sábado, 16 de marzo de 2024

Hacia la distancia calma. Esther Ginés (Reseña)

 


Centrado en su vocación de arquitecto y en finalizar una tesis sobre la obra de Gaudí, Martín estalla cuando su hermano gemelo se suicida. A pesar de la sensación de vacío, del dolor y de la incomprensión, decide rebuscar entre las coas de su hermano y encuentra un cuaderno lleno de anotaciones y demasiados interrogantes […] Guiado por el libro de cabecera de su hermano, El Extranjero, de Camus, y convertido casi en un detective, Martín emprende un viaje interior para tratar de entender más sobre los últimos meses de la vida de su gemelo. Durante el camino descubrirá que tal vez no era la persona que él creía conocer.

Uno de los muchos milagros de la literatura es la certeza de que los libros pueden conversar entre sí, a pesar de sus diferentes géneros o precisamente por esa diversidad tan dada a la comparación y a la competencia. El título de la novela de Esther Ginés, Hacia la distancia calma, es también un verso del poema “Gloria”, de Pilar Adón, incluido en su excelente poemario Da dolor (La Bella Varsovia, 2020): Tres. Todo bien. / Hacia la distancia calma; aunque aquí sean dos, o hayan sido dos, y nada esté bien.

Hacia la distancia calma se abre con la premisa de la traumática separación de dos hermanos gemelos idénticos, Matías y Martín, causada por el suicidio del primero. A partir de ese suceso, Martín, a pesar de los peligros que supone hurgar en una herida tan profunda, tan reciente y tan cercana, se sumerge en una investigación con la única intención de intentar comprender el porqué de la decisión extrema de su hermano, y que le llevará a cambiar su manera de entender la vida de una forma radical.

Como suele suceder, casi nada es lo que parece, incluso para Martín que, a pesar de esa unión que creía inquebrantable, se da cuenta de que Matías en realidad es para él un auténtico desconocido, aunque sea difícil de entender.

«A los treinta años. Con solo treinta años, la vida por delante. Cómo evitas pensar en el posible dolor físico. Era incapaz de detener el pensamiento circular de mi cabeza, por mucho que lo intentase».

A partir de ahí se suceden las preguntas. ¿Cuándo empezó a cambiar su relación? ¿Cuánto de culpa tiene el resto de la familia? ¿Hay alguien más detrás de la muerte de Matías? 

El hallazgo de una agenda con algunas anotaciones y la relectura del libro de cabecera de Matías, El extranjero, de Albert Camus, hará que Martín descubra nuevos cabos que le pueden ayudar a entender: un personaje femenino identificado como M., un bello edificio decimonónico medio abandonado en el centro de Madrid con una interesante historia detrás y, como un viejo fantasma que se hubiera instalado en el hueco que ha dejado el hermano muerto, Meursault, el protagonista de la novela de Camus.

Hay una parte del camino terrible hacia la muerte que iguala al suicida con el reo: la que va desde la consciencia de lo inevitable a la consumación; un espacio en el que la simple visión del cielo azul se convierte en un peso inaguantable cuyo único punto de apoyo es la cabeza de quien está predestinado a morir. Nadie que no haya soportado, en algún momento de su vida, ese peso, como les ocurre a Matías y a su alter ego, Meursault, puede apropiarse del enjuiciamiento y dictar sentencia. Sin embargo, lo más terrible de todo es esa última duda que surge en quien va a morir, la de no saber si ha existido alguien que ha conseguido ir más allá del procedimiento, si, como dice Meursault, «el azar y la suerte habían cambiado algo una única vez. ¡Una única vez!». Lo que el condenado pone a continuación en condicional, como un deseo, es lo que al final termina ocurriendo, que es el corazón el que se ve obligado a poner el resto. Martín duda y es su corazón quien al fin decide que es él quien tiene que intentarlo.

«[...]llega un momento en la vida en el que todos somos extranjeros de nosotros mismos».

Más que una novela de investigación al uso, Hacia la distancia calma es una novela de indagación interior a partir de esos sucesos que nos abofetean y nos abren en canal, en este caso, llevados al extremo. Una novela de tejer y destejer, como Penélope, hasta que el dolor del alma se funde con el dolor físico. Pero también es una bellísima historia de amor que se expande hacia todos los rincones en los que el sentimiento se hace visible, convirtiéndose en lo único que puede compactar la grieta que creíamos imposible de cerrar.

Son muchos años los que invierte Esther Ginés en conseguir que la novela madure y que al final eclosione, de una manera tan espectacular que te atrapa y no te deja parar de leer, aunque hay que decir que la lectura  que tenemos en nuestras manos no es la primera  de esta historia que ve la luz.

El hecho de que la novela tenga una versión anterior me hace pensar que Esther Ginés, más que una reescritura, ha hecho una nueva traducción a un idioma que se aprende con los años y que, estoy seguro, a pesar de no haber leído el primer texto, que la ha enriquecido en todos los aspectos.

