En la reseña de Mujeres de hojalata, de Eloísa Martinez Santos, escribí que no esperaba encontrar, en una primera novela, una historia tan completa y tan bien escrita; después, en Dos barcas sobre la arena, la duda que se me planteó era otra: si aquella primera novela había sido una casualidad o estábamos ante una escritora con algo más que contar. Entonces escribí que esa segunda publicación era, cuando menos, una dignísima heredera de la anterior. Hoy, después de leer Vuelve, hijo, vuelve, creo que ya puedo decirlo: Eloísa Martínez Santos sí tenía algo más que contar. La gran diferencia con las anteriores es que esta vez no ha necesitado inventarlo.
Si en Mujeres de hojalata la autora construía una historia alrededor de la memoria familiar, y en Dos barcas sobre la arena conseguía que el pasado y el presente se buscaran a través de personajes, pinturas y casualidades, en este tercer relato desaparece el artificio literario para dar paso a algo mucho más difícil de convertir en literatura, aunque a simple vista nos pueda parecer lo contrario: la propia vida.
Vuelve, hijo, vuelve comienza con un accidente. El 1 de enero de 1999, Alfredo, el hijo mayor de Eloísa, sufre un gravísimo accidente de moto. Después llega el coma, la UCI, la incertidumbre y ese tiempo extraño en el que los minutos dejan de ser minutos y cada pequeño gesto puede convertirse en una noticia capaz de cambiarlo todo.
Hasta aquí podríamos pensar que estamos ante la historia de una tragedia, pero no es así, o, al menos, no solamente. Porque de lo que verdaderamente habla este libro es de la espera, y de cómo esperar puede ser mucho más doloroso que saber.
Cuando sabemos, incluso cuando lo que sabemos nos duele, existe una certeza. Cuando esperamos, en cambio, todas las posibilidades permanecen abiertas. La esperanza y el miedo conviven en el mismo espacio. Eloísa Martínez escribe desde ese lugar, el de una madre que no puede hacer aquello que más desea: cambiarse por su hijo.
Solo puede esperar y estar, querer y estar, hablarle y estar, y volver una y otra vez a esa misma petición que, desde el título, nos acompaña durante todo el relato: vuelve, hijo, vuelve.
He pensado mucho en los títulos de las novelas anteriores de Eloísa. Mujeres de hojalata habla de unas mujeres que, aparentemente frágiles, aprenden a resistir con la fuerza del metal, pero también con su maleabilidad; Dos barcas sobre la arena habla de dos personas que han pasado media vida buscándose sin saber que, de alguna manera, siempre han estado ancladas en el mismo suelo. Ahora tenemos un verbo: Vuelve, y ese verbo lo contiene todo.
Pero volver no significa solamente despertar de un coma. Volver es también regresar a los tuyos, ser capaz de recuperar lo que eras, aprender de nuevo aquello que dabas por hecho. Y en el otro lado, para quienes esperan, significa volver a vivir después de haber estado demasiado tiempo instalados en el miedo.
Quizá por eso no me parece adecuado hablar simplemente de un libro sobre un accidente. El accidente es solo el principio, pero la verdadera historia está en lo que viene después.
Y aquí es donde encuentro una de las conexiones más interesantes con la obra anterior de Eloísa Martínez Santos. Sus personajes siempre parecen estar buscando algo que han perdido o creen haber perdido. Carmen busca entender a las mujeres de las que procede y aprende a entenderse a sí misma. Miquela y Rafael buscan recuperar un tiempo que la vida les ha robado y descubren que siempre ha estado ahí. Ahora una madre busca recuperar a su hijo. Los tres relatos comparten la necesidad de encontrar respuestas. La gran diferencia es que en Vuelve, hijo vuelve, el objetivo se amplía por la necesidad de encontrar la manera de seguir viviendo después de haber descubierto que todo aquello que considerábamos seguro puede volatilizarse en un segundo.
En las novelas anteriores, Eloísa utilizaba personajes, tramas y recursos narrativos para cuestionarnos. En Dos barcas sobre la arena, por ejemplo, terminábamos enfrentándonos a aquella pregunta que Miquela le hace a Rafael: «¿Crees que la vida se repite hasta que aprendemos?» En Vuelve, hijo, vuelve la pregunta es radicalmente distinta porque, aunque también nace detrás de cada espera, detrás de cada recuerdo, siempre viene acompañada por la incertidumbre y el dolor. Una pregunta que podríamos formular con estas palabras: ¿Qué hacemos con nuestra vida cuando descubrimos que podemos perderla? O algo todavía más incómodo: ¿Qué hacemos cuando la vida de quien queremos depende de lo que está completamente fuera de nuestro control? La respuesta no es sencilla y Eloísa tampoco parece buscarla.
Eloísa recuerda, cuenta lo que recuerda, y en esa traslación a la palabra, y en su intento de ordenar el dolor, consigue algo que, a mi entender, es extremadamente difícil: transformar una experiencia íntima en una historia que puede, que debe ser compartida, porque ya no es solamente la historia de Alfredo, es también la historia de toda una familia y, desde ahí, la historia de todas esas familias que, tras la enfermedad o el accidente, quedan atrapadas en una vida paralela que se organiza alrededor de horarios de hospital, de partes médicos, de llamadas a horas intempestivas, de esperas y de silencios. Una vida en la que una pequeña mejoría puede convertirse en una fiesta, de la misma manera que una mala noticia puede detener el tiempo.
Aunque el origen de este libro sea tan particular, hay algo en él que permite reconocernos, porque, aunque habla del miedo, sobre todo habla del amor, de esa clase de amor que no sirve para evitar el sufrimiento, pero que consigue que sigamos allí cuando llega.
Y también habla de la resistencia, pero no de esa resistencia heroica que nos gusta encontrar en las historias de superación, sino de una más sencilla y probablemente más difícil: la que te hace levantarte cada día y te empuja a continuar, hasta que, poco a poco, la vida vuelve a parecerse a la vida.
Quizá por eso me gusta pensar que Vuelve, hijo, vuelve cierra un círculo en la trayectoria literaria de Eloísa Martínez Santos. Un círculo en el que no hay un principio claro o un final, un círculo en el que la fuerza nace de la aparente debilidad, donde entendemos que regresar no significa siempre volver a un lugar, a un tiempo, sino aprender que, a pesar de todo, y sobre todo, somos vida.
Eloísa Martínez Santos. Vuelve, hijo, vuelve. Avant Editorial, 2026.
