jueves, 18 de febrero de 2021

Margarita Nelken: una Écuba del siglo XX


Margarita Nelken en 1921

Si hay una razón por la que se recuerda a Margarita Nelken es por su oposición al voto femenino durante la Segunda República, a pesar de ser una declarada feminista y una mujer de izquierdas. Fue una de las tres primeras diputadas de la historia de España junto a Clara Campoamor y Victoria Kent, pero a diferencia de sus compañeras, ella fue la única que estuvo presente en las tres legislaturas de la Segunda República.

Margarita Nelken nació en Madrid, en 1894, en el seno de una familia acomodada de origen judío, lo que le permitió el acceso a una buena educación. Sus inclinaciones artísticas le llevaron a París, donde estudió arte en el estudio de Eduardo Chicharro, lugar en el que coincidió con figuras tan importantes como María Blanchard o el muralista mexicano Diego Rivera, pero una enfermedad en la vista le impidió dedicarse a la pintura; sin embargo, sus conocimientos sobre la materia la introducirán en la crítica del arte, actividad que desempeñará a lo largo de toda su vida. A raíz del estallido de la Primera Guerra Mundial, empieza a escribir artículos sobre la situación de la mujer, en los que destaca su idea de lucha por la igualdad, la libertad y la justicia y en contra de la pobreza. Sobre estos aspectos, su obra más conocida es La condición social de la mujer en España, publicada en 1919. Feminista y militante socialista, aboga por una sociedad laica que la aleja del llamado “feminismo católico”, que ella interpreta como una manipulación de la mujer hacia postulados conservadores. Este convencimiento de manipulación en la mujer española de la época será la que la incline a votar en contra del voto femenino, al considerar que la mujer es un instrumento en manos del hombre y necesita antes ser educada políticamente. Es radical también su oposición al denominado “determinismo biológico” que aboga por la superioridad del varón a causa de un orden genético natural; para ella, la relación entre el hombre y la mujer ha de basarse en una relación de complementariedad. Su compromiso de lucha en favor de los campesinos de Badajoz, circunscripción por la que fue elegida diputada, hizo que su discurso feminista tuviera menos visibilidad que el de Clara Campoamor, por ejemplo, lo que no la libró de sufrir ataques de todo tipo, incluso de compañeros de su propio partido: la tildaron de extranjera, por su origen alemán, aunque había nacido en Madrid; de judía, pese a su escepticismo religioso; y, sobre todo, de ser una mujer que intenta tener una presencia de igual a igual en la política que los hombres. En 1936, sus diferencias con Largo Caballero harán que se desvincule del PSOE y se pase al Partido Comunista. Tras el triunfo franquista en la guerra civil, partió para el exilio, cuya mayor parte la pasó en México, país en el que siguió escribiendo para diferentes medios, dando conferencias y, sobre todo, trabajando para la Unión de Mujeres Españolas y en la Secretaría de Educación Pública.



En 1930 publicó el libro Las escritoras españolas, en el que hace un extenso recorrido por la literatura femenina española a lo largo de la historia. Aunque en el prólogo afirma que la costumbre siempre nos ha llevado a creer que el empuje que había adquirido en su época la cultura femenina era una innovación, a lo largo del libro demuestra que las mujeres habían recibido educación durante siglos. En sus páginas, las escritoras se suceden desde los albores del cristianismo hasta las grandes escritoras de finales del siglo XIX, aunque nunca lo tuvieron fácil. En el primer capitulo, refiriéndose a las juglaras o juglaresas de la primera Edad Media, se puede leer una cita del Corbacho o Arcipreste de Talavera, que dice: «Maldita sea la muger que consce e vee que de vino se turbaba, e quanto está turbada que la tyenen por juglara». Aunque hay otros testimonios más positivos hacia su trabajo, como el que se puede leer en el Libro de Apolonio, en el que se afirma que había juglaresas que cantabas canciones compuestas por ellas, y dice de una de ellas: «Movio en su viola un canto natural / coplas bien asentadas de origen natural».

La llegada del Renacimiento encuentra en España, al igual que en la Europa latinizada, un gran número de mujeres inclinadas hacia “disciplinas de la inteligencia” y el humanismo, pero al contrario que en Francia o Italia, es el género místico el que triunfa en nuestro país. Esta “explosión mística” española comienza en el siglo XV y se alarga hasta bien entrado el siglo XVIII, y es un movimiento eminentemente lírico, donde sobresale la figura de Teresa de Jesús, de la que dice:

«Si se tratara de condensar en una sola figura todo el misticismo cristiano, para oponerlo al originado por otros cultos –al budista verbigracia– ninguna figura podría presentarse tan acabada, tan múltiple y tan entera en sus diversas facetas, como la de la doctora de Ávila; y si se tratara de condensar en una figura el carácter genuino del misticismo hispano, en lo que esta manifestación tuvo de representativa de un pueblo y un espíritu, a Teresa es también a quien habríamos de recurrir para ello».

Hace un completo recorrido por las cartas y textos de mujeres eruditas, entre sabias, catedráticas y traductoras, pero también por sus poemas, entre las que destaca a Cristobalina Enríquez, de quien afirma, refiriéndose a su “Romance morisco”:

«Y poetisa hubo de quien una sola composición basta para otorgarle un puesto privilegiado en nuestro parnaso».

No falta la cita a algunas autoras de novelas de caballerías, muchas veces atribuidas a autores masculinos, como la traducción de dos de las novelas citadas en la famosa quema del Quijote: el Palmerín de Oliva y el Primaleón, en cuya introducción, a cargo de Francisco Delicado, autor de La lozana andaluza, se puede leer: «quanto más adelante va, es más sabroso, porque como la que lo compuso era muger». En cuanto al teatro, destaca Ana Caro Mallén, calificada como “la décima musa” en El diablo Cojuelo, de Velez de Guevara, autora de una Loa sacramental, compuesta para el Corpus sevillano de 1939. De esta autora afirma Nelken que le dio fama, tanto como su talento, su amistad con doña María de Zayas y Sotomayor, cuyas «Novelas amorosas y exemplares parecen querer demostrar que las mujeres son siempre más extremadas que los hombres». Máxima representante de la escuela cínica, sus novelas alcanzaron en breve tiempo un número muy superior al usual en las obras de circulación “reservada”. Este hecho hizo que muchos autores de la segunda mitad del siglo XVII la tomen como punto de partida y traten de encontrar en su ejemplo la justificación «a las más desvergonzadas elucubraciones, con lo cual la escuela de doña María de Zayas “ha quedado como timbre de cinismo, y aun a veces de obscenidad”».