Aunque, a decir verdad, quien juzgará realmente el resultado son los personajes, en la manera en que sean capaces de entregarse al lector y hacerle sentir que, aunque no se de cuenta, el estado natural del ser humano, durante gran parte de su vida, es tenderse en pie sobre un árbol curvo que acoge grajos y convertirse, cuando ya todo es lodo, en una dama astilla para la que todo son preguntas.1

Esther Ginés. Hacia la distancia calma. Tres Hermanas, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

1Pilar Adón. Da dolor. (Poemario reseñado en este mismo blog)

jueves, 7 de marzo de 2024

Esclavos de nuestros silencios. María J. Mena (Reseña)

 


¿Es la vida un espacio inamovible? ¿Se puede revertir el pasado? ¿Qué tiene más peso en nuestras breves existencias: lo que hemos dicho o lo que hemos sepultado sin atrevernos a expresarlo? ¿Somos, en verdad, dueños de nuestros silencios?

Con esta nueva obra, atrevida, cercana y actual, María J. Mena regresa a la poesía para invitarnos a responder a estos interrogantes y a reflexionar sobre el poder de las convicciones, las apariencias y lo que se oculta tras las palabras que una vez salieron de nuestra boca o que tal vez aún aguardan el momento de ser pronunciadas.

La poesía es el género literario más personal, por esta razón, cualquier análisis realizado desde los ojos del lector es subjetivo. Pero, subjetivo ¿con respecto a qué? ¿Al pensamiento del autor? ¿Al pensamiento de cualquier otro lector? ¿Deberíamos cambiar la palabra pensamiento por sentimiento? A la vez, como cualquier otro género, la poesía es creación y, como tal, el poeta es libre de jugar con la construcción de las palabras y narrar con sus poemas una historia. 

Poesía, sentimiento y narración: interesante amalgama para iniciar la lectura de un libro que, además, ya desde el título, apela al silencio, pero a un silencio en plural y asociativo: nuestros silencios, propiedad de quien escribe y de quien se dispone a leer. No puede haber nada más personal que una poesía que, antes de leerla, ya sabemos que habla de nosotros.

¿Será solo un ardid?

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos transporta al reencuentro de dos personas que se amaron, y lo hace a través de la visión personal de cada actor, a partir de dos reflexiones enfrentadas –no sé si confrontadas‒ que, desde la evocación del pasado, intentan mirar a un futuro posible y que, como todo, tiene diferentes posibilidades: “Plaza tomada”, la de ella; “El lugar incierto de la duda”, la de él; y tres epílogos que cierran cada una, tres finales que le ofrecen al lector la posibilidad de elegir, de ser parte de la historia.

Empezamos bien.

Ella se fija en la mano fuerte que aprieta la suya, mientras él observa los pies de ella, pequeños pero firmes, el sustento del armazón de su cuerpo. Son dos voces que caminan con pasos acompasados y callan a un tiempo, pero que no dejan de sonar internamente, aunque desde distinto lugar :

«Me gustaría decírtelo, pero en lugar de ello, / permanezco en silencio»

«No quiero que te vayas, pienso / no quiero que lo hagas, / pero no te lo digo»

Una primera idea: El pensamiento monocorde que utilizamos de continuo abarca el universo y, sin embargo, la mayor parte de las veces queda atrapado en el silencio. Somos esclavos de nuestro silencio.

¿Existe una única razón?

La poesía es reflexión, intromisión, una conversación individual que tiene más de diálogo que de monólogo; una conversación que intenta combatir esos silencios que nos atan las manos, que no nos dejan ver que, lo que denominamos futuro, no es más que una reminiscencia del pasado, la misma que nos permite reconocernos en el presente, tomar decisiones nuevas, querer recuperar lo que quisimos o, al menos, intentarlo.

«Somos reos, / presos de pasos, prisas y prosas»

De todo lo que atesoramos en la vida, ¿qué nos pertenece de verdad?

Llega un momento en el que la necesidad nos devuelve a lo que quisimos ser, a pesar de nuestros padres, y a lo que nos gustaría, a pesar de nuestros hijos; siempre un segundo plato, aunque se nos antoje el más exquisito.

Es ella la que lo busca a él. Imagina su encuentro como una vuelta a la poesía, a pesar de saber que él no es, ni será nunca, poesía, dentro de una sencilla historia de amor en la que las lenguas olvidan su principal razón de ser, que es la de modelar las palabras, y se dedican a fundirse con un ritmo irrefrenable y frenético que arrincona preguntas y respuestas. Mientras, él justifica su viaje al norte. Ir al norte es no desnortarse, es hacer lo correcto, ser alguien en la vida. Él, que nunca escatima las palabras, aunque sean falsas, ruido para demostrar que existes. La palabra, así, no es más que otro silencio.

El norte como metáfora de triunfo, en contraposición a habitar permanentemente en la poesía. Sin embargo, este norte no es sinónimo de fortaleza, sino de malabarismo. El silencio de él es mentiroso, por eso se ancla en los pies de ella a través de los ojos.

