jueves, 16 de noviembre de 2023

El otro yo. Rafael Caunedo (Reseña)


 “Cuando a Ángel Cué, prestigioso escritor de fama internacional, le diagnostican alzhéimer a los sesenta y siete años, decide renunciar a la vida pública. Antes de recluirse en su finca para siempre, le encomienda a su hijo Mateo que custodie cinco manuscritos para que, una vez él ya no pueda reconocer a nadie, vayan saliendo a la luz. Tres años más tarde, Mateo es galardonado con uno de los premios literarios más prestigiosos poco antes de que lo nombren ministro de Cultura. El éxito es inmediato, pero cuando se encuentra en el cénit de su vida personal y profesional, entrará en una espiral de engaños y falsedades que lo hará atravesar los cuatro años de legislatura que tiene por delante intentando mantener ocultas sus imposturas, mientras se va ampliando, cada vez más, la distancia entre lo que dice ser y lo que realmente es”.

Al leer la sinopsis de El otro yo, de Rafael Caunedo, esa necesidad de catalogarlo todo me hizo pensar que estaba ante un thriller o ante una novela negra, y al llegar al final, recordé que no se debe catalogar lo que se desconoce. Pensándolo bien, puede que tenga un poco de ambos géneros. Tal vez lo que me descoloca es darme cuenta de que todo ocurre en la novela con naturalidad, una naturalidad pasmosa que, lejos de inquietarme, consigue ponerme en el lugar del protagonista, o del que dice ser el protagonista, al tiempo que me plantea una pregunta: ¿sería yo capaz de hacer lo que hace él?

¿Por qué no?

Es una ocasión única en la que nada puede fallar.

Nada.

Término absoluto que habitualmente tomamos al pie de la letra demasiado a la ligera sin evaluar costes y riesgos.

Desde otro aspecto, hay ciertas cosas en el argumento que nos pueden sonar a tópico, por ejemplo: la calidad del escritor, el prestigio del premio o el cargo político concreto.

Tópico.

De nuevo un término absoluto.

¿Son necesarias estas cosas?

Yo diría que sí, teniendo en cuenta que todas van acompañadas de una cualidad muy importante y en nada absoluta y sí muy subjetiva: en el comportamiento del protagonista, no hay una intención de causar daño. Además, a mi juicio, el tópico deja de serlo cuando el lector empieza a verse reflejado en el espejo que Caunedo pone continuamente ante él y convierte al personaje en un ser humano, con sus virtudes y defectos. Sin embargo, hay un tópico subliminal en la novela que las más de las veces acierta: la realidad siempre supera con creces a la ficción. Por lo tanto, dejémonos llevar.

Ángel Cué siempre ha tratado de huir de los tópicos en sus novelas, a pesar de que alguno de ellos, como ser el eterno candidato español al Premio Nobel, le acompañan de manera cotidiana. Lo que no puede controlar es que a veces la voluntad no es suficiente.

Ángel Cué, para mí, el personaje más importante de la novela, decide desaparecer de la vida pública, impelido por una necesidad fisiológica que no puede obviar. Quiere ser consecuente consigo mismo pero, a la vez, no quiere abandonar su crecimiento personal, a pesar de tener sesenta y siete años, de haberlo conseguido todo en su profesión literaria y de estar condenado a que una enfermedad anule por completo su más preciado instrumento de trabajo. Antes de llevar a cabo esta última decisión, le entrega a su hijo Mateo un legado envenenado que adquiere vida propia.

«Serás tú el encargado de mantener viva la dignidad de mi nombre», le dice. La manera en que Mateo decide administrar este legado es el eje alrededor del cual se construye la novela.

«La impostura acaba de comenzar». Y es tan creíble que Mateo Cué no tarda en creerse su propio engaño.

Como su padre de la vida pública, Mateo trata de huir del prototipo de político de élite, y solo nos deja ver a la persona que se esconde detrás de su función pública, pues es en ella en la que habita su condición principal, esa en la que se convierte al tomar la decisión más importante de su vida y que le convierte en un impostor. Una decisión inocua en apariencia, irreflexiva tal vez, que puede elevarle al cielo del Olimpo o convertir su vida en una tragedia, al tiempo que hace aflorar a su alrededor varias historias vinculadas a su decisión, que no son más que todas esas realidades posibles con las que no se cuenta.

