«Iba
a parecer una de esas lindas niñas blancas que eran el ideal de todo
el mundo, el sueño de un mundo como Dios manda», dice la niña
Maya al ver a su abuela confeccionar el vestido con el que irá a la
iglesia.
“Como
Dios manda”, “ideal”, “blanco”. No son eufemismos, son las
primeras conclusiones que, como recetas de supervivencia, saca una
niña negra a partir de las realidades que percibe del entorno en el
que habita: el Sur de los Estados Unidos, durante los primeros años
del siglo xx. En esa época, uno de los sueños recurrentes de
cualquier niña negra norteamericana, era convertirse en
blanca. La pequeña Marguerite lo explica muy bien:
«Si
bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es
doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de
la navaja que amenaza con cortarte el cuello.»
Yo
sé por qué canta el pájaro enjaulado es la primera de las siete novelas autobiográficas que la activista y escritora norteamericana
Marguerite Ann Johnson, Maya Angelou, escribe. Publicada en 1969, en
ella nos relata la dureza de la infancia que le tocó vivir y que,
por extensión, nos da una imagen diáfana de un tiempo de
supervivencia, de una herida que aún hoy, tantos años después, no ha dejado de supurar.
Tras
el divorcio de sus padres, que viven en California, Maya pasa sus
primeros años en casa de su abuela paterna, propietaria de la única
tienda de la zona segregada donde habitan los negros, en una pequeña población de
Arkansas. Allí sobrevive junto a su hermano Bailey y su inválido tío Willie,
arropados por una estricta educación religiosa que actúa como un
muro donde las lamentaciones hallan su punto de equilibrio, a pesar
de la certeza que tienen de que Dios es blanco también . La abuela, Yaya, transmite una imagen de fortaleza que siempre hay que tomar con
pinzas, porque allí nadie está a salvo, en cualquier momento pueden
venir los “muchachos” (el Ku Klus Klan) y llevárselo todo por
delante con total impunidad. Maya observa, aprende y a veces duda:
«Recuerdo
no haber creído nunca que los blancos fueran de verdad reales […]
Sabía, por ejemplo, que los hombres blancos llevaban calzoncillos,
como el tío Willie, y que tenían una abertura para sacarse la
“cosa” y orinar y que los pechos de las mujeres blancas no iban,
como algunos decían incorporados a sus vestidos, porque había visto
sus sostenes en los cestos, pero no podía hacerme a la idea de que
se tratara de personas.»
Todo
parece cambiar cuando, tras la visita inesperada de su padre, los dos
hermanos viajan a San Luis para vivir con su madre. Al verla por
primera vez, su mente de nuevo trata de justificar lo injustificable:
«Comprendí
al instante por qué me había enviado lejos. Era demasiado
bella para tener hijos. Yo nunca había visto una mujer tan guapa
como ella a la que llamaran “madre”.»
Como
es de suponer, todo es un espejismo. La violación de su padrastro,
con tan solo ocho años, devuelve a Maya de manera abrupta a la única realidad posible, la
de la lucha por la supervivencia por sí misma, sin fiarse de nadie.
Tras
la lectura, lo que más me llama la atención de la novela es que no hay nada
más poderoso que la necesidad de aprender, de quedarse con lo bueno,
y que se hace extensivo a todos los personajes: la invulnerabilidad
de Yaya, que se aferra a la religión para construirse una barrera
infranqueable que la protege incluso de las burlas de las niñas de
los blancos; la permisividad de la madre que sabe que solo dejando
que sus hijos conozcan lo que hay a su alrededor pueden avanzar, pero
sin perderlos de vista; y hasta la violencia mafiosa de la abuela
materna –la abuela Baxter–, que se apoya en la fuerza y la
corrupción para proteger a los suyos. Todos estos comportamientos
influyen poderosamente en la personalidad de Maya, sin embargo, el
hecho que más influye en su personalidad es la lectura que,
de un mero recurso contra el aburrimiento, se
convierte en una necesidad. Buena parte de culpa la tiene otro
personaje crucial en la novela, la señora Berta Flowers, la "aristócrata del Stamps negro", de la que dice Maya:
«No
iba a echar de menos a la señora Flowers, porque me había
transmitido su palabra secreta con la que convocar a un genio que
había de servirme toda mi vida: los libros.»
Ella
le enseñó una de sus primeras “lecciones para la vida”:
«Dijo
que siempre debía ser intolerante con la ignorancia, pero
comprensiva con la cultura.»
Yo
sé por qué canta el pájaro enjaulado pertenece a un grupo de
novelas que son el retrato del sufrimiento de una época de la que no
se habla lo suficiente hasta pasado el tiempo. Son retratos de un tiempo que hay que juzgar con la
perspectiva de los años para darnos cuenta del doble sufrimiento que
nace de la discriminación: por un lado, la injusticia del término,
en sí; y por otro, la necesidad de quien la sufre de normalizar o justificar algunas situaciones para intentar salir indemne de ellas.
Por esta razón, el testimonio escrito no suele ser inmediato. Nunca
es fácil ahondar en la propia intimidad, y más cuando está plagada
de injusticia y de violencia. Solo el transcurrir del tiempo, como la paciencia del mar tras un naufragio, permitirá que las respuestas afloren a la
superficie. Cuando por fin logra descubrirse, Maya Angelou se abre en canal y
nos regala un texto incómodo, pero clarificador, necesario para
entender hasta qué punto el ser humano es capaz de maltratar a sus
semejantes, desde la estúpida creencia de sentirse superior por el
hecho de tener la piel de un color
determinado.
La
novela es también un relato de iniciación, con la dificultad
añadida de que Yaya es una niña negra que tendrá que crecer en un
mundo de blancos. No solo lo conseguirá, sino que se convertirá en
un aguijón incómodo que supo tocar diferentes palos: fue actriz, bailarina, cantante, periodista, además de una importante
activista en pro de los derechos humanos y, por supuesto, escritora.
El pájaro enjaulado no canta, grita; y en la voz de Maya, ese grito se expande en un coro
infinito que no tiene más remedio que estallar.
Yo
sé por qué canta el pájaro enjaulado. Maya Angelou. Traducción
de Carlos Manzano. Libros del Asteroide, 2016.