«Hay tantas cosas que no sé de ti / cuando antes lo sabía todo»

Sabe que ella no es una de sus mentiras, y no quiere que lo sea, aunque también es consciente de que puede que no haya vuelta atrás.

«Hay que regresar, / tenemos que continuar con nuestra existencia corriente. / Seguir viviendo deprisa, / seguir siendo útiles / hasta nuestra obsolescencia no programada»

Imagino la poesía a través de los ojos virtuales de un dron que sobrevuela una calle desierta de Madrid, por la que pasean, cogidos de la mano, dos pasados que creyeron ser uno y no lo fueron; que podrían volver a ser uno y tal vez lo sean o tal vez no, donde puede más el tacto que el sonido, el sabor que la palabra. Hay quien a eso lo denomina amor, y puede que no sea más que eso, o puede que solo estemos viendo a dos actores que hacen mutis por el foro en el montaje de nuestro  drama cotidiano personal.

En Esclavos de nuestros silencios, María Jesús Mena nos regala una historia universal, en forma de poemario narrativo de versificación libre, que nos atraviesa de parte a parte, porque nace de lo más íntimo del ser. Ese es, al fin y al cabo, el propósito de la poesía, entender que es el lector quien tiene que hacer el esfuerzo de reconocerse en ella, rellenando los huecos que deja el silencio.

¿Realidad? ¿Ficción?

A veces la realidad se oculta en esa historia que imaginamos una tarde, asomados por casualidad a la ventana del salón, en dos figuras que caminan cogidas de la mano, varios pisos más abajo. O tal vez no.

María J. Mena. Esclavos de nuestros silencios. Impronta, 2024.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 15 de febrero de 2024

Es tan fuerte la noticia, María Castro Hernández (Reseña)

 


El 6 de noviembre de 1936, Madrid es una ciudad rodeada por las fuerzas rebeldes. Esa madrugada, mientras el gobierno de la República se prepara para huir a Valencia, varios hombres llegan a la cárcel Modelo. Con el «eufemismo» de trasladar al preso Luis Calamilta Ruy-Wamba, director del diario Heraldo de Zamora, a la cárcel de Chinchilla, lo sacan de la prisión y momentos después lo ejecutan en el muro de ladrillo exterior que rodea el edificio. Tres años y medio después, el 9 de agosto de 1940, Vicente Rueda, de 28 años, muere fusilado en la tapia del cementerio de La Almudena en Madrid acusado de aquel crimen tras ser sometido a un juicio sumarísimo de urgencia, juicios sin garantías procesales de ningún tipo. […] Es tan fuerte la noticia, se despide Vicente en su última carta, que no sé cómo decírselo a mi madre.

En la librería Rafael Alberti, de Madrid, Cristina Pineda, editora de Tres hermanas, afirmó que la presentación de Es tan fuerte la noticia era muy especial para ella por el compromiso de la editorial con la honestidad y la verdad. Honestidad y verdad. ¡Qué difícil es escuchar estas palabras en estos días que se caracterizan más por el término elegido por la Fundéu como palabra de 2023: Polarización. Y hay otra palabra, que también pronuncia Cristina que, tras leer detenidamente este excepcional libro-documento, comparto totalmente: rigor.

Al escribir esta novela documental, María Castro Hernández podría haberse quedado en la historia. En una historia. Sin embargo, lo que marca la diferencia con otros relatos de esta índole es que María nos explica, con pelos y señales, como si de una segunda línea argumental se tratara, todo el proceso de investigación y las dificultades para llevarla a buen puerto. Subrayo dificultades. De esta manera nos permite descubrir que la Historia, con mayúscula, siempre tiene matices que no nos permiten ver la totalidad, porque siempre resulta más fácil mantenerlos ocultos. No sé si fácil es la palabra precisa, en este caso.

Pues bien, con todos estos ingredientes, una historia mínima que, en condiciones normales, solo le interesaría al entorno de los protagonistas del relato, en manos de María Castro Hernández se convierte en una Historia universal.

Aunque el propósito original del libro es esclarecer lo que ocurrió con Vicente Rueda, hay otro muerto en la historia, y es del bando contrario. Lo que me sorprende gratamente, por lo inhabitual, es que Castro trata a los dos personajes con el mismo respeto. Hay un diálogo muy interesante, que mantiene la autora con Eduardo Martín, del Foro por la memoria de Zamora , en el que termina diciendo: «Pero lo que sí es verdad es que a Calamita lo asesinaron, y alguien tuvo que hacerlo». De hecho, el cadáver que nunca apareció fue el de Luis Calamita.

En un capítulo del libro, María Castro menciona un artículo de Juan Manuel de Prada, publicado en 2007, en el que trata a Vicente, entre otras cosas, de “desecho humano”, y le acusa, no solo de ser el verdugo en la ejecución de Calamita, sino también de vengar, con su muerte, una supuesta competencia en el negocio de la imprenta y una venganza amorosa a favor del ministro de Gobernación republicano, Ángel Galarza. Desconocemos cuáles fueron las fuentes de las que se sirvió el escritor zamorano para expresarse con tanta seguridad sobre esas acusaciones, sí conocemos, en cambio, el fruto de cuatro años de trabajo de Castro, al respecto, plasmado en el libro, no solo con explicaciones detalladas, sino también, con multitud de documento e imágenes.