Son los protagonistas de estas otras historias ‒desde el periodista sin escrúpulos a la misteriosa mujer que intuimos que sabe lo que nadie puede saber, pasando por el traficante de poca monta e, incluso, el presidente del gobierno‒ los que dotan de verosimilitud a la novela y restan importancia a la ampulosidad del político premiado con el galardón literario más importante del panorama literario patrio, y los que consiguen también que podamos ver en él al ser humano en sus diferentes facetas. Buena parte de la culpa la tiene el narrador, que se limita a contar la historia, sin detenerse en sus aspectos morales.

El otro yo es una muy buena novela, que nos hace reflexionar, pero que también nos permite pasar un buen rato, de esas que empiezas a leer para saber de qué va y, sin darte cuenta, estás en la página cien. Como todos los buenos relatos, no es solo la adicción a su historia lo que nos mantiene en vilo, sino lo que nos transmite de manera individual. 

En algún momento de nuestra vida todos tenemos otro yo, el problema surge cuando no elegimos bien el uso que decidimos hacer con él.

El otro yo. Rafael Caunedo. Ediciones Destino, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 2 de noviembre de 2023

Dos barcas sobre la arena. Eloísa Martínez Santos (Reseña)


"Rafael y Miquela son esas dos barcas, siempre cercanas, buscándose tal vez, pero sin llegar a encontrarse. Una proa mira mar adentro, y la otra, a las huertas y los arrozales. Ambas están armadas con redes diferentes y, por tanto, preparadas para distintas labores".

Escribí en la reseña de Mujeres de hojalata, primera novela de Eloísa Martínez Santos, que a veces la literatura es parte de un estado de ánimo que te seduce y te atrapa. Y es que no es fácil encontrarse con una primera novela tan completa y tan bien escrita. Cuando esto sucede, al comenzar la lectura de un segundo proyecto literario, no resulta descabellado que nos surja la duda de si las páginas que vamos a leer tendrán la misma consistencia y calidad que reconocimos en el primero. Tengo que decir que Dos barcas sobre la arena es, cuando menos, una dignísima heredera de la novela anterior.

Dos barcas sobre la arena narra el transcurrir de dos historias que, a pesar de que, en su origen, lo tienen todo a favor para convertirse en una sola, la vida se encarga de separarlas y colocarlas en dos líneas paralelas que avanzarán sin tocarse. Sin embargo, su obstinación conseguirá que al final confluyan en esa etapa de la vida en la que casi todo parece olvidado.

Como en Mujeres de hojalata, de nuevo encontramos a una mujer madura que se aventura, sola, en una gran ciudad, acuciada por su pasado como única forma posible de enfrentarse a su destino. Cuando las decisiones pesan, cualquier oportunidad resulta propicia para intentar recuperarse del dolor que representa lo que se pudo haber vivido si las circunstancias hubieran sido otras. Siempre le echamos la culpa a las circunstancias. Tras sobrevivir al que ha podido ser el periodo más difícil de su vida, Miquela decide viajar a Barcelona para intentar encontrar a su primer amor, ahora que parece que las circunstancias por fin la sonríen: se acaba de jubilar, y un golpe de suerte le ha dejado un regalo inesperado.

Cierto es que en Barcelona habita Rafael, un pintor reconocido internacionalmente, que acaba de pintar un retrato que está jugando con él. Sabe que el rostro pertenece a la mujer que busca, la de esa  fotografía antigua que le ha servido de modelo, sin embargo, son tan diferentes. Algo le dice que en el cuadro está la clave que le ayudará a recuperar el tiempo que ha estado malgastando durante toda su vida, a pesar de la fama y las circunstancias.