Dentro del romanticismo, sobresalen las figuras de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado, de las que escribe nuestra autora:

«Las heridas por que gimió Gertrudis fueron hechas a su corazón de enamorada; las que hicieron clamar a Corolina fueron, con frecuencia, sentidas en su corazón de patriota».

El último capítulo del libro lo dedica a dos figuras fundamentales de la literatura española: Fernán Caballero y Emilia Pardo Bazán, «dos de los nombres más esclarecidos de nuestras letras femeninas: aquellos que, junto con el de Teresa de Ávila, constituyen, no solo un valor de producción, sino de irradiación».

Afirma Margarita Nelken que para Cecilia Bölh de Faber, el seudónimo de “Fernán Caballero” solo le pertenecía a su ámbito literario y quedaba, o al menos así lo deseaba ella, fuera de los demás aspectos de su vida, sin embargo, la propia autora declara que “le salía de dentro contar lo que veía”, sobre lo que Nelken se pregunta: «¿lo veía todo? ¿no se interpone acaso, entre la realidad y la visión del escritor, aun del más objetivo, un cristal que aumenta o reduce determinados extremos conforme a una inclinación sentimental existente a priori?». La conclusión que entresaca Margarita Nelken es que la literatura de Fernán Caballero tenía un fin didáctico y moralizador, por lo que su intento de contar lo que veía no supo nunca resistirse a ser, en realidad, contar lo que ella creía que se podía haber dicho, llegando incluso a incluir en sus relatos, largos discursos totalmente extraños a estos. Sin embargo, no se puede entender la literatura costumbrista del siglo XIX sin tener en cuenta La familia de Albareda, novela de la que se “empapó” Washington Irving antes de escribir sus Cuentos de la Alhambra, o La Gaviota, la novela del siglo XIX más leída en el extranjero: «Una vez más el realismo –aun dulcificado por una visión empeñadamente optimista– salvaba, autorizándolo, el vuelo de nuestra imaginación».

Si Fernán Caballero había preparado el terreno, huyendo del subjetivismo, Emilia Pardo Bazán se atreverá a incluir en sus novelas los aires foráneos necesarios para expandirla bajo las banderas del naturalismo y la crítica. Su “choque” con el escritor francés Emile Zola, fue decisivo, porque entonces carecía de una cultura nacional, y cuando quiso ponerse al día, con Pereda y Alarcón, estos le parecieron tímidos. Así, sin proponérselo, sin saberlo, tal vez, convertirá Los Pazos de Ulloa y La madre naturaleza, sus dos obras más importantes, en la manifestación más acabada del naturalismo literario español.

Margarita Nelken falleció en México, en 1968, lejos de su país y tras haber perdido a sus dos hijos, Santiago en 1944, mientras luchaba junto al Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial, y Magda en 1956, víctima de un cáncer. Al final de su conferencia, en la UNED de Calatayud, Pelayo Jardón pronuncia unas palabras, que me parecen un perfecto final para este breve acercamiento a una de las mujeres más interesantes de nuestro pasado reciente:

«A mí me recuerda a Écuba, la heroína de Eurípides, una mujer luchadora, indómita, que en su vejez ha de enfrentarse al exilio, a la tiranía, al ostracismo, a la humillación y a la pérdida de sus hijos».

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía y recursos audiovisuales

Jardón Pardo de Santayana, Pelayo (2017). Margarita Nelken: una artista represaliada (Conferencia). Uned Calatayud.

Mayordomo, Concha. Margarita Nelken, en http://conchamayordomo.com/

Nelken, Margarita (2011). Las escritoras españolas. Madrid: Horas y HORAS, la editorial.


Fotografía de Margarita Nelken: Wikipedia.

jueves, 4 de febrero de 2021

Los hijos muertos

 


En Novela española de nuestro tiempo, Gonzalo Sobejano califica a Los hijos muertos, de Ana María Matute, como “una novela de historia española contemporánea”, pero no tiene una valoración muy positiva de la misma. Dice, por ejemplo, que “estilísticamente, la novela hubiera ganado si la autora hubiese dado un orden más claro en el relato, más seriedad y equilibrio en la dicción y más concreción en el paisaje”. Curiosamente, estas características que el crítico y filólogo tacha de negativas son, a mi juicio, las que impregnan el relato de un aura especial y personal que tiene mucho que ver con la personalidad de la autora, pero también con su estado anímico en el momento de escribirlo. No es Sobejano el único estudioso de la época que ve defectos en el libro. Cojamos un ejemplo ilustrativo del capítulo primero del libro:

«Margarita, su mujer, e Isabel, su hija mayor, leían una carta a su lado. […] Y Verónica, la menor, sentada a sus pies, apoyaba la cabeza en sus rodillas. Él cogió entre sus manos la cabeza de la niña. Verónica tenía poco más de doce años. Alta, de cuerpo elástico y vigoroso con los ojos negros de los Corvo. Gerardo apretó levemente la cabeza entre las palmas. La amaba más porque le enorgullecía. La cabeza de Verónica era de un rubio cegador, bravo. Su orgullo era en aquel momento poderoso y tranquilo como un toro bebiendo al sol. Su orgullo, mirando a los lebreles, oyendo el manar de la fuente, apretando la cabeza de Verónica entre las manos, se volvía natural y terrible, como el río que esconde la tierra en las entrañas.»

