantantes que reivindican un viento nuevo, a poetas que entienden la poesía como una herramienta de lucha y futuro. Mientras tanto, en los pueblos de lo que hoy conocemos como la “España vaciada”, la vida sigue con esa cadencia lenta que provoca la costumbre. Allí el margen para el cambio lo marca el campo en los cambios de estación, las fiestas de verano y, con ellas, la llegada de algunos hijos pródigos que retornan a la casa familiar, una vez al año y presumen de los cambios en la ciudad, pero su presencia bulliciosa durará lo que dura el verano y su voz solo será el eco de un sueño lejano e imposible.

David llega a uno de esos pueblos siguiendo a su madre, la nueva maestra. Su corta vida ha sido eso, un peregrinar de pueblo en pueblo, sin tiempo para el arraigo, con una madre compartida, además de con sus dos hermanas, con los demás niños del pueblo, y un padre al que solo ve los fines de semana y en vacaciones, porque tiene trabajo fijo en Madrid. Como su madre no puede ocuparse de él como quisiera, y su padre cada vez alarga más sus visitas, a su casa se traslada Emérita, una mujer del pueblo, sorda y viuda, que además guarda en su pecho una triste historia, la de la pérdida prematura de su único hijo, Currete. Para David, Eme será el alma que encauce definitivamente su vida, y para la mujer, David será el impulso que se la devuelva.

Eme es el ejemplo perfecto de la mujer rural de la posguerra española, mujeres fuertes que saben sacar adelante a sus familias a pesar de las desgracias, a pesar de pertenecer a familias desmembradas por diferentes causas, pero que entienden que los niños, para hacerse fuertes, tienen que vivir sin eufemismos, pero sin dejarlos caer.

«Dice usted que hay que dejar que se caigan. Y yo pienso que una mierda, con perdón. Que lo que hay que dejar es que se levanten […] Hacer que funcionen sin caerse.»

Ambos, Emérita y David, consiguen establecer entre ellos una conexión especial que implica también un mutuo aprendizaje que hace que ambos se conviertan en maestro y alumno del otro. Como en un juego de espejos, cada uno encuentra en el otro algo que ha perdido anteriormente: por un lado, Emérita puede darle a David lo que no ha podido darle a su hijo perdido; y David, por su parte, encuentra en Emérita cosas que echa de menos de sus padres, como la ausencia de su progenitor o la falta de tiempo de su madre.

Emérita y la madre, por su parte, representan a dos tipos de mujer que son respectivamente la raíz del tiempo viejo y el germen del futuro, y cuyo trabajo no ha sido valorado en su justa medida. Ellas no dirigieron multinacionales, no gobernaron países, sin embargo, cada una a su manera, fueron las responsables de educar a buena parte de la generación que llevó a cabo la transición y sin embargo, en las tertulias, en las crónicas, no son más que el reflejo borroso de una España obsoleta y olvidada, no son más que mujeres condenadas a envejecer y morir en silencio o diciendo disparates y provocando risas.

Las dos voces narrativas que estructuran la novela, aun siendo muy diferentes, van de la mano, porque ambas son imprescindibles para entender no solo lo que ocurre en el texto, sino también para que nosotros, los lectores, reconozcamos en sus palabras una parte de nuestra identidad; dos voces que sin embargo van siempre en paralelo, porque cada una usa un lenguaje propio. A través de ellas subyacen varios temas, como son el desarraigo: «No había mayor desarraigo que el de seguir a tu madre de pueblo en pueblo. Una madre maestra muy ocupada que encima no era solo tuya, sino de todos los niños del lugar»; la inseguridad: «Por lo demás, me seguía cagando encima [...] Lo que hoy hubiera sido carne de psicólogo entonces se despachaba con naturalidad»; o el abandono: «Esta tarde, su hijo, como sin venir a cuento, me ha preguntado si alguna vez me voy a coger las de Villadiego […] Y a mí me ha dado pena decirle la verdad: que el que se va a ir un día es él»; y por supuesto, el olvido: «La pobre [Eme] estaba tan mal que decía disparates […] como cuando pedías que te enterraran con tu único hijo y, al instante, contabas que tu hijo estaba muy bien colocado en el hospital de Leganés.

En resumen, Los ingratos es una novela que saca a pasear nuestra nostalgia e indaga en nuestros sentimientos, pero también es una novela de iniciación que tiene como nota dominante la pérdida, no solo de la inocencia del niño, sino de la libertad natural de serlo.