Tan importantes como Rafael y Miquela, son dos pinturas que nos acompañan a lo largo de todo el relato, una acuarela titulada Dos barcas sobre la arena ‒imagen de la portada del libro‒, y un retrato titulado Se busca, el mismo que decide seguir sus propias reglas y no se deja atrapar por el modelo del que se ha servido su autor para pintarlo, a pesar de lo que representa para él.

A partir de aquí, la novela se convierte en una carrera de fondo, donde los dos personajes tendrán que aprender a reconocerse para poder encontrar una intersección que se les antoja imposible. A través de una serie de pistas trampa, que el lector va a ir reconociendo a lo largo del relato, ese juego de gato y de ratón los devolverá a la línea de salida, el lugar que nunca debieron abandonar.

Para entender este juego, es importante detenerse en la perspectiva del narrador y en la manera en que la autora la utiliza.

Aunque en la novela hay dos narradores, que se van alternando de una manera ordenada pero irregular, son tres las perspectivas que vamos a encontrar. Por un lado, hay una serie de capítulos que están narrados en primera persona por Miquela. En ellos, la única perspectiva que tenemos es la suya, con una mezcla de evocación del pasado y un querer atrapar el presente que a veces se convierte en una concatenación de ideas, que pueden ser parte de un diálogo, pero que siempre van en una sola dirección. Hay otra serie de capítulos que, aunque están narrados por un narrador en tercera persona, no es un narrador omnisciente ya que la perspectiva que nos ofrece es únicamente la de Rafael. Este narrador yo lo entiendo como el resultado de un desdoblamiento del personaje, su reflejo en un espejo, como si la voz de su conciencia quisiera rendirle cuentas. Esta perspectiva nos muestra un plano más amplio que la primera persona de Miquela, tal vez, porque la personalidad atormentada de Rafael necesita de esa expansión. Y por último, en los capítulos finales, el narrador en tercera persona se convierte en omnisciente, uniendo las dos perspectivas.

Hay otra serie de personajes importantes en la novela: Paca, Gustavo, la familia de Rafael, el “tío Mohino” y la Sacrificá, o la madre María Luisa; sin embargo, hay uno en particular que tiene más importancia de lo que parece, me refiero a Lucina. Diría más, creo que es uno de los ejes que soportan el relato. Lucina es una especie de curandera, a la que muchos temen, pero a la que todos confían lo verdaderamente importante; por esta razón, en ella está la clave que ayudará a los protagonistas a entender lo que se les ha escapado durante toda su vida, y que casi nunca es fruto del azar o las circunstancias.

En un momento de la novela, Rafael admira la habilidad de un autor para contar historias a pinceladas. Él también lo consigue y el lector es consciente de ello. Qué importante es que el escritor sea capaz de administrar la dosis de verosimilitud que cada personaje necesita. En Dos barcas sobre la arena no solo nos creemos al artista, sino también al pescador, al marchante de arte y, por supuesto, a la enfermera.

Eloísa decide complicarlo todo situando el tiempo narrativo en la pandemia. Hay un capítulo en concreto, el titulado “Dolor”, que es por sí solo un documento estremecedor que añade un inmenso valor a la novela, y que nos da una clara idea del esmerado trabajo de documentación de la autora.

«Había visto morir en paz a muchos enfermos, sabía que sus rostros reflejaban serenidad. Nos enfrentábamos a algo distinto. ¡No se querían ir! Dios mío, ¡sufrían! Y yo que había jurado paliar el dolor de los pacientes con mis cuidados, nada podía hacer para aliviar el tránsito. Estábamos desbordados.»

Dos barcas sobre la arena nace de la necesidad de una escritora de contar una historia a partir de algo intangible, como es el mensaje evocador de un cuadro pintado por alguien muy especial. Sin embargo, para nosotros el objeto inmaterial que nos permitirá llegar al verdadero fondo de la historia surge de una pregunta que, casi al final de la novela, Miquela le hace a Rafael:

¿Crees que la vida se repite hasta que aprendemos?

Cada lector tendrá que escribir su propia respuesta.