Este fragmento lo califica Eugenio García de Nora como una acumulación de imágenes a todas luces innecesaria, claro exponente de una novelística recargada y reiterativa. José Mas y María Teresa Mateu, autores del excelente estudio que acompaña a la edición de Cátedra, tienen una visión más amplia del conjunto y sostienen que “estas metáforas surgen en un momento de plenitud vital, antecedente inmediato del gran desmoronamiento” que se va a producir inmediatamente en el relato, cuando Gerardo Corvo descubra que lo ha perdido todo a causa de la mala gestión de su hermano Elias, en sus negocios en América. Con esta reiteración, lo que intenta la autora es retrasar el desenlace congelando la acción a través de una intensificación del dramatismo de la escena: “la imagen del toro, que conlleva una carga de tranquila seguridad, queda superada por la del río natural y terrible que esconde la tierra en sus entrañas. No se trata ya solo de un esponjado sentimiento de fuerza, sino de una condición taimada y un ansia desbordante de posesión”.

Como los males de España, el origen argumental de la novela se remonta a muchos años atrás. Nada ha cambiado en la historia y nada va a cambiar. Los personajes lo saben y tratan de redimir sus pecados visualizándolos continuamente. Como el sonido del bosque, retornan una y otra vez a sus cabezas, llegando a veces a enquistarse. Por eso el texto está repleto de frases que se repiten, de ideas que giran sobre sí mismas, logrando que, lo que a simple vista parece un defecto sea en realidad el fiel reflejo de la realidad que bulle dentro de la cabeza de una mujer que no pasa precisamente por su mejor momento. Ella misma declara, dentro de la conferencia Vida y mundos de ficción, pronunciada en la Universidad Autónoma de Barcelona, el 24 de octubre de 2011, que tenía muchas esperanzas en este libro. “Todo lo que había leído y vivido sobre la guerra y la posguerra, pensaba que lo tenía que sacar de dentro, pero era muy difícil, por la censura”. Aun sin ella, no era fácil reflejar lo que había visto. La guerra civil le había enseñado su lado más duro, el verdadero rostro de la muerte, cuya primera conciencia real fue la visión de un hombre muerto en un solar, con un trozo de pan y chocolate en la mano. Esa imagen la guardaría siempre en su memoria, como la certificación de que la muerte era mucho más que una palabra: aquel trozo de alimento, que debería haber servido para que el hombre continuara viviendo, ya no le servía para nada. A esta dificultad le tenemos que añadir el momento de penuria económica en que escribe la novela: sola, con un hijo de corta edad, alejada de amigos y familiares y obligada, al salir de casa, a dar un rodeo para no pasar frente a las tiendas de comestibles, donde su marido debe dinero. Se había casado con el presunto escritor, Ramón Eugenio de Goicoechea, que escribir, no escribía, pero sí administraba los derechos de autor de su mujer. Si estaban en Madrid, él se iba a Barcelona, “a buscarse la vida” (o sea, a pedir dinero a los padres de Ana María para invertirlo en rimbombantes tertulias junto a otros “poetas malditos”, como él). Ana María iba todos los días a un bar a escribir y el dueño, “que era muy buena persona", le dijo: "está usted escribiendo un libro –sabía quién era yo, ya era conocida–. Usted viene, come, bebe lo que quiera y ya me lo pagará cuando lo publique. Así lo hice y, por no abusar, me harté de coca cola y de bocadillos, no iba a cargarle la cuenta al pobre hombre..." Y tras un breve silencio, añade: "¡Odio la coca cola!".


Volviendo a la novela, Inmaculada de la Fuente, la califica como “novela esencial de la posguerra, más ambiciosa y dura que Luciérnagas, su novela anterior, reescrita con el título de En esta tierra, a causa de la censura, y publicada finalmente en 1993. Explica también que en ella, “el tiempo se desplaza desde el presente hacia el pasado, ofreciendo al lector todos los antecedentes familiares e históricos de los protagonistas”. Estas continuas analepsis, que la autora diferencia a través de marcas léxicas, sitúan al lector en el mismo plano que el personaje, le hacen sentir lo que él siente, la desilusión, la alegría, la esperanza, el fracaso. Utiliza a lo largo de la novela un estilo indirecto libre en el que se alterna el elemento narrativo con el diálogo o el monólogo interior, y a veces lo convierte en un estilo indirecto personalizado, adaptando el lenguaje, mayoritariamente culto, al nivel del personaje en cuestión. Porque el narrador habla desde los personajes, creando imágenes precisas, no solo de lo que viven, sino de cómo lo viven. En su voz, la narración se convierte en una construcción que, naciendo del presente colectivo, recupera retazos del pasado individual, imprescindibles para dotar de verosimilitud a sus acciones. El capítulo segundo de la primer parte, por ejemplo, narra el retorno de Daniel a La Encrucijada, pero está dividido en cinco partes, en las que cada uno de los personajes que participan en él nos relatan su visión particular: Mónica, Gerardo, Isabel, César y, por último, el propio Daniel, nos ofrecen el relato de su punto de vista personal sobre el mismo suceso. Esta capacidad de introspección del narrador en la intimidad de los personajes actúa como una pantalla multilateral en el lector, gracias a la cual puede alcanzar a verlo todo. Son innovaciones técnicas que hacen de Los hijos muertos, una novela moderna y enriquecen su lectura.

«La madre de La Tanaya ya no era madre, era vejez, muerte, acaracolada en sí misma...»

Los personajes esenciales de Los hijos muertos son dos: Daniel Corvo, condenado a cargar con las culpas de su padre, causante de la ruina familiar y que, tras ser expulsado de la casa, retorna varios años después mortalmente enfermo pero sabedor de que es el único camino posible que le ofrece la vida. Y Miguel, el hijo de un anarquista que se ve abocado a la delincuencia y que tiene que redimir sus culpas en un campo de trabajo donde los condenados participan en la construcción de la presa que anegará el pueblo de Hegroz, y cuyo mayor castigo es tener que aguantar a su guardián, Diego Herrera, un vencedor de la guerra, que sin embargo le arrebató a su hijo, y cree que podrá redimirse ayudando al muchacho. De nuevo, las dos Españas confluyen en un mismo nivel donde nunca hay vencedores, sino seres condenados al fracaso por el simple hecho de haber nacido.