Pedro Simón. Los ingratos. Ediciones Espasa (Editorial Planeta) Premio Primavera de novela 2021.


Pedro Turrión Ocaña

jueves, 3 de marzo de 2022

La anguila. Paula Bonet (Reseña)

 


Este es un libro sobre el cuerpo. Sobre un cuerpo que ama y es amado. Un cuerpo que también es abusado, violentado a través del sexo y el parto, del aborto y la sangre, de la mugre. Materiales no artísticos en manos de una pintora que escribe, de una escritora que mira.”

«Pintando aprendí a mirar, entendí que la realidad es mucho más compleja de lo que parece, la pintura me ayudó a resolver lo que no se puede decir con palabras y es en la mancha donde consigo entender algo.»

Paula Bonet construye un texto impactante, valiente y sincero, donde lo importante no es qué grado de autobiografía destilan sus páginas, porque, si el libro se presenta como una novela, haya salido de donde haya salido, tenemos que entenderlo como una obra de ficción, pero una ficción basada en la realidad de cosas que suceden cada día y que no damos importancia, porque la historia las ha normalizado visitiéndolas de cotidianidad.

Cosas que a veces son negativas, como el sexo, la violencia, la manipulación, el engaño, el aborto espontáneo:

«Yo no les preparé ningún desayuno, pero ellas disfrutaban haciendo que vomitara el mío.»

Cosas que a veces son positivas, como el sexo, la ternura, la pasión, el aborto voluntario.

Cosas, las unas y las otras, que nos pasan inadvertidas, que ponemos en un segundo plano, y que suceden en nuestro barrio, en nuestro bloque de vecinos. Cosas que Paula Bonet, personaje, nos cuenta, sin filtros, sin dejarse arrastrar por la autora, Paula Bonet.

Paula Bonet reivindica en La anguila poder narrar lo que le ocurre como mujer, con el mismo derecho con el que lo hace un hombre. Esta decisión, sin embargo, no convierte a la novela en un ejercicio de denuncia, sino en una revelación. No se trata de una venganza, sino de poner en valor algo que casi nadie ve. Tan importante como narrar la violación que sufrió por parte de un premio nacional de poesía, es el hecho de que tengan que pasar diez años para darse cuenta de lo que había ocurrido.

«Como no subí a la piscina pasé inmediatamente a formar parte de la masa silenciosa que cerraba bolsas de basura y barría el suelo de la cocina. Entendí, entonces, quien había sido yo para aquellas mujeres. Y me acerqué a la que más incómoda me había hecho sentir y le pedí disculpas. [...] Hablar con aquella mujer me tranquilizó y su mirada me hizo hacer las paces con una parte de mí que empezaba a desaparecer, saber que yo también pertenecía a su género, una desgraciada.»

Reconocer la imagen prototípica del violador que utiliza su posición elevada para traspasar todas las líneas no es exclusiva en su renovación, lo es también descubrir otros disfraces masculinos que se aprovechan del lícito deseo femenino juvenil para diluir el verdadero fin de su presencia en algo cotidiano: el maltratador que no merece ser nombrado por su nombre, o el profesor que manipula conscientemente a la alumna aupado en su cátedra de experiencia. Tendrán que ser otras palabras, silenciosas, antiguas, las palabras aprendidas de las cartas de sus abuelos, y las que nunca fueron pronunciadas por sus guerreras, las tres hijas que no pudieron ser, las que triunfen en el relato y le den fuerza. El recuerdo de sus muertes actúa como un catalizador que purifica su sangre estancada y a punto de pudrirse.

Convertirse en anguila no es un ejercicio de autodefensa a través de la huida, sino de una transformación necesaria para autodefinirse; un ejercicio deconstrutivo imprescindible en la difícil tarea de la mujer de convertir el relato manido de la injusticia diaria, en el relato verosímil de un presente sin miedo y con futuro. 

Conseguir que el negro de las palabras deje de ser una parte más de la mancha, es difícil, pero no imposible.

Paula Bonet. La anguila. Anagrama, 2021.

jueves, 17 de febrero de 2022

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Maya Angelou

 


«Iba a parecer una de esas lindas niñas blancas que eran el ideal de todo el mundo, el sueño de un mundo como Dios manda», dice la niña Maya al ver a su abuela confeccionar el vestido con el que irá a la iglesia.