Eloísa Martínez Santos. Dos barcas sobre la arena. Avant Editorial, 2023.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 12 de octubre de 2023

Amargosa. Isolda Patron -Costas (Reseña)


 “Cuando Marta sorprende a su novio en la cama con su mejor amiga, sale huyendo de Los Ángeles sin rumbo fijo. Tras varias horas al volante, su coche se avería en medio del desierto. Marta camina al sol varios kilómetros en busca de ayuda. Así descubre Amargosa, un hotel-teatro que vibra como un espejismo entre el calor y el polvo. El lugar lo regenta Suzanne, una antigua bailarina de Broodway que lleva más de cuarenta años ofreciendo cada sábado un espectáculo de danza. Pese a su avanzada edad, y con su teatro en mitad de la nada, representa la fe inquebrantable de seguir con un sueño”.

Algunos lugares no son más que espejismos en el interior de la memoria, solamente visibles en la nocturnidad y alevosía de un sueño intemporal, de una musicalidad eterna que nos hace tararear una canción determinada, y sonreír, al tiempo que conducimos por una carretera secundaria con las ventanillas abiertas a pesar del calor sofocante, o del frío intenso.

«On a dark desert highway / Cool wind in my hair / Warm smell of colitas / Rising up through the air...»

Un libro no es una película. Un libro no debe ser una película. Pero un libro sí te puede trasladar al ambiente fílmico de una película e ir de boca en boca con esa pretensión. Oír, por ejemplo, que lo que empieza siendo una road movie se convierte de repente en un western, con todos sus elementos intactos: el paisaje agreste, con sus plantas rodadoras y sus nubes de polvo; el decorado, con su saloon y su mina; la música; incluso el caballo, personificado en el logo del coche que conduce Marta, un Ford Mustang Bullit galopando hacia la libertad. Sin embargo, y porque un libro no es una película, Amargosa nunca deja de ser una novela.

Yo la definiría como una novela “trampantojo”. Visualmente, puede ser fácil de clasificar, o encasillar, incluso. Sin embargo, a mi entender, todos estos elementos son más referenciales que reales. Hay mucho más detrás de esa portada perfecta que nos muestra el vacío de alguien que no ya está. Por esta razón yo he querido dejar a un lado esa presunta “filmicidad” y centrarme en lo literario. Desde ese punto de vista,  la calificaría como una bildungsroman, una novela de aprendizaje, construida eminentemente con palabras. Y es a través de las palabras que Amargosa contiene algo que no es fácil de llevar a la pantalla: las imágenes personales que cada lector va a crear dentro de su cabeza. Y diría más, lo que las palabras le van a hacer sentir: en Amargosa escuchas, hueles, se te seca la boca, se te agrieta la piel… Hay un párrafo que dice:

«[...]los instintos pertenecen al cuerpo, los deseos, a la mente, y los anhelos, al alma.»

Al leer, yo he sentido esas tres cosas, en mi cuerpo, en mi mente y en mi alma; imágenes únicas, literarias, nacidas de las palabras. Creo que si las viera reflejadas en una pantalla, perderían su magia y dejarían de ser mías. 

Suscribo las palabras del catedrático Manuel Ángel Vázquez Medel que, durante la presentación de la novela, en la Universidad de Sevilla,  afirma que hay novelas de éxito que no soportan una segunda lectura. Amargosa, no solo la soporta, sino que creo que es altamente recomendable hacerla porque, como añade más tarde, citando a Italo Calvino, «Las buenas creaciones literarias son esas a las que se vuelve una y otra vez».

A grandes rasgos, Amargosa es la historia de dos mujeres que necesitan encontrarse. Marta lo abandona todo sin saber que su vida está a punto de dar un vuelco, en un giro de guion que no puede calibrar. Conduce sin un rumbo fijo, huyendo de una traición que le costará entender. Su coche se rompe en mitad del desierto y, en su búsqueda de ayuda, se encuentra con Suzanne, una vieja bailarina de Broadway que lleva más de cuarenta años perfeccionando un espectáculo que ofrece cada sábado en un teatro construido en mitad de la nada.