Pero la novela es mucho más. Como apunta de la Fuente, “Los hijos muertos es un compendio de varias de ellas: engarzadas entre sí desencadenan el conflicto, lo multiplican y consiguen un delirante efecto de locura colectiva y de muerte después de la muerte. […] Una historia de hombres sin futuro a la que, sin embargo, parece difícil encontrarle un final”.

Los hijos muertos es un excelente retrato del sufrimiento de los hombres y mujeres de la posguerra, caracterizados en todos y cada uno de los personajes que malviven, como espectros, a través de sus páginas: de hombres derrotados, como Germán Corvo o su hijo César, herederos legítimos de un pasado hecho cenizas, pero que han perdido la capacidad de renacer; o los siempre presentes maestros, Pascual Dominico y el Patinito, tan diferentes entre sí y sin embargo abocados a sucumbir en el mismo precipicio. De mujeres a las que solo les queda seguir viviendo, como Isabel, que se hace cargo de la casa y trata de sacarla adelante entre quejas y misas, ya que los hombres no saben hacerlo; o Verónica, que cree en un nuevo futuro y huye con Daniel sin saber que le espera la muerte en un bombardeo, con un hijo en el vientre; o Mónica, la niña que nació a destiempo y crece sin madre olvidada de todos, haciendo del bosque el refugio que solo querrá compartir con Miguel; o la Tanaya, el último reducto de los aparceros que un día enriquecieron la tierra de La Encrucijada y que en ella permanece, como raíz enquistada; o las mujeres que siguen a los presos, malviviendo entre tablas podridas e inmundicia, como despojos de la nueva sociedad, despreciadas, incluso, por sus iguales en el pueblo. Todos son el reflejo fiel de una realidad olvidada, pero que existió; de una España mísera que Ana María Matute descubrió siendo muy niña, en su pueblo materno, el riojano Mansilla de la Sierra, una España diferente, habitada por niños desarrapados de los que nadie le había hablado y a los que la guerra no les hizo ningún favor; habitada por hombres y mujeres que, a pesar de todo, no declinan pagar su tributo a la naturaleza y se comportan como miembros activos del bosque, su único aliado («Los árboles, que buen ejemplo. Existir igual que un árbol»), a pesar de que saben que hasta eso les van a quitar, porque el pueblo de Hegroz y todo su entorno, como le ocurrió a Mansilla de la Sierra, está condenado a desaparecer bajo las aguas de un pantano.

«Los hijos muertos pesan sobre nosotros, amigo», le dice el guardián Herrera a Daniel; y él que no pudo conocer al suyo, le responde: «Ese hijo no nació. Acaso su muerte la lleve yo como un fuerte dolor de estómago […] Y es más, prefiero que no exista. No hay ninguna razón para que exista».

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía y recursos audiovisuales

Fuente, Inmaculada de la (2018) Mujeres de la posguerra. Madrid: Silex Ediciones.

García de Nora (1962). La novela contemporánea española II. Madrid: Gredos.

Matute, Ana María (1973). Algunos muchachos. Barcelona: Ediciones Destino.

(2014) Luciérnagas. Ediciones Austral.

(2016) Los hijos muertos. Edición y estudio de José Mas y M.ª Teresa Mateu. Madrid: Ediciones Cátedra.

(2017) Los mercaderes (Trilogía: Primera memoria, 1960; Loa soldados lloran de noche, 1964; La trampa, 1969). Prólogo de María Paz Ortuño. Barcelona: Ediciones Austral.

Montejo Gurruchaga, Lucía (2010). Discurso de autora: género y censura en la narrativa española de posguerra. Madrid: UNED.

Radio Televisión Española (2014). Imprescindibles: Ana María Matute. La niña de los cabellos blancos.

Sobejano, Gonzalo (2005). Novela española de nuestro tiempo (En busca del pueblo perdido). Madrid: Marenostrum.

Universidad Autónoma de Barcelona (2011). Conferencia: Vida y mundos de ficción de Ana María Matute. Impartida el 24/10/2011, disponible en:

https://www.youtube.com/watch?v=qsDlwn3G_ps&t=2951s


Imagen Ana María Matute: Wikipedia

jueves, 21 de enero de 2021

Poetas de guardia




Recupero un trabajo que escribí para "La columna de los lunes" de La Página de los Cuentos, en 2006; en él traté de imaginar una conversación-terapia entre dos de los poetas más importantes de la literatura española del siglo XX, Gloria Fuertes y aquel otro poeta que "le pisó su premio, dejándola a ella segundona", Gabriel Celaya. Este pequeño texto es también la reivindicación de una profesión que se inventó Gloria y que hoy tanta falta nos hace, la de "Poeta de Guardia".


Otra noche más ¡qué aburrimiento!...
...y nadie suena o quema o hiela o llama,
en esta noche en la que, como en casi todas,                                                                             
soy poeta de guardia.


Gloria Fuertes.




Imagino a Gloria Fuertes, sentada junto a su mesa camilla, en una noche más en la que dormir es una perdida de tiempo. En una noche en la que, como en casi todas, es poeta de guardia.

Poeta, como médico o farmacia; vigilante del sueño de los otros a jornada completa (aunque por el día le ayuda Coleta que es niña con los niños y también poeta). Escribe a corazón abierto para la humanidad, ”que los poetas que escriben para sí mismos, parecen incompletos”.

Levanta la cabeza, relee lo que ha escrito. Lo ha hecho sin catálogo, sin rima, a lo que sale; con el único propósito de llevar amor, humor y alegría donde hay desamor, apatía o tristeza. Ya no tiene remedio. “Es difícil rectificar en vidrio, acuarela o amor –piensa–, además, la útil expresión es más importante que la inútil perfección”.

“Escribo como escribo,
a veces deliberadamente mal,
para que os llegue bien”

¿Será la hora? Camina por la casa. Se prepara un café que no se toma, se asoma a la ventana. Detrás de cada sombra hay un poema, lo que ocurre es que la gente no habla, ni lee poesía, ni juega con los niños; si lo hiciera, no habría tanta prisa, habría risa en vez de tristeza.