Leemos, por ejemplo, en una parte del libro:

«Y aquí surgieron nuevas dudas. Pues siempre habíamos dado por hecho, tanto Eduardo como José Carlos y yo, que aquel Gonzalo Rueda del Socorro Rojo era Gonzalo Rueda Fernández, el primogénito de los Rueda. Sin embargo, en las cartas que me facilitó su hijo, posteriores a la guerra, Gonzalo R. F. se describe a sí mismo como “antipolítico”, un dato sorprendente que analicé en varias conversaciones con José Carlos y que nos hizo pensar que quizá el secretario del Socorro Rojo pudiera ser, después de todo, el patriarca de la familia, Gonzalo Rueda Iglesias. Al faltar el segundo apellido, no encontré la manera de verificarlo».

¿Cómo se puede frivolizar de esta manera cuando, a pesar del exhaustivo trabajo de documentación, que se refleja en el libro, la falta de un mínimo dato puede dar al traste con lo que, a todas luces, sería una evidencia? Cierto es, y se dice en el libro, que Vicente Rueda firma el recibo de salida de la prisión, de Luis Calamita, fácil es culparle de su muerte.

Gracias a la Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH), María Castro se pone en contacto con un familiar de Luis Calamita, que se emociona cuando le cuenta la historia de Vicente Rueda. Dice textualmente:

«Se conmovió también con lo ocurrido con la familia Rueda, lo que me hizo pensar que había encontrado, tanto en los descendientes de Vicente como en los de Luis una disposición y un estado de ánimo más conciliador que en aquel artículo de De Prada».

«Hay algo de búsqueda de nosotros mismos en estas historias», afirma María Castro, en otro lugar. Tal vez sea por esa necesidad que tenemos de comprender, tras tanta manipulación avalada por la rapidez y la profusión de medios, que en nada ayudan a la reflexión. A esto hay que añadir algo que ha sido común en muchas de las personas que sufrieron la guerra civil y la posguerra, y que ha dificultado enormemente poder conocer, de primera mano, todo lo que ocurrió de verdad, sin pasar por la pátina de la versión interesada salida de la brocha del poder de turno; me refiero al silencio autoimpuesto como manera de no causar daño. Silencio que, ante cualquier búsqueda de información, dejaba a los descendientes con una única respuesta posible: de ese tema «no se hablaba en casa».

Silencio y manipulación que nos han dejado como herencia un sinfín de preguntas que se quedarán sin respuesta. La desaparición de todos los testigos directos y de los descendientes que convivieron con ellos, nos pone de nuevo ante la tesitura de hablar de oídas o de guardar silencio. O, como ha hecho María Castro Hernández, investigar a pesar de las dificultades, para raspar, en la medida de lo posible, la mayor cantidad  de ese  velo de engaño y frustración.

Quiero finalizar subrayando una palabra más: humanidad, la tremenda humanidad que destila la novela. El mejor ejemplo lo tenemos en la imagen de transformación espiritual que se vislumbra en un Vicente que, a pesar de declararse comunista, muestra en sus últimos momentos una gran espiritualidad; y, sobre todo, en las cartas de su hermano Gonzalo, preso también y condenado, a su novia, Tránsito, a pesar del sufrimiento que los rodea, y de ser, desde el principio de su relación, por su distinto origen ideológico, una pareja abocada al fracaso.

«Cuando salga, te llamaré a conferencia para hablarte a ti por primera vez después de este cautiverio que a más de haber sido largo nos ha quitado una parte de lo mejor de nuestra juventud, pero ya pasó. / Bueno nada más, hasta pronto. / Tú siempre que te abraza y te quiere, te ama, te adora, te come y te pisotea (¡Eh, Rueda, un poco de cuidado) es verdad, le diré……. un…..beso que dure 5 horas y 26 minutos 37 segundos y 2 décimas ¡Dispénsame de todo! Tu, tururu tu tu / Gonzalo».

María Castro Hernández. Es tan fuerte la noticia. Tres Hermanas, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 1 de febrero de 2024

Matrioskas. Marta Carnicero Hernanz (Reseña)

 



Hanna vive un doble exilio: uno estrictamente geográfico, lejos de la tierra que la vio nacer y que debió abandonar, y otro íntimo, que la mantiene apartada del mundo que la rodea por miedo a que la lastimen. A dos mil Kilómetros de distancia, en un entorno privilegiado, Sara, que acaba de cumplir dieciocho años, está ansiosa por ser libre. Enfrentadas a una realidad incómoda, fruto de decisiones del pasado que aún reverberan en el presente, ambas harán descubrimientos tan amargos como sorprendentes mientras acortan la distancia que las separa.

En las últimas páginas de El cielo según Google, primera novela de Marta Carnicero Hernanz, leemos:

«El mundo está lleno de conflictos que en realidad se llaman guerras, y los informativos solo hablan de ellos cuando son nuevos».