Al principio, Marta, a pesar del engaño, piensa continuamente en George de una manera cada vez más culpable.

«Me pregunté si mi silencio le venía bien a George, si estaba mejor sin mí.»

Pero hay algo en ella que ya no puede volver atrás. La primera noche en Amargosa, Marta se encuentra de frente con un coyote al que confunde con un perro. Tom, otro de los personajes fundamentales de la novela, le dice que siempre que aparece un coyote se produce un cambio.

Mona, que también es Roger, la ayudará a tomar decisiones; y Suzanne, con sus diálogos con Nora, y su público fiel pintado en las paredes del teatro, le dará las claves para comprender que la complejidad intemporal de un instante no se corresponde con una imagen enquistada en la retina, sino que se adentra en el imaginario que las palabras tejen, también,  a través del silencio.

«‒La que duda es tu mente. Tu corazón ya ha emprendido su camino.

Amargosa es una novela que rebosa madurez, capaz de suscitar opiniones diversas, pero con un elemento subliminal difuminado en sus páginas que nos hace coincidir: entramos en ella en la piel Marta y salimos con una gran Suzanne tatuada en el alma.

Isolda Patrón-Costas. Amargosa. Tres hermanas, 2022.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 7 de septiembre de 2023

Mientras estamos muertos. José Ovejero (Reseña)



 “Con una mirada original que rompe las convenciones del género, José Ovejero habla de tensiones familiares, de violencias silenciosas, del deseo de escapar a las limitaciones de clase, y también de amor, creando un juego de espejos en el que no se refleja tanto el autor como el lector.”

Nunca es fácil volver la vista atrás, y menos cuando lo que ves te muerde las tripas, te humedece los ojos, te seca la garganta, pero a veces el cuerpo necesita sacudirse el espasmo de la melancolía, o de la resignación de no haber hecho o de no haber sido. Seguro que no fueron estas las sensaciones que llevaron a José Ovejero a escribir Mientras estamos muertos, pero así me he sentido yo al leer este conjunto de relatos que, a manera de testimonios personales, nos narra en primera persona.

Ovejero nos traslada a la España de los años sesenta, cuando todo costaba mucho más que ahora, y no había tanto tiempo para cuestionarse lo que estaba bien o lo que estaba mal; cuando era normal ponerse a trabajar a los catorce años siguiendo la estela de un padre con el corazón de piedra, y de una madre ambiciosa de llevarle la contraria, tratando de encontrar la manera de darle a los hijos algo más que un futuro de manos agrietadas y jornadas interminables a la intemperie. Y a partir de ahí, asistimos a la evolución de un entorno identificado como clase obrera, y a su inevitable intento de ascensión social, a pesar de la ideología y de las miradas por encima del hombro de los compañeros nacidos con una línea sucesoria debajo del brazo, pero también a la personal visión de los pequeños deseos, del amor y de la muerte.

José Ovejero es un escritor que no se conforma con entretenernos o divertirnos o cabrearnos, sino que nos pide una lectura activa y cómplice que dé un nuevo sentido a sus relatos, sin dejar, por ello, de hacernos partícipes de sus emociones. Un escritor que, como escribe en el último relato del libro, no lo es porque le fascine la literatura sino porque le fascina la realidad.

Lo maravilloso de un escritor así es que esa manera de transmitir la realidad cobra una nueva vida en cada lectura. De repente nos sorprendemos agazapados tras la esquina de un párrafo que nos transporta a un tiempo reconocible, puede que olvidado, que creíamos que era solo nuestro. Aunque puede que esta realidad compartida no sea más que otro espacio literario, un trampantojo, un hábil recurso de escritor para enredarnos en sus tramas. Sea como sea, en este libro  imprescindible, José Ovejero no nos engaña, ya nos lo avisa en otro de lo relatos:

«[...] yo tampoco soy un testigo fiable, al fin y al cabo, soy un escritor, y dónde iríamos a parar si los escritores nos viésemos obligados a respetar la veracidad de los hechos, la cronología y los hechos causales. Francamente, de hacerlo así, la literatura será una mierda, una crónica de sucesos salpicada de metáforas.»  