Nadie llama, llamara o llamaría. La portera o un borracho o una señorita o el que hace la guerra por el día:

“Sale caro, señores, ser poeta.
La gente va y se acuesta tan tranquila...”

Oye un ruido: Tal vez sea Coleta que a veces sueña en verso y se despierta:

“Estoy muy cansada,                                                                                                                 no tengo consuelo,
pero si me quedo parada,
me puedo morir helada.
¡Virgen de las Nieves,
quién fuera Hada!”

Gloria entra, arropa a Coleta y le da un beso. Recuerda: “Cuando vino del pueblo, Coleta vestía de paleta, ahora viste como cualquier niña. Tiene los ojos grandes y los pies pequeños y tiene el corazón como un piano...” ¡Hay que niña! Cuando sea mayor trabajará en un circo, con Trompi, el elefante y se traerá del pueblo a su abuela Calixta, que también es muy lista.

Se hace tarde, pronto será mañana. Nadie llama.

“Tengo paciencia, pero no freno.
Mi preocupación por los demás va muy deprisa...”

Por fin suena el teléfono. Gloria se sobresalta, por la espera o por lo inesperado ¿es lo que espera? ¡Anda contesta, Gloria, o se despertará Coleta!

“Diga –dice Gloria– ¡Pues claro, soy poeta! Estoy de guardia ¿Cómo dice? ¿Qué el poeta es usted? ¿Qué quiere recitarme una poesía? Entonces venga. Le espero levantada.

El que ha llamado se llama Gabriel: Gabriel Celaya. Fue el primer poeta que Gloria conoció en persona, no en libro; cuando le pisó aquel premio y ella quedó segundona. “Parecía un príncipe, lo que son las cosas”.



Escribe, como ella, de las cosas que pasan en España. Escribe a cuerpo entero, con la esperanza de construir con su poesía, un futuro mejor:

“Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado                                                                                                      no pueden darlo por bueno...”

Gabriel, poeta del norte, poeta del acero; escribe versos-martillo que golpean el silencio de los que saben callando, de los que callan sabiendo, de los que, a fuerza de golpes, construyen el ruedo ibérico.

Llega vestido con su mono de trabajo y bajo el brazo trae su poesía herramienta:

“Poesía para el pobre,                                                                                                            poesía necesaria como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto...”

“¡Anda, pasa –dice Gloria– y cuéntame lo te pasa!
Entra lamentando que ese pan no le da para comer. Lamenta que, para saciar el hambre, tal vez tenga que vender una parte de su tesoro más querido: Su biblioteca.

Cuando se sientan, lee:

“Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.

Lo que resta de la noche se les va en escribir a cuatro manos, en leer a ocho ojos, en hablar de lo que de eterno tiene la poesía, de los poetas que quedan, de los que se van quedando, de los que harán el futuro y del inmenso trabajo que aún queda por hacer. Sin mirar el reloj, eso sí, que ser poeta de guardia, no tiene horario

(*) Los fragmentos en cursiva pertenecen a textos de Gloria Fuertes y Gabriel Celaya.


Pedro Turrión Ocaña

La Página de los cuentos: https://www.loscuentos.net/cuentos/link/186/186253/

BIBLIOGRAFÍA

Celaya, Gabriel (1975). Cantos Íberos. Madrid: Ediciones Turner.

Fuertes, Gloria (1979). Obras Incompletas. Madrid: Ediciones Cátedra

--- (1981) Historia de Gloria. Madrid: Ediciones Cátedra.

--- (1982). Coleta la poeta. Barcelona: Muñón

Fotografías: 

    Portada de Poetas de guardia: Ediciones Torremozas.

    Retrato Gloria Fuertes por PIFAL (autor: Alberto Espinosa), disponible en Wikipedia

    Foto Gabriel Celaya en su taller (autor: Alberto Schommer, disponible en Wikipedia.

jueves, 7 de enero de 2021

El canto de Sibila

 


El Canto de la Sibila es una representación religiosa de origen pagano que se celebra, en la isla de Mallorca, en la noche de Nochebuena durante la celebración la misa del gallo; en él se anuncia la segunda venida de Jesucristo, como preludio del Juicio Final. Las sibilas son una especie de adivinadoras o profetas que tienen su origen en Asia Menor y que conocemos gracias a las mitologías griega y romana. Durante el siglo V, San Agustín se hace eco del mensaje apocalíptico de una de ellas, la llamada Sibila Eritrea, y decide cristianizar su mensaje, traduciendo al latín el códice griego que cuenta su historia. Su parte final, extraída de su traducción a las lenguas románicas, entre ellas el catalán, entre los siglos XIV y XVI, es la que llega a nuestros días y será declarada por la UNESCO en 2010 Patrimonio de la Humanidad.

Sibila es el nombre de uno de los personajes de Las hogueras, de Concha Alós, novela galardonada con el Premio Planeta en 1964. Puede que la elección del nombre y la localización de la trama, en un pueblecito de la isla de Mallorca, no sean una casualidad.




Aunque en Las hogueras la autora recurre al personaje colectivo, un recurso que será habitual en muchos de sus trabajos, durante la primera parte de la novela serán dos personajes, Sibila y su marido Archivald, los que capten toda la atención del lector. Sibila, que en otro tiempo fue la modelo más cotizada de París, vive ahora una vida terriblemente aburrida junto a su marido, Archivald, que ha buscado un lugar tranquilo para concentrarse en su trabajo, el estudio de las religiones esotéricas, y su convivencia transita en medio de la más terrible incomunicación. Nunca hubo amor entre ellos, solo el dinero del hombre y el efímero encanto que provoca en él la belleza de la mujer, son el frágil cordón que los mantiene unidos. Eso, y la imposibilidad de escape que supone el asfixiante lugar en el que viven, será el detonante negativo de unos acontecimientos que no les llevarán a ninguna parte. Él cae enfermo, lo que hará que se refugie mucho más en sus libros y en la soledad del mar, dejando sola a su mujer en la inmensidad de la torre en la que residen. Ella, por su parte, tratará de combatir su abulia metiéndose en la cama de Daniel “El Monegro”, un jornalero analfabeto al que encandilará con la promesa de un futuro sin privaciones que él, a causa de su pasado mísero y violento, no entenderá en su justa medida.