Como Dios manda”, “ideal”, “blanco”. No son eufemismos, son las primeras conclusiones que, como recetas de supervivencia, saca una niña negra a partir de las realidades que percibe del entorno en el que habita: el Sur de los Estados Unidos, durante los primeros años del siglo xx. En esa época, uno de los sueños recurrentes de cualquier niña negra norteamericana, era convertirse en blanca. La pequeña Marguerite lo explica muy bien:

«Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello.»

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado es la primera de las siete novelas autobiográficas que la activista y escritora norteamericana Marguerite Ann Johnson, Maya Angelou, escribe. Publicada en 1969, en ella nos relata la dureza de la infancia que le tocó vivir y que, por extensión, nos da una imagen diáfana de un tiempo de supervivencia, de una herida que aún hoy, tantos años después, no ha dejado de supurar.

Tras el divorcio de sus padres, que viven en California, Maya pasa sus primeros años en casa de su abuela paterna, propietaria de la única tienda de la zona segregada donde habitan los negros, en una pequeña población de Arkansas. Allí sobrevive junto a su hermano Bailey y su inválido tío Willie, arropados por una estricta educación religiosa que actúa como un muro donde las lamentaciones hallan su punto de equilibrio, a pesar de la certeza que tienen de que Dios es blanco también . La abuela, Yaya, transmite una imagen de fortaleza que siempre hay que tomar con pinzas, porque allí nadie está a salvo, en cualquier momento pueden venir los “muchachos” (el Ku Klus Klan) y llevárselo todo por delante con total impunidad. Maya observa, aprende y a veces duda:

«Recuerdo no haber creído nunca que los blancos fueran de verdad reales […] Sabía, por ejemplo, que los hombres blancos llevaban calzoncillos, como el tío Willie, y que tenían una abertura para sacarse la “cosa” y orinar y que los pechos de las mujeres blancas no iban, como algunos decían incorporados a sus vestidos, porque había visto sus sostenes en los cestos, pero no podía hacerme a la idea de que se tratara de personas.»

Todo parece cambiar cuando, tras la visita inesperada de su padre, los dos hermanos viajan a San Luis para vivir con su madre. Al verla por primera vez, su mente de nuevo trata de justificar lo injustificable:

«Comprendí al instante por qué me había enviado lejos. Era demasiado bella para tener hijos. Yo nunca había visto una mujer tan guapa como ella a la que llamaran “madre”.»

Como es de suponer, todo es un espejismo. La violación de su padrastro, con tan solo ocho años, devuelve a Maya de manera abrupta a la única realidad posible, la de la lucha por la supervivencia por sí misma, sin fiarse de nadie.

Tras la lectura, lo que más me llama la atención de la novela es que no hay nada más poderoso que la necesidad de aprender, de quedarse con lo bueno, y que se hace extensivo a todos los personajes: la invulnerabilidad de Yaya, que se aferra a la religión para construirse una barrera infranqueable que la protege incluso de las burlas de las niñas de los blancos; la permisividad de la madre que sabe que solo dejando que sus hijos conozcan lo que hay a su alrededor pueden avanzar, pero sin perderlos de vista; y hasta la violencia mafiosa de la abuela materna –la abuela Baxter–, que se apoya en la fuerza y la corrupción para proteger a los suyos. Todos estos comportamientos influyen poderosamente en la personalidad de Maya, sin embargo, el hecho que más influye en su personalidad es la lectura que, de un mero recurso contra el aburrimiento, se convierte en una necesidad. Buena parte de culpa la tiene otro personaje crucial en la novela, la señora Berta Flowers, la "aristócrata del Stamps negro", de la que dice Maya:

«No iba a echar de menos a la señora Flowers, porque me había transmitido su palabra secreta con la que convocar a un genio que había de servirme toda mi vida: los libros.»

Ella le enseñó una de sus primeras “lecciones para la vida”:

«Dijo que siempre debía ser intolerante con la ignorancia, pero comprensiva con la cultura.»