José Ovejero. Mientras estamos muertos. Páginas de espuma, 2022. 

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 31 de agosto de 2023

La huésped. Florencia del Campo (Reseña)


 “La huésped es una mujer en casa ajena que no comprende ni una palabra de cuantas pronuncia su suegra y que empieza a no poder reconocer a su marido. Pero también es huésped el propio cuerpo de esta mujer, donde se alojan los síntomas, a modo de parásitos. De esta doble condición, que habita con el ser-familia y no-ser-madre, nace sobre todo una pregunta elemental: ¿dónde cabe la mujer?”.

«La boda había sido porque yo estaba embarazada. Embarazada, porque tuvimos un accidente. Para ellos perder el embarazo era el accidente. Para mí la tragedia había comenzado antes. Yo tendría que haberle gritado ese día a la cara, con el teléfono contra su oreja y un traductor simultáneo que se lo dejara bien claro también a su madre, que para mí el puto accidente había sido quedar embarazada.»

La protagonista y narradora de La huésped se traslada, con su marido, a vivir a la casa de su suegra, en el norte de Francia, en una región en la que siempre nieva. Se instalan en la habitación que él ocupó en su juventud, una cuarto bajo tierra al que se accede a través de una trampilla en el suelo del jardín, que ella bautiza con el nombre de el bunker, por lo que, para ir al cuarto de baño, durante la noche, tiene que atravesar el jardín y entrar en la casa. No conoce el idioma, y el lugar, frío y oscuro, no le será de ayuda en su integración.

En su relación con este nuevo entorno, las preguntas sin respuesta acrecientan la incomunicación, porque los mensajes importantes se  transmiten en un idioma que no comprende, y casi siempre van acompañados de la sonrisa cómplice de su marido, una complicidad que nunca es para ella.

«Le pongo cara de haceme caso, estoy en un borde y después viene el precipicio. Pero no registra ese tipo de espacios. Él ahora habita la superficie lisa y continua de la casa de su madre.»

Incluso en el ámbito más cercano, la lengua funciona como un obstáculo para ella: todos hablan en francés, a pesar de que, en muchas ocasiones, los otros dominan el español, y cuando, en una ocasión, ella se decide a utilizar el inglés con uno de sus interlocutores, la decisión también se vuelve contra ella. La lengua, instrumento de comunicación, se convierte así en un arma destructora en territorio hostil. En el trabajo, que su suegra le ha conseguido en el geriátrico donde ella trabaja, este instrumento de tortura lo solventa con su mejor sonrisa y con las palabras oui, d’acord, que sirven de comodín para todo. Sin embargo, su vida ya se ha convertido en un acto rutinario que a ella la sitúa siempre en un segundo plano y al límite de su integridad.

«Soy el paisaje de fondo. No me merezco primeros planos en esta nueva vida.»

La novela es una alegoría de la desubicación donde, al extrañamiento de la huésped a verse obligada a vivir en casa ajena, se le suma la confusión que provoca su extranjeridad. Al final, todo influye en su comportamiento, llevándola hasta el extremo y haciéndole dudar de sí misma y de su condición.

«Ella es madre, él es hombre, ¿dónde cabe la mujer?

En La huésped, Florencia del Campo ha sabido expresar, con total exactitud, ese sentimiento de impotencia que experimenta la persona que se siente forastera en el lugar que habita y que, con el paso del tiempo, no solo no mejora, sino que se contagia a su lugar de origen La acción se desarrolla en Francia, pero podría haberlo hecho en cualquier otro lugar. Incluso, si en él la lengua fuera la misma de la protagonista, ella también sería una huésped. La autora sabe bien de lo que habla: por ese “ni pa ti ni pa mí” que provoca esta mezcla cultural, ella ya será siempre una argentina en España, y en Argentina una gallega.

Ciñéndome a lo literario, este abrazo que nace de las palabras que escribe una escritora argentina, que ha decidido vivir en España, es tan enriquecedor, que las apenas cien páginas que componen La huésped son una fina muestra del enorme bien que le está haciendo, a nuestra lengua común, el continuo movimiento migratorio de sus hablantes.