En el mismo pueblo vive Asunción Molino, la maestra que llegó diez años atrás con la ilusión de cambiarlo todo a través de la educación y el estudio, y que hoy malvive dejando que los críos aprendan la lección a su ritmo y ganándose unas pesetas a deshora, enseñando a leer a los jornaleros analfabetos, que le permiten pagarse una habitación en la “Residencia”, el único hotel del lugar, comandado por Telmo Mandilego. Entre los que aprenden por la noche está también “El Monegro”, que quiere sacarse el carnet de conducir para legalizar el trabajo, también a deshoras, que a veces realiza para Archivald, a raíz de su enfermedad: conducir su coche hasta Palma, para acudir al hospital. Asunción Molino nunca tuvo tiempo para el amor, y cuando al final decide que un sinónimo de este sentimiento puede ser la amistad que mantiene con un antiguo compañero con el que a veces se ve, él escoge a otra mujer para formalizar su futuro.

Hay algo turbio en el ambiente durante toda la novela, como un halo de tristeza que transita a través de sus páginas y que a veces se confunde con la niebla o con el humo del fuego que quema el monte, al final de la novela. El fuego, desde la torre, como un eufemismo, se ve como una infinitud de hogueras que embellecen el horizonte. La belleza y la tragedia se mezclan en medio del vivo color de unas llamas que amenazan con destruirlo todo, como unos meses antes lo hizo otro tipo de fuego, el que provoca la pólvora cuando, sin avisar, siega en un minuto la ya de por sí transida vida de los jornaleros foráneos. Sus mujeres, entonces, quedarán a merced de la isla, y de la caridad de Archivald: su decisión de repartir entre ellas unas míseras migajas de su patrimonio, en vez de resolver su problema, provoca envidias y más desigualdad.

La representación simbólica de la isla en la novela, es la de una cárcel que nos recuerda el aislamiento en el que se encuentra la España rancia de la posguerra, puesta en comparación con una Europa joven y dinámica que ha sabido resurgir de su guerra aferrándose al talento y la modernidad. La misma Europa que supo ver el triunfo de Sibila en el mundo de la moda, en París. No es la primera vez que una escritora de la época sitúa la acción de su relato en la isla de Mallorca, ya lo hizo antes Ana María Matute en Primera memoria. Sin embargo, en la novela de Matute, el aislamiento que supone la isla actúa de manera diferente: pretende ser, por una parte, el refugio que protege (o aísla) a Matia, la joven protagonista, de un tiempo anterior de felicidad, pero peligroso para lo establecido ya que se identifica también con la presencia de su padre, soldado del ejército rojo; y por otro, nos muestra las consecuencias de lo que será la “nueva España” franquista, gobernada por la mano implacable del miedo, donde la valentía y la astucia están condenadas al fracaso. En ambas novelas, la isla representa un espacio cerrado y asfixiante necesario para crear el ambiente de injusticia y opresión que vivirán los personajes.


La escritora valenciana Concha Alós, nacida en 1922, creó, dentro de la corriente del realismo social del medio siglo, un relato testimonial de actitud crítica que, pese a su éxito comercial, no tuvo ninguna relevancia para la crítica especializada de la época. Tuvo que esperar hasta los años ochenta y noventa para que su obra fuera reconocida y valorada, y hoy se la recuerda más por su unión sentimental con el escritor catalán Baltasar Porcel, del que también fue traductora y difusora de su obra en castellano, que por su labor creativa.

Antes de conocer a Porcel, Concha se había casado con el periodista falangista Eliseo Feijóo, y con él se traslada a Palma de Mallorca. Ella, que no quiere quedarse en casa, como pretende su marido, estudia magisterio y llega a ejercer la enseñanza en la isla. En el periódico de su marido conocerá a Porcel, diez años menor que ella; por él abandonará a su marido, juntos marcharán a Barcelona, provocando el consiguiente escándalo en la época. Concha ha sido el único escritor que ha ganado dos veces el Premio Planeta. Además del premio mencionado por Las hogueras, también le sería concedido en 1962 por su novela Los enanos, pero un conflicto con la editorial Plaza y Janés, con la que tenía un preacuerdo de publicación, lo invalidó.

Volviendo a su época de Mallorca y a su reflejo en Las hogueras, podemos imaginar la vida de Concha al lado del hombre importante, cómoda económicamente pero infravalorada en lo personal por el simple hecho de ser mujer. Pero en la realidad a veces ocurre como en las novelas, que la acción principal se bifurca en dos personalidades contradictorias que se complementan entre sí. Concha Alós, como la conjunción de Sibila y Asunción Molino, vive con la contradicción de ser mujer en su época y tener inquietudes. Estudia, enseña, escribe y cree haber alcanzado la libertad cuando lo abandona todo y escapa con su media naranja literaria, pero solo es un espejismo, porque su nueva compañía masculina también será la única que saque verdadero provecho de la unión. La historia, como siempre, acaba de la peor manera posible, en la separación y en el olvido. Un olvido que en su caso será mucho más cruel porque se adueñará de su mente y la encerrará en su cárcel más oscura, la del Alzheimer. Esa fue su apocalipsis particular. En su caso, nada tenía que ver con la llegada del Salvador del mundo que vaticina la profetisa eritrea, sino con la acepción catastrófica definitiva que a todos nos viene a la cabeza cuando escuchamos el término, aunque ella en aquellos años no podía saberlo.

El nombre de Sibila que ella eligió para su protagonista puede que lo concibiera para hacer de ella la mujer oráculo que todo lo ve, en contraposición al hombre profeta que todo lo maneja. Sin embargo, al final del relato la visión de Sibila, que nunca logrará retornar al París de sus sueños, es la fiel premonición del final de Concha: la sombra triste de un personaje que, salvo en contadas celebraciones festivas, nadie recuerda.