Aunque en la novela el significado que la autora le da al término guerra es mucho más amplio, la frase nos puede servir para adentrarnos en su tercera novela, Matrioskas, porque la idea central de esta novela, así, sin paliativos, podría ser perfectamente la mujer como arma de guerra.

La novela podría referirse a cualquier guerra, sin embargo, Marta Carnicero se centra en los sucesos de una guerra concreta, aunque no la nombra, pero sí menciona un lugar que nos suena vagamente por haberlo oído de soslayo en las noticias. Siempre me he preguntado por qué se ha hablado tan poco de una de las guerras más crueles, exterminadoras y genocidas, de la historia reciente de Europa: la denominada guerra de los Balcanes.

El gran acierto de la novela no es solo lo que cuenta, que ya es duro, sino cómo lo cuenta. Hace lo que no puede hacer ningún historiador, meterse en la piel de las protagonistas y dejar que nos hablen con su propio lenguaje. Vemos con sus ojos, pero no nos recreamos en la visión de un suceso cruento, aunque sí sentimos su dolor. Últimamente, siempre repito una frase que oí a Juan Gabriel Vasquez, citando al poeta romántico alemán, Novalis, que dice que las novelas sirven para completar las carencias de la historia. Humanizar dichas carencias, viéndolas desde el lado más  sensible  de unos personajes salidos de los "extras" de la historia, puede lograr algo aún más importante que dar visibilidad a un suceso: ayudar a reparar el daño que dicho suceso pudo causar en personas reales, siempre invisibles para el gran público, el mismo que escuchó la noticia en la televisión mientras se servía el postre de la cena o ahora reserva un fin de semana de relax en un balneario paradisíaco rehabilitado, a poco más de cien kilómetros de Sarajevo.

Al principio, nos cuesta entender lo que estamos leyendo, pero me da la impresión de que esto es un efecto premeditado, que sufren también los personajes. En este sentido, es muy importante el papel que Carnicero asigna a cada una de las dos voces narrativas de la novela y a su diferente manera de narrar.

Por un lado, Hanna nos habla en segunda persona, a modo de voz interior en debate constante consigo misma, y sus capítulos tienen un nombre concreto que nos predispone ante lo que vamos a leer. Sara, sin embargo, nos habla desde una primera persona directa e incisiva, a través de unos capítulos marcados con números. Estos recursos, tan sencillos a simple vista, logran que el lector sea capaz de identificar con claridad cada una de las voces, al tiempo que siente en sus carnes el desasosiego particular de los personajes. Un desasosiego que a veces se convierte en una bofetada:

«No sois como ellos porque os falte fuerza física: ellos están fabricados de otra pasta. ¿Quién empieza las guerras, quién compromete a países enteros? ¿Quién las busca, quien se lanza? Al final sois las mujeres las receptoras de toda esa rabia. Os consideran propiedad de vuestros maridos y utilizan vuestros cuerpos para herirlos. No sois más que un medio: más económico que munición, menos expuesto que la trinchera, más humillante. Placentero ‒por incomprensible que pueda parecerte‒ fácil de usar e infalible para aliviar la tensión de la tropa. Los hombres y los niños, en su mayoría, se librarán del suplicio en nombre de una hombría que ningún soldado se atreverá a comprometer, la misma que excita el deseo en plena barbarie. ¿De qué clase de cerebro puede surgir tal plan? En unos años, cuando alguien te lo niegue, te detendrás a calcular porcentajes: cincuenta mil mujeres son muchas a violar».

La mujer como objeto y objetivo: engendra hijos condenados a ser estirpe del vencedor y sangre del vencido. Cincuenta mil violaciones, que sabemos que no son únicas, que se han repetido y se repiten una y otra vez en cada guerra. Al final, cuando el resultado de la violación ya no tiene remedio: ¿Qué puede más, el amor maternal o el odio al genocida? ¿Seríamos capaces de ponernos en su lugar?

Asistimos a un suceso, terrible en sí mismo, a través de dos intereses diferentes, cada uno con sus razones y su evolución personal, pero que siempre termina afectando a quien le ha tocado estar en medio. Toda la historia de la novela gira alrededor de una violación concreta, desde el punto de vista de quien la sufrió, pero también, y ahí está el gran acierto que equilibra la trama, desde los ojos del fruto de esa violación.

Me parece muy acertada la elección del título de la novela. El concepto matrioskas, a pesar de que puede tener diferentes lecturas, yo lo he querido ver como conflicto que genera o que esconde‒ otros conflictos.

La verdad de Hanna con su culpa permanente a cuestas: intenta protegerse manteniendo oculta una muñeca que, aunque siempre es la última en aparecer, nunca deja de estar ahí. 

La necesidad de Bet de ser madre y de seguir siéndolo a pesar de todo: la última muñeca, siempre visible.

Y entre las dos, Sara.

«Me siento huérfana, y dos veces. De la madre que me negó y de la que niego».