Como dice al final de la novela:

«Ahí está todo, en el doble filo de las posibilidades.»

Florencia del Campo. La huésped. Editorial Base, 2016.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 13 de julio de 2023

Quebrada. Mariana Travacio (Reseña)

 


“Conducidos por una prosa precisa y sobria, acompañamos a Lina, una mujer que parte en busca del mar y un hijo perdido, desde un paisaje seco y agrietado en donde la vida se ha hecho imposible, hasta unas tierras húmedas y fértiles en las que todo es excesivo; también la locura de los personajes y fantasmas que las habitan”.

«Me llamo Lina Ramos, soy la esposa de Relicario Cruz. Hace tiempo le vengo diciendo que nos tenemos que ir, pero él no quiere. Se aferra mucho a esta tierra, dice que acá nacimos y que acá tenemos que morir.»

El tiempo, la tierra y los muertos que la habitan son como un imán que nos arraiga al suelo que pisamos, tal vez aquel donde nacimos, tal vez aquel donde queremos morir. Pero esta pretensión a veces choca con la necesidad de mantenerse vivo. Es ahí dónde nace la necesidad forzosa de emigrar que tanto duele, pero también la esperanza de llegar a un mundo mejor.

Lina quiere salir de la Quebrada, se lo dice a Relicario, su marido, que allí no se puede vivir, que quiere ir a donde el mar; pero él prefiere sobrevivir velando a sus muertos sobre el suelo estéril que los vio nacer a todos. A Lina también le tira la ausencia del Tala, su hijo, que partió a la selva a buscarse la vida hace tiempo, junto al hermano de ella. Puede que la necesidad de Lina no sea tanto la necesidad de encontrarlo, como la de encontrase a sí misma y, con ello, las fuerzas para buscarlo después. En la Quebrada no hay nada, solo un puñado de raíces familiares abrasadas por el sol inclemente del olvido.

Lina un día se marcha y, aunque nunca llega al mar, sí encuentra quien la ayude, y encuentra un trabajo que la permite creer que el futuro existe, incluso encuentra a su hijo. Lo que no sabe es que ha cambiado el lugar en el que mandan los muertos, por un lugar donde los vivos de siempre juegan a ser la muerte. Mientras, su marido, solo y abandonado a la ruina del pasado, empieza a pensar que es él quien está equivocado y por fin decide ir tras su mujer, y así se lo dice a sus padres muertos, a los que desentierra y carga como única posesión para el futuro. Al cambiar el rancho familiar por una carreta y un burro, donde llevar a sus muertos, cambia la tierra física por la sentimental, pero es la única manera de que su vida siga teniendo sentido. El círculo siempre se cierra, aunque tantas veces lo haga en falso.

No es tanto la aventura, como percibir la necesidad de salir adelante, lo que hace de Quebrada un relato impresionante, vivo y estremecedor. También influye el lenguaje, que Mariana Travacio maneja con la maestría de una escritora que sabe lo que quiere contar y cómo hacerlo. Es a través  del lenguaje como  encuentra la voz de la novela, logrando que el relato se nos adhiers a la piel con todas sus sensaciones físicas: sentimos el calor, la sed, el cansancio, incluso el dolor por la pérdida y el desarraigo.

Por su intemporalidad y por la desolación de un escenario, que no se nombra, Quebrada podría situarse en cualquier parte: en el páramo, de Juan Rulfo; o en el llano, de Rómulo Gallegos; o, por qué no, en la Artamila imaginada por Ana María Matute; o en las tierras de Celama, de Luis Mateo Díez. Tal vez, por esta razón, vamos a encontrar reminiscencias que van, desde el realismo mágico al realismo social, pasando por el western, sin que ello le suponga al relato perder un ápice de personalidad.

Es esta la primera novela que leo de la escritora argentina Mariana Travacio, y me temo que no va a ser la última. Hay algo que me dice que estas  páginas solo son una pequeña muestra de un universo literario personalísimo, que no podemos dejar escapar.