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía 

Alós, Concha (1964). Las hogueras. Barcelona: Editorial Planeta.

Conde Peñalosa, Raquel (2004). La novela femenina de posguerra (1940-1960). Madrid: Editorial Pliegos.

Montejo Gurruchaga, Lucía (2010). Discurso de autora: género y censura en la narrativa española de posguerra. Madrid: UNED.

Palacios Jurado, Helena (2017). “La Sibila en la Edad Media”, en Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. X, n.º 18, 2018, pp. 65-97.

Fotografías:

El canto de la Sibila: ucm.es

Concha Alós: El País




jueves, 24 de diciembre de 2020

Chicas raras


Al final de la mesa redonda organizada en 2009 por el Instituto Cervantes, Una mirada del siglo XXI sobre la obra de Ana María Matute, en la que la protagonista compartió charla con las también escritoras, Espido Freire y Juana Salabert, un asistente del público le preguntó a Ana María Matute si creía en la existencia de una literatura femenina, a lo que ella respondió:

«Qué sé yo. A lo mejor. No sé. Desde luego, un hombre y una mujer son diferentes. Ahora, que su literatura sea distinta, no lo sé. Ha habido mujeres que han escrito como hombres, George Eliot, por ejemplo, que parecía un hombre; sin embargo, Proust, lo que escribió, podía haberlo escrito una mujer, por su sensibilidad. Es más de la personalidad de quien escribe. No creo que importe mucho el sexo. Lo que importa es la mentalidad».

Al hilo de la pregunta, Juana Salabert quiso hacer un inciso, preguntándose por qué esa cuestión siempre surge cuando se entrevista a una mujer escritora y nunca cuando es un hombre el escritor, y añad: «Tal vez deberíamos preguntarles si ellos hacen o creen en una literatura masculina».

Yo no creo que exista una diferencia formal clara entre la literatura masculina o femenina; si creo, sin embargo, que hay una clara diferencia conceptual, y radica en su visibilidad: A los ojos de la crítica literaria y del canon oficial, siempre han escrito los hombres, solo tenemos que echar un vistazo a historias literarias, manuales universitarios o antologías. Aunque todos sabemos ya que la realidad es otra, hay que escarbar mucho, y muy profundo, para encontrarlas a ellas, incluso ahora que tanto se habla de paridad y de igualdad.. Lo que sí puede ocurrir es que la escritora, en un tiempo determinado, se vea en la necesidad de adecuar su estilo, incluso su mensaje, al momento en el que escribe, olvidándose de modas y corrientes imperantes, si quiere ver su obra en los estantes. Una de las épocas en que este fenómeno se ha dado con más claridad es en la narrativa femenina de la posguerra española, donde a la invisibilidad natural de la mujer hay que sumar la censura y, sobre todo, la concepción que el régimen franquista tenía de la mujer, a la que consideraba un ser inferior, tanto física como intelectualmente.

Es cierto que las primeras escritoras que se dieron a conocer en este periodo lo hicieron a través de un género eminentemente femenino, clasificado como “subliteratura de masas”: la novela rosa. Las primeras de estas obras ven la luz en los años de la guerra civil, dentro de la zona nacional, e intentan ser una válvula de escape, un trampantojo de la realidad. Muestran un mundo ideal en el que, a través de personajes prototípicos y lugares comunes, casi siempre exóticos, todo acaba bien: no importa lo pobre que sea la joven protagonista, ni los errores que haya cometido en su vida anterior, porque siempre habrá un hombre mayor, rico y poderoso pero de buen corazón, que le ofrecerá una segunda oportunidad y la hará feliz. El éxito rotundo de estas novelas tuvo dos aspectos positivos para las otras escritoras, que son las que nos interesan. Por un lado vieron que, apoyándose en aparentes patrones de género, no les resultaba difícil sacar adelante novelas que nada tenían que ver con este subgénero, aunque algunas fueron un poco más allá y aplicaron estructura y personajes de la novela rosa a obras que escondían mensajes más comprometidos. De alguna manera, las autoras de novela rosa habían conseguido que el trabajo de escritora, más que una profesión, fuese considerado un divertimento sin malicia, desempeñado por niñas bien o por mujeres afines al régimen, y que por eso podía ser aceptado. Lo que no esperaban es que hubiera tantas mujeres con inquietudes literarias, que además escribían bien y ganaban premios, y que no siempre guardaban en su cabeza las ideas esperadas.

El pistoletazo de salida lo dio Carmen Laforet, ganando la primera edición del Premio Nadal, con su novela Nada. Entre 1944 y 1960, seis mujeres se alzaron con este premio: Carmen Laforet (1944), Elena Quiroga (1950), Dolores Medio (1952), Llüisa Forrellad (1953), Carmen Matín Gaite (1957) y Ana María Matute (1959). Esta última ganó también, en ese periodo, el Nacional de Literatura y el Planeta. Había nacido un grupo de escritoras que tenía mucho que decir, aunque la mayoría lo hiciera a su manera, por lo que no se las puede considerar una generación. Por ejemplo, de Ana María Matute, escribe Raquel Conde Peñalosa, que posiblemente está más cerca de Rafael Sánchez Ferlosio que de Mercedes Ballesteros, Dolores Medio o Eulalia Galbarriato. Además de las escritoras citadas, Lucía Montejo Gurruchaga nos proporciona otros nombres, como  Concha Alós, Teresa Barbero, Rosa María Cajal, Concha Castroviejo, Paulina Crusat, Mercedes Formica, Carmen Kurtz, Elena Soriano o Mercedes Salisach.