Matrioskas es una novela dura pero necesaria, que induce continuamente a la reflexión. Mientras leía, yo me preguntaba, por ejemplo:

¿Es lícito actuar por cuenta propia si las autoridades no lo hacen?

Si se decide contar la historia, ¿hay que hacerlo con la verdad absoluta o depende de los intereses del medio?

¿Existe la verdad absoluta?

Marta Carnicero Hernanz. Matrioskas. Acantilado, 2023.

Pedro Turrión Ocaña




jueves, 18 de enero de 2024

Maddi y las fronteras, Edurne Portela (Reseña)

 


Así se escribe Maddi y las fronteras, una novela sobre una mujer que no se ajustó a las convenciones de su época, que cruzó todas las líneas rojas, una mujer que hizo lo que nadie esperaba de ella”.

Han pasado varios meses desde que leí por primera vez Maddi y las fronteras, y asistí a la conversación que Edurne Portela mantuvo con la periodista de Radio Televisión Española, Susana Santaolalla, en la librería Rafael Alberti, de Madrid; en estos meses, he recomendado su lectura en repetidas ocasiones, he mantenido animadas conversaciones sobre la novela, sin embargo, por alguna razón que desconozco, he postergado la escritura de esta reseña. Por lo general, una nueva lectura te acerca al texto de una manera diferente: lejos de la expectativa del qué ocurre, supongo que la mente se preocupa de otros aspectos que no caben en la novedad. En esta segunda lectura, me gustaría saber reconocer a esa Maddi que Edurne Portela ha sido capaz de convertir en un espíritu vivo, materializándolo en sí misma.

«¿Cómo vas a contar mi historia? ¿Cuánto vas a fantasear para darle un sentido? ¿Vas a entender mis motivos? ¿Vas a convertirme en heroína? ¿En víctima? De ti depende cómo me recuerden quienes te lean. Serás responsable de la memoria que quede de mí en aquellos que abran estas páginas. No inventes demasiado. No imagines demasiado.

Demasiado nunca será suficiente.»

Soy consciente de que ponerse en la piel de Maddi no es nada fácil, y más si tenemos en cuenta lo que sabemos hoy de la época en la que transcurre la historia, y la polarización del ¿pensamiento? a lo largo de estos últimos años. Por esta razón, la credibilidad es más importante que la exactitud de las palabras, sin poner en duda, en ningún momento, el rigor que se nos promete.

Todo comienza en el otoño de 2021 cuando Joxemari Mitxelena, antiguo concejal de Eusko Alkartasuna, a quien Edurne Portela había conocido en la grabación de un documental para la televisión vasca, sobre la violencia de ETA contra concejales, que él había sufrido, le ofrece un archivo con información de un personaje peculiar que, según sus palabras, «vivió una vida y murió una muerte igualmente excepcionales». Mitxelena, junto a su amiga Izarraitz Villaluce, habían dedicado sus últimos años a recopilar una información tan extraordinaria, que necesitaban de una tercera persona con capacidad de contar, para hacerla pública. Tras revisar la documentación, Portela se da cuenta de la importancia del legado, y decide ponerse de inmediato a escribir pero, al analizar con detalle los documentos, se da cuenta de que:

«Cada dato del archivo tiene su misterio y con cada misterio vuela la imaginación».

Así es como un proyecto de ensayo se convierte en un relato de ficción que, por los mecanismos de quien está acostumbrada a realizar trabajo de investigación, respeta escrupulosamente toda esa información real sobre el personaje de María Josefa Sansberro, nacida en Oiartzun en 1895, ferviente católica y divorciada; madre a pesar de no haber parido; encargada de un pequeño hotel muy cerca de la frontera con España, desde el que ejerció de mugalari y agente de la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que servía a un grupo de nazis que, durante la ocupación, lo eligieron como aposento, sufriendo por ello la incomprensión de sus propios vecinos, para terminar sus días en un campo de concentración.

Narrada en primera persona y en un tiempo de presente de indicativo que avanza con la narración, la novela se convierte en un relato intemporal que implica de lleno al lector. Entendemos a Maddi porque podría ser cualquier persona que, al leer, sienta rabia, sienta dolor, y a la vez encuentre, en las palabras, una bocanada de sensatez.

En Maddi y las fronteras, Edurne Portela no ha creado una heroína, tampoco una víctima, sino que ha sabido escuchar las voces de tantas mujeres anónimas que lucharon en la sombra y dieron su vida sabiendo que nunca serían reconocidas. Encontrar las palabras que Maddi nunca pronunció no es más que darle credibilidad a su historia, tan selectiva e injusta tantas veces, encender una llama en la oscuridad de un camino que solo ella recorrió, pero que Portela ha sabido intuir, como la gran constructora de historias que es, y como profesional del lenguaje. Cuando Maddi le reza a Dios, su voz es un grito contra la barbarie desde el sentido común y la humildad aunque, por desgracia, la fe en el ser humano siempre tiene un límite.