Mariana Travacio. Quebrada. Las afueras, 2022.

Pedro Turrión Ocaña

jueves, 22 de junio de 2023

Yo no sé de otras cosas. Elisa Levi (Reseña)

 


“Yo no sé de otras cosas es la historia de alguien que quiere conocerlo todo, vivirlo todo, amarlo todo, a pesar de que todos crean que el mundo se acaba. En su segunda novela, Elisa Levi ha asimilado con maestría la lección de los grandes escritores: no hay lugar más universal que el más pequeño de los pueblos”.

«...mi padre era caballo, pero siempre lo trataron de burro.»

Los lectores somos esos testigos silenciosos, imprescindibles para que un relato cobre vida. Pero a veces quien escribe necesita visualizar al lector antes de que el texto llegue a sus manos, necesita un primer testigo que sea capaz de escuchar, de asimilar lo que luego será leído y asimilado por el lector colectivo y multiforme, que el autor imagina pero aún no conoce. En Yo se de otras cosas Elisa Levi ha ido un paso más allá, lo ha convertido en un personaje más, escuchante privilegiado del relato de Lea, protagonista y única narradora de la novela.

Lea vive en un pueblo pequeño en el que todos se conocen. Ella es Lea Pequeña, porque su madre es Lea Grande, pura lógica. Tiene una hermana con la cabeza hueca, un padre adherido al campo y una madre al ultramarinos del pueblo; su mejor amiga llora, llora, llora; ama a un muchacho que no sabe hablar de amor, mientras el otro amigo, que la ama a ella, le deja regalos sobre el felpudo de su casa y conejos muertos en el de los vecinos invasores. Todo eso le provoca un ardor en la tripa y el deseo de irse de allí. Pero, qué sabe ella de todas esas otras cosas que nosotros, los que no vivimos en un pueblo con cuatro calles, una iglesia y un bosque terrible cerca, pensamos que son normales.

A través de la conversación con un desconocido anónimo, que ha perdido a su perro, Lea construye un monólogo muy personal que normaliza lo increíble. Pero, lo increíble, ¿para quién? Qué sabe el urbanita de la capacidad de un bosque para tragarse a quién se aventura a perturbarlo, o de la capacidad de un pueblo para cerrarle las puertas a cualquier forastero que se aventure a vivir en él cuando nadie lo ha llamado.

Elisa Levi se sumerge en lo increíble, pero cargándolo de verosimilitud a partir de la idea del fin del mundo en una fecha conocida por todos. El resto de una vida puede durar lo que tarda en consumirse un cigarrillo de marihuana, en el tiempo intemporal de un primer día de enero más cálido de lo normal. En un mundo lleno de prejuicios, la libertad es un capricho inadmisible para el dios de las etiquetas sociales, donde su infierno particular nunca tiene cobertura.

Levi consigue traspasar los límites de lo real –de lo que creemos real, que rara vez abarca más allá de nuestro campo de visión online– dejando que Lea utilice su propio lenguaje para mostrarnos una realidad muy distinta. La realidad de Lea Pequeña choca con ella misma, por eso necesita compartirla con ese hombre que quiere entrar en el bosque para recuperar a su perro. Ella sabe que el perro volverá: todos los perros regresan, no así las personas que huyen de sus propios miedos adentrándose en el bosque.

Elisa Levi, por boca de Lea, se atreve a plantarle cara a un buen número de verdades absolutas a través de una sutil reflexión, con el único fin de que sea el lector quien saque sus conclusiones, intuyendo que al final de cada historia siempre hay un fin del mundo camuflado.

«Si los muertos se quedan fríos es porque el mundo se muere caliente.»

En Yo no se de otras cosas el fin del mundo tiene fecha, Elisa Levi le añade  el lugar y los personajes, lo que ocurre es que, a veces, la vida se enreda…

Elisa Levi. Yo no sé de otras cosas. Temas de hoy, 2021 

Pedro Turrión Ocaña

Último artículo

Tiemblas en el verano. Manuel Avís (Reseña)