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado pertenece a un grupo de novelas que son el retrato del sufrimiento de una época de la que no se habla lo suficiente hasta pasado el tiempo. Son retratos de un tiempo que hay que juzgar con la perspectiva de los años para darnos cuenta del doble sufrimiento que nace de la discriminación: por un lado, la injusticia del término, en sí; y por otro, la necesidad de quien la sufre de normalizar o justificar algunas situaciones para intentar salir indemne de ellas. Por esta razón, el testimonio escrito no suele ser inmediato. Nunca es fácil ahondar en la propia intimidad, y más cuando está plagada de injusticia y de violencia. Solo el transcurrir del tiempo, como la paciencia del mar tras un naufragio, permitirá que las respuestas afloren a la superficie. Cuando por fin logra descubrirse, Maya Angelou se abre en canal y nos regala un texto incómodo, pero clarificador, necesario para entender hasta qué punto el ser humano es capaz de maltratar a sus semejantes, desde la estúpida creencia de sentirse superior por el hecho de tener la piel de un color determinado.

La novela es también un relato de iniciación, con la dificultad añadida de que Yaya es una niña negra que tendrá que crecer en un mundo de blancos. No solo lo conseguirá, sino que se convertirá en un aguijón incómodo que supo tocar diferentes palos: fue actriz, bailarina, cantante, periodista, además de una importante activista en pro de los derechos humanos y, por supuesto, escritora.

 El pájaro enjaulado no canta, grita; y en la voz de Maya, ese grito se expande en un coro infinito que no tiene más remedio que estallar.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Maya Angelou. Traducción de Carlos Manzano. Libros del Asteroide, 2016.

jueves, 10 de febrero de 2022

Fármaco. Almudena Sánchez (Reseña)

En Fármaco encontraréis un cerebro que quería desaparecer y una escritora que lo agarró y buscó cómos y porqués entre recuerdos, conductos y cavidades.”

«La lucha por escribir es siempre la misma: un pequeño temblor poético frente al gran filete de la realidad.»

No es cuestión de desnudarse, sino de abrirse en canal y desangrarse. Tras el terrible trago de sufrir una depresión que la llevó al borde del suicidio, Almudena Sánchez se aferra a todas las fuerzas de la naturaleza para escribir un libro consciente y sincero con el que consigue transmitir al lector, a partir de la tristeza y el enorme sufrimiento, una gran dosis de esperanza y positivismo: Fármaco.

Para conseguirlo, la autora construye un relato de ficción en el que nos cuenta su realidad, que no es la panacea que nos hará inmunes a la terrible enfermedad destructora que ella ha sufrido, sino una alerta, un aviso a navegantes, un semáforo en ámbar que en un instante puede teñirse de rojo sin avisar.

A través de sus páginas, Almudena Sánchez recorre la línea irregular de su existencia, no solo desde las imágenes que el recuerdo almacena en su mente, sino también a partir de pensamientos y delirios que lo mismo han podido nacer del deseo o de la repulsión, del sueño tranquilo o de la pesadilla. Nos muestra todas las cicatrices que le han ido quedando después de cada herida, desde los días de colegio en su pueblecito balear de Andratx, hasta las conversaciones con el siquiatra que la ayudó a curarlas. Pero el logro más importante del texto es que, a través de su prosa tranquila y perversa, capacita al lector para distinguirlas claramente, hasta las que han quedado grabadas en su cerebro.

Sin embargo, no hay nada tópico en el libro, porque todo es ficticio y real en él, como la inestabilidad de la vida y la certeza de la muerte. No hay autocompasión, pero tampoco vanidad ante su capacidad de supervivencia, sino una calibrada descripción de los fantasmas silentes que hicieron de su mente el lugar de su expansión y que a punto estuvieron de lanzar su cuerpo contra la negra silueta metálica de la muerte.

Piensa que: «Existe una oficina dentro de mis ganas de vivir. Una burocracia emocional. Un DNI estropeado. La imposibilidad de tomarse el mundo como quien se toma una copa de vino: sin pensar en nada y con la debida tranquilidad», a pesar de ser consciente también de que: «Hay poesía en los manteles a cuadros».

Almudena Sánchez. Fármaco. Penguin Ramdom House Grupo Editorial, 2021.

jueves, 27 de enero de 2022

Los silencios de Hugo. Inma Chacón (Reseña)


Un canto al amor, la vida y la superación. Noviembre de 1996. Hace doce horas que Olalla ha desaparecido y su ausencia no tiene sentido para nadie. No es propio de ella estar tanto tiempo sin avisar dónde localizarla, y menos ahora, cuando su hermano se debate entre la vida y la muerte, a la espera de un tratamiento experimental que podría salvarle. Todos la buscan, pero nadie logra dar con ella.”