Maddi y las fronteras es novela, pero también es documento porque, como afirma Juan Gabriel Vasquez, citando al poeta romántico alemán Novalis: «Las novelas nacen de las carencias de la historia». La ficción histórica bien documentada nace de la observación pausada de unos hechos que casi siempre tienen más de una cara, y que son los que, inevitablemente, hacen aflorar la emoción en el lector. Como sostiene Sergio Ramírez, «En la ficción no hay testigos de segunda mano».

«La decisión de apropiarme de la voz de Maddi ha sido para mí inevitable, pero ello no significa que no sea consciente de lo problemático de la decisión. […] Aún así, considero que hay respuestas explícitas posibles y que necesitan una reflexión teórica en profundidad, algo que no se ajusta a los contornos de este proyecto y que queda por desarrollar en otro espacio.»

Tras esta afirmación en el epílogo del libro, nos ha de extrañar que, en algún momento, lo que pudo ser un ensayo sobre un personaje excepcional, acabe siéndolo. Si esto ocurre, seremos testigos de cómo las distancias se acortan entre estos dos géneros siempre dispuestos a la discusión.

Edurne Portela. Maddi y las fronteras. Galaxia Gutemberg, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

domingo, 31 de diciembre de 2023

No te veré morir. Antonio Muñoz Molina. (Reseña)

 


Juro que no ha sido premeditado, que mi intención al llegar a casa con la última novela de Antonio Muñoz Molina, aún con la tinta fresca en su dedicatoria tras la presentación en la librería Rafael Alberti, de Madrid, era empezar a leerlo con urgencia pero son tantas las veces que no somos dueños del tiempo (sobre todo si del tiempo lector se trata) que se me quedó en la cola en la que ya esperaban otras letras, a medias algunas he de confesar, hasta convertirse en el cierre de un año rico en buenas lecturas.

Es bueno terminar el año con un libro así.

Hace tiempo entendí que mi relación con la literatura de Antonio Muñoz Molina era dejarme llevar por ella. Eso es lo que he hecho esta tarde tranquila, de sillón en penumbra, una lámpara tímida y la música de fondo de Arvo Part en las manos del Dúo Cassadó. El comienzo: una primera frase que se alarga hasta la página setenta y dos sin pensar en el reloj. Se lo debo, porque hace tiempo entendí que Antonio Muñoz Molina es la literatura.

Me ocurrió con el primer libro suyo que cayó entre mis manos: Beltenebros, allá por 1989. Al sumergirme en sus páginas, me invadió la sensación de que lo que estaba leyendo era especial, que no se parecía a lo poco que había leído hasta entonces (en aquella época yo no era un gran lector) y que luego se repitió con otros títulos suyos: El invierno en Lisboa, El jinete Polaco, Plenilunio, La noche de los tiempos, Sefarad... No fue hasta muchos años después cuando me di cuenta de que aquella sensación, a la que apenas había dado importancia en su momento, la había experimentado antes con otro libro, mi primer libro de cabecera, el libro de relatos titulado Algunos muchachos, de Ana María Matute. En una conferencia, la escritora explicaba que ella, en el tiempo en el que fue profesora visitante de literatura española en Estados Unidos, le decía a sus alumnos: «los profesores os acercan a la literatura. Eso yo no sé hacerlo, yo soy la literatura».

Ana María Matute y Antonio Muñoz Molina, los autores a los que siempre vuelvo.

No voy a analizar aquí la novela, ya habrá tiempo más adelante de leerla en profundidad. Si es caso, pondré solo un apunte de la contraportada:

«No te veré morir es una novela sobre el poder de la memoria y del olvido, la lealtad y la traición, los estragos del tiempo y la obstinación del amor y sus espejismos. La conmovedora historia de una pasion frustrada por la vida y un hermoso retrato de la vejez escrito con una delicadeza extrema.»

Hoy solo quiero compartir este momento en el que siento otra vez que la literatura, como un viejo espíritu de papel, se adueña de mi tiempo, me conforta, llena mi última tarde del año. 

Escribe, en ABC Cultural, J. M. Pozuelo Yvancos: «Este libro es importante por cumplir algo que solo la literatura puede hacer: ser un fantasma, figura y sombra de los recuerdos, que únicamente su narración puede salvar».

No te veré morir se convierte así en el colofón perfecto para cerrar el 2023, y en el pellizco de euforia literaria justo para comenzar con buen pie el 2024.

¡Feliz año lector!

No te veré morir. Antonio Muñoz MolinaSeix Barral, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 14 de diciembre de 2023

Mientras crece la ciudad. José Ignacio Pastor (Reseña)

 


Madrid, años sesenta. En un barrio periférico de la capital, una zona llena de casas a medio terminar y descampados infinitos, varias familias se esfuerzan por construir una cotidianidad a pesar de las dificultades. Partidos de futbol, motos prestadas, autobuses de línea y trayectos interminables en metro, calles que aún no tienen nombre, estrecheces económicas, máquinas de coser y televisiones de dos canales: sobre este telón de fondo, la miríada de personajes que forma parte de esta novela teje redes de afectos y desafectos que abarcan distintas familias y generaciones. Mientras crece la ciudad, una novela realista, coral y minuciosa, es también un espejo en el que contemplar la España de un pasado mucho más reciente de lo que podría pensarse”.