Buena parte de las novelas de estas mujeres comparten un recurso interesante: la voz narrativa, ya sea en primera o tercera persona, recae en una muchacha en el paso de la adolescencia a la madurez, muchas veces inducida por los acontecimientos. Son chicas que no se conforman con lo que les ofrecen, con lo que acepta sin rechistar una inmensa mayoría de las chicas de su edad, que además no las comprenden; ellas quieren estudiar, sueñan con otro tipo de amor que nada tiene que ver con el matrimonio y envidian la libertad que disfrutan sus compañeros hombres, por eso, para intentar vivir de igual a igual, muchas veces optan por su compañía. El primer ejemplo claro de este tipo de personajes es Andrea, la protagonista de Nada. Cuando Carmen Martín Gaite se fijó precisamente en ella para acuñar el término de “chica rara”, no lo hizo pensando solamente en el personaje de ficción, sino que se vio ella misma siendo el alma de Natalia, protagonista de Entre visillos, y vio también a todas esas otras escritoras que llevaban de la mano a otros tantos personajes disonantes en la concepción de género de la época. A ellas les dedica todo un capítulo de su libro Desde la ventana. Escribe Martín Gaite:

«lo innovador de Nada está en que Carmen Laforet ha delegado en Andrea para que mire y cuente lo que sucede a su alrededor, en que no la ha ideado como protagonista de novela a quien van a sucederle cosas, como sería de esperar, sino que la ha imbuido de las dotes de testigo».

Eso es lo que las hace diferentes: sus personajes son capaces de ver, de pensar sobre lo que ven y de contarlo. Porque son testigos de lo que cuentan, podemos pensar también que sus voces no deben estar muy lejos de las voces de sus creadoras, de esas mujeres que se han dado cuenta de que les han robado sus derechos y que por eso tienen mucho que decir. Como sus protagonistas, ellas se han visto obligadas a vivir en un ambiente hostil, que no han elegido, y que tienen que intentar cambiar o, al menos dejar claro que no están de acuerdo. Sin embargo son una minoría, por eso dice Martín Gaite que Andrea «era una chica “rara” infrecuente», y lo explica de esta manera:

«En una España como la de la primera posguerra, anclada en la tradición y agresivamente suspicaz frente a cualquier “novedad” ideológica que llegara del extranjero, el escepticismo de Andrea y las peculiaridades insólitas de su conducta la convierten en audaz pionera de las corrientes existenciales tan temidas y amordazadas por la censura española, que en general aborrecía de las decepciones».

Y añade que, gracias al ejemplo de Andrea, las nuevas protagonistas de la novela femenina desafinarán, se instalarán en la marginación, pensarán desde ella y serán conscientes de su excepcionalidad, con una mezcla de impotencia y orgullo. Y pone varios ejemplos, todos ellos, dignos de un análisis más detallado y profundo.

Habla de Lena, la protagonista de Nosotros los Rivero, de Dolores Medio, a la que su propio hermano recrimina que viva obsesionada por la idea de que los Rivero son gente rara y que quiera encontrar, en cualquier cosa, un síntoma de ese desquiciamiento. Habla también de Valva, la adolescente creada por Ana María Matute en Los Abel, que procede ya de por sí de una familia rara, con los consiguientes problemas que eso le acarreará frente a la sociedad; aunque no siempre tiene por qué ser así, y recurre para explicarlo a dos de las protagonistas de su novela Entre visillos, Natalia y Elvira, chicas que viven en un entorno familiar que no cuestiona las normas de convivencia impuestas, son ellas las que lo hacen. «Las dos chicas son raras y su comportamiento está presidido por el inconformismo». Carmen Martín Gaite observa otro punto en común en todas estas heroínas “hermanas” de Andrea, la necesidad de romper las ataduras que las impide lanzarse a la calle. Cuando lo logran, no buscan en la calle una aventura apasionante, sino el cobijo que no encuentran en su casa:

«Quieren largarse a la calle, simplemente, para respirar, para tomar distancia con lo de dentro mirándolo bien desde fuera, en una palabra, para dar un quiebro a su punto de vista y ampliarlo».

Desde nuestra perspectiva, ya en la recta final del primer cuarto del siglo XXI, puede que sea interesante contrastar el testimonio que aportan todas estas novelas con la historia oficial de una época que parece que no ha existido, por un lado, porque siempre se ha contado desde el punto de vista de los vencedores y, por otro, porque la transición española se construyó desde el silencio impuesto por el sufrimiento. Por eso es importante indagar entre las páginas que nacieron de la pluma de este grupo de mujeres olvidadas por la historia, condenadas a ese otro exilio no reconocido que fue vivir e intentar trabajar con dignidad en la España de posguerra. Ana María Matute lo explica a la perfección:

«Yo tuve que vivir una adolescencia amarga en una época durísima, pasar lustros y décadas de mi vida en un régimen estúpido y avasallador sin libertades, si miro atrás me doy cuenta de lo que hemos soportado, pero supongo que resistimos porque la vida puede con casi todo, y en el caso de nosotros, los jóvenes, pues nos empujaba la curiosidad, nos ayudaban el entusiasmo y las ganas de hacer cosas, de leer y descubrir en medio de tanta necedad, tanta represión y prohibiciones sin número.

Pero no fueron las de la posguerra las únicas mujeres de la historia reciente de España que sufrieron esta injusta indiferencia hacia la mujer. Unos pocos años antes, en el entorno del grupo del 27, un buen número de mujeres dedicadas en cuerpo y alma a la cultura, tuvo que sufrir un doble exilio, el de tener que abandonar su país a causa su derrota en la guerra civil, y el de la incomprensión de su trabajo, que no fue valorado ni por sus propios compañeros de generación.

Pedro Turrión Ocaña

Bibliografía y recursos audiovisuales

Conde Peñalosa, Raquel (2004). La novela femenina de posguerra (1940-1960). Madrid: Editorial Pliegos.

Martín Gaite, Carmen (1987). “La chica rara”, capítulo 4 del volumen Desde mi ventana. Madrid: Espasa Calpe.

Montejo Gurruchaga, Lucía (2010). Discurso de autora: género y censura en la narrativa española de posguerra. Madrid: UNED.

Salabert, Juana (2016). “Ana María Matute a este lado del paraíso, en Campo de Agramante: revista de literatura, núm. 22. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Fuente foto Martín Gaite: Wikipedia https://cutt.ly/fh8TQUJ





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