Olalla y Hugo son dos hermanos unidos desde el principio de sus vidas por un lazo invisible, que se supone que es también indestructible. Eso es algo que la vida casi nunca soporta porque, habitualmente, la vida es individualista, oportunista y dueña de sus propios tiempos. Ellos, que no conocen esas reglas, se empeñan en sobreprotegerse mutuamente, hasta que la vida les golpea con una buena dosis de realidad y, claro, los pilla desprevenidos. Porque Olalla y Hugo, y Helena y Josep, Manuel y Rosa, y todos los que tras leer la novela ya seremos parte de su parte, caen / caemos en la cuenta de que nada en nuestra vida está decidido . Porque Los silencios de Hugo habla de la vida, sin más.

La novela nos traslada al periodo entre las décadas de los setenta y noventa del siglo pasado, germen y explosión de una de las enfermedades más terribles e incomprendidas de los últimos tiempos, el SIDA, que causó, aparte de los daños propios de la enfermedad, sobre todo en dos colectivos concretos, daños colaterales terribles en el grueso de la sociedad, como la desconfianza, el miedo y la discriminación.

Hugo, el hermano mayor, que siempre había cargado con el peso de ser el ángel protector de su hermana Olalla, infectada de polio desde niña, se introduce en el mundo de las drogas. Es un signo más de rebeldía ante el extremo conservadurismo de su padre que siempre le ha culpado de la enfermedad de su hermana. Él, que cree tenerlo todo controlado, comete un error que le obligará a tragarse, durante doce años, la terrible realidad que corroe su cuerpo y su mente, para no dañar a su entorno, sobre todo, para no dañar a Olalla. De nuevo tiene que ser él quien la proteja, pero ahora de sí mismo. Las matemáticas serán el escudo con el que intentará no sucumbir también ante la vulnerabilidad del amor.

Su silencio es también la respuesta al comportamiento de Olalla de no quejarse nunca, a pesar de la multitud de operaciones, a pesar del tremendo esfuerzo que ha tenido que realizar para vivir de igual a igual que los demás, para ser la mujer coja que vive su vida con normalidad, y no la “cojita” digna de lástima. Olalla intuye que algo ocurre y que no es bueno y decide que ahora le toca a ella coger al toro por los cuernos, aunque para conseguirlo tenga que apostarlo todo a una sola carta. Todos la conocen y saben que no parará hasta conseguir su propósito, por eso, a todos se les viene el mundo encima cuando Olalla desaparece, sin decirle nada a nadie, sin ninguna razón aparente.

Aunque la muerte se intuye en la novela desde el primer capítulo, Los silencios de Hugo es un canto a la vida a través del sufrimiento, de la soledad –el silencio siempre se rodea de soledad–, pero también a través de la fortaleza del ser humano, que es capaz de anteponer el amor a cualquier dificultad, a pesar de que, inevitablemente, el miedo trate de interponerse alegando otro tipo de razones protectoras, lícitas, que nacen de la cobardía y la desinformación, pero también del desconocimiento.

Cuenta Inma Chacón en una entrevista1 que la novela, aunque está basada en un caso real, no cuenta la historia tal y como sucedió, porque a veces la realidad, según sucede, no es verosímil para la literatura. El primer borrador, escrito a finales de los años noventa, tuvo que madurar en un cajón para emerger ahora con todo su realismo. El resultado es una novela dura, pero emotiva a la vez, capaz de dar al lector una dosis grande de carga positiva y esperanza. El secreto radica en el tratamiento del lenguaje, clave para introducirnos, sin traumas, en un tema tan delicado, que a nadie va a dejar indiferente; y en la perfecta construcción de unos personajes que, desde su silencio, su presunto egoísmo, pero sobre todo desde su coherencia, llenan todos los espacios posibles. Son personajes que se desarrollan, como la transición española, con una dosis de valentía y miedo que nace de puntos de vista a veces diametralmente opuestos. Sin embargo, Inma Chacón no cae en la trampa de la moralidad o el maniqueísmo, no juzga a los personajes o a lo que representan. Todos, con sus errores y aciertos, tienen su parte de razón.

Lo más importante de la novela es que nos toca la piel, aunque no tengamos a nadie debatiéndose entre la vida y la muerte, aunque no conozcamos a nadie infectado de SIDA, o creamos no conocerlo, porque la estigmatización los sigue invisibilizando, a pesar de que hoy hayamos cambiado el silencio por la sobreinformación.

1Entrevista realizada en Instagram por @booksandmark el 24/01/2022.

Inma Chacón. Los silencios de Hugo. Contraluz editorial, 2021

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