Hay un tipo de narrativa, denominada rural, que habla de la vida en los pueblos y que hoy vuelve a estar de moda gracias al tema de la “España vacía” o “España vaciada”, en contraposición a la narrativa urbana, que tiene como protagonista la ciudad. Menos común es la narración que nos muestra el transito del pueblo a la ciudad, y todo lo que conlleva.

José Ignacio Pastor no solo se atreve con ello, sino que va más allá: convierte a la ciudad en protagonista, sin quitarle por ello protagonismo al ámbito rural, que se convierte en el primer peldaño de una periferia pobre dentro de un ente urbanístico que tiene, como misión principal, la de crecer hasta convertirse en un brazo más de ese gigante que tritura, literalmente, a sus nuevos habitantes. Desde esta premisa nace Mientras crece la ciudad.

De ella escribe Marta Sanz: «José Ignacio Pastor, con una mirada que se define a través de las polifonías, escribe el relato de un Madrid en construcción y nos cuenta la historia de un niño que crece se estira y se retrae al mismo tiempo que la ciudad».

Con el trasfondo de la guerra y la posguerra, una parte de la vida española, como un rio, busca un nuevo cauce por el que poder avanzar. Afianzando barrios y colonias, un nuevo Madrid se yergue sobre los vestigios de huertas y estercoleros, situando a cada nuevo habitante en el lugar que le corresponde según el giro que le tiene reservado la fortuna. Se trata de huir de la miseria, del hambre; huir de la envidia traicionera, de la delación injusta e injustificada, refugiándose en el anonimato de la gran ciudad que todo se lo traga.

Nunca está de más incidir en uno de los periodos de la historia reciente de España peor tratados y menos recordados: la posguerra. Muchas de las personas que la sufrieron, callaron voluntariamente para no causar más daño, para no perjudicar con sus tristezas el futuro de sus hijos y nietos.

«Habían elegido el silencio como la mejor protección contra el mal que se le estaba comiendo por dentro».

Pero, como ocurre con la peor de las enfermedades, querer apartarlo del recuerdo no supone que no haya existido, y sí puede suponer el desconocimiento de unas generaciones que a veces parece que solo creen en la historia que empezó con el nacimiento de los “millennials”.

Mujeres que pierden la destreza de manejar la muerte de una madre con la naturalidad con la que se maneja la matanza de un cerdo o de una gallina, y cambian los vínculos festivos que les unían al pueblo por entierros. Esa es una parte del precio que tienen que pagar unas mujeres que se ven obligadas a vivir hacia dentro, siempre con la desconfianza que genera un pasado demasiado reciente, cuyo fruto es un presente que las impone la obligación de sacar a una familia adelante grabando con tinta indeleble, en su carnet de identidad, la ocupación de “sus labores”.

«Se quiere al novio y se tiene que aprender a querer al marido porque el marido no es un novio. Pasas de recibir atenciones a atender, a ser absolutamente dependiente, a carecer de opinión, ya que las decisiones para que sean compartidas deben partir de una sugerencia elíptica. Pasas a conocer dónde está tu sitio y cuál es tu fin en la vida.»

En cuanto a los hijos, sus caminos se separan, interviene el azar y las diferentes posibilidades, no hay un único camino, como en el pueblo; incluso las convenciones cambian, se expanden, como los nuevos barrios intentan adherirse al centro.

«Andrés tenía claro que lo gratis no puede ser bueno. Cuanto más caro era algo, mejor. Aparte, si te permiten hacer gimnasia con cualquier camiseta y con cualquier pantalón y no te obligan a comprarte un chándal, ese colegio deja mucho que desear. No le gustaba su colegio.»

A los hombres, por su parte, el trabajo los absorbe, y a veces la precariedad que causa su falta de cualificación y de educación, hace descarrilar sus instintos.

«Un portero, de uno de los portales de la glorieta de Cuatro Caminos, se rio en sus narices de una forma peyorativa. Reaccionaron pegándole una paliza. Tomaron nota: había que cambiar su aspecto de hijos del trillo y la guadaña.»

A través de la prosa de José Ignacio Pastor, el lector es capaz de sentir en sus carnes lo que sienten los personajes, a veces, con esa dosis de realidad cruel que solo nace de la verdad absoluta de lo que se está contando.

Escribe Isaac Rosa que «Pocas veces se ha contado la pequeña gran epopeya de la vida en los extrarradios del tardofranquismo, y aún menos con tanta verdad, humanidad y belleza como lo hace José Ignacio Pastor en esta conmovedora novela».

Estoy totalmente de acuerdo con él, porque no es necesario haberlo vivido, no es necesario haber compartido con sus protagonistas esta época imprescindible para sentirse parte de ella, a pesar del aludido silencio, impuesto o autoimpuesto. Un silencio voluntario que en Mientras crece la ciudad revienta y se convierte en un grito.

Mientras crece la ciudad. José Ignacio Pastor. Carpe Noctem, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

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